Helicobacter pylori ayuda a controlar el apetito

Helicobacter pylori ayuda a controlar el apetitoLa conocida bacteria Helicobacter pylori ayuda a controlar el apetito.

Una de las características más interesantes de la ciencia es su capacidad para establecer relaciones causa-efecto entre hechos aparentemente muy alejados entre sí.

Un ejemplo relativamente reciente de estas insospechadas relaciones lo tenemos en los efectos de la flora intestinal en nuestra fisiología y, por tanto, en nuestra salud.

La investigación sobre la flora intestinal ha revelado que esta puede afectar hasta a nuestro estado de ánimo y, por consiguiente, a nuestra sensación de felicidad.

También resultó en su día sorprendente la relación entre la flora intestinal y el correcto funcionamiento del sistema inmune, fundamental para defendernos de los microrganismos patógenos que continuamente acechan en el exterior.



Otra de las relaciones insospechadas en su día es la que existe entre el desarrollo de úlceras estomacales y la infección por la bacteria Helicobacter pylori.

El descubrimiento de esta relación, que valió un premio Nobel, desencadenó una ola terapéutica encaminada a erradicar a H. pylori de los estómagos de millones de personas, sufrieran de úlceras o no.

Esta ola terapéutica, a su vez, ha ayudado a revelar nuevas e insospechadas relaciones entre H. pylori y la salud.

Así, nuevos estudios dejan claro que existe una relación entre la erradicación de H. pylori y el desarrollo de alergias, entre ellas el asma. Al parecer, la relación entre H. pylori y nuestras defensas para mantenerla a raya es necesaria para regular el sistema inmunitario de manera correcta y evitar el desarrollo de alergias.

En este sentido, se ha comprobado también que animales desprovistos de flora intestinal son más susceptibles de contraer la gripe lo que, de nuevo, indica que las bacterias que nos habitan ayudan a impedir que otros microrganismos más indeseables hagan lo mismo.
La investigación en los últimos años también ha revelado una relación entre la flora intestinal y la obesidad.

De acuerdo a estas investigaciones, ciertas especies de bacterias ayudan a digerir carbohidratos complejos de una manera más eficaz que otras.

Aquellas personas que poseen en su flora estas bacterias en mayor proporción son capaces de extraer más calorías útiles de los mismos tipos de alimentos, lo que les predispone a la obesidad.

HORMONAS DEL APETITO

No obstante, la obesidad no se desarrolla fácilmente si los mecanismos de control del apetito funcionan correctamente.

Estos mecanismos evalúan la carga calórica que poseemos, es decir, determinan si el balance energético en un momento dado es positivo (hemos comido adecuadamente y no es necesario comer más) o negativo (tenemos hambre y es necesario comer).

Estos mecanismos dependen, por supuesto, del funcionamiento de nuestros propios genes, sobre todo de aquellos que producen hormonas reguladoras del apetito. Dos de estas hormonas son particularmente importantes.

La primera es la llamada ghrelina. Esta hormona es secretada por el estómago vacío, cuando hace ya tiempo que no hemos comido, y estimula a ciertas neuronas del hipotálamo cerebral causando la sensación de hambre y, por consiguiente, la necesaria motivación para comer.

La ghrelina actúa, por tanto, como hormona estimuladora de la ingesta alimenticia.

La segunda hormona reguladora del apetito importante es la leptina. Esta hormona es producida por el tejido adiposo, la grasa, pero es también secretada por el estómago lleno, y actúa igualmente sobre nuestro cerebro induciendo la sensación de saciedad, y a dejar de comer.

Es claro que ghrelina y leptina actúan como dos brazos de una balanza que debe estar en equilibrio para conseguir una adecuada ingesta calórica que nos permita no perder, pero tampoco ganar peso.

Sin embargo, las cosas nunca son tan sencillas, en general. La secreción de niveles correctos de ghrelina y de leptina depende del correcto funcionamiento de todos los mecanismos que ponen a funcionar de manera correcta a los genes que las producen.

¡Sorpresa!

 Recientemente se ha descubierto que el funcionamiento correcto de dichos mecanismos depende de la presencia de H. pylori en el estómago.

El descubrimiento se ha realizado al estudiar a pacientes tratados con antibióticos para erradicar a H. pylori y evitar así el desarrollo de posibles úlceras. Los meses siguientes a la erradicación de la bacteria, estos pacientes ganaron peso.

Al analizar sus niveles de ghrelina en sangre se comprobó que estos eran seis veces superiores a los que poseían antes de la erradicación.

Los niveles de leptina eran también algo superiores, pero en mucha menor proporción que los de ghrelina, por lo que el normal equilibrio entre estas dos hormonas estaba perturbado de manera que generaba un aumento del apetito, conducente a la ganancia de peso observada.

La investigación sobre las bacterias amigables que nos habitan y sus efectos sobre la salud continúa.

En todo caso, la investigación ha dejado suficientemente claro que la obesidad no parece ser solo resultado del vicio voluntario de comer demasiado, o del pecado de gula. Muchos factores, algunos aún desconocidos, afectan a nuestro apetito de manera inconsciente.

En el mundo de la caloría fácil en el que vivimos, para muchos la obesidad es la consecuencia natural de desequilibrios fisiológicos.

En ocasiones, estos desequilibrios son causados por la propia voluntad de curar otros males que, de manera antes insospechada, afectan a nuestro apetito, a nuestras defensas e incluso pueden afectar a nuestro estado de ánimo.

Solo más y mejor investigación podrá permitirnos llegar a comprender todos los mecanismos, beneficiosos o patológicos, en los que las bacterias de nuestro estómago e intestino están implicados.

Publicado por Jorge Laborda en Quilo de Ciencia
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