¿Terraformar al planeta Marte?

¿Terraformar al planeta Marte?
A medida que continuamos explorando el Sistema Solar, surge inevitablemente la cuestión de la habitación o colonización.

Las bases habitadas en la Luna o Marte, por ejemplo, han sido durante un largo tiempo el sueño de muchos.

Hay un deseo natural de explorar tan lejos como podamos ir, y también de extender la presencia de la humanidad en una base permanente o, al menos, semi-permanente.

Para hacer esto, sin embargo, es necesario adaptarse a diferentes ambientes extremos.

En la Luna, por ejemplo, una colonia debe ser auto sostenible y proteger a sus habitantes del duro ambiente exterior carente de aire.

Marte, sin embargo, es diferente. Aunque las futuras bases podrían adaptarse al ambiente marciano, también existe la posibilidad de modificar el entorno en lugar de sólo coexistir con él.
Este proceso es conocido como “terraformación”; esencialmente, se trata de intentar ‘jugar’ con la atmósfera y el ambiente de Marte para hacerlos más similares a los de la Tierra.

Aunque aún estamos muy lejos tecnológicamente, la terraformación del Planeta Rojo es vista como una posibilidad futura. Tal vez, la pregunta más importante es: ¿deberíamos hacerlo?

La próxima vez que se envíen humanos a poner pie en un mundo alienígena, podrían no ir solos. Pequeñas y livianas cajas llenas de microbios genéticamente modificados podrían hacer que la vida en planetas hostiles resultara mucho más llevadera.

Los posibles colonizadores de otros mundos requerirían alimento, combustible y abrigo para permitir su supervivencia, pero llevar grandes cantidades de provisiones desde la Tierra resultaría demasiado costoso.

Ante esto, la biología sintética ofrece otra opción: enviar microbios en lugar de humanos. Los microbios pesan muy poco y ocuparían prácticamente nada de espacio dentro de una nave espacial.

Una vez que la misión llegase a destino – digamos por ejemplo, a Marte – podrían multiplicarse al ir alimentándose de los materiales que estuviesen disponibles en el lugar.

El producto de sus labores serviría para generar los elementos fundamentales para comenzar un asentamiento humano.

La NASA ya ha dado inicio a las investigaciones que permitirían llevar a cabo este sueño, comenta Lynn Rothschild del Centro de Investigación Ames en Moffett Field, California. Rothschild es líder de la nueva Iniciativa de Biología Sintética de la NASA, la cual busca crear microorganismos para enviar en futuras misiones espaciales tripuladas. Su visión al respecto fue compartida en el Foro BioDesign de Cambridge, Reino Unido.

Una de las principales cuestiones es si Marte tiene algún tipo de vida o no. En este caso, ¿cómo afecta al problema de la colonización o terraformación?

 ¿Realmente es posible terraformar un planeta y hacerlo habitable? ¿Hemos resuelto el problema de la superpoblación en la Tierra? ¿Existen otras alternativas?

Si Marte tiene alguna clase de biósfera, debería ser preservada tanto como fuese posible. Aún no sabemos si Marte posee una biósfera, pero la posibilidad, que se ha incrementado en base a descubrimientos recientes, debe ser tomada en cuenta.

Un descubrimiento tan valioso, que podría enseñarnos muchísimo acerca de cómo surgió la vida en ambos mundos, debería ser completamente resguardado.

Pequeñas colonias pueden estar bien, pero vivir en Marte no debería ser a expensas de los hábitats nativos, si es que existen.

Al conjunto de técnicas mediante las cuales se puede modificar un cuerpo celeste (planeta, satélite, asteroide, etc) hasta adoptar las características propias de la Tierra se le denomina terraformación. El término, como casi siempre, surgió inicialmente en el mundo de la ciencia ficción.

Fue Jack Williamson quien lo acuñó por vez primera en sus “CT stories”, allá por el año 1942, aunque Olaf Stapledon había preparado Venus para ser habitable mediante la electrólisis del agua presente en sus océanos ya en 1930 con su novela La última y la primera humanidad.

Por aquellos años la exploración espacial aún no había nacido y resultaba poderosamente atractiva la idea de un Venus cálido y húmedo, con agua abundante.

Con los datos proporcionados por las modernas sondas espaciales, hoy sabemos que el idílico mundo imaginado por Stapledon y otros dista enormemente de la realidad.

 No hay océanos de agua líquida ni nada que se le parezca y, por tanto, la electrólisis del agua (un proceso físico mediante el que se descomponen las moléculas en sus componentes atómicos de hidrógeno y oxígeno haciendo pasar una corriente eléctrica) constituye una idea, como poco, inocente e ilusa.

El mejor lugar para buscar vida en Marte es bajo la superficie. Si la superficie es realmente tan estéril y árida como parece ser, entonces las colonias no deberían ser un problema. También se ha sugerido que las cuevas marcianas serían hábitats ideales para los humanos, sirviendo como una protección natural contra las duras condiciones en la superficie.

Es cierto, pero si resulta que otra ‘cosa’ ya estableció su residencia en dichas cuevas, entonces deberíamos dejar solos a aquellos organismos.

Si Marte es el hogar de cualquier tipo de vida, la terraformación no debería ni ser un tema a discutir.

¿Terraformar al planeta Marte?2

¿Y si en Marte no hay vida?

 Incluso si allí no existiese vida, este ambiente extraterrestre prístino y único, apenas arañado por los humanos, necesita ser preservado tanto como sea posible. Ya hemos hecho demasiado daño aquí, en nuestro propio planeta.

Mediante el estudio de Marte y otros planetas y lunas en su actual estado natural, podemos aprender mucho acerca de sus historias y también aprender más acerca de nuestro propio mundo en este contexto.

Deberíamos apreciar la variedad de mundos en lugar de simplemente transformarlos para adaptarlos a nuestras propias ambiciones.

También está el problema más actual: el de la contaminación. Ha habido un protocolo desde hace mucho tiempo, a través del Tratado del Espacio Ultraterrestre de 1967, para que todas las naves espaciales que vayan a la Luna o Marte sean esterilizadas tanto como sea posible.

 Si una bacteria de la Tierra llega a la superficie de Marte y sobreviviese, complicaría la búsqueda de vida allí; si un aterrizador o un rover identificara organismos vivos en el suelo, sería difícil determinar si fuesen sólo contaminación o formas de vida nativa.

Desde una perspectiva tanto científica como ética, parecería prudente intentar proteger a Marte tanto como podamos de los intrusos terrestres. Esto se aplica de igual manera si Marte está habitado o no.

Afortunadamente, a cualquier clase de bacteria o microorganismo de la Tierra le sería muy difícil si no imposible sobrevivir en la superficie marciana, y prosperar sería mucho más difícil aún. El riesgo de una contaminación a escala planetaria es insignificante, pero aún así es mejor tomar estrictas medidas de prevención en vez de jugar con las probabilidades.

Marte pudo haber sido árido desde hace más de 600 millones de años, haciéndolo demasiado hostil para que cualquier forma de vida sobreviva en la superficie del planeta, según los investigadores que han estado llevando a cabo la tarea de analizar partículas individuales del suelo marciano.

El doctor Tom Pike, del Imperial College de Londres, presentó los análisis del equipo en una reunión en la Agencia Espacial Europea (ESA) el 7 de febrero de 2012.

Durante tres años, los investigadores han analizado los datos del suelo marciano que fueron recolectados durante 2008 por la misión Phoenix de la NASA. Phoenix se posó en la región ártica norte de Marte en busca de signos de que el planeta fue habitable y para analizar el hielo y la tierra en la superficie.

Los resultados del análisis del suelo en el sitio de aterrizaje de Phoenix sugieren que la superficie de Marte se ha mantenido árida durante cientos de millones de años, a pesar de la presencia de hielo y el hecho de que investigaciones anteriores han demostrado que Marte pudo haber tenido un periodo más cálido y húmedo en su historia, hace más de 3.000 millones de años.

El equipo también estimó que el suelo en Marte estuvo expuesto al agua líquida por un máximo de 5.000 años desde su formación, hace miles de millones de años. También descubrieron que los suelos de Marte y la Luna se formaron en las mismas condiciones extremadamente secas.

Las imágenes de satélite y estudios previos han demostrado que el suelo en Marte es uniforme en todo el planeta, lo que sugiere que los resultados de los análisis del equipo podrían ser aplicados a todo Marte.

Esto implica que el agua líquida ha estado en la superficie de Marte durante muy poco tiempo para que la vida consiguiera afianzarse en la superficie.

El doctor Pike, del Departamento de Ingeniería Eléctrica y Electrónica, quien es el autor principal del estudio publicado en la revista Geophysical Research Letters, explica:
Descubrimos que, a pesar de que hay abundancia de hielo, Marte ha experimentado una súper-sequía que bien pudo haber durado cientos de millones de años.
Pensamos que el Marte que conocemos en la actualidad contrasta fuertemente con su historia más temprana, que tuvo periodos más cálidos y húmedos y que pudo haber sido más adecuado para la vida. Futuras misiones a Marte de la NASA y la ESA cavarán más profundo en busca de evidencia de vida, que todavía puede estar refugiada bajo tierra.
Durante la misión Phoenix, el doctor Pike y su grupo de investigación formaron uno 24 equipos con base en el control de la misión en la Universidad de Arizona en Estados Unidos, operando parte de los laboratorios a bordo de la nave espacial.

Analizaron las muestras de suelo extraídas por un brazo robótico, utilizando un microscopio óptico para producir imágenes de las partículas del tamaño de un grano de arena, y un microscopio de fuerza atómica para producir imágenes 3D de la superficie de partículas de 100 micrones de diámetro.

Desde el fin de la misión, el equipo ha estado catalogando los tamaños de partículas individuales para comprender mejor la historia del suelo marciano.

En el estudio, los investigadores buscaron las partículas de arcilla microscópicas que se forman cuando la roca se rompe por el agua. Tales partículas son un marcador importante del contacto entre el agua líquida y el suelo, formando una población definida en el suelo. El equipo no encontró dicho marcador.

Calcularon que incluso si las pocas partículas que vieron en este rango de tamaño fuesen, de hecho, arcilla, constituiría menos del 0,1% de la proporción total de las muestras de suelo.

En la Tierra, el arcilla puede conformar hasta el 50% o más del contenido del suelo, una proporción tan pequeña en las muestras marcianas sugiere que el suelo ha tenido una historia muy árida.

Estimaron que la tierra que estuvieron analizando sólo había estado expuesta al agua líquida por un máximo de 5.000 años, comparando sus datos con el ritmo más lento al que la arcilla podría formarse en la Tierra.

El equipo encontró más pruebas que apoyan la idea de que el suelo marciano ha estado seco gran parte de su historia mediante la comparación de los datos del suelo de Marte, la Tierra y la Luna.

Los investigadores dedujeron que el suelo se formó de manera similar en Marte y la Luna debido a que fueron capaces de emparejar la distribución de los tamaños de las partículas del suelo.

En Marte, el equipo infirió que la erosión física provocada por el viento así como los meteoritos se rompen en el suelo en partículas más pequeñas. En la Luna, los impactos de meteoritos rompen las rocas del suelo, ya que no hay agua líquida o atmósfera que desgasten las partículas.

Chris McKay. Resumen del estudio:
La ecosíntesis planetaria en Marte está siendo seriamente discutida dentro del campo de la ciencia planetaria. Parece que restaurar una gruesa atmósfera en Marte y recrear un entorno habitable para muchas formas de vida es posible. Es importante ahora considerar si “debería” realizarse.

Esto nos lleva a un territorio nuevo e interesante en ética ambiental, pero tanto los argumentos utilitarios como los intrínsecos apoyan la idea de la ecosíntesis planetaria. Los argumentos de estricto preservacionismo no lo hacen. Es importante tener una visión a largo plazo de la vida en Marte y las posibilidades de la ecosíntesis planetaria. Esto afecta a cómo exploramos ahora a Marte. Marte bien puede ser nuestro primer paso hacia el universo biológico, es un paso que deberíamos tomar cuidadosamente.

Los métodos ideados con el objeto de lograr semejantes objetivos como el de hacer de Marte un lugar adecuado para la vida humana ,han sido de lo más variados.

Así, se han sugerido tanto las detonaciones nucleares como la puesta en órbita de sistemas reflectores. Otras posibles soluciones podrían consistir en redireccionar asteroides y cometas hacia la órbita de Marte y hacerlos estrellarse contra su superficie, con lo cual se conseguiría hacer crecer la masa y, consiguientemente, la gravedad superficial del planeta rojo, aunque no es menos cierto que para ello se requeriría un gran número de impactos.

Además, como se cree que muchos de estos cuerpos cometarios pueden ser ricos en metano, se matarían dos pájaros de un tiro.Les recuerdo que el metano es una sustancia capaz de producir efecto invernadero.

Los gases de efecto invernadero presentan un inconveniente muy serio, que no es otro que su capacidad destructiva del ozono, gas que tiene una importancia decisiva a la hora de proteger la vida humana de las nocivas y dañinas radiaciones ultravioletas procedentes del Sol.

La ciencia siempre se ha caracterizado por su espíritu de superación y cada vez que surge un problema, asimismo, se busca una posible solución al mismo. Y este caso no iba a ser menos. ¿Qué es lo que pretendemos? Incrementar la temperatura de Marte. ¿Qué podemos utilizar para lograrlo? Gases de efecto invernadero. ¿Qué inconveniente presentan? Destruyen el ozono.

¿Cuál puede ser la solución? Gases de efecto invernadero que no dañen el ozono. Elemental, querido Watson.

¿Existen esos gases? Sí, y se llaman perfluorocarbonos (PFC’s). A veces, se les conoce como gases de superefecto invernadero porque resultan mucho más poderosos que los gases de efecto invernadero tradicionales tales como el dióxido de carbono, metano, vapor de agua, CFC’s, etc. Los perfluorocarbonos se pueden obtener a partir de técnicas tan dispares como la fundición del aluminio o la fabricación de semiconductores.

Lo que los hace tan interesantes en el asunto de la terraformación de Marte es su enorme capacidad para producir efecto invernadero, incluso en concentraciones muy bajas.

De hecho, pueden llegar a ser miles de veces más potentes que el dióxido de carbono, como sucede, por ejemplo, con el tetrafluorometano o el hexafluoroetano. Y todo ello con la enorme ventaja de resultar inocuos para el ozono.

Lo que pasa es que no os he dicho que un proyecto de ingeniería planetaria de semejante envergadura no se consigue de un día para otro. Los expertos están bastante de acuerdo en que el proceso de terraformación podría llevar siglos (y no es una forma de hablar). Cálculos estimativos predicen un aumento de entre 6 y 8 grados centígrados en 100 años.

Esto no tendría por qué ser un problema insalvable, pero dejadme que os recuerde que la temperatura media de Marte ronda los -60 ºC. Por lo tanto, para entonces vuestro equipo de fútbol favorito habrá celebrado unos cuantos centenarios.

En todo caso, absolutamente nada que ver con la impresionante rapidez con la que se consigue hacer respirable la atmósfera marciana en Desafío total (Total Recall, 1990), aunque esto se consiga con una gigantesca máquina abandonada en el planeta rojo por una misteriosa raza alienígena.

Por cierto, ¿para qué demonios fabricaría una raza extraterrestre un dispositivo terraformador capaz de hacer el aire respirable para la raza humana? ¿Acaso procedían de un planeta similar al nuestro?

Igualmente veloz resulta el proceso terraformador llevado a cabo por el dispositivo Génesis que se muestra en Star Trek II: la ira de Khan (Star Trek II: The Wrath of Khan, 1982).

En cambio, James Cameron nos presentó una terraformación algo más razonable, de unas cuantas décadas, de la luna LV-426 en Aliens, el regreso (Aliens, 1986). Se notaba que Cameron había iniciado los estudios de física en la universidad pública de California, aunque posteriormente los abandonase para dedicarse al séptimo arte.

El tema de la terraformación siguió despertando un relativo interés entre la comunidad literaria del género de ciencia ficción, pero sería a raíz de un trabajo científico del inolvidable Carl Sagan publicado en 1961 en la elitista revista Science y titulado The planet Venus: Recent observations shed light on the atmosphere, surface, and possible biology of the nearest planet cuando el asunto empezó a tomarse muy en serio y no sólo como una forma elegante de colocar al ser humano en otros mundos ajenos a la Tierra.

En dicho trabajo se sentaban las bases científicas para la terraformación de nuestro vecino Venus. Sagan proponía sembrar la atmósfera del planeta con algas productoras de clorofila que viajarían a bordo de centenares de cohetes.

 El propósito no era otro que utilizarlas para producir el oxígeno necesario a partir del dióxido de carbono que conforma casi toda su atmósfera (prácticamente, el 96%; un 3% es nitrógeno).

Un problema evidente al que deberían enfrentarse las algas sería el hostil ambiente de Venus, con presiones atmosféricas casi un centenar de veces superiores a las de la Tierra y temperaturas del orden de los 450 ºC. Algo no demasiado diferente a lo que hacen ciertos organismos terrestres denominados extremófilos, capaces de sobrevivir en ambientes extremos y muy hostiles.

Si el proceso de conversión atmosférica se llevase a cabo con éxito disfrutaríamos de un planeta cuyas características físicas son muy similares a las del nuestro. El radio de Venus es de unos 6000 km y la gravedad en su superficie tan sólo un 10% inferior, con unas sorprendentes salidas y puestas de sol por el oeste y el este, respectivamente.

La paraterraformación consiste en una terraformación, pero parcial. Podría lograrse en un lapso de tiempo mucho más breve del que llevaría adaptar todo el planeta. Para ello se construirían hábitats como pueden ser cúpulas cerradas del estilo de las que pueden verse en Desafío total.

Para explicar lo que es la pantropía, quiero recordaros un viejo refrán. Dice, más o menos, así: “Si Mahoma no va a la montaña, que la montaña venga a Mahoma”. ¿Qué significa esto? Pues, sencillamente, que si el proceso de terraformación es tan lento y dificultoso, no permitiendo que el hombre adapte otro mundo a sus necesidades, entonces quizás podamos adaptar nosotros al hombre para que pueda sobrevivir en planetas diferentes a la Tierra.

Aunque el término surgió inicialmente en los gloriosos años 50 del siglo XX, cuando James Blish publicó sus célebres relatos bajo el título común de Semillas estelares, o Poul Anderson su relato breve Llamadme Joe, en el cual se cuenta cómo los seres humanos pueden deambular por Júpiter mediante transferencia mental a un ser cuyo cuerpo ha sido adaptado al hostil mundo joviano. También Clifford D. Simak adaptó al hombre para habitar el mayor planeta del sistema solar en su novela Ciudad.

Pero sería Frederik Pohl quien llevaría la idea a su máxima expresión en 1976 con su ya inmortal obra Homo plus, en la que se narra la colonización de Marte mediante la creación de ciborgs perfectamente diseñados, con ayuda de la ingeniería genética, para habitar un ambiente tan poco favorable a nuestros humanos organismos.

Y lo que todo empezó como una inocente forma de contarles un poco acerca de las increíbles capacidades de los seres humanos que pululan por la ciencia ficción para respirar las atmósferas de todos esos exóticos mundos imaginarios, al final ha desembocado en una serie monográfica de nada menos que ocho entradas, donde he repasado brevemente unas cuantas cosas como la teoría cinético molecular de los gases, las funciones de distribución, la terraformación, la paraterraformación y la pantropía.

La biología sintética se ubica en la intersección entre la biología y la ingeniería, y sus profesionales han creado un kit de herramientas biológicas consistente en trozos de genes denominados biobricks (“bioladrillos”).

Cada uno de estos biobricks tiene asignada una función específica – hacer que una bacteria genere moléculas anticongelantes naturales, por ejemplo – y pueden ser insertados en otros microbios para otorgarles tal función.

Teniendo en cuenta lo anterior, un microbio con la capacidad de sobrevivir en un mundo ajeno al nuestro puede convertirse en uno capaz de sustentar la vida humana allí.

Muchos microbios terrestres morirían en atmósferas extraterrestres ricas en dióxido de carbono y nitrógeno – los dos principales constituyentes del aire Marciano. Aun así, existe una cianobacteria (llamada Anabaena) capaz de vivir bajo estas condiciones, metabolizando ambos tipos de gases para generar azúcares. “Mientras tenga calor y esté protegida de la radiación ultravioleta, no debiera tener problemas con los gases de la atmósfera Marciana,” agrega Rothschild.

Naturalmente, la Anabaena utiliza la mayor parte de la energía que produce del CO2 y el nitrógeno, pero los biólogos sintéticos pueden estimular a la cianobacteria para que de alguna manera “comparta” sus provisiones. El año pasado, en una competencia de biología sintética .

– Competencia Internacional de Máquinas Genéticamente Modificadas – un equipo de la Universidad Brown de Providence, Rhode Island, y la Universidad Stanford de California, mostraron que al insertar material genético de la E. coli en la Anabaena se logra que esta última excrete más energía en forma de azúcar.

El equipo incluso demostró que la Anabaena además podría ayudar a sustentar a otras colonias de bacterias. En teoría, semejantes colonias microbianas podrían generar aceite, plásticos y combustible para los astronautas.

El grupo, encabezado por el recién graduado de Brown, André Burnier, y supervisado por Rothschild, también encontró una manera de proporcionar ladrillos y cemento a los colonos humanos que se encontraran en Marte. Partieron con una bacteria denominada Sporosarcina pasteurii, la cual, inusualmente, descompone urea – el principal residuo de la orina – y excreta amonio.

Esto hace que su entorno se vuelva lo suficientemente alcalino como para permitir que se forme cemento de carbonato de calcio. La idea sería que los desechos producidos por los astronautas sirvieran de alimento para los microbios y así éstos ayudarían a unir finos materiales rocosos de la superficie del planeta para luego crear ladrillos.

El equipo de Burnier confirmó con sus experimentos que los materiales pueden unirse en un par de semanas y permitirían construir una casa de ladrillo con la misma resistencia del concreto.

También lograron aislar la componente genética de la Sporosarcina pasteurii que permite la creación del cemento, generando un biobrick que luego insertaron en la E. coli para darle a esta bacteria las mismas propiedades generadoras de cemento.

Las propuestas son convincentes, dice Jim Haseloff, un biólogo sintético de la Universidad de Cambridge especializado en plantas.

“Cada gramo enviado a Marte o a otros planetas se traduce en enormes costos y demandas energéticas adicionales,” comenta Paul Dear del Laboratorio de Biología Molecular de Cambridge. “Acudir a la ingeniería biológica, más que a la física, es la única manera realista de hacer cosas a escalas planetarias.”

Dear advierte que sería imprudente introducir microorganismos terrestres en ambientes alienígenas antes de saber si estos planetas ya tienen microbios o si alguna vez los tuvieron. Pero pasarán décadas antes de que una caja de microbios modificados sea usada por astronautas, asegura Rothschild, haciendo que el tema de discusión actual sea el de la contaminación que podríamos ocasionar en Marte.

“La manera más apropiada de llevar a cabo esto sería realizando pruebas con misiones robóticas,” comenta Rothschild. Sólo después de obtener resultados satisfactorios con los robots podríamos considerar las cajas para ser llevadas en las misiones tripuladas.

Dear coincide con la idea de dejarles el trabajo primero a los robots. “Se requiere muchísima fe para confiarle tu vida a una bacteria.”

Situando espejos en órbita marciana para terraformación

 En esta última parte me centraré en describir y comentar la forma de operar de este método de poner un espejo gigante para la trasformación del planeta Marte, es decir, en cuantificar el efecto que tendría sobre la temperatura, primero en la de todo el planeta y luego sobre una aŕea superficial concreta, como por ejemplo la correspondiente a las zonas polares.

Para calcular el incremento de temperatura experimentado por la superficie de Marte es necesario estimar cuánta energía térmica está incidiendo sobre aquélla tanto por efecto de la radiación solar directa como también de la reflejada por el espejo situado en órbita.

Aquí se debe tener en cuenta que Marte devuelve al espacio parte de esta radiación incidente, en concreto un 15%, lo que recibe el nombre de albedo.

De otro lado, por el simple hecho de encontrarse a una cierta temperatura, nuestro planeta vecino emite radiación térmica en forma de ondas electromagnéticas.
Esta radiación puede cuantificarse a través de la célebre ley de Stefan-Boltzmann que en tantas ocasiones ha aparecido por estos lares. Esta ley relaciona la potencia térmica emitida con el área de la superficie del cuerpo en cuestión (en nuestro caso, de Marte) y la cuarta potencia de su temperatura.
La clave del asunto reside en el hecho de que para que el sistema considerado se encuentre en equilibrio térmico y su temperatura sea constante (salvo fluctuaciones) la energía recibida debe estar exactamente compensada por la que se devuelve al espacio.

Así pues, igualando la suma de las dos potencias incidentes (las debidas al Sol y al espejo, descontando el efecto albedo) con la potencia emitida (dada por la ley de Stefan-Boltzmann) se obtiene una relación entre la temperatura de equilibrio y el tamaño del espejo (su radio, en concreto), siempre que se conozcan el radio de Marte y su distancia al Sol, así como la luminosidad de éste.
La conclusión más llamativa que se puede extraer de los resultados del párrafo anterior es que la temperatura aumenta de una forma extremadamente lenta con las dimensiones del espejo.

Basta decir que para un espejo de 50 km de radio la temperatura de equilibrio de Marte serían 219 K (unos 54 ºC bajo cero), mientras que aumentar el espejo hasta los 350 km tan sólo produciría un incremento de medio grado adicional, hasta los 219,5 K. Alcanzar una temperatura tan modesta como los 0 ºC requeriría un diámetro del reflector superior a los 8.500 km, algo absolutamente irrealizable.
Sin embargo, no hay que desanimarse, pues los razonamientos previos se refieren a la temperatura global de toda la superficie marciana y tampoco se trata de eso. En efecto, resulta mucho más lógico y razonable incrementar únicamente la temperatura de una región concreta del planeta rojo.

Haciendo uso de las elementales leyes de la óptica de los espejos, se puede hallar fácilmente y de forma directa la relación entre la temperatura de una cierta extensión de terreno en la superficie marciana y nuevamente el tamaño del espejo, así como la dependencia con la altura a la que debe situarse su órbita.
En las condiciones expresadas más arriba, obviamente se concluye que ahora las restricciones no son tan exigentes como para el caso del planeta entero. Si empleásemos una superficie perfectamente reflectora con las mismas dimensiones expuestas en el primer post, unos 125 km de radio, el incremento en la temperatura que se podría conseguir superaría los 100 grados a una altura de 214.000 km.

Esta temperatura sería más que suficiente para lograr la fusión del hielo polar a lo largo de una extensión de 650 km.
Análogamente, se podría proceder con otras regiones marcianas, ya que en el regolito depositado por toda la superficie existen agua y dióxido de carbono atrapados, que podrían ser fácilmente liberados a la atmósfera si la roca fuese suficientemente porosa, contribuyendo a su vez a un efecto invernadero que ayudase al aumento de la temperatura global.

Y usted, ¿qué piensa? ¿Deberíamos terraformar al planeta Marte?

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Fuentes:
Terraforming Mars - Orbital Mirrors: Operation M. Grant, A. Edgington, N. Rowe-Gurney and J. Sandhu. Journal of Physics Special Topics, Vol. 10, No. 1, 2011.

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