El saber ocupa lugar y pesa un montón

El saber ocupa lugar y pesa un montón
Lo que sigue no son más que algunas divagaciones personales a cuenta del dolor de espalda que me ha acarreado el pasar varios días ordenando mi bliblioteca personal.

Y, dicho esto, paso al jugoso asunto, entre el polvo típico de los viejos libros y con una caja de paracetamol a la vista.

En efecto, llevo varios días ordenando libros en los escasos ratos libres en los que el trabajo me ha dejado hacerlo.

No creo que se me ocurra volver a hacer algo así, claro que la última vez me juré a mí mismo algo similar y no he cumplido mi propia promesa.

El caso es que no se me hubiera ocurrido semejante aventura de no haber sido por un siniestro crujido que partió de una de las estanterías.

La pobre se quejaba, con toda la razón del mundo, a causa del exceso de peso de los libros que contenía y, viendo que corría peligro de ceder, acudí en su auxilio.

Al final terminé por vaciar todas las estanterías y reordenando los libros, de tal forma que en la biblioteca quedan menos de la mitad del total y, el resto, han ido a parar a cajas reforzadas camino del trastero y de la cochera.

La primera sorpresa que me he llevado, aunque esto es algo que todos conocemos, es lo que puede llegar a pesar el papel.

Además, ocupa un espacio imponente, con lo que está claro que el saber, al menos el impreso en papel, ocupa mucho espacio y pesa una barbaridad.

Y, cuando dispones de muy limitado espacio para cuidar tus libros, en poco tiempo terminan acumulados de la forma más creativa posible, agrupados por tamaños para ocupar hasta el más mínimo espacio, con baldas a triple fondo…

Luego no debe extrañar que, no tardando mucho y por muy fornidas que sean esas baldas, terminen abarquilladas.

Vamos con la segunda sorpresa, el número total de libros. Sin contar revistas, por supuesto, resulta que las pobres estanterías acumulaban más de dos millares de libros.

Eso tiene un inconveniente, los hay grandes, como una biblia antigua que pesa cerca de cinco kilos o un libro sobre historia de la aviación con más de cuatro kilos, hay atlas de formato gigante y gruesos tratados con miles de páginas finísimas, de esas que cuando te cortas con ellas duele un montón.

Pero también hay librillos minúsculos tamaño cajetilla de cerillas, lo malo es que son los menos, porque casi todos son más bien estándar, así que si se multiplica el volumen ocupado por un libro del montón por dos mil, resulta que aparece un resultado que parece bastante mayor que el espacio en el que estaban contenidos.

¿Habrá algún tipo de distorsión espacial en las bibliotecas?

Por supuesto, también hay distorsión temporal, porque cada uno de esos libros tiene su pequeña historia detrás y no he podido evitar ir hojeando casi todos ellos, con el mar de recuerdos que eso supone y la pérdida brutal de tiempo que causa.

Tercera sorpresa, aunque ciertamente no es tal porque ya me conozco la historia de otras veces.  

Es igual la forma en la que intentes ordenar la biblioteca, al final es ella la que te obliga a adoptar cierta disposición para los libros.

Si se piensa en agrupar libros por campos y especialidades, terminas por verte obligado a mezclar bastantes cosas, porque acá sobra espacio y allá sobra.

Si lo haces por tamaños, sucede lo mismo y, si se intenta hacer por colores, a la mínima se mezclan todos.

Lo peor ha sido decidir qué libros guardar, salvando a otros para que sigan orgullosos y contentos en sus, ahora despejadas, estanterías de madera.

Y, sorpresa final, claro que también era algo esperable. Junto a los libros, también había cajas con discos compactos y DVDs. Sin problema, han vuelto a su sitio.

Pero, ay, también había un montón de cintas VHS, que no sé al final dónde acabarán y una cantidad sorprendente de diskettes de 5,25″ y 3,5″.

La mayoría no se acercaban a un ordenador desde hace diez años y, en algunos casos, casi veinte.

Por curiosidad, he reanimado una disketera USB para los de 3,5″, porque la bahía para los otros está bien guardada en una caja y no tengo ánimo ahora para andar abriendo la torre para instalar ese engendro (en un viejo PC, porque en el Mac ni en sueños creo que se pueda).

Bien, pues haciendo una prueba con unos cuarenta diskettes, prácticamente todos están dañados y la información que contenían apenas era recuperable.

Y eso que han estado alejados de la humedad y de campos magnéticos.

Pensé que podría ser problema de la disketera, así que probé con otra, un poco más antigua pero en perfecto estado.

El resultado fue el mismo.

Para terminar, una decisión personal.

Por mucho que me gusten los libros en papel, y a pesar de lo caducos que son los soportes digitales en cualquiera de sus variedades, he decidido que, salvo poder contar con espacio, y eso me parece de ciencia ficción, limitaré la adquisición de nuevos libros de papel a lo que sea “imprescindible” (ignoro a qué podré llamar imprescindible en un futuro.

Así que me veo incumpliendo de nuevo esta determinación) y optaré por acudir a lo digital siempre que sea posible.

De lo contrario, me tocara dentro de no mucho tiempo volver a repetir la aventura otra vez, con dolor de espalda incluido.

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