Jorge Juan y Antonio de Ulloa , la medición del mundo

Jorge Juan y  Antonio de Ulloa , la medición del mundoEstos dos apasionantes personajes históricos podrían ser ideales para dar forma a una novela de aventuras, una película y hasta a toda una serie de televisión.

No me cabe ninguna duda, de haber sido franceses o ingleses, hoy serían recordados con fuerza a lo largo y ancho del mundo.

No es tarde para recuperar sus figuras, para eso siempre puede haber tiempo y, aunque sea a través de estas modestas letras, valga este artículo y el del próximo mes a modo de acicate en ese empeño.

Pensando un poco, habrá a quien la efigie de uno de estos dos navegantes y científicos le llame la atención.

Bien, seguramente algo en su memoria habrá de removerse, aunque seguramente sólo en personas de cierta edad.

En efecto, en los billetes de 10.000 pesetas aparecía retratado el insigne matemático, científico y marino Jorge Juan.

Tal homenaje era plenamente merecido, sin lugar a dudas, como se verá a continuación en este pequeño recuerdo sobre su vida, sin olvidar a su compañero de pesquisas, el también genial Antonio de Ulloa.

Jorge Juan, el marino ilustrado

Conviene presentar brevemente a los dos compañeros de aventuras para crear un escenario ideal por medio del cual comprender la importancia que en su época tuvieron.

Jorge Juan nació en la alicantina Novelda el 5 de enero de 1713.

Apenas pudo conocer a su padre y tempranamente pasó a estudiar en un colegio de la Compañía de Jesús y, más tarde, se trasladó a Zaragoza para continuar con su formación.

Por influencia familiar siempre estuvo muy unido a la orden de los Caballeros de Malta, llegando a recibir el título de Comendador de Aliaga en Aragón.

En 1729 ingresa en la Real Compañía de Guardia Marinas y más tarde vive su tiempo en la academia militar donde decidirá dedicar su vida a la Armada.  

Su lealtad a toda prueba, su ingenio y su saber matemático hicieron que fuera elegido para participar, junto con Antonio de Ulloa en la expedición francesa que pretendía medir la forma de la Tierra.

Esa será la aventura de su vida, por la que es recordado, pero ni mucho menos terminó ahí su carrera. Publicó obras científicas de primer orden sobre geografía, matemáticas y astronomía.

Viajó a Londres para aprender, en secreto, las novísimas técnicas de construcción naval allí empleadas, y ejecutó su misión con tal eficacia que no mucho tiempo después los propios británicos se asombraron y pidieron consejo a España en la misma materia al ver cómo Jorge Juan había revolucionado la construcción naval en nuestro país.

Igualmente, entre muchos otros méritos, se encuentra el haber sido fundador del Observatorio Astronómico de Cádiz. Llegó a ser ministro de comercio y embajador en misión especial en Marruecos. Sin duda, una vida plena que finalizó, a los sesenta años de edad, en 1773.

Antonio de Ulloa, el militar tranquilo

El compañero de Jorge Juan en la gran aventura científica americana para medir la forma de la Tierra fue un hombre que, según se percibe en lo narrado en sus diarios de viaje, debió ser alguien encantador, todo un caballero humilde y de carácter tranquilo.

Posiblemente ese temple hizo que fuera elegido para una misión tan importante. Por otra parte, al contrario que Jorge Juan, cuyos escritos son eminentemente técnicos, el bueno de Ulloa fue un escritor de mérito que supo narrar hasta el más mínimo detalle de sus viajes con gran brillantez.

Jorge Juan y  Antonio de Ulloa , la medición del mundoAntonio de Ulloa nació en 1716 en Sevilla en el seno de una familia de vocación comercial.

Sin embargo, no fueron sus caminos por el arte del comercio sino por la vida marinera.

Cuando apenas era un chaval, embarcó en un galeón hacia América y, no mucho después, comenzó su carrera en la Armada como Guardia Marina.

¿Qué motivó que fuera elegido en 1735 para acompañar a Jorge Juan en la expedición científica francesa para medir el arco del meridiano en tierras ecuatoriales?

Lo mismo que con su compañero, fueron sus conocimientos científicos, así como su perspicacia y su lealtad los ingredientes fundamentales que motivaron aquella elección.

La misión en América duró años, pero a ese mérito científico cabe añadir una larga lista de éxitos, como el actuar como fundador del Museo de Ciencias Naturales de Madrid y del Observatorio Astronómico de Cádiz.

Igualmente, fue miembro de importantes sociedades científicas de toda Europa y, junto con muchos otros cargos, llegó a ser efímero gobernador de la Luisiana.

Y, he aquí que tuvo ocasión de mandar una flota para intentar recuperar la Florida, lo que terminó en fracaso.

A partir de entonces pasó a ocupar el cargo de director general de la Armada, pero no se le confió ninguna responsabilidad para el combate.

Cuando falleció, en 1795, sus mediocres éxitos militares apenas fueron recordados, porque su labor científica eclipsó por completo con su calidad el resto de aspectos de su vida.

Naturalmente, hay algo muy especial por lo que se guarda memoria de Antonio de Ulloa, a saber, fue la primera persona en el mundo que describió un nuevo elemento químico que, con el tiempo, ha sido llamado platino.

Una expedición singular en un mundo revuelto.

Permítaseme la divagación, pero habrá que convenir en que hablar de mundo revuelto es una obviedad.

¡El mundo está cambiando continuamente! Todas las épocas sufren cambios, pero claro, algunas se han convertido en sinónimo de revolución.

La época en que vivieron nuestros protagonistas también fue cambiante, no se imaginaban lo que el siglo XIX vendría a remover, pero todo nació en el XVIII.  

Fue el siglo en el que la ciencia comenzó a salir de forma masiva de la oscuridad, cuando las expediciones científicas fijaron la forma del mundo y sus límites. Nada volvió a ser igual, ni en la música, ni en el arte ni en la política.

Luego llegó la Revolución Americana y la Francesa, verdaderas convulsiones apenas imaginables poco tiempo antes, pero nada surge por generación espontánea.

Las grandes expediciones científicas del XVIII contribuyeron a dar forma a nuestro mundo actual, aunque apenas sean recordadas.

Una de aquellas expediciones fue especialmente importante y surgió, precisamente, por culpa de un problema que no “debía” estar ahí.

En realidad, se trató de una expedición dividida en dos partes, tanto por equipo como por marco geográfico.

Una se dirigió a Laponia, la otra al Ecuador. Puede parecer una tontería, a fin de cuentas el objetivo de aquellas expediciones era simplemente comprobar la forma real del planeta Tierra pero, como puede imaginarse, no se despliegan grandes medios humanos y económicos si no hay mucho en juego.

Sí, la Tierra no es una esfera perfecta, sino un geoide, algo así como una esfera achatada por los polos y con ciertas irregularidades que son vitales tanto en navegación como en la confección de mapas precisos y, hoy día, para los satélites artificiales que rodean en enjambre nuestro mundo.

Quiso la fortuna que, precisamente en el siglo XVIII, sobre todo en tiempos de Carlos III, se viviera en España un surgimiento del amor a las ciencias como nunca antes había visto.

Por desgracia, aquello fue un espejismo que duró apenas unas décadas y, sin embargo, sus frutos no son desdeñables. Volvamos al gran problema de la medición de la forma de Tierra.

Si el mundo fuera una esfera perfecta, con su campo gravitatorio distribuido de forma homogénea, los marinos lo hubieran tenido mucho más sencillo.

Sin embargo, algo no cuadraba, porque armados con instrumentos de geodesia y relojes de péndulo, las medidas anotadas no cuadraban con la teoría.

Ya lo habían sugerido Newton y Huygens, entre otros, que las simplificaciones matemáticas no podían valer en casos reales de navegación y una esfera achatada por los polos podía ser más importante de lo imaginable.

Ahora bien, era necesario medir con precisión la forma de la Tierra para superar el problema. Al final resultó que Newton tenía toda la razón, y las idealizaciones de Cassini y Descartes, entre otros, tuvieron que ser dejadas a un lado.

La conocida como Misión Geodésica a la Real Audiencia de Quito fue la expedición que se encargó de medir, con la mayor exactitud posible para la época, un grado de longitud del ecuador terrestre.

Se trató de una expedición científica internacional realmente singular que se desarrolló en territorio del actual Ecuador, entonces parte del Imperio Español.

El origen de la expedición partió del ánimo de la Academia Francesa, con financiación del rey Luis XV.

Además del grupo que partiría hacia América, debía existir otro que hiciera lo mismo hacia tierras árticas. Los datos de ambos grupos permitirían comprobar de una vez la medida y forma reales del mundo.

Veamos, hay capital francés, científicos franceses y material francés, pero el territorio en el que realizar las medidas era español.

No extrañará que fuera una oportunidad única para Felipe V, rey de España, que además era primo de Luis XV.

El rey de España permitió a los franceses la expedición a cambio de la participación de dos científicos españoles. ¡Y vaya dos sabios fueron los elegidos!

No cabe pensar que se tratara de meras comparsas de los franceses, porque el tiempo demostró que su labor fue indispensable en el buen desarrollo de la expedición.

Así, al gran geógrafo Charles Marie de La Condamine, al astrónomo Louis Godin y el matemático Pierre Bouguer, entre otros, se unieron a la expedición Jorge Juan y Antonio de Ulloa.

 ¿Por qué se eligió Ecuador precisamente como lugar desde el que realizar las mediciones?

No fue capricho, se necesitaba un territorio por el que cruzase la línea ecuatorial y que, a la vez, fuera un lugar no salvaje y seguro.

No se encontró nada más adecuado que territorio español de ultramar. El propio Ulloa menciona en el prólogo de su Relación de la expedición cual fue el deseo del Rey de España:

…quiso añadir las que fuesen peculiares a manifestar su Real inclinación al honor de la Nación Española y su deseo de fomentar en ella las mismas materias científicas, destinando dos vasallos, oficiales de su Armada e inteligentes en las Matemáticas para que con la mayor gloria, reputación y utilidad, concurriesen a las observaciones que se habían de practicar, y el fruto de esta obra pudiere esperarse directamente sin mendigarlo de ajena mano.
Este pequeño texto puede inducir a pensar al lector algo con gran acierto: la expedición científica francesa a la que se iban a unir los españoles era demasiado importante como para actuar como simples acompañantes o ayudantes.

Es más, cuando Jorge Juan y Antonio de Ulloa partieron de Cádiz, en el Conquistador y el Incendio, respectivamente, llevaban instrucciones y órdenes muy precisas, muchas de ellas secretas y que hoy podrían ser consideradas prácticamente como propias de labores de espionaje industrial y científico.

La aventura comenzó un 26 de mayo de 1735 y, a partir de entonces, rumbo a América, llevó al día Ulloa un minucioso diario de viaje.

La medición del mundo

La expedición llegó a Cartagena de Indias y prosiguió ruta hacia Guayaquil. Quien pensara que iba a ser un viaje de placer, se equivocó por completo.

Diversos requerimientos del Virrey del Perú hicieron que los españoles tuvieran que apartarse cada poco de su labor científica.

Por su parte, los franceses, que podían medrar a gusto y sin interrupciones, parecían más empeñados en discutir entre ellos que en realizar medidas precisas.  

La comisión española, con Jorge Juan y Ulloa al mando, no desperdició ni un minuto porque, junto a sus tareas militares, no dejaron de anotar numerosas mediciones astronómicas de incalculable valor y, además, como el propio Ulloa comenta en sus memorias, tuvo ánimo para investigar las propiedades y aplicaciones de algunas especies botánicas locales.

El proceso de medición por triangulación no era nada sencillo, sobre todo porque era necesario tomar datos en puntos muy concretos del terreno ecuatoriano y, en la mayor parte de las ocasiones, aquello obligaba a internarse en terrenos escarpados, ciénagas y montes peligrosos.

Por su parte, los franceses iban por su propio camino, o más bien por sus caminos, porque después de discutir, La Condamine, Godin y Bouguer decidieron separarse en tres grupos independientes para cubrir diferentes áreas de terreno.

Los trabajos se extendieron hasta 1739, cuando el número y calidad de las mediciones fue suficiente como para sacar una conclusión clara. Junto con los datos tomados por la expedición a Laponia, se determinó la forma real del planeta, una esfera achatada por los polos. Newton tenía razón finalmente.

Para los españoles la aventura no había hecho más que comenzar. Mientras se encontraban absortos en su labor científica, estalló la guerra entre España e Inglaterra, por lo que nuevamente tuvieron que apartar su trabajo de investigación para ponerse a las órdenes del Virrey.

He aquí el punto clave de la expedición de la comisión española, porque habiendo ya marchado casi todos los franceses a su país con gran cantidad de valiosos datos astronómicos, quedaron en América los españoles realizando una cantidad ingente de mediciones científicas sin prisa alguna.

El resultado fue impresionante y, siguiendo las órdenes del Rey que pedían que todo se midiera por mano propia y no se dependiera de los franceses, resultó que la calidad del conjunto de medidas tomadas por Jorge Juan y Antonio de Ulloa superó con mucho cualquier expectativa previa.

Por desgracia, el regreso no fue muy venturoso, pero esa historia debe esperar al próximo mes para ser desvelada.

Ignorando que Francia había tomado parte en la guerra como aliada de España, determinaron los dos marinos españoles regresar en un navío francés, y así, para dividir los infortunios, D. Jorge Juan tomó pasaje en la Lis y Ulloa en la Nuestra Señora de la Deliberanza. 

Reunidos en Concepción con otros mercantes franceses, el Luis Erasmo y la Marquesa de Antín, navegaron en conserva, doblaron el cabo de Hornos y prosiguieron su ruta hasta Puerto Guarico en Santo Domingo, donde la Lis tuvo que quedarse a reparar averías, siguiendo sola su viaje a Brest librándose D. Jorge Juan de los nuevos sinsabores que esperaban a su compañero.
 
Fragmento de un artículo sobre Jorge Juan y Antonio de Ulloa publicado en Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos. Año XVI, Nums. 9 a 12, diciembre de 1912.

El accidentado regreso a España de Antonio de Ulloa.

Como bien se narra en el texto de cabecera de este artículo, el regreso a España de Jorge Juan se llevó a cabo sin grandes incidentes. 

Por el contrario, el destino de Ulloa fue muy diferente. Retomemos la historia donde quedó el mes pasado, con nuestros intrépidos científicos satisfechos por sus logros y, a la vez, cansados tras duros años de investigación en América.

La flota francesa, en uno de cuyos barcos viajaba Ulloa, fue atacada por los ingleses, que se hicieron con un considerable botín y, además, requisaron las observaciones astronómicas y físicas del científico español.

Ahora bien, antes de ser abordados y conducida a puerto su nave, tras limitado combate, Antonio de Ulloa tuvo la prevención de arrojar al mar todos los documentos secretos y de interés militar que pudiera llevar consigo. De aquella forma se salvaron sus observaciones científicas, aunque fuera a manos de los ingleses, pero pudo evitar que datos muy sensibles cayeran en destino poco adecuado.

Aunque inicialmente fue tratado con desprecio, e incluso los soldados británicos recurrieron a la violencia con el pasaje, Antonio de Ulloa fue reconocido y, aunque siguió siendo prisionero, se le ofreció un trato propio al de una autoridad de primer orden.

Tal era su fama de hombre de bien y de ciencia, extendida ya por toda Europa, lo que propició que su estancia en Inglaterra fuera incluso provechosa. Siguiendo el texto con el que se abre este artículo, puede comprobarse que todas las puertas se abrían ante Ulloa con gran respeto hacia su persona:
Presidía entonces la Sociedad Real de Londres un Mr. Martin Folkes, gentleman urbano y fino, quien ya por sí había solicitado que la Sociedad custodiase los papeles hasta la libertad de Ulloa; así es que, con tan generales y benévolas disposiciones, el Almirantazgo accedió a que el Secretario de la Compañía de la India Oriental permitiese a Ulloa recogerlos de manos de Folkes. Este acompañó la devolución con tan lisonjeras expresiones que Ulloa no quiere repetirlas [en su relación del viaje].
Así fue como Antonio de Ulloa fue admitido en la mismísima Royal Society con todos los honores el 11 de diciembre de 1746. En julio de ese mismo año fue liberado, regresando definitivamente a Madrid después de más de una década recorriendo el mundo. Felipe V había fallecido el año anterior y el nuevo rey, Fernando VI, habiendo sido informado de los méritos de Ulloa, decidió ascender al militar científico al rango de capitán de fragata, como también le sucediera a su compañero de aventuras, Jorge Juan.

Fue entonces cuando los datos recogidos con gran cuidado en la expedición, así como todos los detalles del viaje, fueron puestos en orden y editados, de tal forma que en muy poco tiempo esos libros hicieron célebres a Ulloa y Jorge Juan, es más, curiosamente en toda Europa era más conocidos y respetados que en su propia patria, todavía algo ajena a toda aquella actividad científica.
Sin embargo, a pesar del éxito, hay cierto aspecto oscuro.

Pese a no haber podido entrar en detalles sobre cómo se desarrollaron tantos años de investigación en América, he de afirmar sin dudar un momento que los dos españoles fueron mucho más allá de ser simples “ayudantes” de los franceses, es más, sus aportaciones originales fueron tantas o mayores que las de aquellos y, sin embargo, en las memorias científicas de La Condamine y el resto de su compañía no aparece Jorge Juan ni Antonio de Ulloa más allá de como simples comparsas.

Curiosamente, tanto Ulloa como Jorge Juan citan con respeto y hasta con agradable recuerdo el tiempo que pasaron junto a la comisión francesa.

Pero la historia tiene estas pequeñas trampas y, desgraciadamente, ha quedado impresa la idea de la comisión española como sencilla fuerza de intendencia auxiliar a las grandes metas científicas francesas.

No tiene sentido hoy día ahondar en bobadas como esas, porque los documentos y memorias dejan constancia de los hechos tal y como sucedieron.

Platino, el metal que se consideraba basura

Como gran final para este recuerdo sobre Jorge Juan y Antonio de Ulloa, no creo que pueda haber nada mejor que una leve mención a un hallazgo científico singular. Bien, como siempre, hay que tener prevención a la hora de asegurar que cierto personaje haya sido el descubridor de algo presente en la naturaleza.

Con el platino sucede lo mismo, porque hay ciertas referencias, como algunos textos de Plinio el Viejo, que parecen decirnos que el platino es conocido desde la antigüedad como tal, sin ser confundido con otros metales. Pero claro, una cosa es tener cierta intuición acerca de la naturaleza de este metal y otra muy diferente ser consciente de lo que se tiene delante.

Fue sin duda Antonio de Ulloa la primera persona que describió acertadamente el platino como un nuevo elemento, aunque tal cosa tardó bastante tiempo en ser confirmada en Europa.

El platino, ese carísimo metal empleado actualmente en joyería, como catalizador en vehículos junto con sus parientes el paladio y el rodio, también en circuitos electrónicos y en la industria química, fue durante mucho tiempo tratado como simple basura. Fue Ulloa quien, por primera vez, realizó una adecuada descripción del platino.

Descubrió así el elemento de número atómico 78 partiendo de muestras minerales procedentes de Colombia hacia 1735. Dado su parecido superficial con la plata, recibió el nombre con el que actualmente es conocido.

Lo más sorprendente del hallazgo fue que nadie antes se había percatado de que la platina, como fue conocida inicialmente, era algo más que material de deshecho. En efecto, en la minería del oro se solía tratar como escoria sin valor a lo largo del proceso de beneficio y, por otra parte, los incas habían utilizado platino para confeccionar adornos de todo tipo durante años.

Cabe también sorprenderse con la forma de actuar de las autoridades españolas tras el descubrimiento de Ulloa. Lejos de pensar en crear una industria o un comercio secretos, o algún tipo de monopolio, España repartió libremente muestras del metal a todo aquel que lo solicitó en toda Europa para realizar experimentos.

Surgió así la compleja historia sobre todos aquellos que soñaron, y a veces consiguieron, purificar y fundir el metal a su gusto, pero esa es otra historia que merece un tratamiento más extenso y se aleja de las breves notas de este artículo.


ANEXO: Andrés Manuel del Río y el descubrimiento del Vanadio

Queda establecido, pues, la paternidad de la primera descripción certera del platino como elemento químico por parte de Antonio de Ulloa. En el número 64 de Historia de Iberia Vieja también nos visitaron los inquietos hermanos Delhuyar, que a su vez fueron descubridores del wolframio. Pero todavía queda otro elemento químico descubierto por un español: el vanadio y a él me referiré brevemente.

En efecto, el vanadio, elemento químico de número atómico 23, escaso y de compleja obtención, valioso a la hora de preparar diversas aleaciones, también fue descrito primeramente por un español. Andrés Manuel del Río, nacido en Madrid en 1764 y fallecido en México en 1849, recorrió media Europa estudiando química, mineralogía y metalurgia hasta que fue llamado para tomar posesión del cargo de catedrático de química y Mineralogía del Real Seminario de Minería de Nueva España, institución dirigida por el mismísimo Fausto Delhuyar. 

Fue el comienzo de una carrera científica de primer nivel, en la que llegó a colaborar con Humboldt quien, de hecho, le admirada como uno de los más insignes conocedores del mundo mineral de todo el mundo.

Esa admiración no era exagerada sino sujeta a la realidad, puesto que Andrés Manuel del Río, además de ser un erudito sin igual, descubrió un nuevo elemento químico. Sucedió en 1801, cuando al estudiar diversas muestras minerales de México llegó a la conclusión de que había localizado un nuevo elemento metálico. 

Al mostrar una variedad de colores sorprendente, decidió llamarlo pancromio (de muchos colores, en griego).

Más tarde, al comprobar que los compuestos del nuevo elemento, al ser calentados, eran predominantemente rojizos, pensó en cambiar el nombre por el de eritronio (de eritros, o rojo en griego). No fue sencillo que el descubrimiento fuera aceptado. 

Diversos análisis realizados en Europa no detectaron la presencia de ningún nuevo elemento, hasta que en 1830 el químico sueco Nils Gabriel Sefström volvió a descubrir el eritronio.

Por desgracia para Andrés, fue el nombre de vanadio, pensado por el químico sueco en recuerdo de cierta diosa nórdica de la belleza, el amor y la fertilidad, Vanadis o Freyja, el que ha pervivido.

No han sido pocas las ocasiones en las que se ha intentado recuperar para el elemento número 23 de la tabla periódica el nombre de eritronio, todas ellas sin éxito.

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