El manco Bazán Frías

El manco Bazán Frías ... una de las tantas figuras que han conseguido sin proponérselo, devoción popular El manco Bazán Frías ... una de las tantas figuras que han conseguido sin proponérselo, devoción popular.

Los héroes populares, aquellos que no ganan su lugar producto de la publicidad, o como consecuencia de la transmisión sistemática de arquetipos y modelos de la educación, invariablemente en nuestro país, no solo han despertado admiración de sus seguidores.

Sino que lograron encender en las sencillas almas de amplios sectores, sentimientos emparentados con la religión.

Por eso se les asigna poderes y la capacidad de aliviar o solucionar los problemas que exaltan u oprimen el alma..

 En los intrincados pliegues de la psiquis humana, aquellos espacios donde prosperan la admiración y el respeto hacia algunos semejantes, también florecen sentimientos de solidaridad y otorgan autoridad a modelos que nuestro pueblo va creando espontáneamente.


Él se siente reflejado y representado por esos indiscutibles líderes espirituales que no alcanzan mayor desarrollo como mito, por la sencilla razón de que no hay a su servicio aceitados mecanismos de propaganda.

La dispersión y mantenimiento de la creencia solo se mantiene vía oral, lo cual siempre es deformante y adquiere versiones distintas.

Andrés Bazán Frías, tucumano, hijo del agente de policía Félix Bazán, es una de las tantas figuras que han conseguido sin proponérselo, devoción popular, rayana en la adoración.

Su humilde tumba ubicada en el Cementerio del Norte en San Miguel de Tucumán, recibe la visita de adoradores que le depositan ofrendas de flores, coronas de papel, papeles escritos enrollados en cirios (velas) recién encendidos, placas de bronce, cruces de mármol, o simplemente “alumbran” su sepultura con velas.

Su historia real se remonta al 13 de enero de 1923, cuando es muerto por una partida policial, dentro de una casucha en la esquina de las calles Mate de Luna y Alem de la capital tucumana.

Ese acto de servicio de la policía ponía fin a una carrera delictiva no muy larga, pero que había despertado la admiración de los tucumanos. Inmediatamente del deceso comienza a crecer la leyenda y a modelarse el mito.

Nace otra figura a la que se le atribuían acciones de robo a los ricos para repartir entre los pobres. Un incendio destruye el prontuario “blanqueando” los antecedentes legales del Gaucho Bazán Frías, fortaleciendo la fabulación popular respecto de los verdaderos motivos de su accionar al margen de la Ley.

Según la crónica, la vida de Andrés Bazán Frías transcurría normalmente. Desempeñaba tareas en diversos oficios con absoluta honestidad. Por razones que se desconocen comienza a incursionar en delitos de robo y hasta asesinato, lo cual hace que sea confinado en la cárcel.

De allí escapa el 29 de septiembre de 1922, aproximadamente a las 18,40 en compañía de Martín Leiva. Armados con sendos revólveres, aprovechan un descuido del oficial de guardia para correr hacia la salida disparando contra los agentes del orden. Al llegar a la esquina de la calle Sarmiento se topan con el teniente Ramón Saldaño y el subteniente Juan Cuezo.

Cuando Bazán encara a Saldaño éste se tira al suelo, mientras Leiva es tomado de la muñeca por Cuezo. Sin dudar Martín Leiva dispara a quemarropa impactando en la frente del infortunado policía. El “Manco” consigue escapar, mientras que Leiva es desmayado de un culatazo por uno de los refuerzos llegados al lugar y regresado a la cárcel.

A partir de ese momento, su vida en libertad estuvo signada por un solo objetivo. Asaltar la cárcel y liberar a sus compañeros de la prepotencia policial. Consigue un grupo de hombres dispuestos a realizar la tarea. Con ellos estaba escondido presto a comenzar el asalto el 13 de enero de 1923 en la humilde casa ubicada en Mate de Luna y Alem, cuando irrumpe una partida policial (un soplón había informado la presencia del Manco en ese lugar).

Bazán consigue eludir del cerco disparando su revólver, llegando hasta los límites del Cementerio del Norte al que rodea un enorme paredón, siempre perseguido por la partida montada a caballo. Como no había árboles para esconderse y contestar el fuego, intenta trepar el muro consiguiendo solo asirse del borde superior.

Llega al lugar un agente que dispara sin dudar dando en el cuello del “Manco”. Herido de muerte se desliza agonizante aferrado con todas sus fuerzas al paredón. Ya en el piso intenta arrastrarse, hasta morir en el esfuerzo. En sus bolsillos tenía un crucifijo, una medalla, un escapulario y una orden de captura.

La leyenda dice que no consiguió trasponer la pared, porque en la cima de ésta se le apareció el alma del Sargento José Figueroa a quien Bazán había matado. El descuido que produjo la visión hizo que lo sorprendiera el policía.

El pueblo tucumano, tal vez al sentirse reivindicado por Andrés Bazán Frías, lo erigió en su ídolo y desde entonces le rinde culto pidiendo alivio a sus males, convirtiéndolo en otro mito.

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