Apología al buen carnívoro de Luis Torres ( Cuento )

Por Luis Torres

¿Has ido últimamente al manicomio?

Lo miro, no sé que responderle. Desde que está en prácticas en su facultad va a cada lugar a analizar casos y más casos.

La carrera de psicología es traicionera, es como un gran pozo que amenaza con tragarte con todo y zapatos. Hace tiempo que no voy- un par de años con exactitud- al manicomio Larco Herrera.

Es hermoso, una amplia construcción en estilo Art. Noveau, de jardines plácidos, glorietas, tan junto al mar y al cielo, realmente es maravilloso estar entre los locos. Yo diría sin miedo a equivocarme que todos sin distinción estamos un poco rayados.

La diferencia entre los que están en instituciones mentales y los que estamos afuera es simple: nosotros a nuestra manera afrontamos la monstruosa realidad, los amables señores locos afrontan a su manera su irrealidad. Aparte de todo eso nosotros de una forma u otra, producimos.

Un millonario con un cuadro agudo de paranoia, por más que cualquiera se dé cuenta que sus miedos son alucinantes y se gaste millones en protegerse no va al manicomio, continúa gastando y sigue con su vida, una histérica maníaca no es atendida, sigue bien casada rompiéndole los nervios al marido y así hay miles de casos.
Ahora, ¿Has ido últimamente al manicomio?,
-No ¿Hay un caso raro o un paciente conocido?

-Te diré mi querido amigo, desde que estoy en esto he visto casi todas las psicopatías conocidas, sin embargo, me faltaba el síndrome de Lesh-Nyhan. -se ha quedado callado y mirándome orgulloso, como quien descubre oro en un río.

-¿Y qué es ese síndrome? –le pregunto, la verdad es que mi amigo, como se habrán dado cuenta, es psicólogo. Estamos en un restaurante nuevo y muy de moda en el centro de la ciudad, y admito que no estoy de humor para hablar de pacientes.

-Deficiencia enzimática, (él cuando habla te da la sensación de ser una persona seria y culta, serena, pero cuando termina las frases pone su media sonrisa pícara de tal forma que no sé si te habla en serio o se ríe de ti) Los pacientes sufren por sus cuerpos químicamente desequilibrados, ¡Un fenómeno biológico total, es increíble! Lo tenemos con sedantes y cuidado todo el día, con un bozal especial, en verdad increíble.

-¿Bozal? Eh, mí no entender mister, ¿Qué hablas? Qué le pasa a ese hombre? ¿Se golpea acaso o qué?

-Jejeje, noo, se come a sí mismo…, -me mira con sus pequeños y vivísimos ojos y espera mi reacción, pese que soy duro para demostrar mis emociones igual se me sale una mueca.
-¿Se comen ellos mismos, solo por un desorden biológico? Pero si le faltan enzimas que se las inyecten y todo listo.

-No es tan fácil, (pone cara seria y se acomoda en la amplia silla de madera) si fuera así no sería un caso tan raro, el paciente es de una familia muy poderosa y antigua, se cree que cuando hay cruzas entre familiares o alguna alteración genética es que pasa esto, es un caso no muy común y por lo tanto poco documentado.

Me mira, ahora luce pensativo y es la parte en que debo hablar yo, si no lo hago así se quedara callado y ensimismado, pensando en sabrá que diablos.

Llegan las incas frías y un piqueo, las amigas se demoran como siempre, afuera hay un sol rabioso y yo aquí, con casaca y chompa. Estamos a media estación y nunca sabes que clima te tocará. Él me cuenta de más casos, de una ninfómana que asiste ella sola a darse tratamiento, pero más que querer curarse va a contarle sus increíbles hazañas sexuales al psicólogo. Ella es feliz como está, tiene sus amantes ordenados y, sus ratos de furor uterino los sabe controlar, pero le gusta ver la cara del psicólogo y excitarlo, le gusta excitar a todo el mundo. Un día la vi, tiempo después, una mujer de unos treinta años muy bien llevados, guapísima, de una sonrisa terriblemente sensual, un caminar de vampiresa. Se vestía bien y con poquísima ropa, un cuerpo demasiado atractivo, volteaba siempre la cara para ver quien le observaba, sí, toda una hembra en celo.

Por fin llegaron las muchachas, nos sentamos y pedimos comida criolla, arequipeña para los otros y para mí una jalea mixta de mariscos. Después de conversar un buen rato nos traen unas bandejas plenas de color y sabor, pedimos más incas y una cerveza fría, la cerveza está de más, no acompaña para nada nuestra comida, las chicas son primas y estudian para chef en una conocida escuela de alta cocina, muy cara por cierto. Tengo hambre, siempre la tengo, ¿Tensión, ansiedad? Quién sabe, sólo soy un gourmet salvaje y apasionado, sólo eso.

Al acabar la opulenta comida cada uno da su opinión, mi amigo suelta unas palabras sobre el por qué del hombre hacia la variedad alimenticia y su contexto sobre la irracionalidad subjetiva, ellas hablan sobre la influencia de la cultura moche prehispánica en la comida peruana costera y su arraigo a través de los años, yo sólo digo que esto está rico.
Ahora sí, más sonrientes y realmente satisfechos, luego de una comida a la peruana, grandiosa, dilatada por las conversaciones de sobremesa, de ingredientes variados y de sabores incomparables, nos miramos, pedimos las cervezas, frías claro está. Hay un fenómeno común entre las personas que tienen ciertas experiencias, el fenómeno es contar eso que uno sabe y apantallar a los demás. Lita, mi Lita, la más risueña y pícara nos mira, cierra y abre sus ojos menudos y achinados, parece que desea abanicarnos con sus pestañas largas y negras.

-¿Qué es lo más curioso que han comido…? –deja la pregunta suelta y nos mira, si ha dicho esto es porque, como ella ha vivido en la selva, fijo que ha probado cosas exóticas y desea sorprendernos, la miramos y dejamos que hable ella primero:
-La tortuga y a mi parecer todos los reptiles tienen un sabor incomparable, esa mezcla de sabor a pollo, ternera, cerdo, su jugosa carne y su suavidad, aparte de lo afrodisíaco, -cuando dice esto me mira y por debajo de la mesa me aprieta un muslo con esas sus manos que parecen conejitos en primavera.

–Mi madre es una gran cocinera, tiene un gran local en Iquitos y, cuando vayan, les prepararé un gran festín. La miramos un buen rato, después hablo yo, sólo para reafirmar que la carne de tortuga es realmente rica, -el papá de un amigo me invitó una vez, estuvo riquísima.- Las personas me miran, cada cabeza formula ideas, trata de paladear esos sabores imaginarios. Hacemos un brindis, la cerveza va y viene por el local, miro a la calle y recuerdo los mercados extintos.

-Yo he comido carne de bufeo, chancho marino como le llamaban los viejos pescadores, mi abuela la compraba, era tierna y suave, de un sabor único, de niño veía como la vendían, a veces a escondidas, decían que estaba prohibida su venta, en esa época no sabía por qué. Una vez un señor me dijo que era carne de sirena. Mi abuela le ponía muchas especias y la dejaba macerando en ellas, quedaba riquísimo.

Me quedé pensado en su sabor, hacía casi dos décadas que no comía esa carne, pero es que en realidad era ilegal, pues el chancho marino no era un pez, era el delfín, sí, ese amable mamífero marino. A veces, lo atrapaban sin querer cuando se enredaba en las redes de los barcos, y se lo comían o lo vendían. Me encantan los delfines, es hermoso verlos en libertad, jugueteando en el mar, en grupos siempre, felices.

-¿Y te los has comido?- dijeron en coro, me miraban como si me hubiera comido a un niño, -bueno, ya les dije, amo a los delfines pero también he vivido entre pescadores, esos hombres aman, temen, respetan y viven del mar, no les gusta comer delfín, ellos también los respetan pero a veces se enredan en las redes y, como todos sabemos, ellos no suelen desperdiciar comida, es pecado botar buena carne, la comen, la venden, pero no los cazan. –me siguen mirando igual, entonces pienso en cambiar de tema.

-Los delfines son casi humanos, piensan y aman, eso es casi canibalismo- Lita habla, la observo, en realidad lo dice con sentimiento, está molesta, pone cara de pocos amigos, retira su mano de mi entrepierna y juega con su tenedor ¿Querrá clavármelo en los ojos por ser tan cruel?

Tobe nos observa con sus pequeños y vivísimos ojos, piensa, respira con fuerza, asoma su delgado cuello y mueve los labios con rapidez:

-La raza humana es depredadora, lo hace siempre, somos cementerios ambulantes, llenos de las almas de otros, nos hemos ganado el cielo enterrando a los demás en nuestros estómagos, ¡sí!, aunque no lo acepten debe ser así, los vegetarianos más apasionados creen que somos los malos y ellos los buenos, puros y naturales, jeje, tontos y crueles, antinaturales, todo nuestro organismo está hecho para asimilar carne, para disfrutarla, ahora, si ellos creen que comer plantas no es malo ni cruel se equivocan, según los últimos estudios los seres más sensible sobre la Tierra son los vegetales, pues sí, coméntale a una planta que la vas a quemar o solo piénsalo en tu mente, verás como se seca, se retrae, muere de pena y miedo.

Son seres finos y delicados que piensan, se reproducen, y ellos se los comen crudos, o sea, como comerte una vaca mientras ella esta a tu lado gritando, abusan porque las plantas no tienen medios eficaces de comunicación. Los vegetarianos son terribles por su crueldad, su hipocresía y su horrible negación a comer un delicioso bistec medio cocido, una parrillada en la playa con chorizos, lomo saltado, anticuchos, tantas, tantas cosas maravillosas. Alabada sea la carne de cerdo y res, reina en el cielo como en la tierra…
¡Diablos, el psicólogo se volvió loco! Todos lo miramos en silencio y al parecer, viendo las caras ansiosas, los labios húmedos, los ojos vacilantes, sí, todos estamos excitados. Acabamos de comer, no es necesario recordarlo, pero después de la espléndida defensa a los carnívoros unidos no nos queda otra que pedir una parrilla familiar, esa que tiene filetes de cerdo, res, chorizos, medio pollo tierno y suave, costillas de cerdo y…

¡No no, es demasiado! Mientras traen el super pedido seguimos hablando, mi Lita está de mejor humor, su mano regresa a posarse entre mis piernas y a juguetear, Angie pide una botella de tinto –va excelente con la carne- nos dice, le acaricia la cara a Tobe y éste le estampa un beso chupón que la despeina toda.

Llega la comida, la traen en una pequeña parrilla con carbones encendidos, el vino es regado en las gargantas, la carne es saboreada con paladar de oro y lengua de plata.
Nos miramos, rostros pícaros, Angie le dice algo al oído a su prima y ríen divertidas, Tobe le da un galante codazo y le pregunta por qué la risa.

Es un día ameno, acaricio una pierna de Lita por debajo de la mesa, ella, gata y ratona, rápidamente se acerca y me da un beso, un beso animal pues lo termina con una mordida. Ella nota que me ha dolido y ríe, en su cara noto excitación, anhelo de algo, no sólo de besos viven los enamorados. Sabe que esta noche acabaremos en sabanas extrañas y envueltos en húmedo rocío.

Ha pasado el intermedio, cada uno abraza a su pareja, Tobe está ansioso, se le nota en su cabeza que se mueve constantemente, en su boca algo quiere nacer, nos mira, y nos cuenta sobre su paciente, sí, ese, el auto caníbal.

-¡Aaaag! No lo puedo creer…- Angie se tapa la boca, Lita lo mira con sus ojazos abiertos al máximo, yo solo escucho sorprendido, no del relato, pues ya me lo contó, sino del retraso de contar la historia realmente retorcida de un hombre que se arranca los labios y los mastica mientras estamos comiendo precisamente carne.

Lógico, era de esperar, las muchachas pierden el hambre automáticamente, yo, molesto, observo a Tobe y él, sorprendido, permanece mirándonos completamente ajeno a lo que ha hecho.

Esos segundos muertos son terribles, esos pequeños segundos en que sabes que no puedes estar callado, en que sabes que debes hacer algo, Tobe se disculpa de todas las formas que sabe pero eso no les quita el asco a las nenas, debo decir algo, debo hacer que piensen en otra cosa, debo…

-Un amigo hacía eso- en voz alta y con una sonrisa falsa- él se solía morder todo el tiempo los dedos hasta hacerse heridas, a veces lo encontraba haciéndolo y lo fregaba, a cada rato lo molestaba, hasta le di manotazos, daba nervios verlo, luego dejó de hacerlo, al menos eso creía yo. Descubrí que ya no se mordía pero tenía heridas en los cantos de la mano y el antebrazo, “raspones” es la palabra o una especie de “picadas”, en verano te dabas cuenta ya que el polo lo descubría, era que se daba pellizcos con las uñas, ansiedad, mucha ansiedad, no estaba tranquilo, bueno, ya no lo hace, gracias a Dios que no, pero lo hizo buen tiempo.

Me miran absortos, interrogativos, no sé que más decirles, me preguntan quien es, no se los pienso decir. Me preguntan como lo aguanté, solo sé que era exasperante verlo.

-Todos tenemos nuestras etapas, nuestras pequeñas locuras, el tuvo las suyas, desarrolló otras, como tú otras, sólo eso, pero, ¿Quién no se ha comido las uñas o la piel alrededor de ellas?

 ¿Quién no ha probado su propia sangre alguna vez? Sabe salada, algo ácida, sabe bien, su olor es óxido y mar, su color el rojo más rojo, somos pequeños e inconscientes caníbales, mi amigo un poco más exagerado, el loco que se come a sí mismo lo es todavía más, eso es todo.

Los minutos pasan, la comida se ha terminado, aún queda un poco de vino y cerveza, no es bueno combinarlos porque marea más rápido, se trepa a la cabeza con sus garras de vidrio y papel chillón.

Angie le dice al oído (secretos en reunión son de mala educación) a Tobe sabrá Dios qué, él la mira y le dice que sí, que sí es cierto, ella le pregunta a Lita, ella me pregunta a mí, al oído (secretos en reunión son de mala educación) que si es cierto lo de mi amigo, bueno, le digo (en voz alta) que es cierto, y que el canibalismo se ha dado siempre, en todas las culturas, en un momento u otro, que es una forma de amar, de humillar más aún a los caídos, de magia, de sexo, de placer morboso, de regeneración, y lo mas importante, de supervivencia.

-¿También de placer?- Angie lo pregunta con esa vocecita suya, chillona y seria –sí, de placer, pues de todas las carnes, según los datos de la cultura occidental que, son los que mejor han documentado sus barbaries, y, los que últimamente por diversos motivos (la mayoría accidentes) han recurrido a la antropofagia como forma de conseguir proteínas, mientras la ingerían encontraron dentro de su asombrado horror, su mal disimulado asco inicial y su vergüenza ante su inhumanidad que, increíblemente, ésta sabía muy bien. –me miran ansiosos, veo en sus expresiones algo que he visto hace poco, pero, que no quiero recordar:

-De los cientos de historias documentadas sobre caníbales modernos se aprende que, la carne humana es suave, jugosa, de sabor excelente, que combina muy bien con un buen vino tinto ligeramente seco, es, sin lugar a dudas la mejor carne entre las que cualquier gourmet pueda practicar su arte.

Las cosas pasaron rápido, yo se los dije, nunca mezclen vino y cerveza, sé que exageré en mi elocuente apología al canibalismo, y sé que yo estaba mareado, no sé cuanto más que los demás. En ese momento se contaron más historias, todas giraban sobre casos reales de come hombres, todas para mí desagradables, todas estimulaban más a mis amigos que, no dejaban de hablar.

No me gusta estar callado, me gusta hablar, imponerme, decir algo, y vaya, no sabía que decir en ese momento, bueno, sí lo sabía, pero no debería decirlo.

Acaba Lita de contar una historia muy buena, ella después me besa y me sonríe triunfal, se acaba otra botella de vino, piden otra más, sé que no debo contarlo, sirven los vasos y la espuma resbala sobre las manos que levantan la bebida y la depositan en las bocas, sé que no debo contarlo. Me sirven un vaso lleno, las cosas se ven como a través de un cristal de Bohemia, no escucho bien a los demás, los párpados pesan y mis manos manosean sin ningún pudor la entrepierna de Lita que hace lo mismo conmigo mientras ríe fuertemente en mi oído.

-Hace años, diez, quince, veinte años, si, veinte, era muy niño, una calle paralela de paseo Colón, esa calle que fuera solo de millonarios y que ahora no es ni la sombra de lo que fue, bueno, allí, hace ya más de veinte años que no cuento esto, en realidad, nunca conté esto, no, no debo contarlo...

“Había una señora, viejita ya, era de las últimas anticucheras limeñas, ahora las fritangueras son provincianas, de origen serrano, esa señora era una vieja limeña, de las de antes, medio mulata o blanca anegrada, alegre y de garbo antiguo, ella preparaba anticuchos y pancitas, tú sabes, a mí me encanta comer pancitas, siempre me gustaron, mi madre me enseño a comerlas, esa señora las hacía riquísimo, pero, ya estaba anciana y, bueno, lo que sabía yo era que tenía nietas que cuidar, tres niñas que dependían de lo que esa buena señora vendiera. Imagino que le iba muy bien por que la gente se agolpaba alrededor de su carreta para ser atendida.

Venían autos lujosos y de todo tipo a hacer pedidos, era muy conocida y sus clientes venían de lejos pero, hubo una gran inflación, subió todo, la carne de res y todas sus menudencias más todavía, la señora debió subir el precio de sus delicias y sus ventas mermaron, le compraban, pero ya no como antes, en consecuencia cada día vendía menos, nosotros también dejamos de comprarle, sentí pena por la viejita.

Un día paseando con mi mamá por esas calles vimos el lugar de nuevo lleno de gente, nos acercamos y los precios estaban como antes, el anticucho estaba más suave que nunca, la pancita sublime, hacía dos semanas que no íbamos y no saben como extrañé esos sabores, sin embargo, ¿Cómo hacía la vieja para vender tan barato y conseguir carne y vísceras de tan buena calidad?

Yo aprendí a leer un año antes que los demás niños, por eso, cuando salí a pasear con mi mamá y mi hermano al día siguiente, leí el periódico y me asombré. Al comienzo no entendí las palabras, la mayoría nuevas, mi mamá me explicó después, la anciana compraba en la maternidad de Lima, a precios bajísimos, placentas frescas recién obtenidas de los partos, los corazones los conseguía en la morgue, un sobrino suyo se los daba para, supuestamente su perrito.

Nunca más la vimos, yo entendí todo esto muchos años después, ya ven, esa buena mujer para que sus nietas no pasen angustias económicas introdujo al canibalismo a un niño inocente que después vivió con angustias.

Un señor gordo y alegre, de largas y cómicas patillas, del barrio vecino, se ahorcó, en un papel sucio y escrito con mano temblorosa puso que él no era un monstruo, que él no quiso comerse a nadie, eso es todo, esta es mi historia”.

Mi relato cayó primero como un baldazo de agua helada, luego al parecer los excitó aún más de lo que ya estaban. Yo, como les repito estaba bien mareado, la cabeza la sentía caliente y pesada, los ojos cada vez más lerdos.

Después de contar mi historia ya ni pensaba en irme a un hotel con Lita, solo quería dormir o irme de ese lugar. Tobe contó que tenía un primo que trabajaba en la morgue, en el turno de madrugada.

Eran ya las cuatro de la madrugada cuando, cuatro jóvenes, salidos de buenos y honorables colegios, de buena educación occidental, de cultura digamos... alta, con su buena dosis de tabúes y complejos, salieron con unas copas de más camino a la morgue, de ahí saldrían rumbo al departamento de Angie donde, entre especias y ollas, cuchillos y sartenes, comerían lo que les quedaba de cordura.

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