Dime y lo olvido, enséñame y lo recuerdo, involúcrame y lo aprendo (B. F)

Andrew Crosse y la sombra de Frankenstein

Andrew Crosse y la sombra de Frankenstein
En el verano de 2016, se cumplieron 200 años de una noche mágica.

Hace dos centurias Lord Byron y John Polidori, junto a Percy y Mary Shelley, vivieron una experiencia sin igual que marcó la historia de la literatura fantástica para siempre.

En aquel año sin verano nació Frankenstein de la imaginación de Mary Shelley, pero en este relato de locura y desafío hacia lo divino, aparecían elementos muy reales.

La electricidad era algo que en 1816 se veía como sumamente misterioso y, curiosamente, Andrew Crosse posiblemente tuvo bastante que ver en el proceso de nacimiento de Frankenstein.

El 6 de julio de 1855 falleció en la misma habitación que le había visto nacer hacía setenta y un años un personaje sin igual, uno de esos herejes de la ciencia que llevan mucho tiempo en mi lista personal de genios malditos.

Su vida se desarrolló en una perdida esquina del condado de Somerset, al suroeste de Inglaterra, aunque no permaneció siempre allí.

Durante un tiempo estudió en Francia y en diversos lugares de su país, siendo aleccionado en letras pero he aquí que el chaval, cuando contaba con apenas doce años de edad, sentía curiosidad por algo más que aprender griego y latín.

En cierta ocasión pidió a uno de sus maestros ir más allá, deseaba aprender algo sobre ciencia natural.

Lo que pudo haber sido simple capricho se convirtió en pasión, al poco tiempo entró en contacto con algo misterioso que causaba admiración entre sus contemporáneos, la electricidad.

Desde entonces, siendo todavía un niño, decidió que su meta en la vida consistiría en desentrañar los misterios eléctricos.

 Realmente lo suyo era un caso excepcional, pues además de lector impenitente y poeta, se dedicó a la política con tenacidad.

Uno de sus ideales más consabidos consistía en extender la educación a todas las personas, independientemente de su condición social.

No tuvo mucho éxito en tal empeño, pero no por ello dejó de luchar, siendo además un magnífico orador que incluso participó en discursos públicos para apoyar a compañeros de partido e ideales.

A veces su impulsividad le llevó a situaciones imprevisibles, como cuando partió precipitadamente para contemplar el histórico momento en que Napoleón, tras su derrota en Waterloo, partía hacia su destino final en Santa Helena a bordo del HMS Bellerophon.

Aparte de tanto trajín, pues ejercía de magistrado local, su mundo interior estaba repleto de la emoción surgida por los experimentos eléctricos y el amor hacia su numerosa familia fruto de sus dos matrimonios.

Bien, hasta aquí tenemos un hombre acomodado no muy alejado del típico inglés de provincias interesado por las letras y las ciencias de principios del XIX.  

¿Qué hace de Crosse un genio maldito?

Ni más ni menos el que se atreviera a “crear” vida en el laboratorio a partir de materia inerte y, además, se empeñara en dar todo tipo de detalles de su pecaminosa receta.

Lo del pecado viene a cuento de la época, claro está, poco le faltó para ser visto como un siervo de satanás por mucho que la era del vapor y el carbón estuviera en plena efervescencia, muchos aspectos estaban todavía bajo el mando divino.

Desde muy joven tuvo que hacerse cargo de las propiedades familiares, sus padres fallecieron cuando apenas si superaba los veinte años, con lo que las cargas y responsabilidades le impidieron seguir estudiando en la universidad.

No fue un problema para él, por el día ejercía de gestor impecable, por las noches como experimentador obsesivo en su propio laboratorio levantado con tesón e ingenio en su hogar de Fyne Court.

Al principio centró sus esfuerzos en ciertos aspectos mineralógicos, a saber, la posibilidad de cristalizar por medio de electricidad diversos tipos de minerales a partir de disoluciones de productos químicos.

El éxito acompañó sus esfuerzos, con lo que animado por ello pasó a investigar la electricidad atmosférica. Para ello, no se le ocurrió otra cosa que tender un gran cable conductor con cientos de metros de longitud entre los árboles cercanos a su laboratorio.

De ahí consiguió algunos resultados notables sobre fenómenos eléctricos del aire, que fueron puntualmente publicados.

Andrew Crosse y la sombra de Frankenstein
Su estrella fue en aumento, tanto que Sir Humphry Davy visitó su laboratorio en 1827, naciendo de ese contacto una colaboración de la que surgió una de las primeras pilas eléctricas de la historia.

Crosse ya tenía con eso dos piezas de su máquina ideal, un generador, el largo cable que proporcionaba descargas a partir de la electricidad estática atmosférica y un sistema de pilas en el que poder almacenar tal energía.

Con el tiempo la potencia eléctrica que llegó a manejar Crosse fue considerable, almacenándose en su laboratorio gran número de baterías.

De momento todo iba bien, las academias atendían a sus memorias de investigación, sus aportaciones tanto en el campo de los acumuladores como en el de la electrólisis y electrocristalización fueron tomadas muy en cuenta.

Todo se torció cuando decidió dar a conocer su más osado experimento.

Confiado por sus anteriores éxitos, pensó que aquello le abriría las puertas de los grandes centros del saber ingleses, y no por vanagloria ni deseo de fama, porque no tenía la intención de abandonar su apacible vida.

Su objetivo era dar a conocer sus investigaciones sobre ciertos insectos, para que otros llevaran los experimentos más allá, con recursos adecuados.

No calculó el peligro de exponer sus ideas a un público nada receptivo. 

Durante uno de sus experimentos de electrocristalización, Crosse observó la aparición en el interior de placas minerales conservadas en un recinto sellado y sometidas a una corriente eléctrica de considerable voltaje de minúsculos gránulos de un material blanquecino con apariencia viscosa.

Al cabo de unos días esos gránulos se convirtieron en insectos de inusual aspecto, a modo de ácaros.

Tras comentar aquel resultado con unos colegas, se decidió a enviar una memoria a la London Electrical Society.

Los que, desde entonces, fueron llamados Acarus crossii –a veces también citados como Acarus electicus–, al principio a modo de reconocimiento por tan extraordinario experimento y, más tarde, como si se tratara de una burla, eran muy problemáticos.

El núcleo del asunto se encontraba en un debate candente por entonces, la posible generación de vida espontánea sin necesidad de partir de materia de origen biológico.

Crosse afirmó que los insectos surgieron en un medio imposible para la vida tal y como la conocemos, en el interior de un mineral, dentro de una cámara libre de contaminación exterior y, además, siendo unos bichejos capaces de medrar a gusto en entornos ácidos y hasta en arsénico, pero no descartó ninguna opción. Sólo algo podía acabar con ellos, el frío.

Otros experimentadores, como W. H. Weeks afirmaron haber logrado los mismos resultados siguiendo las indicaciones de Crosse, pero fueron lo suficiéntemente cautelosos como para no publicar memoria alguna sobre ello para las academias.

Se armó un gran lío, por una parte Crosse no afirmó haber creado vida, sino más bien haber sacado de un extraño estado de letargo a algún tipo de insecto que se encontrara de modo latente en el interior de los minerales.

No hacía falta que se molestara mucho, ya le habían juzgado, se le acusó de querer jugar a ser dios y con eso tuvo bastante.

Cualquiera que deseara replicar los extraños resultados de Crosse podía hacerlo, porque publicó detalladas instrucciones para realizar tales experiencias.

Pocos se atrevieron a hacerlo y ninguno habló abiertamente sobre ello, aunque parecía claro el origen por contaminación externa, exponerse al peligro de ser tachado de siervo de satán por experimentar “creando” vida era algo que podía terminar con la carrera de cualquiera.

Desde luego, no pudieron con Crosse, porque en su retiro campestre poco podían hacerle, simplemente le ignoraron aunque algunos presbíteros locales bien pensaron en exorcizarle para alejar los demonios que, aseguraban, estaban guiando su trabajo.

Hay algo curioso en el trabajo de Andrew Crosse. Se han contado cientos de historias diferentes sobre dónde encontró inspiración Mary Shelley para dar vida a Frankenstein, pero todavía no se ha resuelto el enigma.

Mucho se ha hablado sobre si conocía los experimentos de Galvani y otros, que “levantaban” cuerpos muertos, generalmente de ajusticiados, por medio de la aplicación de descargas eléctricas sobre aquellos desdichados cadáveres.

Puede que, en realidad, fueran los experimentos de Crosse, “creando” vida gracias a la electricidad recolectada con su selva de cables entre los árboles y su amplia colección de pilas lo que inspirara a Shelley.

Esto es así porque, sorprendentemente, se sabe que aunque los más importantes experimentos de Crosse se llevaron a cabo muchos años después de publicarse Frankenstein, el investigador ofreció una conferencia en Londres en 1814 a la que asistieron varios conocidos de la escritora, que todavía no había alumbrado su célebre obra.

En su disertación habló sobre la posibilidad de recolectar energía eléctrica de la atmósfera y, quién sabe, puede que aquello ejerciera de base para que la imaginación de Shelley desarrollara su máquina capaz de dar vida a ese cuerpo de fragmentos disgregados que poco atendía a los deseos de su creador, el doctor Frankenstein.

Y, ahora, el broche final a esta historia. Bien, sé que está en inglés, pero no puedo dejar de recomendar vívamente a quien haya encontrado mínimamente atractiva la figura de Crosse a través de mis torpes letras, la lectura de sus memorias que es de lo más fascinante.


La chispa de la vida

Una chispa eléctrica y, deus ex machina mediante, ¡hemos creado vida! A principios del siglo XIX la electricidad parecía el fenómeno más indicado para poder explicar todo tipo de misterios de la vida y el universo.

Además, la fe en el progreso y en la ciencia como medio para alcanzar un futuro venturoso estaba despertando con fuerza en las incipientes sociedades industriales occidentales. Visto esto, no extrañará que apareciera una chiquilla con mucho carácter e ingenio capaz de arrojar unos cuantos calderos de agua fría ante todo aquello.

La historia es muy conocida, así que no entraré en detalles. Baste decir que Mary Shelley, hija de la audaz vindicadora de los derechos de la mujer Mary Wollstonecraft, se encontraba pasando el rato en el lluvioso verano de 1816 junto con Percy Shelley, Lord Byron y el médico de éste, John William Polidori. 

Y digo pasando el rato porque, poco podía hacerse en aquella estancia en Suiza que dar paseos, pero con lluvias y mal tiempo la cosa pasó a discusiones filosóficas y a un reto, a saber, sobre la posibilidad de reanimar cuerpos muertos con electricidad, o bien comentando narraciones de fantasmas.

Lo de levantar a un muerto a golpe de chispazos no era algo raro como tema de conversación, se trataba de un asunto fascinante muy comentado en la Europa de la época por ciertos experimentos famosos contemporáneos.

Byron sugirió, con un ambiente tan propicio, que los veraneantes pasaran a crear una historia sobrenatural para pasar el rato de forma más amena. Ya conocemos el resultado de sobra. De ahí surgió la primera novela de Mary Shelley, publicada en 1818, titulada Frankenstein o el Moderno Prometeo. 

Lo que se convirtió con el tiempo en la novela de terror por excelencia, también precursora de la ciencia ficción, bebía de las fuentes de la inquietud de toda una época. 

Y, desde entonces, han sido muchos los que han escrito verdaderos mamotretos intentando averiguar si el doctor Frankenstein, aficionado a reunir partes de cadáveres para crear vida con la chispa de la electricidad, existió realmente.

No con ese nombre, claro está, pero ciertamente alguien debió inspirar a Mary. 

Como el tema de la “electricidad vital” era algo comentado por doquier, posiblemente no fuera un solo caso el que sirviera de inspiración para la novela.

Más bien cabe decir que rondaban por Europa un montón de doctores Frankenstein, junto a circenses experimentadores de la electricidad y algún que otro “resurreccionista” asaltante nocturno de tumbas innominadas. 


Un ahorcado cualquiera

Recién nacido el siglo XIX se pusieron de moda las experiencias con pilas de Volta y con otras que evolucionaban con rapidez a partir de aquella, proporcionando una fuente de “fluido” eléctrico mucho más adecuado y, sobre todo, portátil, que los viejos generadores electrostáticos y las botellas de Leyden.

De las primeras experiencias en Turín, cuando se comprobó que tres cadáveres de ajusticiados reaccionaban ante descargas eléctricas de manera sorprendente, la moda de los muertos vivientes o, mejor, temblorosos, se extendió con rapidez.

Así llegamos al día 4 de noviembre de 1818, justo el año en que vio la luz Frankenstein.

Lo que se vio entonces no fue más que uno de los “espectáculos” más célebres de toda una serie que, durante años, había asombrado a las gentes y que, a buen seguro, había servido de alimento para las conversaciones de Byron y compañía a orillas del lago suizo en el que surgió en Mary Shelley la idea de Frankenstein.

El ritual venía a ser siempre el mismo, y el ahorcado importaba más bien poco. Sucedía en Glasgow, donde al parecer hacía cerca de una década que no colgaban a nadie, por lo que la multitud estaba entusiasmada.

Frente al edificio de la Corte Suprema fueron ahorcados un ladrón llamado Simon Ross y un asesino, Matthew Clydesdale. 

Los dos cuerpos sin vida pendieron durante más de una hora hasta ser descolgados. A Ross le despacharon con rapidez, metido en una caja y enviado directo a una tumba. Para el cuerpo de Matthew, sin embargo, había preparada toda una ceremonia de macabros juegos.

El tipo era bien parecido, alto, fornido, de unos treinta años, vamos, el ejemplar perfecto para experimentación con electricidad. ¡El circo galvánico ya estaba preparado!

Con el cadáver conducido en una carroza a través de las calles e Glasgow, seguido por la multitud, se formó toda una procesión que terminó sobre la mesa de disección de un anfiteatro médico. Allí estaban los dos maestros de ceremonias.

Por un lado el doctor Andrew Ure, médico, químico, geólogo y filósofo, muy conocido en su tiempo. 

Por otro, James Jeffrey, famoso médico, anatomista y botánico que tiempo antes había estado metido en ciertos líos acusado de tráfico de cadáveres y tratos ilícitos con resurreccionistas. Aquel día los dos se convirtieron en el doctor Frankenstein y la fantasía de Shelley se convirtió en realidad, al menos por un rato.

Los científicos locos de turno aplicaron al cuerpo del infeliz ahorcado un electrodo comunicado con su médula espinal. El otro electrodo era móvil, por lo que podía ser aplicado a cualquier parte del cuerpo muerto.

Ambos electrodos formaban parte de un circuito eléctrico alimentado por una de las pilas más potentes de su tiempo, un modelo tipo artesa, del tamaño de un baúl grande, dotada de 270 grupos o elementos de pilas independientes. 

El juego duró bastante rato. Allá donde el cuerpo del ahorcado era tocado por el electrodo móvil, se producían espasmos y convulsiones. El cadáver se agitaba furioso, las piernas se movían como queriendo devolver la vida al ajusticiado, propinando golpes a los ayudantes. 

Las manos se abrían y cerraban con rabia, los dedos se movían con rapidez. Matthew Clydesdale parecía haber vuelto a la vida, se movía respirando, dilatándose y contrayéndose su pecho. Pero la cumbre llegó cuando el electrodo se introdujo en una incisión realizada bajo una de las cejas.

El inanimado rostro del ahorcado cobró vida, con gestos de todo tipo, enfado, alegría o dolor.

¡Está vivo! Los gritos del público llenaron la sala y muchas gentes, no pudiendo soportar aquello, huyeron presa del terror, otros se desmayaron.


El misterio de Andrew Crosse


El caso de Matthew Clydesdale fue la culminación de la moda de los experimentos eléctricos con cadáveres, justo aquel año en que Frankenstein había visto la luz en papel. Pero no eran tan numerosos los experimentos de tanto calibre, es más, el tema de la electricidad y la vida era algo mucho más serio que todos aquellos circos. 

El debate sobre el “fluido vital”, la naturaleza de la materia, vitalistas y materialistas venía de lejos y todavía duraría mucho tiempo. Sin embargo, existió un hombrecillo curioso que se empeñó en crear vida de la nada, partiendo de la electricidad, y que bien pudo haber inspirado a Mary Shelley.

No puede decirse que fuera un aventurero, ni nada parecido, pues durante sus más de setenta años de vida apenas se movió del lugar que le viera nacer. 

Era un propietario acomodado que vivía en un rincón del condado de Somerset conocido como Fyne Court, sin hacer ruido.

Todo un caballero que atendía a su hacienda y sus negocios pero que tenía una afición un tanto extraña.

En su juventud había viajado a Francia y a diversos lugares de Inglaterra, pero poco más se puede decir de Andrew Crosse, además de conocerse que era un apasionado de la ciencia de su tiempo y que permaneció en el mencionado lugar casi toda su existencia.

No era un ermitaño, pero tampoco sentía la necesidad de comunicar a los cuatro vientos lo que experimentaba en el laboratorio que había construido en su mansión.

La electricidad le volvía loco, así que construyó todo tipo de generadores electrostáticos, pilas primitivas y artilugios para… ¡desvelar el secreto de la vida! Por alguna razón desconocida, a Crosse le asaltó la obsesión desde su juventud acerca de una relación íntima entre la electricidad y la vida.

Y no le faltaba razón, aunque lo que vino a continuación no tuvo mucho de científico que pueda decirse. Crosse era impulsivo y apasionado, de día se encargaba de su hacienda y ejercía como político local, recordándose sus brillantes discursos y su pretensión de extender la educación pública a todo el mundo. 

Eso en la Inglaterra de aquel tiempo sonaba bastante extraño, le miraban como a un bicho raro. Poeta, escritor aficionado y magistrado local, padre de familia numerosa fruto de dos matrimonios y con éxito en los negocios, ¿qué más se puede pedir? 

Pero, llegada la noche, el hombre respetable se convertía en un aprendiz de brujo, soñaba con desentrañar los secretos de la materia encerrándose en su laboratorio.

Aplicaba descargas eléctricas en vegetales para observar si se modificaba la velocidad de su crecimiento y, para colmo, creyó haber dado con la receta de para ser un dios.

A saber, lo que Crosse se traía entre manos, y que tenía mucho interés por mucho que sus contemporáneos le miraran con cierto reparo porque atentaba contra las buenas costumbres religiosas y morales, era descubrir el nexo de unión entre electricidad y materia viva. 

Aquel voluntarioso hacendado que con apenas veinte años había tenido que hacerse cargo de los negocios familiares, tras fallecer sus padres, no tuvo una formación universitaria formal y, sin embargo, se carteaba con sabios de media Europa manteniendo conversaciones a distancia de lo más interesante.

Su nutrida biblioteca, plagada de clásicos del pensamiento occidental junto a libros de ciencia y mecánica, le sirvió de refugio.

Tras los libros, llegaba la acción. Metódico, aplicaba lo aprendido e iba más allá. Experimentó con minerales para comprobar cómo reaccionaban ante descargas eléctricas.

Realizó numerosas pruebas sobre cristalización de soluciones minerales con electricidad, experimentó con electricidad atmosférica extendiendo grandes mallas de cable entre árboles y obtuvo algunos resultados de cierto interés. 

En 1827 fue visitado por el gran Sir Humphry Davy, con el que colaboró en la mejora de cierto tipo de pilas. El equipamiento eléctrico construido por Crosse no era algo menor.

Sus generadores electrostáticos y los bancos de pilas le proporcionaban una considerable fuente de electricidad. 

Y, entonces, se acabó la vida tranquila. Durante sus experimentos de cristalización con electricidad Crosse descubrió que algo se movía en la matriz mineral. Lo que al principio parecían simples motas blanquecinas, se convirtió en una colonia de minúsculos insectos que fueron llamados Acarus crossii. 

¡Había creado vida! Crosse estaba convencido de que las chispas eléctricas habían animado algo en la matriz mineral y que era imposible que las muestras se hubieran contaminado. 

Decide entonces publicar su gran descubrimiento. Lo que hasta entonces había sido silencio se convirtió en toda una explosión mediática que partió de una simple memoria enviada a la London Electrical Society.

Tuvo sus apoyos, claro está, pero por lo general se convirtió en objeto de burlas. ¿Vida a partir de la nada? Aquellos pequeños bichos que aparecían en los minerales fueron el origen de su desgracia. 

Crosse había sido muy modesto a la hora de publicar sus resultados. Para él, la electricidad había despertado algo incipiente que se hallaba en la matriz mineral y que no procedía de nada exterior, pero ni mucho menos había afirmado ser un dios con una chispa eléctrica en la mano.

De poco le sirvió aquello, quedó marcado como genio loco. 

Fue tal la presión a la que fue sometido que, a pesar de publicar instrucciones detalladas para poder replicarse sus experimentos, nadie se atrevió a hacer tal cosa por miedo a ser también señalados como brujos. 

La llama de Andrew Crosse fue apagándose poco a poco, continuando con sus experimentos en privado. Sin embargo, años antes había sucedido algo que llama la atención.

En 1814 Crosse viajó a Londres para ofrecer una conferencia acerca de sus teorías sobre el origen de la vida y la electricidad. Fue una de sus escasas apariciones públicas lejos de sus lugar natal. 

Se sabe que varios conocidos y amigos de Mary Shelley asistieron asombrados a lo que aquel hombrecillo de provincias les contaba.

Crosse mencionó cómo soñaba con recolectar la energía eléctrica de los rayos, cómo tendía grandes cables desde el laboratorio situado en una torrecilla de su mansión hasta los árboles, cómo pensaba acumular esa energía para descargarla sobre muestras biológicas y minerales y, así, comprobar si la vida nacía de esos impulsos misteriosos. 

¿Acaso Shelley recordaba todo aquello cuando comenzó a redactar su célebre novela? ¿Llegaron a sus oídos aquellas historias? Apuesto a que Shelley conocía lo que se decía de Crosse.

Si inspiró la figura de Frankenstein, o no, es otro asunto que muy probablemente no se aclarará nunca, pero no deja de tener su intriga que el Crosse, el electricista, como era conocido, ofreciera aquella conferencia en el lugar y el momento oportunos.

El eco de Crosse llegó a España, donde sus experimentos fueron mencionados en diversas publicaciones. Para terminar con este post, nada mejor que incluir dos de esas referencias que, a buen seguro, sorprenderán a quien no conociera a este voluntarioso electricista…

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FUENTE : http://www.alpoma.net/tecob/?paged=116
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