África , cuna de todas las lenguas

África ... cuna de todas las lenguas
Familias de lenguas africanas . Fuente: Wikipedia.
Según un estudio el origen de todas las lenguas estaría en África y según otro se ha sobre valorado el papel de la estructura innata de la mente humana que conforma la variación lingüística.

Psicólogos de la Universidad de Auckland han publicado dos artículos en Science y Nature en los que se estudia la diversidad de lenguas del mundo.

En el primero de ellos, Quentin Atkinson proporciona fuertes pruebas de que el origen de todas las lenguas que se hablan ahora en el mundo está en África.

La historia de nuestra expansión prehistórica por el planeta Tierra estaría grabada tanto en nuestros genes como en las lenguas que hablamos.

Se puede intentar reconstruir la evolución de las palabras. Así por ejemplo, la palabra inglesa “brother,” es “brathir” en irlandés antiguo, “frater” en latín, “phater” en griego y “bhrater” en el sánscrito.

Pero esto no nos permite retroceder mucho en el tiempo.

Los árboles lingüísticos previos sólo retrocedían 9000 años en el tiempo usando este tipo de técnicas y los lingüistas creían que no era posible retrotraer las lenguas más atrás en el tiempo.

Sin embargo, Atkinson afirma que se puede retrotraer la evolución lingüística hasta los 100.000 años.

Atkinson, en lugar de tratar de estudiar las palabras como unidades que cambian en el tiempo ha estudiado los fonemas.

Al igual que se estudian los genes, los fonemas de las lenguas que ahora se hablan en el mundo pueden ser estudiados y se puede tratar de descifrar el origen común a todas ellas.

Después de analizar 504 lenguas humanas Atkinson ha podido describir cómo el número de fonemas disminuye proporcionalmente según nos alejamos de África, lo que situaría el origen de todas las lenguas en el África subsahariana.

El menor número de fonemas se encuentra en lenguas indias nativas de Sudamérica y en las lenguas habladas en algunas islas del océano Pacífico.

Así por ejemplo, algunos lenguajes africanos tienen más de 100 fonemas, mientras que el inglés tiene 45 o el español poco más de veinte. El hawaiano, en el extremo más pobre, tiene sólo 13 fonemas.

Este patrón encaja en un modelo según el cual poblaciones pequeñas en el borde de expansión de la lengua van perdiendo diversidad progresivamente. Atkinson hace notar que este patrón de uso de fonemas en el mundo imita el patrón de diversidad genética humana, que también declinó según los humanos se expandieron desde África para colonizar otras regiones.

En general las áreas del globo que fueron colonizadas más recientemente incorporan menos fonemas en las lenguas locales que las áreas en donde ha habido humanos durante milenios, que usan más fonemas.

Este declive en el uso de fonemas no puede explicarse por desplazamientos demográficos u otros factores locales y proporciona pruebas sólidas de que África es el origen de las lenguas modernas, así como pruebas de los mecanismos paralelos que lentamente conformaron en humanos tanto la diversidad genética como lingüística.

Entre las características interesantes encontradas en el modelo de Atkinson está que la mayor diversidad fonética fuera de África surgió en sureste de Asia, que coincide con la diversidad genética de la región.

Esto se debería a que las poblaciones de esa región crecieron rápidamente al poco de que sus antepasados dejaran África.

La pobreza fonética de las lenguas nativas americanas sería consistente con la teoría de que el continente fue colonizado desde Asia por humanos que cruzaron el estrecho de Bering, y esto también vuelve a coincidir con los datos genéticos.

Como la lengua evolucionó junto a la especie humana, que surgió en África, este resultado es bastante lógico.

Según este estudio el origen de las lenguas humanas precedería a las migraciones que se dieron desde África hace entre 50000 y 70000 años.

Luego, en ese lapso de tiempo, tanto los humanos como las lenguas que hablaban se expandieron desde África en un proceso muy similar.

Quizás incluso la lengua fue la innovación cultural que alimentó la emigración de nuestros antepasados desde el corazón de África.

El segundo estudio, realizado por Russell Gray, Simon Greenhill y otros colaboradores, desafía la idea de que el cerebro humano produce reglas universales para el lenguaje.

Según Gray la diversidad de las lenguas del mundo es asombrosa.

Hay unas 7000 lenguas habladas en la actualidad, algunas con sólo una docena de sonidos distintos y otras con más de 100, algunas con complejos patrones de formación de palabras y otras con palabras muy simples, algunas con el verbo al comienzo de la frase, otras en el medio y otras al final.

“Nuestro trabajo muestra que las afirmaciones de algunos lingüistas realizadas acerca del fuerte papel de una estructura innata de la mente humana que conforma la variación lingüística ha sido fuertemente sobre valorada”, dice Gray.

Gray y sus colaboradores han usado métodos computacionales derivados de la Biología para analizar los patrones globales de la evolución lingüística.

En lugar de patrones universales de dependencias en el orden de las palabras han encontrado que cada familia de lenguajes tenía su propia tendencia evolutiva.

La disposición de conos de nuestra retina y, por tanto, nuestra percepción del color, evolucionó en la sabana africana.

Desde los albores de la vida compleja, cuando por primera vez se inventó el sentido de la vista, la evolución ha desarrollado diversos modos mediante los cuales los animales pueden ver el mundo que les rodea.

Todo empezó cuando la aparición de la depredación hizo que unas criaturas estuvieran vigilantes por si aparecía un depredador y éste afinara su vista para no morirse de hambre.

Al fin y al cabo, la luz es capaz de transportar información de un modo mucho más rápido y preciso que el sonido o el olor.

Esta carrera de armamentos evolutiva perfeccionó el sentido de la vista ajustándolo a las necesidades de cada especie.

Desde el ojo de calcita del trilobites al ojo de retina perfecta del pulpo, el Universo ha podido contemplarse a sí mismo de muchas maneras.

Aunque el gen maestro que durante el desarrollo embrionario dice “haz unos ojos” es prácticamente el mismo desde la explosión del Cámbrico y dota de ojos a una mosca de la fruta, a un ratón o a un ser humano, la responsabilidad de los detalles de la fisiología del ojo o de su particular modo de percibir el mundo corresponde a genes específicos de cada especie.

Hay algo que es común en la visión todas las especies terrestres y es que ésta depende de la estrella que nos ilumina. El Sol, una estrella de clase espectral G2 a 5778 K, tiene el pico de emisión en lo que llamamos espectro visible, una pequeña franja de todo el espectro electromagnético.

El espectro visible es visible porque la vida ha evolucionado bajo esa iluminación, optimizada para ver las frecuencias en las que más emite el Sol.

Otros seres, bajo otros tipos de estrellas, serán iluminados con otra luz y verán su mundo de manera distinta, quizás bajo colores infrarrojos.

Además, nuestra atmósfera difunde el color azul y las criaturas que viven bajo el agua se las tienen que ver con un filtro que lo convierte casi todo en lo que nosotros llamamos azul.

Dependiendo de en donde viva así habrá evolucionado el sentido de la vista de una determinada especie animal.

Los conos de nuestros ojos, responsables de nuestra visión del color, se disponen en forma de mosaico sobre la retina, pero este patrón no es aleatorio.

Se ha propuesto que las retinas están adaptadas al entorno visual del animal en cuestión y que habrían evolucionado para extraer la máxima información posible del medio.

Es la hipótesis de la codificación eficiente.

Así por ejemplo, las retinas de los peces que viven a distintas profundidades tienen un patrón distinto porque los colores de la luz que los ilumina dependen de la profundidad.

La estructura de la retina también dependerá de los hábitos de vida del animal. Así por ejemplo, la nocturnidad modificará su sentido de la vista, priorizando bastones frente a conos y sensibilidad frente a percepción de color.

La evolución ha desarrollado distintos pigmentos que son sensibles a una gama de frecuencias distinta para poder detectar distintos colores.

De este modo, los humanos tenemos tres tipos de conos que contienen distintos pigmentos para así detectar prioritariamente el rojo, el verde y el azul.

Todos los colores que vemos son combinaciones de las señales que nos llegan de esos tres tipos de conos, de esos tres pigmentos.

A veces, diferentes tipos de combinaciones producen la misma señal y sensación de color, pues con sólo tres pigmentos no se puede captar toda la riqueza de color posible.

Otros animales tienen más pigmentos que nosotros y otros menos.

Así por ejemplo, la galera tiene 16 pigmentos distintos y su mundo tiene unos colores que a nosotros nos es imposible distinguir entre sí. Colores que no podemos ni imaginar.

Incluso las humildes abejas pueden ver el ultravioleta para así distinguir los patrones que bajo este “color” aparecen sobre las flores. Su “espectro visible” está desplazado respecto al nuestro.

Pero todos los colores que un ratón, una mosca o un humano ven son sólo sensaciones en nuestros cerebros, percepciones de la realidad.

Nunca sabremos cómo es la sensación de color rojo del humano de al lado, aunque designemos con la misma palabra (independientemente del idioma usado) la misma región del espectro electromagnético.

De esa sensación, de esa percepción del color, se encarga una pequeña región del cerebro del tamaño de una alubia denominada V4 que está situada en la corteza visual secundaria.

De todo el color del mundo, de las rojas rosas, de los amarillos tulipanes, del color del cielo o del profundo color verde de los ojos de esa chica que nos gustaba tanto en nuestra juventud se encarga esa pequeña zona de nuestro cerebro.

Si se ve afectada quedaremos privados no solamente de la visión en color, sino además de la capacidad de imaginar o recordar esos y todos los demás colores.

No sólo vemos de distinta manera a muchos otros animales, sino que incluso entre nosotros a veces tenemos una visión del color distinta.

Si los pigmentos fotosensibles que poseen nuestros conos son distintos (como le ocurre a casi un 10% de lo varones) no podremos distinguir colores sutiles que a otros les parecen evidentes y ellos no podrán ver algunos tonos de color que nosotros vemos.

Pero, independientemente de estas pequeñas particularidades de los humanos, todos nosotros compartimos un origen común y la evolución debe de haber modelado nuestra visión.

Hace 10 millones de años nuestros antepasados que paseaban por la sabana africana vieron salir el Sol sobre una tierra seca y bajo un cielo inmenso.

Y sobre las verdes praderas de esa región del mundo correteaba una rica vida animal que a veces poseía complejos patrones de coloración.

Eran posibles presas y posibles depredadores. Según un nuevo estudio, este escenario tan complejo visualmente tuvo que modificar evolutivamente nuestro sentido del color.

¿Está la visión humana optimizada para extraer la máxima información del mundo que nos rodea?

No lo parece, pues al cielo (objeto que predomina en todos nuestros escenarios) sólo le corresponde un 6% de conos receptores del azul y éstos además están colocados prioritariamente en la periferia de la retina.

Encima, las proporciones de conos responsables del rojo y el verde varían ampliamente entre individuos.

Para averiguar por qué se da esta configuración, Gasper Tkačik, de la Universidad de Pennsylvania, y sus colaboradores crearon una base de datos en la que almacenaron 5000 fotos de alta resolución tomadas en diversas localizaciones de Botswana, una región africana cercana a la región en donde evolucionaron nuestros antepasados y otros primates.

Las mismas escenas fueron tomadas a distintas horas del día, con distintas exposiciones, aberturas y distancia de cámara.

Luego usaron un algoritmo matemático desarrollado en estudios previos para saber cómo los conos detectarían la luz de esas escenas.

Los investigadores calcularon entonces cuántos fotones de diferentes longitudes de onda capturaba la cámara y qué configuración de conos captaría el mayor número de ellos.

Descubrieron que el patrón real de conos de la retina humana encajaba en las predicciones del algoritmo. Los conos responsables de los rojos y verdes captarían más fotones de esas escenas que los conos responsables del azul.

Esta sería la explicación de por qué tenemos pocos conos sensibles al azul y por qué están distribuidos como lo están: en la periferia en lugar de en el centro donde se enfoca más luz.

Los conos rojos y verdes captaría la misma cantidad de información, no habría beneficio evolutivo de uno sobre el otro y de ahí la variedad de configuraciones entre individuos observadas en este caso.

Este estudio, además de iluminar ciertos aspectos de la visión, podría ayudar a crear sistemas de visión artificial más parecidos a la visión humana, sistemas más eficientes, precisos y ajustados al mundo natural.

Los sistemas actuales tienen problemas a la hora de reconocer objetos fuera de ambientes no familiares.

Según Matthias Bethge, la base de datos de Botswana será muy útil usada como estándar para otros grupos de investigadores que trabajen sobre percepción visual, no sólo sobre el color, sino también sobre el contraste y el reconocimiento de formas.

Será interesante estudiar si la visión humana se ha adaptado a distintos ambientes o si las imágenes de otras partes del mundo darán resultados diferentes a las africanas.

Algo que seguro merecerá la pena investigar.

Lo importante es que nos quedemos con la idea en la cabeza de lo relativa que es la visión y percepción del mundo.

Una visión de la realidad que para nosotros empezó en la sabana africana.

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