Y si no parís... pues vete a París


En todas las cortes de Europa se conocía la endeblez física y mental de Carlos II de España.

Desde que nació se estaba esperando de un momento a otro la noticia de su fallecimiento.

Pero el rey, llevando la contraria a todo el mundo, pasó la infancia a trancas y barrancas y entró en la adolescencia débil, enclenque, escuchimizado, pero vivo.

Tan vivo que en las cortes europeas en las que se esperaba su muerte se empezó a hablar de boda.

La corte francesa era la más interesada en el asunto por su inmediata vinculación en la familia real, ya que don Carlos es cuñado y primo hermano de Luis XIV de Francia, que estaba siempre preparado a unir a la suya la Corona de España, en nombre de su esposa doña María Teresa, hermana mayor de Carlos II.

Al ver que el rey español anuncia sus deseos de casarse, propone a la princesa María Luisa de Orleans, sobrina suya e hija de Felipe de Francia, duque de Orleans, casado con su prima hermana, la princesa Enriqueta de Inglaterra.


En la corte de Madrid se había recibido una petición de mano curiosa, pues generalmente quien hace la petición es el hombre o sus representantes, y en este caso era al revés.

El emperador de Austria mandó a doña Mariana una carta ofreciendo la mano de la princesa austríaca, que contaba tan sólo seis años de edad.
El ofrecimiento no fue aceptado y en cambio se solicitó del rey francés el enlace con María Luisa de Orleans.

El 31 de agosto de 1679 se celebró la boda por poderes y el 18 de noviembre de ese mismo año se entrevistó por primera vez la pareja en Quintanapalla, pequeña aldea cercana a Burgos, y dice el cronista que:

"el rey tomó a su alteza galantemente de la mano y la condujo a la sala contigua, habilitada para capilla. Sentados ambos, se miran sonrientes, sin posibilidad de entablar diálogo, pues no conocen más que sus lenguas respectivas, cuando, aproximándose, se ofrece obsequioso el embajador francés a servir de intérprete...".

Terminada la misa de velaciones, almuerzan solos sus majestades, regresan a Burgos, sin admitir a nadie en su coche y se encierran prestamente en sus habitaciones.

Hasta entonces los cónyuges no se habían conocido, pues aún no estaban vigentes los "viajes a vistas", y sólo el novio vislumbraba a su prometida a través de una pintura, con seguridad amable, que le habían enviado y que entusiasmó locamente al monarca por su belleza y hermosura.

En su éxtasis, don Carlos no sabía más que decir: "¡Mi reina! ¡Mi reina!" al tiempo que la abrazaba y besaba. Este casamiento se hizo, pues, por el amor o mejor diríamos por la pasión del rey, y frente al criterio de su madre.

Quiso el rey de España Carlos II que su boda con la princesa María Luisa de Orleans, se celebrase en Madrid después de la de Quintanapalla en una capillita de palacio y que tan sólo se admitiese en ella a los grandes de España. Ningún embajador fue invitado a presenciar la ceremonia.

Era entonces embajador de Francia cerca de la corte española el mariscal Duque de Villars, hombre de méritos por su talento y valor personal, asi bien su moralidad y fanfarronería eran... poco más o menos las corrientes en caballeros de su linaje y dotes.

El duque llegó a palacio el día de la boda, se enteró de las órdenes del monarca español y dijo: "La novia es sobrina del rey, mi señor, y realmente yo soy quien he hecho este matrimonio; por lo tanto, esas órdenes nada tienen que ver conmigo".

Acto seguido se metió en la capilla, y como no tenía lugar reservado en la misma, se sentó en el taburete que se hallaba en lugar preferente, a la cabeza de los grandes de España, destinado al condestable de Castilla.

Cuando este alto dignatario llegó, le advirtió al francés: "Este es mi puesto". A lo que contestó el de Villars: "Indicadme otro más preferente, y me iré".

El condestable tuvo el buen gusto de no contestar a esta impertinencia, se hizo traer otro taburete y la cosa no pasó de ahí.

Luis XIV de Francia veía en la boda de María Luisa una posibilidad de apoderarse de España o por los menos de algunas de sus provincias. Pero Luis XIV no acertó en sus cálculos, su sobrina vino a ser la reina de España, y si bien se peleó tantas veces con su marido por sus relaciones con Luis XIV, nunca fue traidora ni desleal a la Corona. María Luisa siguió siendo en Madrid una francesa, pero nunca una extranjera enemiga de su nueva patria.

A sus diecinueve años, Carlos II padecía, sin la menor duda, una "eyaculatio precox", que determinaba una disfunción sexual en la pareja y una consiguiente inconsumación.

Pero un día o una noche el milagro se cumplió. El rey anunció que había consumado el matrimonio y se permitió bromas sobre el hecho, dando detalles del mismo como si fuese una gran proeza.

Pero el heredero no llegaba. Se culpaba de ello ahora a María Luisa, culpándola de estéril, pues en aquella época no se concebía la esterilidad masculina si se producía la erección.

Por ello los médicos del reino recetaron a la reina mil brebajes, sahumerios, potingues, emplastos y naturalmente sangrías y purgas, pero nada de ello dio resultado. Se probó entonces el remedio sobrenatural y llovieron las estampas, rosarios, novenas, trisagios y reliquias.


El pueblo, mientras tanto, canta una coplilla:

Parid, bella flor de lis,

que en aflicción tan extraña,

si parís, parís a España,

si no parís, a París.


Realmente la reina María Luisa era inocente de su pretendida esterilidad, pues el responsable de ella era el rey, que en las pocas veces que conseguía una erección eyaculaba precozmente.

El 8 de febrero de 1689 fue a cabalgar por los bosques del Pardo, y a su regreso se encontró mal. Al día siguiente no se levantó y tuvo fiebre, vómitos y diarrea. Los médicos dictaminaron cólera morbo; en realidad era un desarreglo intestinal producido por los mejunjes y brebajes que le propinaban los médicos de cámara.

De ello se sucedió una apendicitis que con las purgas que le administraron se convirtió en peritonitis.

Murió a las nueve de la mañana del 12 de febrero. Aún no había cumplido los veintisiete años.

Se cuenta que cuando don Carlos estaba a punto de morir, una de sus últimas peticiones fue ver el cuerpo de su amada esposa, llorando sobre su cadáver corrompido, la tristeza de su propia existencia.

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Fuentes:-CC http://paseandohistoria.blogspot.com/
Esta entrada forma parte de la iniciativa puesta en marcha por Carolvs del blog Reinado de Carlos II, con motivo del 350º aniversario del nacimiento del rey Carlos II de España.