La Astronomía en los pueblos que habitaron Europa Antigua

La Astronomía en los pueblos que habitaron Europa Antigua
Antiguos pueblos que habitaron Europa tuvieron conocimientos avanzados de los movimientos de los astros, matemática y geometría.

Realizaron grandes construcciones para la practica de la astronomía observacional, determinaron los solsticios y equinoccios y pudieron predecir los eclipses.

Los astrónomos de las culturas megalíticas tuvieron unos conocimientos realmente sorprendentes de los movimientos de los astros y de la geometría práctica.

Nos demuestran que poseyeron ese gran saber los grupos de grandes piedras erectas (megalitos, algunos de más de 25 toneladas de peso), dispuestas de acuerdo con esquemas geométricos regulares, hallados en muchas partes del mundo.

Algunos de esos círculos de piedras fueron erigidos de modo que señalasen la salida y la puesta del Sol y de la Luna en momentos específicos del año; señalan especialmente las ocho posiciones extremas de la Luna en sus cambios de declinación del ciclo de 21 días que media entre una luna llena y la siguiente.
Varios de estos observatorios se han preservado hasta la actualidad siendo los mas famosos los de Stonehenge en Inglaterra y Carnac en Francia.

Stonehenge ha sido uno de los mas extensamente estudiados. Se construyó en varias fases entre los años 2200 y 1600 a.C. Su utilización como instrumento astronómico permitió al hombre del megalítico realizar un calendario bastante preciso y predecir eventos celestes como eclipses lunares y solares.

Stonehenge fue erigido a 51º de latitud norte y se tuvo en cuenta el hecho de que el ángulo existente entre el punto de salida del Sol en el solsticio de verano y el punto más meridional de salida de la Luna es un ángulo recto.

El círculo de piedras, que se dividía en 56 segmentos, podía utilizarse para determinar la posición de la Luna a lo largo del año.

Y también para averiguar las fechas de los solsticios de verano e invierno y para predecir los eclipses solares.

Los círculos de piedras le dieron al hombre del megalítico en Europa un calendario bastante seguro, requisito esencial para su asentamiento en comunidades organizadas agrícolas tras el ultimo periodo glacial, unos 10.000 años a.C.

Pero, aunque el europeo primitivo aprendió a servirse del firmamento para regular su vida, siguió adorando los astros, considerados como residencia o incluso como manifestación de poderosos dioses que lo controlaban todo.


Los antiguos europeos desaparecieron hace 14.500 años.


De un tiempo a esta parte, la genética ha ido ampliando conocimientos y campo de actuación en la investigación del pasado del Hombre, de manera que hoy en día esa disciplina tiene casi tanto peso es los estudios paleoantropólogicos como el trabajo de campo. 

Si a eso le sumamos otra ciencia, la climatología, se explica que lo que vamos averiguando sobre nuestros ancestros permita aclarar cómo fueron los orígenes de los primeros europeos. 

Europa Antigua

Y una de las cosas que aparecen es que los primeros, en realidad, no eran tales.

Efectivamente, hacia finales de la última glaciación la población que habitaba lo que hoy es Europa desapareció y fue sustituida por la actual, de la que descendemos. 

Así lo indican los últimos análisis de ADN practicados a restos fósiles recogidos en diversos puntos del continente y que apuntan a un rápido cambio climático como factor determinante por cuanto los anteriores pobladores no fueron capaces de adaptarse adecuadamente a las nuevas condiciones ambientales.

El arqueogenetista y estudiante de doctorado Cosimo Posth, en colaboración con una treintena de especialistas de la Universidad de Tübingen (Alemania), es el autor de la tesis que ha publicado la revista Current Anthropology. Para ello, se centró en investigar las mutaciones encontradas en las muestras de ADN mitocondrial (que se transmite por vía materna) obtenidas de 55 esqueletos de toda Europa (desde la Península Ibérica hasta la estepa rusa) y correspondientes a un período entre 35.000 y 7.000 años atrás.

Hay que tener en cuenta que la herencia genética europea es muy compleja. Se sabe que los primeros humanos modernos salieron de África hace entre 70.000 y 40.000 años y trabaron contacto con los neandertales. 

Luego, cuando se produjo la revolución agrícola hace unos diez milenios aproximadamente, los agricultores de Oriente Medio se extendieron hacia occidente sustituyendo progresivamente a los cazadores-recolectores nativos. 

Europa Antigua

Hace 5.000 años llegaron jinetes nómadas desde Ucrania y también hicieron su aporte sanguíneo. Pero durante todo ese tiempo la glaciación europea servía de barrera.

Los primeros hombres modernos, antaño llamados cromañones, poseían bastante diversidad genética y si antes se pensaba que la habían mantenido, el trabajo de Posth parece indicar lo contrario. 

La Pequeña Edad del Hielo pudo convertirse en un arma de semiextinción natural que acabó con la mayor parte de los individuos e impulsó a los supervivientes a disgregarse por todo el continente, seguramente mezclándose con otros grupos humanos que llegaban de zonas menos extremas climáticamente hablando.

Así, los genetistas identificaban en 2013 grandes haplogrupos que comparten lejanos antepasados comunes.

Un haplogrupo es un grupo grande de haplotipos, es decir, de una combinación de alelos en sitios específicos de un cromosoma que se transmiten juntos. “Básicamente todos los humanos modernos fuera de África, de Europa a la punta de América del Sur, pertenecen a dos super-haplogrupos que son M o N”, explica Posth. Hoy en día, todos los humanos de ascendencia europea tiene el haplotipo mitocondrial N, mientras que el subtipo M es común a lo largo de Asia y Australasia.

El equipo descubrió que, en los pueblos antiguos, el haplogrupo M predominó hasta hace 14.500 años, cuando desapareció de manera misteriosa y repentina. Ese haplotipo ya no existe en la Europa actual pero comparte, desde hace 50.000 años, un ancestro común con los pobladores de hoy que tienen un haplotipo M. 

En ese sentido, Posth aclara que europeos y asiáticos puede descender de un grupo de seres humanos que salió de África y rápidamente se dispersó por todo el mundo haría unos 55.000 años. Se especula con que el cambio en el clima resultó determinante para que las pequeñas poblaciones que pertenecen al haplogrupo M no fueran capaces de sobrevivir en su hábitat, y una nueva población, que lleva el subtipo N, las sustituyera.

Así, al frío glacial que había diezmado a la población obligando a pequeños grupos a refugiarse en zonas concretas menos extremas -presumiblemente de la Península Ibérica, Italia y los Balcanes-, le sucedió una subida de temperatura con los cambios consiguientes (sustitución de tundra por bosques, extinción de mamuts y tigres de dientes de sable…) que resultaron excesivos para aquellos vapuleados humanos. Los de haplogrupo M desaparecieron y los del N, quizá mejor adaptados, pudieron extenderse de nuevo por una Europa ya más cálida.
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