A la muerte de Charles Darwin

Charles DarwinHa llovido mucho y el mundo ha dado muchas vueltas desde que Charles Darwin falleciera allá por 1882, pero para algunos no parece que las cosas hayan cambiado demasiado.

Si bien más de un siglo de avance científico ha dejado claras muchas de las nubes que oscurecían las teorías del sabio británico, hoy pueden leerse textos tan retrógrados como por entonces en ciertos ámbitos.

Ni que podamos contemplar la evolución “en directo” gracias a la genética y a la biología molecular, ni que tengamos registros fósiles cada vez más completos, nada hace que entren en razón.

El siguiente texto lo rescato desde las brumas del tiempo.

Fue publicado en La Ilustración española y americana el 8 de Mayo de 1882 y, a pesar del tiempo que nos separa de entonces, todavía pueden leerse opiniones similares en ciertos lugares propensos a diseños supuestamente inteligentes y similares.

Recomiendo disfrutar de esta lectura con calma, imaginando el clima intelectual de la época…

DARWIN Y SU SISTEMA

Darwin, el naturalista inglés de quien tanto se ha estado hablando durante seis lustros, ha muerto. Nació en 1809 y ha descendido al sepulcro, a la edad de setenta y tres años, en 1882.

Sus amigos, que han querido celebrar con gran pompa sus funerales, han depositado su cadáver al lado de el del célebre Newton. Veremos si el tiempo sanciona esta tan entusiasta como poco meditada resolución.

Es más que probable, y para nosotros enteramente seguro, que la posteridad no ha de tributar a Darwin, autor de la Lucha por la existencia y la Selección natural, los mismos honores que ha tributado y sigue tributando al inventor del Binomio y el Cálculo infinitesimal, al que descubrió las principales leyes de la óptica y explicó la gravitación universal y el sistema del universo.

Pero prescindamos ahora de esta clase de observaciones. En este artículo no debemos hablar sino de lo que su epígrafe indica.

La biografía de Darwin se reduce á muy poco. No era muy rico, ni se había dedicado jamás al comercio, la industria ó la agricultura.

Nunca desempeñó cargos públicos, ni se dejó seducir por el brillo de las armas, ni tomó siguiera jamás parte activa en la política. No entró nunca en los Parlamentos, ni se acercó jamás á las redacciones de los periódicos.

Para él no ha habido más campo que el de los centros de instrucción, ni más carrera que la de las Ciencias naturales. Su vida entera se ha consagrado al estudio y cultivo de este ramo del humano saber.

Aunque Darwin no puede compararse con genios como Leibniz, que dominan todas las ciencias, tenía, no obstante, un entendimiento muy claro; poseía lo que se llama espíritu de observación é investigación; sabía clasificar con exactitud y exponer con claridad y buen método, y, sobre todo, estaba dotado de la constancia o la asombrosa paciencia que se necesita para pasar meses y meses, y aún años y años, examinando y comparando esqueletos de plantas o animales.

No era un gran filósofo, ni conocía siquiera el derecho, la economía política, la historia, la crítica, etc.

Era lo que los escolásticos llamaban hombre de un solo libro o de una sola ciencia, y, por lo tanto, casi enteramente profano en todas las demás.

En honor de la verdad, Darwin no pensó nunca en aparecer como enciclopédico o de erudición universal. Sus escritos no se apartan nunca de lo que pudiera apellidarse, como se apellida en Alemania, el particularismo científico.

Darwin, que desde sus primeros años mostró grande inclinación a la Zoología y la Botánica, estudió las Ciencias naturales, siempre con excelente nota, en las dos célebres universidades de Oxford y Cambridge. En 1831, terminada ya su brillante carrera, recibió el grado de doctor.

Desde 1832 á 1836 estuvo fuera de la Gran Bretaña, como miembro de la Comisión científica que, á expensas del Gobierno inglés, se encargó de visitar y estudiar la América Meridional y gran parte de las costas é islas principales del Pacífico.

Este fué el único gran viaje de Darwin. Después, por falta de salud ó por amor á los estudios de gabinete, casi no ha vuelto á perder de vista el nebuloso cielo de su país.

Darwin, de carácter bastante pacífico, huía por sistema de toda clase de luchas, y no tenía más que una ambición: la de hacerse célebre, a la cual lo ha sacrificado todo.

Se complacía en saber que su nombre era conocido en todas partes, y no aspiraba sino a que se hablase de él, en bueno o mal sentido, fuese como fuese.

Le agradaban sin duda los elogios entusiastas de sus amigos y discípulos pero no leía con disgusto, y casi hasta agradecía, las censuras de sus adversarios, por más que fuesen violentas.

Acaso por esto jamás sostuvo ruidosas polémicas personales, ni se mostró indignado contra sus impugnadores.

Su lenguaje fue siempre el del más impasible estoicismo. Planteaba las cuestiones más espinosas y trascendentales con la calma del escéptico más completo, y a veces con la frialdad glacial del mármol. Nunca emplea calificativos malsonantes, ni hace juicios críticos que personalmente ofendan o lastimen.

En sus escritos, por otra parte, no se advierte ni amor a lo que afirma, ni odio a lo que intenta destruir.

Su fanatismo, más bien que fanatismo, era espíritu de sistema, todo efecto del cálculo, que nacía y se alimentaba en su inteligencia, no en su corazón.

Esto, que era el rasgo más notable de su carácter, quizás fuese también la fuente de toda su doctrina y la razón ó causa de todo su método.

Darwin, en 1859, publicó su tan conocida obra titulada El Origen de las especies. En ella expone su teoría, pero guardándose bien de aplicarla al hombre.

Habla en general del origen de todas las especies; pero ni una palabra dice de la cual pueda inferirse que se quiere referir a la especie humana o que intenta deducir las consecuencias lógicas de su sistema.

Haeckel, el más erudito y el más entusiasta entre todos sus discípulos, asegura que Darwin mostró esta reserva por prudencia o por evitar el escándalo y no suscitar insuperables dificultades a la propagación de su doctrina.

Esto no obstante, era imposible no ver lo que había en el fondo de la teoría darwinista.

Así es que, desde 1860, Darwin en Inglaterra, aún por los mismos protestantes, era mirado como impío; en Alemania, cual un visionario, y en la propia Francia, como autor de un sistema ridículo y degradante.

Todavía, en 1871, en plena revolución, la Academia de Ciencias de París se resistió a contarlo entre sus socios correspondientes.

Darwin, siempre impertérrito, dejaba hablar, y, por más que se le dirigiesen interpelaciones, nunca despegaba sus labios para rechazar ó aceptar las consecuencias que todo el mundo deducía de sus principios.

Sus discípulos, más impacientes o menos cautos, levantaron el velo mucho antes.

Husley, inglés, ya en 1863, en su obra Lugar del hombre en la creación, declarando lo que Darwin, su maestro, no osaba declarar, afirmó que la evolución ó la selección natural se extendía también á la especie humana, ó que el hombre se ha transformado y se transforma sin cesar, y ni es ahora lo que era ántes, ni será después lo que es ahora.

Pasados tres años, en 1866, Haeckel, alemán, fué, si cabe, más explícito que Husley. Desde entonces, entre los darwinistas se puso como de moda el romper toda clase de velos y llevar su sistema hasta sus más remotas consecuencias.

Darwin, que, de seguro, en el fondo de su alma no aprobaba tanta franqueza, resuelto á caminar, como suele decirse, con piés de plomo, ni protestaba, lo cual era indicio de tácito consentimiento, ni mostraba siquiera disgusto contra los discípulos que se le adelantaban, usurpándole la primacía, lo cual es bastante raro en los autores de sistemas, por lo común tan poco tolerantes y tan apegados á su propio juicio.

Darwin, cuando creyó que la sazon era oportuna, en 1871, se decidió, por fin, á hablar, ó á contestar á las preguntas que tantas gentes y de tantas partes le dirigían. Al intento publicó su obra La Descendencia del hombre, en la cual se completa la de 1859, El Origen de las especies, intentando demostrar que la especie humana varía como todas las demás especies zoológicas, vegetales y minerales.

Este libro no aumentó en nada la celebridad de su autor. Al contrario, por aparecer demasiado tarde, ó por no ser sino extracto ó copia de lo ya dicho por Husley, Haeckel, etc., ni siquiera logró llamar la atención.

Según Haeckel, Darwin se proponía hacer el inventario de las riquezas de la Creación, y su sistema era nada ménos que la corona del gran edificio de las Ciencias Naturales.

No todo el mundo piensa de igual manera. El naturalista Kuntz, poco sospechoso de clericalismo, como ahora se dice, decía, el 4 de Enero de 1881, que “se puede afirmar que la doctrina trasformista se encuentra ya en bastante mala situación.”

Añadía que “la permanencia de los tipos primordiales en las formaciones contemporáneas es un argumento que molesta no poco a los darwinistas.” Y se comprende bastante bien. Si los tipos primordiales subsisten, la variación, que tanto se decanta, no puede quedar peor parada.

Otro naturalista de la propia escuela decía, en L´Independence Belge, número correspondiente al 11 de Enero de 1881, que “después de los trabajos de Wigandt, Hartmann y Quatrefages, la teoría de Darwin parece haber perdido parte de su poderoso empuje y no caminar sino con la velocidad adquirida.”

Como se ve, no todos los naturalistas dan al darwinismo la importancia que le atribuye Haeckel. Lo cierto es que nadie duda que el propio Darwin, al morir, no ignoraba que su muerte no estaría muy distante de la de su sistema.

La teoría darwinista se conoce con los nombres de doctrina de la evolución, genealógica, de la descendencia, de la selección natural, de la herencia, transformismo, y monismo o de una sola clase de seres.

Todos estos nombres en la realidad tienen idéntica significación; pero en su apariencia, para los que no meditan mucho o no penetran en el fondo de las cosas, pueden indicar cosas distintas.

El mismo Darwin, en la sexta y última edición de El Origen de las especies, publica una disertación preliminar, titulada Noticia histórica, en la cual cita treinta y seis autores, anteriores á 1859, que á su decir, trataron ántes que él de una manera más ó ménos vaga la cuestión de la variación de las especies ó de la selección natural.

Bien se echa de ver que la teoría darwinista, para librarse de la nota de singularidad ó extravagancia, deseaba encontrar ascendientes que le sirviesen de escudo. Y la verdad es que en este punto Darwin no carece de razón. Su sistema, aunque expuesto con novedad ó más bien de propósito y con extensión por él, en su parte esencial no puede considerarse como cosa enteramente nueva.

Prescindiendo de muchos otros autores, citados y no citados por Darwin, es indudable que, en 1828, Saint-Hilaire sostuvo que podía suponerse que todas las especies procedían de un solo tipo. Lamarck, ya en 1809, intentó demostrar que todas las especies, sin exceptuar la humana, no eran sino desarrollo de especies anteriores.

El mismo Buffon, poco coherente en este punto, hablando del jumento, se mostró inclinado á creer que podía ser una degeneración del caballo. El tan conocido poeta y naturalista Göethe decía, en 1794, que no había más acción que la de la Naturaleza, y todo debía atribuirse á la evolución sucesiva de las energías naturales.

Robinet, en 1768, pretendía demostrar que existía cierta gradación natural de las formas de sér, y que la Naturaleza como que aprendía á formar el hombre. Wolff, en 1759, exponiendo la teoría de la generación, hablaba “del primer fundamento de la embriología zoológica, la historia verdaderamente científica de la evolución humana ó de la ciega Naturaleza, dando ciegamente el ser á todo lo natural.”

Maillet, en 1748, sentando una teoría, que hacía reir al propio Voltaire, explicaba el sistema del universo suponiendo que en el fondo no había más que ciega evolución, selección natural, ó, como él decía, conjunto inmenso de agitados torbellinos.

En la Edad Media muchos filósofos, principalmente los alquimistas, que no admitían la Creación, al tratar de la materia prima, de la cual procedían todas las demás sustancias materiales, hacían indicaciones, no muy precisas, pero suficientes para que de ellas se deduzca que acaso creyeron en la trasformación constante de las especies. El propio Darwin, por último, cita un texto de Aristóteles, que pudiera interpretarse en sentido evolucionista.

Esto no tiene nada de extraño. Quatrefages, naturalista tan autorizado y tan erudito, no vacila en afirmar que la idea general evolutiva ó el principio de que las especies no son fijas ó proceden unas de otras puede encontrarse en muchos sistemas filosóficos antiguos.

Nada más cierto. Todas las escuelas filosóficas, tanto antiguas como modernas, que han negado la Creación, por el solo hecho de negarla, se han visto en la necesidad absoluta de inventar algo que les sirviese para explicar la formación de los seres ó manifestar cómo puede haber efectos sin causa, y órden admirable sin inteligencia ordenadora.

Estas escuelas, esencialmente naturalistas, al negar el órden sobrenatural ó la acción de la Divina Providencia, tienen que recurrir á la ciega fatalidad de los que rechazan el libre albedrío; á los revueltos torbellinos de Epicuro; á la cadena de eslabones infinitos, imaginada por los estoicos; á la obra ciega de la ciega Naturaleza de los ateos y materialistas; á la evolución, el transformismo, la selección natural, etc, etc., que no son más que palabras inventadas para aparentar que se explica lo que es de todo punto inexplicable.

Hé aquí por qué decimos que, si no en la forma, en su esencia, el sistema de Darwin, léjos de ser una novedad, pudiera considerarse como un error ya bastante antiguo.

Como ya hemos indicado, Darwin puede considerarse como naturalista y como filósofo. Como naturalista, cuando habla de las especies de caballos, de las razas de palomas, de las costumbres de las abejas, de la admirable vida de las hormigas, de la emigración de las plantas, animales etc, tiene verdadera autoridad, y, con frecuencia, hasta brilla como astro de primera magnitud.

Como filósofo, por el contrario, es decir, cuando trata de la evolución, de la selección, del instinto, del concepto metafísico de las especies, etc., etc., sólo consigue que, aun sin tener ojos de lince, se vea con toda claridad que su competencia no es gran cosa y está lejos, muy lejos, de su verdadero terreno.

Darwin, al formar sus inducciones, se olvida de las reglas fundamentales de la lógica, y da saltos que la razón nunca puede justificar.

Además, alucinado o empujado por el amor a su sistema, hace decir a los hechos y aun a sus propias observaciones muchísimo más de lo que dicen. Con el fin de demostrar esto, vamos a extractar con toda fidelidad algunos pasajes del mismo Darwin.

En su obra El Origen de las especies, después de asegurar que “el origen de las especies es el misterio de los misterios”, y que “no se puede llegar á un resultado satisfactorio sino examinando la cuestión bajo todos sus aspectos y haciéndose cargo de todo lo que se dice en pro y en contra”, olvidándose de este gran principio, dice lo que sigue:

 “Me será imposible el citar todas las obras de las cuales tomo ciertos datos; pero confío en que el lector dará crédito á mis palabras.”

Nada más antifilosófico ni más ilógico que esto. Cuando se trata de ciencias exactas ó de observación y experiencia, nunca se puede recurrir al crédito personal.

En estos casos, aunque no se dude de la buena fe de nadie, jamás puede admitirse sino lo que con pruebas positivas se demuestra.

Añade Darwin: “Nadie comprende mejor que yo la necesidad de exponer todos los hechos sobre los cuales descansan mis conclusiones; pero esto se hará más tarde y en otra obra.”

En el capítulo II de la citada obra, al tratar de la variabilidad de las especies, que es lo más esencial en su sistema y lo único que ante todo debía demostrar, hace la siguiente notabilísima confesión: “Para tratar bien este punto, debería haber un largo catálogo de hechos; pero yo reservo estos hechos para una obra posterior.”

Esto lo repite Darwin muchísimas veces y casi por sistema. Y lo más raro es que, á pesar de repetirlo tanto, jamás se han visto sus resultados.

En efecto, en 1859 empezó á prometer la publicación de los tales hechos, y, aunque ha pasado tanto tiempo, y aunque la necesidad de publicarlos era tan grande y tan evidente, hemos llegado á 1882 sin que los tales hechos se publiquen.

Esto ha ocurrido, ocurre y ocurrirá siempre á todos los autores de sistemas.

Hasta ahora no ha habido uno, ni siquiera uno, ó que no prometa más de lo que puede dar, ó que no comience ofreciendopruebas evidentes para acabar por exigir la más ciega fe.

Para terminar, porque no debemos prolongar demasiado este artículo, indicaremos que, contra lo que creen ciertas gentes, el darwinismo no ha echado nunca raíces demasiado profundas.

El mismo Haeckel, quizás el más exaltado entre todos los transformistas, en su Antropogenia, publicada en 1875, dice:

“El nombre de Cárlos Darwin es conocido en el mundo entero; pero ¿cuántas son las personas que, por decirlo así, se han asimilado realmente la teoría de la descendencia?

El número de estas personas es absolutamente insignificantes. Pudiera añadirse que ni los más célebres biologistas conocen á fondo la historia de la evolución.”

Después de esto, nada tenemos que decir nosotros. La verdad es que toda la crítica del sistema puede reducirse á lo que en el lugar citado dice Haeckel.

Sin ni los más célebres biologistas, esto es, si los naturalistas más competentes no conocen á fondo la teoría de la evolución, ni aún se comprende quién pueda conocerla como necesita ser conocida, ¡desgraciado el sistema que se ve obligado á defenderse protestando que son muy pocos los que tienen la inteligencia indispensable para poder comprenderlos!

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Miguel Sánchez, presbítero.

Fuente: http://www.alpoma.net/tecob/?paged=136
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