San la Muerte ... La Difunta Correa

San la Muerte ... La Difunta Correa
El mundo mágico guaraní es probablemente el más rico de toda América.

Además todas las creaciones místicas de esa etnia aborigen fueron “enriquecidas”, es decir vestidas con ropajes que convenían a los que les impusieron un nuevo Dios.

Tal vez la transmisión haya sido pulcra en los primeros tiempos, interrumpida con la expulsión de los Jesuitas, pero a manera de pacífica resistencia, amplios sectores sostuvieron sus antiguos Dioses, sobreponiendo la nueva creencia con las anteriores.

El resultado es una mezcla de paganismo con elementos del rito oficial, por lo tanto muchas deidades parecen estar emparentadas con los santos del cristianismo, pero en realidad se trata de burdas mezclas incultas.

La mayor influencia en la conformación de los Mitos y Leyendas se produjo en el área administrada por la Compañía de Jesús (Jesuitas) y llega impecable hasta nuestros días.

El Mito de San La Muerte en realidad es una fusión del Señor de la Paciencia traído por los Jesuitas con la figura del aspirante a Chamán (brujo o hechicero) en el trance de adquirir los poderes para comunicarse con el más allá, lugar donde se administra el bienestar, el sufrimiento o la vida y la muerte de las personas, el comportamiento del clima, es decir todo lo relacionado con los hombres.

De alguna manera el moderno sacerdote es un intermediario entre el fiel y el supremo hacedor y esto es algo que muchos sectores no han notado.

De tener un solo chamán por comunidad ingresan con el nuevo orden muchas jerarquías representando a Dios dentro de una misma comunidad. Producto de la modernización de las organizaciones religiosas, llegar a él ( a Dios) es un trámite bastante burocrático.
Cuando llegan los españoles, escriben en sus crónicas posteriores, el acto de transmisión de “poderes” de un viejo “Gualicho”, “Payé” o Chamán a su sucesor.

Elegido el joven que reunía las condiciones exigidas, éste debía retirarse en un recóndito lugar de la selva y permanecer sentado sobre un tronco durante 7 días y 7 noches. Si soportaba el hambre y la sed, además de los embates de “espantos” o apariciones que mandaba Tupá adquiría automáticamente los “poderes”.

Esta imagen internalizada como un símbolo místico pronto se mezcló (a propósito) con el del delgado Jesús que estaba sentado esperando la crucifixión (en el ícono El Señor de la Paciencia o Resignación).

Mientras los Jesuitas destacaban el valor y la resignación de alguien que podía eludir el sufrimiento, los guaraníes destacaban el valor frente a lo desconocido y resistencia física del aspirante a Brujo.

Una leyenda guaraní dice que un joven destinado a ser Chamán, cierta vez se despidió de su novia, avisando a ésta dónde estaría. Pasado el tiempo en que debía regresar no lo hizo, entonces la muchacha fue hasta el secreto escondite y encontró allí el cuerpo extremadamente flaco y sin vida de su novio. (por eso le dicen a San la Muerte “El Pirucho” o flaquito)

Llora desconsoladamente junto al cadáver y lleva a su regreso una falange de recuerdo. Al llegar a su choza encuentra a su madre gravemente enferma.

Implora a su amado por las dudas haya adquirido algún poder antes de morir, por la salud de la sufriente. Milagrosamente sana la mamá y a partir de allí el esqueleto humano se utiliza como símbolo a quien se le pide alivio a los males.

Cuando el Mito creció fue recibiendo las modificaciones lugareñas sin cambiar lo sustancial. En principio su presencia sólo era requerida para hacer el bien. Más tarde los vivillos de siempre aprovecharon el miedo que despertaba la imagen de un esqueleto para hacer pingües negocios ofreciendo servicios de “mal” a quien lo necesitaba. Llega hasta nuestros días San La Muerte en dos versiones.

Un esqueleto parado con guadaña en mano cubierto de capa colorada, para tapar su fealdad o cubierto de capa negra.

Uno se utiliza para hacer el bien, otro para pedir “daño” al enemigo o a quien se envidia. El hecho de usarse la imagen para pedir el mal se basa en otra leyenda guaraní donde se explica cómo comenzó éste a provocar muerte y dolor.

En la actualidad hay muchas maneras de representar a San La Muerte. La más difundida, el que tiene “santuarios” dispersos en toda el área guaranítica es el esqueleto parado con la guadaña en la mano derecha, cubierto de capa negra o roja. También se lleva como protección, oculto entre las ropas o debajo de la piel, una calavera fabricada con hueso, madera o plomo.

De este amuleto el que tiene mayor poder es el que se realiza en hueso de humano o con el plomo de una bala que haya matado a una persona. Otra manera de representarlo es un esqueleto colocado dentro de un pequeño ataúd.

El de mayor porte observado por quien les narra el mito es el que está parado con la guadaña (herramienta que utiliza para segar la vida de los moribundos). La utilización de la guadaña en el ícono es una imposición de los conquistadores, puesto que nuestros guaraníes no sabían manejar los metales.

En el proceso de imposición religiosa, muchas cosas se mezclaron sin que noten los sostenedores del culto, especialmente porque provienen de los sectores sociales marginales, casi sin educación. Como corresponde una leyenda explica la presencia de la guadaña y las velas en las ceremonias, donde aparece el Dios cristiano.

Son muchas las maneras de comunicarse con San La Muerte. De hincarse orando ante su altar rezando Credos, Aves María, Padres Nuestros, hasta decir letanías inventadas por los santeros. Concluyendo esta apretadísima síntesis, transcribo sólo una oración de las muchísimas recopiladas. Se utiliza para pedir que la persona amada venga a su lado:

Señor de la Muerte, ruego que interceda por el Amor de Dios y que le inquiete el alma, que no tenga reposo, que no pueda dormir, que no pueda estar tranquilo en ningún lugar mientras no esté conmigo a mi lado.

Señor de la Muerte, ayudadme con los milagros de Dios y el poder que te ha dado y conseguir lo que yo quiero y dominarle como yo quiero. Protector mío. Amén

Realmente este culto popular es apasionante, al que interesadamente se lo asocia con el demonio o el bandidaje. La fe que mueve a sus “fieles” tiene tanta carga de religiosidad e ingenuidad como la que porta el seguidor de las modernas religiones implantadas a partir de la conquista.

En los tiempos del gobernador de San Juan don Plácido Fernández Maradona (alrededor de 1840) vivía en la ciudad Capital don Pedro Correa, héroe de la Independencia, muy querido por el pueblo sanjuanino y por las autoridades.

El prestigio ganado sobre todo en Chacabuco le permitía a don Pedro, su esposa Damiana y a su hija Deolinda Correa, llevar una vida sencilla y sin sobresaltos. La tragedia se desencadena cuando la joven se convierte en una hermosa mujer.

Todas las miradas se volvían codiciosas hacia su figura, especialmente la del Jefe de Policía, Rancagua, que la acosaba constantemente.

Deolinda siguiendo los mandatos de su corazón se casa con Baudilio Bustos. Esperaba un hijo cuando a su marido lo envían con la montonera a pelear a La Rioja, lugar donde ya estaba su suegro, por razones diferentes. En realidad esta leva (reclutamiento forzoso) fue una maniobra del enamorado policía para alejar al marido de la pretendida mujer.

Las guerras intestinas de nuestro país en los albores de la Organización Nacional, dispersaron muchas familias, desarraigaron a muchos criollos y sembraron por doquier la desesperanza y el dolor. No escapó a la regla el padre de Deolinda Correa que debió huir a la Rioja por persecuciones políticas llegadas luego de la muerte del gobernador Fernández Maradona.

Luego el asesino a sueldo Rancagua, utilizando influencias y relaciones con jefes montoneros, mandó al esposo de nuestro personaje a pelear en las Montoneras. Damiana Correa (madre) y Deolinda quedaron en el desamparo, con el aditivo de esperar un hijo la segunda. El temple de Deolinda, le hizo sobrellevar la situación, aferrándose a su insobornable fe en la Virgen del Valle.

Cuentan que pasaba horas arrodillada frente a la imagen pidiendo por la vida su padre y esposo. Además poseía una personalidad que se imponía a todos, reflejando seguridad en sí misma y una mirada que parecía ver más allá en el tiempo.

Baudilio había hecho prometer a su esposa que no lo seguiría. Cuando éste cae preso, no puede el amor de su china resistir y se lanza en su búsqueda (alrededor de 1850), a lomo de una mula que le prestara el cura párroco del lugar. Avanza por quebradas, travesías, come solo raíces que saca del yermo suelo montañés, hasta que su mula muere de cansancio y hambre.

Siempre rezando y con voluntad inquebrantable amanta a su niño y avanza ahora caminando. Le flaquean las fuerzas hasta que cae muerta cerca de Vallecitos en la Cuesta de la Sierra del Palo.

Varios días después (dicen que fueron 3)encuentran unos arrieros chilenos su cadáver con los pechos milagrosamente húmedos, dando leche al niño que estaba con vida. La entierran en las cercanías, en un lugar que hasta la fecha es un misterio.

El investigador folclórico Félix Coluccio no ha podido recoger versiones exactas del lugar del entierro. Un miembro de la Fundación Cementerio Vallecito le confiesa que el único que sabía el lugar exacto ya murió, que solo se conoce el sitio donde fue encontrada. (Tomado de la obra “Culto y Canonizaciones populares de Argentina”)

La noticia del milagro corre como reguero de pólvora y comienzan a llegar al lugar, visitantes de todos los rincones de San Juan para rezar por el alma de la Difunta Correa y pedir consuelo a su sufrimiento. Vienen los vencidos, los novios desairados, los míseros ganaderos pidiendo por sus animales y sembradíos, en fin todos aquellos a los que la vida los puso en situaciones de dolor y sufrimiento.

Ella consuela su alma y cada año en las festividades de Los Santos Difuntos y Semana Santa miles de peregrinos llegan caminado descalzos, de rodillas, rezando hasta el santuario custodiado por la Fundación Cementerio Vallecito, organización sin fines de lucro que vende las ofrendas para distribuir entre los necesitados (le dejan bicicletas, dinero, joyas, televisores).

También se realiza anualmente una multitudinaria cabalgata, desde las ciudades hasta el páramo donde está enclavado el santuario.

El mito se extiende primero en toda la región cuyana. Luego el país se puebla a la vera de los caminos de pequeñas capillitas levantadas en su honor donde sus seguidores le rezan y piden favores. Dejan ramos de flores de papel y botellas con agua para apagar la sed de Deolinda. También en Resistencia, sobre la ruta nacional Nº 11, frente a la entrada al Aeropuerto Internacional se levanta un pequeño santuario.

Es tan fuerte el enraizamiento del mito que la Dictadura Militar prohíbe el culto en 1976, interviene la Fundación, pero no puede comprobar ilícitos en los manejos de fondos, y mucho menos erradicar del alma popular una creencia que es suya, creada por su propia cosmovisión.

No se trata de un mito tradicional vestido con ropaje foráneo, ni una imposición cultural. A la creación del mito solo le agregaron algunos matices tomados de su religión oficial.

Los cuyanos afirman que se hacen realidad los ruegos y que Deolinda es implacable con quien no cumple la promesa. Aquel que se olvide de sus deberes para con ella tendrá mayores sufrimientos a los que lo trajeron a su altar.

Los poetas y cantores populares le han compuesto y entonado innumerables canciones y coplas. Artistas plásticos dirigieron su atención hacia ella y el cineasta chileno Hugo Reynaldo Mattar dirigió un film contando la historia de la Difunta.

El cancionero folclórico da testimonio del paisaje interior de los cuyanos, incorporando en su repertorio muchas creaciones alusivas. Por ejemplo el poeta León Benarós escribió: No hay corazón en San Juan, que, por curtido que sea, no haya sentido la muerte de la difunta Correa.

En todo Angaco, seguro, no hubo muchacha más linda. Donosita era la moza y se llamaba Deolinda...

Entre las canonizaciones populares, la Difunta Correa ocupa un lugar de relevancia por la expansión geográfica del mito, entre el Gauchito Gil, Ceferino Namuncurá, la Madre María, Pancho Sierra, entre otros.

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