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Razonamiento moral distinto entre médicos y administradores de la salud


Razonamiento moral médicos y administradores
Ilustración: John Holbo

Se realiza un estudio sobre los dilemas morales que arroja como resultado un razonamiento moral distinto entre médicos y administradores de la salud.


Para poder evaluar los mecanismos cerebrales que controlan la moral, los psicólogos suelen plantear dilemas morales a los sujetos de estudio.

En estos dilemas el sujeto tiene que tomar una decisión sobre la vida y la muerte de unos personajes humanos en una situación límite.

Cuentan que durante la segunda guerra mundial un grupo de judíos estaba en un sótano o similar cuando trataban de esconderse de los soldados nazis. Si los capturaban irían directamente a algún campo de exterminio.

 Entre este grupo de personas había una madre con un bebé. Los soldados nazis se acercaban y el bebé se puso a llorar.

Ante la perspectiva de que el llanto del bebé los descubriera, la madre tapó la boca del bebé. Los soldados nazis abandonaron el lugar sin percatarse de la presencia de los refugiados, pero el bebé murió asfixiado.

Es difícil pensar que una madre pueda luchar contra el instinto biológico de protección de su hijo, así que la muerte fue probablemente “accidental”, pero su acción probablemente salvo la vida de todos. ¿Se puede justificar el asesinato para poder salvar la vida de varias personas?




En un mundo absolutamente racional y sin sentimientos, en el que todos fuéramos como el Mr. Spock de Star Treck, la respuesta a este dilema sería clara y se podría matar al bebé para salvar de una muerte segura a muchos otros.

Pero siempre queda la duda, quizás los alemanes hubieran perdido la guerra antes de poder exterminar a este grupo de prisioneros.

En definitiva, podemos buscar escapatorias plausibles para evitar la muerte del bebé.
Hay que diseñar mejores dilemas morales que sirvan para evaluar a las personas. Algunos de ellos tienen como protagonistas a trenes o tranvías. Supongamos que a usted, amigo lector, se le planeta un dilema de ese tipo.

Se le pone a cargo de la palanca que cambia las agujas en una vía de tren de tal modo que lo desvía hacia otra diferente si se la empuja.

Digamos además que justo después de esa bifurcación, y a los pocos metros, hay 5 personas atadas sobre una de las vía que un demente ha colocado ahí y una sola persona en las mismas condiciones en la otra.

El tren está fuera de control y no hay nadie que lo pueda frenar, si no hace nada el tren arrolla a las cinco personas, si empuja la palanca el tren arrolla a la persona de la otra vía.

¿Qué haría?, ¿empujaría la palanca? La situación no la ha buscado usted, es, al fin y al cabo, culpa de otro.

¿Y si no hay cambio de agujas y en su lugar, para parar el tren, tiene que empujar a una persona que está con usted en un puente?, ¿qué haría?

En este tipo de dilemas la mayoría de las personas no sacrificaría a otra para salvar a un grupo mayor.

Quienes responden que sí lo harían revelan alguna patología cerebral, al menos así sostienen algunos neurólogos.

Es muy interesante explorar la actividad cerebral con un sistema de resonancia magnética nuclear y ver las diferencias entre el primer caso y el segundo cuando al sujeto se le plantea uno de esos dilemas.

Pero hay que admitir que el dilema del tren fuera control y el psicópata que ha colocado esas personas no es muy realista.

En otros hay unos trabajadores (¿sordos?) trabajando en las vías, cinco en un lado y uno en el otro, pero siempre hay alguna escapatoria para el dilema. Y la justificación de no hacer nada que propicie la muerte de alguien es que, de algún modo, se les puede avisar.

Para ver cómo la gente se desenvuelve en las elecciones morales Joshua Greene y Katie Ransohoff, de la universidad de Harvard, han realizado un estudio de este tipo.

Reclutaron a 84 médicos y 69 administradores o gestores de la salud (responsables de la seguridad social y campañas de vacunación pero que no tratan directamente con pacientes) y les plantearon dilemas morales más realistas que el relatado antes.

Así por ejemplo, uno de los dilemas consistía en que para salvar a varios pacientes que necesitan un acceso breve a un sistema de soporte vital se necesita “desenchufar” a un paciente gravemente herido enganchado a uno de esos sistemas.

Si se toma esa decisión se salva probablemente la vida a cinco pacientes, pero se deja morir sin remedio a uno.

En otro ejemplo se debe decidir entre salvar la vida de unos pocos con un tratamiento muy caro o salvar a muchos con un sistema de diagnóstico muy barato.

Los investigadores también propusieron a los voluntarios dilemas estándar como el del tren. Como grupo de control usaron a 110 personas con profesiones no relacionadas con temas de salud o médicos.

Las respuestas de los médicos, tanto en el dilema del tren como en los hospitalarios, no difirieron estadísticamente del grupo de control. Sólo el 12% de los médicos estaban dispuestos a matar a un hombre para salvar la vida de varios en el dilema del tren, por ejemplo. Sin embargo, la situación era distinta en los administradores de la salud que no se relacionaban con los pacientes.

En este caso el 21% de ellos creían que era moralmente correcto matar a una persona para salvar a las demás. Lo mismo pasaba con las decisiones médicas. Cerca del 50% de éstos administradores de la salud pública estaban dispuestos a desenchufar a un paciente para salvar a varios, frente a un 30% de los médicos.

Según Green, estos resultados son coherentes con el juramento hipocrático de no hacer daño.

Apunta a que algunos problemas, como la sobremedicación con antibióticos, que da lugar a una resistencia frente a estos fármacos entre las bacterias, requiere el sacrificio del interés del paciente por un bien mayor y, por tanto, los médicos siguen sobremedicando.

Los dilemas del tren pueden parecer artificiales, según Green, pero representan versiones extremas de decisiones morales que hacemos en nuestra vida diaria.

El próximo paso podría ser realizar un estudio que hiciera un seguimiento de los profesionales de la salud antes y después de su formación, dice Daniel Wikler, bioético de la Harvard School of Public Health en Boston, que ayudó a Ransohoff a diseñar los dilemas médicos.

 Se pregunta si la formación en salud pública hace a la gente más dispuesta a sacrificar individuos por un bien mayor o si ese tipo de gente es más propensa a caer en ese tipo de trabajo.

La gente difiere en su razonamiento moral, pero si esas diferencias se deben a la naturaleza o a la educación es algo que hay que ver.

Lo curioso de estos dilemas es que siempre se plantean desde el punto de vista de un observador exterior. Es de suponer que si es uno no es al que quieren “desenchufar”, sino el que necesita el tratamiento, la cosa puede cambiar y el camino hacia la inmoralidad se allana.

Pero, ¿y si se pueden extraer los órganos de alguien todavía vivo para salvar a varias personas?, ¿inclinaría esto la balanza hacia un lado?

Hay que tener cuidado, un “razonamiento” de sacrificio de unos pocos para supuestamente salvar a muchos más también puede ser la justificación para suprimir tratamientos caros en un sistema de seguridad social público siempre pobre en recursos.

Lo malo es si uno está al otro lado esperando un tratamiento o un órgano. O si por culpa de la sobremedicación, e infectado con la cepa alemana de E. coli, los antibióticos no sirven para salvarle la vida.

La regla “no hacer daño a los demás” está íntimamente grabada en nuestros cerebros, nos ha permitido prosperar como especie y ha creado todos los sistemas culturales que mantienen la idea de justicia.

Y, sobre todo, para cada uno de nosotros no es lo mismo realizar una acción que desencadene la muerte de un ser humano (independientemente de las circunstancias) que una inacción que derive en la muerte de otros. La responsabilidad no es la misma.

Las cosas que podríamos hacer y no hacemos para salvar vidas son casi infinitas y no realizamos casi ninguna de ella.

Ya que hay demasiada gente el mundo, puede que sea mejor mantener una población con cierta ética que mucha más población pero con una moral laxa.
Todo esto recuerda un poco el cuento “Los que abandonan Omelas” de Ursula K. Le Guin.

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