La antena de Jansky

La antena de JanskyLa mención al casual encuentro con la radiación de fondo de microondas, es otra de esas “casualidades” que han hecho historia.

La radioastronomía pudo haber nacido de mil maneras diferentes, pero tuvo que ser un joven que atendía al nombre de Karl Jansky quien diera el impulso inicial a una de las ramas de la astronomía que más frutos ha dado en la última centuria.

Empecemos por el principio, las ondas de radio.

Son ondas electromagnéticas, como también lo es la propia luz que nos sirve para capturar el mundo a través de nuestros ojos, pero sin una tecnología adecuada el murmullo de radio del universo nos es completamente desconocido.

A principios del siglo XX comenzó el interés real por captar ondas de radio del espacio ya que, al menos en teoría, estaba claro que más allá de la Tierra se daban fenómenos capaces de generar señales de radio que podían ser captadas con un equipo indicado para ello.

El primer objeto que atrajo la atención de los aspirantes a radioastrónomos fue el Sol. Seguro que emite todo tipo de ondas de radio de gran potencia, se dijeron, e intentaron capturar el crepitar de radio solar de diversas formas.

No fue mucho lo que se logró, y los años fueron pasando. Llegados a los años treinta del siglo pasado la tecnología de radio había evolucionado de forma asombrosa.

Extendidas por todo el planeta, las estaciones de radio de todo tipo se habían convertido en el medio de comunicación más empleado. Los sistemas de telegrafía por radio cruzaban miles de mensajes cada día, sobre todo empleando frecuencias de onda larga cercanas a los 100 kHz.

 Aunque este tipo de ondas puede propagarse a grandes distancias, los problemas con las interferencias causaban muchos dolores de cabeza a los operadores de las estaciones de radio. ¿No habría alguna manera de mejorar el sistema?

Aquí es donde entra el amigo Jansky en escena, gracias a un proyecto de los Laboratorios Bell en Nueva York destinado a crear sistemas de comunicación avanzados empleando diversas frecuencias.

Para estudiar las posibilidades del uso de ondas cortas y, también, para averiguar todo lo posible sobre interferencias, fue contratado un ingeniero recién graduado.

Así llegó Jansky al que fue su primer empleo como ingeniero y, a la vez, al lugar en el que nació la radioastronomía.

La verdad, el trabajo no parecía gran cosa, pues el objetivo era escuchar “ruidos”, estudiar a fondo las interferencias y poco más.

Pero, he aquí que el inquieto Jansky propuso montar un engendro de feo aspecto que fuera capaz de captar las ondas de forma óptima.

Así nació la antena de Jansky, a la que el propio ingeniero llamaba “el tiovivo”, pues de lejos parecía una atracción de feria.

Se trataba de una antena rotatoria de 29 metros de longitud y 4 de altura ideada para el estudio de perturbaciones atmosféricas en la propagación de ondas decamétricas.

La antena se situó en Holmdel, Nueva Jersey, lejos de las posibles influencias de radio de la gran ciudad.

El armazón de la “cosa” podía girar como se deseara, para orientarse a gusto, apoyado sobre las ruedas que habían pertenecido anteriormente a un Ford.

De acuerdo, con la máquina dispuesta ya solo restaba escuchar ruidos. Así, entre finales de 1931 y principios del año siguiente, Jansky exploró el cielo escuchando todo lo que pudo encontrar.

 Su fino sentido de la concentración le hizo caer en la cuenta de que la estática no era siempre la misma, allí había algo que no debía aparecer o, al menos, era algo novedoso.

Descartando las conocidas interferencias provocadas por fenómenos atmosféricos y, cómo no, el “ruido” propio de los aparatos de registro y de la antena, resultó que había algo más de fondo, una especie de silbido.

Además, aquel ruido se movía con el cielo, siguiendo de forma aproximada la rotación terrestre. Con la ayuda de algunos astrónomos, trató de determinar el origen de la interferencia, pero no fue nada sencillo.

Al principio pensó en el propio Sol, pero pronto quedó claro que aquello venía de otra parte, mucho más lejos.

Tras pasar numerosos días registrando sobre gráficos todas las señales de su interés, centradas en 20,5 MHz de frecuencia y cerca de 14,5 metros de longitud de onda, y tras más de un año con los sentidos puestos en el cielo, quedó claro que el origen era lo más extraño que pudiera haber imaginado: el centro de la Vía Láctea en la constelación de Sagitario.

Fue entonces cuando nació la floreciente ciencia de la radioastronomía aunque, por desgracia para el propio Jansky, sus jefes le enviaron pronto a otros puestos y no pudo continuar aquella labor.

Hoy, en su honor, se denomina Jansky a la unidad de brillo aparente de una estrella en la que se mide la cantidad de energía de radio que se detecta procedente de un objeto celeste.

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