González de Haedo y la isla de Pascua

González de Haedo y la isla de Pascua
Uno de los grandes misterios arqueológicos de todos los tiempos es el problema de cómo se irguieron los moais de Isla de Pascua.

Dicho pedazo de tierra tiene el récord de ser el más aislado del mundo, a más de 2000 kilómetros del pedazo de tierra más cercano, y por lo tanto su civilización parece haberse visto en la precisión de desarrollar sus técnicas de ingeniería por sí sola, sin ayuda científica o logística del exterior.

Es decir, que para levantarlo contaban sólo con la técnica de una civilización brutalmente aislada, más los materiales que buenamente pudieran encontrar en una isla de un tamaño raquítico, cuyos 163 kilómetros cuadrados además han sido brutalmente deforestados, suponemos que por la mano del hombre (o de alguna bestia introducida por el hombre, como se ha postulado recientemente).

 Aún así, los pascuenses se las arreglaron para erigir cerca de un millar de esas estatuas, cuyo peso puede alcanzar hasta las ochenta toneladas. ¿Cómo lo hicieron?

 La República de Chile ha resuelto anexarse la isla Pascua, situada en el Océano Pacífico austral (…)

Hemos oído que nuestro Gobierno intentaba algunas reclamaciones, sin duda porque de esta isla, descubierta probablemente en la segunda mitad del siglo XVI por el piloto español Juan Fernández, tomó España posesión en 1770.

En efecto, el 15 de noviembre del citado año, el navío San Lorenzo y la fragata Santa Rosalía, que mandaban respectivamente D. Felipe González de Haedo y D. Antonio Domonte, reconocieron la isla a la que tomaron por la Tierra de Davis, como dicen las relaciones españolas, y la nombraron San Carlos.

Detuviéronse en ella cinco días, clavaron tres cruces en otros tantos cerros, arbolaron la bandera de España y puesta la tropa sobre las armas, el capitán de fragata D. José Bustillo tomó posesión de la isla, con las ceremonias acostumbradas, en nombre del rey D. Carlos III, “y para mayor corroboración de este acto tan serio firmaron o signaron algunos indios concurrentes, grabando en el documento testimonial ciertos caracteres, según su estilo”.

Fragmento de un artículo sobre la isla de Pascua publicado en Revista de Geografía Comercial el 15 de noviembre de 1888, donde se cita, entrecomillado, un extracto del diario de navegación de D. Felipe González Haedo.

Realmente no está nada claro, como se cita en el texto que abre este artículo, que fuera Juan Fernández quien “descubriera” la isla de Pascua, es más, posiblemente otros navíos occidentales, de los que no se guarda memoria también, hubieran llegado a la isla desde el siglo XVI.

De lo que sí se conserva memoria es del primer encuentro entre occidentales y habitantes de la isla de Pascua, claro que más bien habría que hablar de choque, porque la situación fue poco pacífica.

Un encuentro poco afortunado

La isla de Pascua, o Rapa Nui, que actualmente pertenece a Chile, se encuentra en medio de la nada. Bien, precisando habría que decir que está en medio del océano pero teniendo en cuenta que la tierra continental americana más cercana se halla a más de 3.500 kilómetros de distancia, no debe extrañar que para los habitantes antiguos de la isla el pequeño pedazo de tierra emergida en el que vivían les pareciera todo un mundo.

Conocido es que la isla de Pascua guarda grandes misterios y atractivos, pero no será ese el motivo de estas letras, sino recordar someramente cómo los occidentales y, sobre todo, los españoles, llegaron a conocer y tomar posesión de la isla.

El honor, al menos desde el punto de vista oficial, de ser considerado como descubridor de la isla de Pascua corresponde a un inquieto hombre de leyes holandés metido a navegante, Jakob Roggeveen, que descubrió la isla el domingo 5 de abril de 1722.

Como era el día de la Pascua de Resurrección, la isla fue nombrada de esa forma que todavía conserva. Tiempo después, cuando Felipe González de Haedo tomó posesión de la isla para España, quiso que fuera llamada Isla San Carlos, en honor a Carlos III, pero no tuvo éxito y el nombre inicial ha perdurado.

Tal y como menciona Ramón Campbell en su obra La cultura de la isla de Pascua, el considerar a Roggeveen como el primer occidental en llegar a Pascua es más bien un ejercicio de convención histórica, casi como distintivo cómodo para asignar a alguien el mérito, más que un hecho único.

Lo que los antiguos habitantes de Pascua conocían como Te-pito-o-te-henua, o El ombligo de la Tierra, debió sin duda haber llamado la atención de otros navegantes del Pacífico antes de que el holandés llegara a sus costas.

El propio Roggeveen no llegó a Pascua por casualidad, iba buscando una isla fantasmal que nombraban algunos navegantes de su época bajo el nombre de Tierra de Davis, ignoto lugar emergido que supuestamente avistó en la lejanía el filibustero inglés Edward Davis en 1687.

 Muy probablemente Pascua y la Tierra de Davis fueran la misma cosa, pero a pesar de ello Roggeveen, cuando alcanzó la isla de los gigantes de piedra, pensó realmente haber llegado a una isla nunca antes mencionada.

La expedición de tres barcos del holandés, tras permanecer fondeados cerca de tres días y después de ser visitados por isleños a bordo de canoas, decidió pisar tierra firme.

Al principio todo parecía marchar bien, la admiración y la curiosidad eran mutuas. Los navegantes se sorprendieron ante los moáis, esos misteriosos gigantes pétreos que pueblan Pascua y que atraen hoy día a turistas de medio mundo.

Por su parte, los nativos rodearon a los visitantes ofreciéndoles regalos y hasta a sus mujeres, pero la alegría duró poco.

La fiesta se convirtió en llanto en muy poco tiempo, realmente no quedó muy claro el motivo, pero lo cierto es que un miembro de la expedición holandesa, posiblemente por miedo ante el gentío que les rodeaba, abrió fuego con su fusil.

La escena de alegría tornó en lloros, gritos y terror. Los marinos se asustaron todavía más y decidieron abrir una brecha entre la multitud de la única forma que se les ocurrió: disparando por doquier.

Y, así, en medio de un mar de sangre, abandonó la expedición del aventurero Roggeveen la isla de Pascua, después de un encuentro muy poco afortunado.


Felipe González de Haedo llega a Pascua

Cuando se conoció en Europa el relato de Roggeveen, muchos otros marinos y aventureros se vieron animados a surcar las aguas del Pacífico para alcanzar la misteriosa isla.

Nadie lo consiguió, hasta que casi cinco décadas más tarde una expedición científica española comandada por don Felipe González de Haedo logró su objetivo y regaló al mundo las primeras descripciones minuciosas sobre los indígenas, la geografía de la isla de Pascua y, cómo no, las primeras representaciones gráficas de los imponentes moáis, con sus “sombreros” de toba roja sobre las enormes cabezas pétreas.

La estancia de las naves españolas en Pascua se prolongó desde el 15 al 21 de noviembre de 1770 y, a pesar de ser sólo unos pocos días, fue muy productiva pues el material científico fruto de la expedición descubrió al mundo el verdadero rostro de Pascua, despejando las sombras fantasmales que todavía ocultaban la realidad de la isla.

Felipe González de Haedo, nacido en la preciosa localidad cántabra de Santoña en 1714 y fallecido en Cádiz en 1802, tuvo una exitosa carrera en la Armada como oficial y cartógrafo.

Es recordado, precisamente, por el logro de haber llegado a la isla de Pascua para tomar posesión de ella en nombre de la Corona de España, encargándose de organizar el trabajo científico posterior.

El Académico de Historia Naval chileno Francisco Mellén Blanco, que ha reconstruido su vida sobre documentos históricos, señala que su Hoja de Servicios menciona su primer destino en la Armada a los trece años de edad, en 1727, como ayudante de Piloto en la urca San Bernardo, acompañando a su padre que, en esa época, era teniente de fragata.

A partir de ahí, no abandonó los viajes por los mares de todo el mundo al servicio de la Armada, logrando forjar una carrera militar muy dilatada y de gran éxito. Haedo participó en diversas campañas, como en Nápoles o en la Guerra de la Oreja de Jenkins, donde fue reconocida su valentía en la Batalla de Cartagena de Indias.

Luchó igualmente contra corsarios y llegó a participar en la Guerra de Independencia de los Estados Unidos contra Inglaterra.

Siguiendo las anotaciones de Mellén Blanco sobre Haedo, fueron diversos los objetivos que el virrey del Perú, Manuel de Amat y Junyent, encargó al marino de Santoña a la hora de organizar la expedición por el Pacífico Sur. En primer lugar, se le encomendó patrullar las costas chilenas, para verificar la existencia de posibles asentamientos de tropas hostiles.

 Esa misión se fundaba en los informes que indicaban la presencia en aquellas aguas de corsarios y navíos ingleses o franceses que podían poner en peligro las rutas comerciales españolas.

Por otra parte, la misión pretendía buscar el paradero de la célebre Tierra de Davis y, llegado el caso de dar con ella, estudiar minuciosamente el territorio y tomar posesión del mismo.

Realmente era como buscar una aguja en un pajar, pero la maestría de Haedo como marino y cartógrafo hizo que cumpliera el objetivo sin tacha.

El navegante de Santoña partió del puerto del Callao el 10 de octubre de 1770 como Comandante al mando del navío San Lorenzo, acompañado de la fragata Santa Rosalía. En total, los dos buques de guerra reunían una tripulación de unos setecientos marinos pertrechados con víveres para seis meses.

¿Cómo llegar a la Tierra de Davis?

Ese objetivo, cumplido el 15 de noviembre de 1770 con sorprendente eficacia, llegó a buen fin gracias a un estudio detallado de gran número de cartas marinas y anotaciones de navegación procedentes de expediciones de varias naciones.

Haedo, una vez logró el objetivo de marcar en un mapa sin posibilidad de error la posición de la isla, no perdió el tiempo y ordenó a la expedición el registro completo de la costa para elaborar un mapa con la localización de todos los accidentes geográficos susceptibles de servir como puertos.

Comenzó así el estudio científico de la isla de Pascua que, junto a mapas y dibujos de todo tipo, se completó con extensas descripciones de los hallazgos.

Llegado el momento de aproximarse, Haedo ordenó enviar dos botes con guardias armados y equipo cartográfico a las cercanías de la isla.

El grupo localizó los fondeaderos adecuados para que la flota pudiera guarecerse y permanecer un tiempo establecida en las cercanías de la isla y, además, pudieron comprobar en la lejanía que Pascua se encontraba habitada.

Al principio hubo mucha cautela, lo que parecían grandes y gruesos árboles colocados simétricamente en la costa resultaron ser gigantescas estatuas de piedra. Igualmente, lo que en la lejanía podía ser confundido con grupos de soldados hostiles, quedó pronto claro que eran habitantes nativos.

 ¿Se repetiría el incidente de los holandeses?

 ¿Recordarían los habitantes de Pascua su trágico primer encuentro con los europeos? Pronto lo iban a averiguar.

Siguiendo meticulosamente sus órdenes y los protocolos establecidos en la Armada, el comandante Haedo no se precipitó.

Ordenó a sus botes y lanchas rodear cuanto fuera necesario toda la isla para completar el mapa de la costa y para anotar cualquier detalle de interés que fuera reconocible en el territorio.

El estudio de la información recopilada animó a Haedo para fondear finalmente y, para su sorpresa, al poco llegaron dos nativos nadando sin mostrar ningún miedo, como si el mal recuerdo de la expedición holandesa se hubiera borrado de su memoria colectiva.

Los dos visitantes se mostraron fascinados con la ropa y los uniformes españoles.

Regresaron a tierra con varias camisas de regalo y, al poco tiempo, no fueron dos sino decenas los isleños que se acercaron al fondeadero solicitando ropa.

Realmente aquel encuentro no pudo haber marchado mejor, los españoles fueron acogidos con gran alegría.

Acompañados en todo momento por un gentío curioso fueron descubriendo los moáis, la extraña escritura de Pascua, fueron anotando y midiendo todo lo que encontraron para conformar un informe científico realmente impresionante.

Ahora bien, lo que más llamó la atención a la expedición, tal y como consta en esos informes, fue el contraste entre los gigantescos ídolos de piedra y la completa ausencia de tecnología de cualquier tipo que parecían mostrar los isleños, no lograban entender cómo gentes aparentemente primitivas habían logrado tal gesta.

A pesar de intentar comunicarse con la gente de Pascua en más de veinte idiomas diferentes, no lograron entender nada pero el esfuerzo por comunicarse, por medio de gestos y dibujos, hizo que se pudiera crear algo así como el primer diccionario español-rapanui de la historia, tal y como constata Francisco Mellén
Blanco en sus investigaciones.

Todo un logro para una expedición que pasó escasos días en Pascua, un tiempo en el que no dejaron ni un momento de anotar todo lo que encontraron.

Sorprendente les resultó también la ausencia de bosques o vegetación espesa.

La pobreza del terreno podría justificar que la población no recordara el incidente con los holandeses. Tal y como entendieron, gracias al improvisado diccionario, había cierta norma entre los habitantes de Pascua por la cual el número total de pobladores de la isla no debía superar nunca las 900 personas.

Así, los isleños contaron que, como esa cifra era la única que la tierra podía mantener, se mataba a los que superaban los sesenta años de edad si nacía algún niño.

En caso de no haber nadie de esa edad, se eliminaba a la criatura, manteniéndose siempre los 900 pobladores. Si aquello fuera cierto, no resultaría nada raro que no quedara nadie capaz de recordar el encuentro con los holandeses.

De hecho, los detalles que recogieron parecen mostrar que, aunque pueda parecer sorprendente, la norma se cumplía, pues no encontraron ancianos ni personas con defectos físicos.

Terminada la primera recolección de datos científicos, Haedo ordenó cumplir con lo establecido en el plan.

Se preparó así toda una ceremonia que dejó pasmados a los isleños, con soldados en formación, el izado de la bandera de España, capellanes cantando letanías, tres grandes cruces de madera erigidas en varios cerros y un discurso ceremonial.

La representación se completó con los obligados vivas al Rey y las salvas reglamentarias de fusilería, respondidas por veintiún cañonazos desde los navíos.

Lo que sucedió a continuación fue algo único en la historia. Entre los flamantes uniformes de la Armada, se organizó una firma para los isleños.

En teoría con aquel documento la población de Pascua reconocía la autoridad de España sobre el territorio recién descubierto, aunque no queda claro que lograran entender de qué iba todo aquello.

Se firmó así el primer documento de la historia en el que, junto a un texto en castellano, aparecen las “firmas” de los dignatarios de Pascua dibujadas con signos de escritura jeroglífica rongo-rongo.

Con impecable perfección, la expedición de Haedo no se apartó ni un momento de sus protocolos y órdenes. Completada la cartografía y los informes, se despidieron de los habitantes de Pascua y retornaron a América, donde Haedo presentó oficialmente su diario y los diversos informes científicos recopilados.

¡Ahora entiendo! ¡Los moái de la isla de Pascua podían caminar! ¿No?

Durante años las famosas estatuas de la isla de Pascua fueron un misterio, y lo siguen siendo, pero con la diferencia que se descubrió hace muy poco que tienen un cuerpo además de la cabeza que solemos ver.

Debido a esto, los que investigan este tipo de “misterio” oculto en los moái, llegaron a la conclusión de que la mitología Rapa Nui, no es tan irrisoria: los moái cruzaban la isla caminando y animados por “mana”, la fuerza espiritual de sus ancestros.

González de Haedo y la isla de Pascua

¡Si pudieran hablar!

Thor Heyerdahl hizo un experimento al respecto en 1955. El y 180 ayudantes amarraron un tronco a un moai de cuatro metros y diez toneladas, y lo arrastraron. El comentario de un nativo: "Está completamente equivocado, señor". En 1970, William Mulloy especuló que los pascuenses habían construido armazones con forma de V invertida, basculándolo para hacerlo moverse por pasos.

En 1986, el ingeniero checo Pavel Pavel utilizaron movimientos de torsión, girando un moai de cuatro metros un poco sobre su izquierda, luego sobre su derecha, luego sobre su izquierda, un poco como un tipo caminando con una bota de yeso.

Lo único que consiguieron fue dañar la base del moai: obviamente, la solución no iba por ahí. Al año siguiente, un tipo con un nombre tan cool como Charles Love izó una réplica de cuatro metros y nueve toneladas, situándola verticalmente sobre un trineo de madera deslizado sobre rodillos. Consiguieron un avance de 45 metros en dos minutos.

En 1998, Jo Anne Van Tilburg acostó una réplica de cuatro metros y diez toneladas sobre un trineo de madera: 40 voluntarios la arrastraron sobre una "escalera" de madera.

El último experimento a la fecha de escribir esto fue en 2011. Terry Hunt y Carl Lipo volvieron a la teoría de hacer caminar al moai con balanceos.

Esto, siguiendo la vieja sabiduría popular pascuense de que antaño, según las leyendas, las estatuas "caminaban". Esta vez perfeccionaron el método, utilizando una base para proteger al moai.

Además, utilizaron tres cuerdas manejadas por tres equipos de personas: dos de ellas a cada lado para controlar el balanceo, y una tercera desde atrás para mantener el moai estabilizado (así, los otros dos pueden tirar hacia adelante sin que se vaya de bruces al suelo)
“Las estatuas caminaron”, dicen los isleños de Pascua. Los arqueólogos todavía están tratando de averiguar cómo-y si su historia es un cuento con moraleja de un desastre ambiental o una celebración del ingenio humano.
La Isla de Pascua abarca tan sólo 63 kilómetros cuadrados. Se encuentra al oeste de América del Sur y 1.300 kilómetros al este de Pitcairn, su vecino más cercano habitado.

El moái tiene alturas de 4 a 33 pies y pesos de más de 80 toneladas, todo el material para construirlos obviamente provino de la isla. Sin embargo, cuando los exploradores holandeses llegaron ese famoso domingo de Pascua en 1722, se encontraron con una cultura de la Edad de Piedra.

Los moái fueron esculpidos con herramientas de piedra, en una sola cantera, lo cual no es lo más increíble. Lo que en realidad ha desconcertado a legiones de visitantes en el último medio siglo es ¿cómo hicieron para transportarlos por toda la isla?

National Geographic realizó un maravillo estudio e intenta encontrar una explicación razonable al cómo los nativos de esta isla del Pacífico se las arreglaron para mover las inmensas moles de roca desde el lugar de procedencia, un volcán extinguido en el suroeste, hasta los distintos lugares de la costa, espacios enormes de muchos kilómetros.

Entre las muchas teorías, últimamente tenemos una que aparentemente se aproxima a lo que realmente sucedió: Carl Lipo y Terry Hunt demostraron con una simulación que las estatuas podían ser movidas como si caminaran por un grupo de apenas 18 personas tirando de cuerdas de forma coordinada.

Según su teoría, los nativos trasladaron así las piedras a lo largo de la isla, una explicación que concuerda con la mitología Rapa Nui mencionada anteriormente.

¿Canibalismo y barbarie?

Entre las teorías más importantes también se encuentra la de Jared Diamon, famoso antropólogo que detalla lo que el llama el “ecocidio” de la isla de Pascua. Cuando los polinesios se asentaron en la isla, alrededor del año 800, tuvieron la desgracia de encontrarse con un suelo poco fertilizado por causas del viento y la ceniza volcánica.

Para colmo, ellos talaron los bosques para proporcionar madera para la construcción y para mover los moai, lo que no sabían era que los árboles nunca más iban a volver.

Ésto causó que los vientos pudieran llegar a otros sectores de la isla reduciendo al mínimo la poca fertilidad que quedaba en el suelo y cuando los nativos ya no tenían madera para construir canoas de pesca, comenzaron a matar aves y comérselas.

Antes de que los holandeses llegaran a la isla el domingo de Pascua de 1722, la población había descendido al canibalismo y la barbarie.
El más claro ejemplo de una sociedad que se destruyó por un exceso de explotación de sus propios recursos. -Diamond.

Conclusión

Teorías existen varias, inclusive mucha gente al escuchar este tipo de historias piensan automáticamente en algún tipo de OVNI. Personalmente, puedo creer en estas dos teorías que comenté en el post, aunque si tengo que decidir le doy la razón a Jared Diamond por las siguientes razones:
  • Consiguieron mover con sogas y 18 personas una réplica de moai pequeña. El problema reside en los más grandes de hasta 20 metros de altura y 150 toneladas.
  • Los nativos de la isla de Pascua no conocían las cuerdas y tampoco tenían un elemento natural conocido con el que pudieran fabricarlas, según el libro “Fantástica Isla de Pascua” de Francis Maziere.
  • Muchos moáis están colocados en lugares que con el medio de transporte de sogas que proponen Carl y Terry serían inviables. Imaginen barrancos, montañas, sierras, etc.
  • Los moáis, como comenté más arriba, están construidos a base de roca volcánica, extremadamente blanda y frágil. Por ende el movimiento de “caminar” según la teoría de Carl y Terry hubiera roto por la base de los gigantes.
Actualmente la Isla de Pascua es parte de Chile y sus habitantes son aproximadamente 5.000, superados ampliamente por el número 50.000 de turistas que visitan a los moai cada año.

Todas las necesidades de alimentos, combustibles y otros llegan vía aérea o enviados en distintos recipientes, los suministros de agua están cada vez más escasos.

Así que se podrán imaginar las diferentes preocupaciones de sus residentes al pensar cuánto tiempo podrán sobrevivir con ese tipo de economía.

La Isla de Pascua, el hogar de los moais, con un pasado sombrío y un futuro que puede ser más sombrío aún.

Por último, ¿qué tanto contribuyeron los moais a destruir el equilibrio ecológico de Isla de Pascua? Jared Diamond en su libro "Colapso" está convencido de que mucho: los toromiros habrían sido talados para fabricar trineos con los cuales transportar los moais.

Pero si Hunt y Lippo tienen razón, entonces la madera utilizada para ello habría sido mínima: habrían bastado con algunas cuerdas y unos pocos hombres por cada moai. El debate, como de costumbre, sigue abierto.

Una visión única y sin matices del ecocidio de la Isla de Pascua forma ya parte de la cultura popular.

Desde películas al más puro estilo hollywoodiense como Rapa Nui (1994) hasta la mayoría de la comunidad científica no se han desviado de la visión de cómo los primeros colonizadores polinesios agotaron irresponsablemente la frondosa vegetación de la isla.

Con los consecuentes impactos en la erosión, en las precipitaciones y en definitiva en la agricultura. Se levantaron con troncos los impresionantes moais y se llegó a una sociedad cainita donde los distintos clanes acababan no sólo en guerra unos con otros, sino comiendo literalmente al enemigo.

Sin duda el desastre ecológico fue de una magnitud sin igual. La isla se vio influenciada por los cambios climáticos acontecidos entre el fin del Pleistoceno hasta el Holoceno (como el vulcanismo entre hace 10.000 y 12.000 años).

Según distintos estudios paleobotánicos, la isla estaba cubierta de un bosque subtropical de árboles altos y de arbustos pequeños antes del asentamiento de los primeros pobladores humanos.

Hoy el paisaje de la Isla no es más que una gran sabana seca con un estrato herbáceo abundante y algunas asociaciones boscosas exóticas (por ejemplo eucaliptos).

Parece que más allá de la teoría de la deforestación masiva hay algo más.

Aunque ésta no se pueda descartar, si la podemos poner en tela de juicio debido a que no se dio el mismo alcance de deforestación en otras islas polinesias como Tahití o Samoa con una cultura similar a la de estos colonizadores.

La clave de la deforestación parece estar en la introducción de la rata polinesia (Rattus exulans). Por lo tanto podríamos hablar de un desconocimiento sobre las consecuencias de la introducción de dicho animal que ya formaba parte de la alimentación de los isleños.

Ante la brutal deforestación y según esta aproximación a lo acontecido en la isla, los isleños reaccionaron con una horticultura eficaz.

Las paredes de piedra más allá de ser estructuras defensivas serían para proteger los cultivos.

Asimismo, la explicación recurrente de que la tala masiva era para levantar con los troncos las gigantescas estatuas (moais) también ha sido cuestionada por una experiencia llevada a cabo por National Geographic.

En ella se demuestra que un grupo de personas con cuerdas podrían desplazar las mismas sin ayuda de los troncos.

Esta visión tan novedosa proviene de numerosos estudios arqueológicos, medioambientales y paleobotánicos en los que los arqueólogos Terry Hunt y Carl Lipo se han basado.

Aunque en algunos puntos pueda parecer utópica (se habla de una convivencia pacífica beneficiosa entre los pobladores) podría tener elementos que estaría bien tener en cuenta. Esta hipótesis rompe asimismo con la visión apocalíptica que se refleja en el libro Colapso de Jared Diamond.

Lo que sí es cierto es que hasta el siglo XVIII (cuando llegaron a la isla los europeos) todavía quedaban en la misma bosques relictos.

En este punto es importante hablar del uso intensivo de la misma a partir del siglo XIX para la ganadería ovina. Asimismo también debemos tener en cuenta la esclavización masiva de los habitantes por parte de los europeos.

Este factor dejó sólo a poco más de un centenar de nativos vivos. De esta manera se añade un grado de dificultad a la hora de estudiar una cultura y tradiciones que nos podrían aportar más sobre lo ocurrido.

Esta nueva aportación nos enseña que el análisis de los desastres ecológicos perpetrados de una forma u otra por el ser humano debe alejarse del sensacionalismo.

Sólo así se podrá estar abierto a las numerosas aportaciones que vengan de los profesionales de la ciencia. Aunque disientan del sentido común imperante.

De esa forma podremos sentar las bases para una gestión sostenible de los recursos naturales, teniendo en cuenta la capacidad de regeneración de los mismos y la capacidad de carga de los ecosistemas.

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