Calígula , emperador de Roma, hombre sin atractivos

Calígula ...emperador de Roma, hombre sin atractivosNuestro relato comienza en el año 35 d.C. el emperador Tiberio redacta su testamento, en el que norma sucesores a Calígula (sobrenombre de Cayo Julio César Germánico) y a Tiberio Gemelo, su nieto carnal.

Sin embargo, en el año 37 d.C. muere Tiberio y Calígula anula el testamento y se convierte en emperador único.

Sus primeros meses de gobierno estuvieron marcados por la buena administración y gestión, y una gran generosidad con el pueblo y ejército romanos.

Pero seis meses después de ser coronado Calígula cae gravemente enfermo.

Una enfermedad provocada, según Filón de Alejandría, por los excesos a los que se hizo aficionado Calígula tras convertirse emperador.

Esa enfermedad es un punto de inflexión en el reinado de Calígula, hasta ese momento se le comparaba con el gran Augusto, pero al estar tan cerca de morir su carácter y personalidad cambian profundamente.

Algunos mencionan que la enfermedad pudo ser provocada por una pócima que le suministraba su nueva esposa Cesonia, con la que se casó tras la muerte de su querida hermana Drusila.

Calígula tendrá, en el futuro, un lugar de dudoso honor en la sangrienta lista de los emperadores romanos, sin que esto quiera decir que fue intrínsecamente peor que otros.

Y es que por supuesto,la mala fama de algunos despiadados de la historia humana, suele depender de una acumulación de circunstancias presentes y futuras a partir de las cuales, los historiadores hacen su trabajo, para clasificar a cada tipo.

En el caso de Cayo César Germánico llovía sobre mojado tras su antecesor, el impresentable Tiberio. Con su mandato, el Imperio Romano alcanzará su plenitud tras la época puente del Principado que había iniciado Augusto y proseguido Tiberio, ya con el título de Imperio.

Calígula añadiría a la nueva simbología imperial elementos helenístico-orientales que intentarían embellecer lo que, bajo su reinado, no sería otra cosa que una durísima monarquía teocrática a merced de sus caprichos.


Sobrino y sucesor de Tiberio (quien lo había adoptado), hijo de Germánico y de Agripina, y tercer Emperador romano, nació en Antium (hoy Porto D’Anzio). Será conocido como Calígula (diminutivo de caliga, sandalia militar). Antes de ser elevado al trono, debió dar señales alarmantes, ya que el propio Tiberio, a quien acompañaba en su retiro de la isla de Capri, comentó: «Educo una semiente para el Imperio».

La serpiente lanzó muy pronto el veneno, pues con ocasión de la muerte de Tiberio, y cuando todos creyeron que el viejo crápula había dejado de vivir, con el cuerno aún caliente, Calígula arrancó el anillo del dedo del Emperador, y se lo puso para hacerse proclamar por los presentes nuevo César.

No obstante, en pleno juramento, Tiberio, el pretendido cadáver, pidió un vaso de agua, y el terror se enseñoreó de todos, y muy en especial de Calígula, que lucía ya el anillo imperial y se relamía de gusto ante la perspectiva inmediata de asumir el poder.

Aunque Macro, allí presente, ante lo violento y peligroso de la situación, se abalanzó sobre el moribundo y, con su propia almohada, lo asfixió.

Calígula, el nuevo Emperador, por fin pudo respirar tranquilo...

Calígula era un hombre sin atractivos, de aspecto aterrador que acentuaba con su costumbre de ensayar continuamente las más diversas muecas con las que deseaba asustar, aún más, a los que le rodeaban. Su escasa cabellera era muy encrespada, lo que le acomplejaba doblemente.

Sea como fuere, Calígula había cambiado para siempre, una de sus primeras medidas es asesinar a aquellas personas que habían prometido sus vidas a cambio de la recuperación del emperador.

Sus alocadas medidas humillaban a los patricios romanos, obligaba a los senadores a correr detrás de su litera o les hacía pelear en el circo.

Además acometió una serie de medidas y reformas públicas-urbanísticas que arruinaron al estado, llevando a Roma a un crisis económica y hambruna social. Calígula necesitaba pecunia, para sus campañas militares en Germania y para su intento de conquistar Britania.

Por lo que no dudaba en imponer abusivos impuestos, en confiscar herencias e incluso en detener y condenar a ricos, para acaparar sus riquezas, de modo que la nobilitas o clase privilegiada temía por sus patrimonios y vidas.

La plebe, en principio, veía con buenos ojos la crueldad de Calígula, ya que sus medidas afectaban a las clases altas, pero con el tiempo la locura de Calígula le hace perder también el favor popular, ante la carestía social.

Hacia finales del año 39 empiezan a fraguarse conjuras contra su persona, según Suetonio muchas estaban sólo en la imaginación del emperador, destaca la conspiración desde Germania de Getúlico y Lépido, que fracasa.

 

En palabras de Flavio Josefola animadversión parecía rodear por todos lados a Calígula”, hubo un momento en que todos querían vengarse del odiado emperador.

Según Tácito había “una oculta insidia hacia Cayo”, dentro de sus aduladores, que temían perder su favor, crecía un sentimiento creciente y visceral de venganza.

Muy pronto haría prácticas de sadismo en especial sobre las mujeres que tenía más próximas, con las que se ensañaba, según contaba Séneca.

Este sadismo, según el filósofo cordobés, además de por la utilización de castigos y martirios físicos, se presentaba bajo otras formas de tortura provocadas por el mismo emperador, exactamente a través de sus ojos, cuya mirada nadie era capaz de resistir sin empezar a temblar.

Bien lo sabía el filósofo cordobés pues, odiado por el emperador, a punto estuvo de perecer por orden de Calígula.

Fue salvado in extremis por una concubina del tirano, y no por humanidad sino porque, sabedor de que Séneca sufría una grave tuberculosis, pensó que no valía la pena adelantar por poco tiempo un final que parecía próximo.

En el día a día de Calígula todo valía para llevar a la realidad uno de sus más pregonados deseos: «Que me odien, mientras me teman». No obstante, y llegado el momento, parece ser que Calígula era consciente de su patología mental, o sea, esquizofrenia, de origen genético.

Tanto es así que, consciente de su inestabilidad psíquica, pensó seriamente en retirarse del poder imperial y ponerse en manos de quienes pudieran curarlo, pues su enfermedad no era original, sino consecuencia de unas altísimas fiebres que padeció en sus primeros años.

Un defenestrado (quitado de la circulación) y asustado Séneca, por ejemplo, no dudó en dar salida a su odio hacia Calígula escribiendo (aunque, por supuesto, sin publicarlo entonces) un libro titulado De la cólera, que era un ataque en toda regla, y sin perdón, hacia el odiado personaje que dirigía el Imperio.

Con ocasión de su acceso al trono a los 23 años, Calígula sacrificó 160.000 animales como acción de gracias por tan importante suceso, e inició desde aquel momento, su ascensión imparable hacia el poder máximo y caprichoso que culminará en su inclusión en la no muy ejemplar historia de los emperadores romanos en un destacado primerísimo puesto de crueldad y arbitrariedad, a pesar de que, sorprendentemente, inauguró su reinado ejerciendo una política de tolerancia como reacción al despotismo y maldad de su antecesor, su protector Tiberio.

Incluso suspendió los odiosos procesos por lesa majestad de su antecesor, además de volver a los comicios en los que se elegía a los magistrados (con Tiberio lo había hecho el Senado). Además, nadie le negó su amor por los desfavorecidos y su odio por los ricos, conducta esta última que, al final, sería su perdición.

En correspondencia, en estos primeros tiempos el pueblo romano lo adoraba, quizá por ver en él al hijo de aquel Germánico desgraciado y bueno y deduciendo, erróneamente, que sería como su progenitor.

Todo empezó a torcerse cuando, en apenas un año, gastó todo el tesoro que había heredado de Tiberio, unos 2.700 millones de sestercios, teniendo que tapar aquel enorme agujero con nuevos y gravosos impuestos de los que no se salvaba nadie.

Por ejemplo, impuso un canon a los alimentos, otro por los juicios, a los mozos de cuerda, a las cortesanas e incluso a todos los que tenían la feliz idea de contraer matrimonio.

Para sus contemporáneos Filón de Alejandría y Séneca el Joven, Calígula era caprichoso, irascible, perturbado sexual y demente, un psicópata que mataba por diversión o se jactaba de acostarse con las mujeres de sus súbditos.

Suetonio insiste en su locura, afirmando que sufría de epilepsia y que mantenía relaciones incestuosas con sus hermanas, e incluso que convirtió el palacio imperial en un lupanar. Quizás todo está un poco exacerbado por su leyenda, pero es innegable que el poder y la enfermedad habían llevado a Cayo a la locura.

Por lo que no es de extrañar que según Dión Casio todos los cortesanos de Calígula eran partidarios de su muerte”, de esta manera en el año 41 d.C, tan sólo cuatro años desde su proclamación, se inicia la conjura final para acabar con la vida del odiado emperador y sus excesos.

Para Flavio Josefo estaba formada por tres grupos conjurados dirigidos por Emilio Régulo y Casio Querea. Parece ser que este ultimo fue clave en la conspiración, Casio era el blanco constante de las burlas y bromas de Calígula, por lo que le movió un odio personal, que trató de ocultar tras la búsqueda del bien para el imperio, A Casio se le unió el tribuno Cornelio Sabino, siendo las figuras claves de la elaborada conspiración.

Ambos formaban parte de la guardia pretoriana, encargada de custodiar la vida del emperador, pero además existía la guardia germánica o personal del emperador, formado por entre 100 y 500 hombres germánicos (con fama de fieros y bárbaros) fieles al emperador.

Uno de los motivos por lo que el número de conspiradores debió ser mucho mayor que el indicado por las fuentes, para tramar tal conjura a espaldas del emperador.

Pero todo este atraco no era suficiente y, tras insistir una y otra vez en esta actitud de pedigüeño, en el transcurso de sus muchos delirios, aseguraría sentirse en la más absoluta ruina, llegando en su psicopatía a pedir limosna en las calles romanas además de obligar a testar en su benefició a sectores de la población bastante ricos, poniéndose muy nervioso si éstos, los llamados a cederles sus riquezas, no se morían pronto.

Durante esta fiebre de miseria más o menos imaginaria, pero no menos obsesiva, llegó a confiscar las posesiones de sus propias hermanas, Julia y Agripina, y acusarlas de conspirar contra él.

Pero volviendo atrás, a los primeros tiempos de su poder absoluto, aquellas primeras bondades del inicio de su reinado las olvidó Calígula apenas medio año más tarde, superando enseguida las atrocidades de su predecesor, acaso por sufrir un conjunto de enfermedades mentales que le provocaban noches interminables presididas por el insomnio, además de sufrir de continuo espantosos ataques de epilepsia, que nunca le abandonaron.

Precisamente sería tras un agravamiento de sus enfermedades, y después de una inesperada recuperación cuando todos le daban por perdido, cuando se evidenciaría aún más toda su crueldad, puede que como secuela de su enfermedad anterior.

Según se levantara de un humor que siempre era variable y caprichoso, demostraba manía persecutoria, delirios y quimeras relacionadas, de nuevo, con el dinero como, por ejemplo, la necesidad que tenía de pisar físicamente un montón de monedas de oro con sus pies descalzos.

También formaba parte de su esquizofrenia su desinterés, convertido en odio, por los más famosos autores contemporáneos, ordenando la destrucción (aunque, a la postre, no lo consiguió) de todas las obras de Homero, Virgilio, Tito Livio y otros. Tuvo una pasión incestuosa por una de sus hermanas, Julia Drusila.

Muy jóvenes ambos, Calígula la había poseído por primera vez, siendo sorprendidos los dos adolescentes en el lecho por la abuela Antonia, en cuya casa vivían. Nunca renunciaría a ella, sino que, años después, y a pesar de que la habían casado con un tal Lucio Casio Longino, Calígula la compartió y fue Drusila, al mismo tiempo, esposa legítima de su hermano.

Incluso durante una grave enfermedad que parecía iba a ser definitiva y con un fatal desenlace, Calígula nombró como heredera a su misma adorada hermana y esposa. J.ustificaba esta atípica relación en que, en las dinastías de los Ptolomeos, en su adorado Egipto, esto —la unión de dos hermanos— era considerado una relación incluso sagrada.

Su amor hacia Drusila le llevó a sentarla junto a él en el Olimpo que había creado con su misma persona como dios principal, divinizándola también.

Cuando ella murió, Calígula no tuvo consuelo, y muy afectado, ordenó e impuso un luto general, dictando durísimos castigos para los que, en ese período de duelo, se bañaran, se rieran aunque fuese poco o, en fin, hubieran comido en familia de forma distendida o agradable.

A continuación huyó de Roma y no paré hasta Siracusa.

A su regreso, volvió desaliñado, con los cabellos enredados y obligando a que, en adelante, todos juraran por la divinidad de la difunta Julia Drusila.

Desde el primer momento imprimió a su reinado de una pompa desconocida, asumiendo de hecho una teocracia en lo externo, deudora de lo helenístico-oriental entre lo que incluyó actos como el de acostarse, además de con Drusila —que siempre sería su preferida—, con sus otras hermanas, las cuales, después de yacer en el lecho del emperador, fueron entregadas por éste a varios amigos como auténticas prostitutas que estos podían utilizar y explotar a su antojo.

En otra ocasión, habiendo sido invitado a la boda de un patricio llamado Pisón, durante el banquete decidió robarle la esposa (Livia Orestila) al atónito flamante marido, llevándosela a sus aposentos y poseyéndola. Justificó este rapto y posesión en que, realmente, Livia era su esposa, y amenazó a Pisón si tenía la audacia de tocar a su mujer.

Y es que las caricias impacientes de los desposados habían enardecido a Calígula, que quiso adelantarse al marido en el disfrute de la todavía virgen esposa.

Esta conducta indigna del Emperador no era excepcional, ya que en los banquetes solía examinar detenidamente a las damas asistentes, y no evitaba levantarles los vestidos y comparar sus intimidades, escogiendo a alguna y retirándose para gozarla, como hiciera con la desgraciada Livia Orestila.

Después regresaba con evidencias del encuentro y se deleitaba ante los asistentes con confidencias sexuales sobre la arrebatada de turno.

Fue también amante de Enia Nevia, esposa de Macron, y entre las cortesanas, su favorita fue Piralis. Asimismo, se divertía mucho divorciando, en ausencia de sus maridos, a damas de alta alcurnia, con las que también se acostaba.

No obstante, y por medios legales, Calígula tuvo otras esposas: Junia Claudila (que falleció tras su primer parto), la misma esposa de Pisón, Livia Orestila, Lolia Paulin~ y Cesonia.

Esta última fue la que más le duró, al parecer por sus artes libertinas, que excitaban al Emperador de manera especial y lo hacían deudor de sus caricias. La pasión por Cesonia y la manera cómo la consiguió, son dignas del carácter del Emperador.

Era Cesonia una bella matrona llena de sabiduría a quien Calígula conoció el mismo día que ella paría en palacio (de donde era habitante como una mas de las muchas personas al servicio del emperador) una hermosa niña.

Encariñado desde ese momento con la madre y con la niña, puso a ésta el nombre de Drusila, en honor de su hermana y amante, y se proclamó padre de la criatura.

Y, puesto que era el padre por su propia decisión, automáticamente obligó a que se le reconociera también como esposo de la madre, Cesonia.

Momentáneamente metamorfoseado en ilusionado padre de familia, condujo a su esposa e hija a todos los templos de Roma, presentando a la pequeña a la diosa Minerva para que le insuflara saber y discreción.

Sin embargo Cesonia ya había parido tres hijos de su matrimonio anterior con un funcionario de palacio, además era una mujer con la juventud ya perdida y no excesivamente hermosa.

Por lo que se rumoreaba que aquella locura de Calígula por ella se debía a que Cesonia le había dado algún brebaje afrodisíaco, como por ejemplo, uno muy conocido extraído del sexo de las yeguas.

Perdido el norte, Calígula empezó a practicar toda una serie de conductas absurdas y crueles como, por ejemplo, entre las primeras, el nombrar cónsul a su caballo favorito, Incitatus (Impetuoso), al que puso un pesebre de marfil y dotó de abundante servidumbre a su disposición.

Y, entre las segundas, su deseo, expresado a gritos, de que «el pueblo sólo tuviera una cabeza para cortársela de un solo tajo», producto de una rabieta imperial al oponerse el público del circo a la muerte de un gladiador contra lo decidido por Calígula.

Los conjurados eligieron actuar durante los llamados Juegos Palatinos, que se celebraban cada año en honor a Octavio Augusto a finales de enero, pero llegó el último día de los juegos y Casio Querea y los conjurados no habían llevado a la práctica su venganza.

Ese último día de los juegos, el 24 de enero del 41 d.C., durante una representación teatral la plebe se agolpaba antes de la llegada de Calígula, quién debía abrir el acto con un sacrificio a Augusto.

Es curioso, que al proceder al sacrificio Calígula salpica de sangre a uno de los conjurados, Asprenas, algo que desató la alegría del excesivo emperador. Acto seguido Calígula toma asiento junto con sus más cercanos cortesanos, entre los que se encontraba Casio Querea, para disfrutar de las representaciones del día (el Laureolo de Catulo, y la tragedia Cíniras), ajeno a que la muerte se cernía sobre su persona.

También se distraía llevando sus cuentas personalmente, unas cuentas consistentes en redactar la lista de los prisioneros que, cada diez días, debían ser ejecutados.

Otra contabilidad llevada personalmente fue la de su propio gran prostíbulo, que había hecho construir dentro del recinto de su palacio y que resultó un negocio redondo.

En otro orden de cosas, y para producir aún más terror, todas estas distracciones las vivía disfrazándose y maquillándose de forma que sus actos, de por sí ya terribles, contaran con el añadido de lo siniestro, de manera que sus caprichos resultaran implacables haciendo temblar a sus víctimas aún más.

Las ejecuciones eran tan numerosas que, a veces, no había una razón medianamente comprensiva para tan definitivo castigo, como en el caso del poeta Aletto, que fue quemado vivo porque el Emperador creyó toparse con cierta falta retórica en unos versos compuestos, precisamente, a la mayor gloria de Calígula, por el desgraciado vate.

La crueldad de Calígula podría resumirse en una frase que se trataba, en realidad, de una orden dada a sus matarifes respecto a cómo tenían que acabar con sus víctimas.

Era ésta: «Heridlos de tal forma que se den cuenta de que mueren».

La lista de sus desafueros sería interminable.

A modo de muestreo, podemos decir que el Emperador, imbuido muy pronto de su carácter divino, hizo traer de Grecia algunas estatuas, entre ellas la de Júpiter Olímpico, escultura a la que ordenó arrancar la cabeza y sustituirla por una suya, y desde ese momento rebautizada como Júpiter Lacial (él mismo, transformado en el dios de dioses del Lacio).

El siguiente paso será la elevación de un templo en honor de ese nuevo dios y la presencia en el mismo de otra escultura, ésta de oro, y que cada día era vestida como el propio Calígula, en una especie de simbiosis y travestismo entre aquel artista llamado Pigmalión y su modelo, y que evidenciara de manera inequívoca, la naturaleza celestial del Emperador.

También, y sin duda todavía en las alturas de su particular Olimpo, invitaba a la Luna (Selene) en su plenilunio, a que se acostara con él.

Ya en terrenos más próximos a lo cotidiano, y en su afán por complicarle la vida a sus súbditos, se divertía, por ejemplo, regalando localidades a la plebe que, en principio, estaban destinadas a la aristocracia.

Lo divertido para Calígula venía cuando, estos últimos, al encontrar ocupadas sus localidades, iniciaban un altercado con la chusma, espectáculo este mucho más divertido para Calígula que las propias representaciones teatrales.

Calígula había sido un emperador que siempre había sorprendido y puesto a prueba a la gente. Como se quejara amargamente de que su reinado transcurría sin grandes cataclismos y, por tanto —según él—, su nombre y su tiempo apenas serían recordados por los historiadores, intentó suplir esta falta de terremotos, inundaciones, pestes o guerras auténticas, con la puesta en escena de batallas de ficción.

Así, en una de sus incursiones por Germania y ante la nula presencia real de escaramuzas, decidió que parte de sus legiones pasaran al otro lado del río Rhin, desde donde se encontraban, e hiciesen como si pertenecieran a un ejército bárbaro.

Una vez en la otra ribera, Calígula cayó sobre el enemigo con sus soldados, a los que venció sin paliativos.

Escribió, entonces, a Roma anunciando su triunfo al tiempo que se quejaba de que, mientras él exponía su preciosa existencia luchando, en la metrópoli el pueblo y los senadores se divertían en inacabable holganza.

También humilló a sus legiones en las Galias obligando a los soldados a recoger, en el transcurso de jornadas agotadoras, toda clase de moluscos y otras especies de productos marinos.

Tras agotar el tesoro imperial en su favor y mandar asesinar (como ya queda dicha) a destacados miembros de la aristocracia para quitarles el dinero, acabó siendo asesinado en una estancia de su palacio por el jefe de los pretorianos, Casio Quereas, en el pasillo que comunicaba aquél con el circo, al que volvía el Emperador tras un descanso en uno de los espectáculos de los Juegos Palatinos.

Se vengaba así, de camino, Quereas del trato vejatorio que siempre le infligió el Emperador, tratándole de afeminado e impotente.

Los hechos se precipitan cuando Calígula decide retirarse al Palatino para darse un baño, iba con prisa por lo que no toma el camino habitual y decide atrochar por un pasadizo oscuro y sin vigilancia que conectaba el teatro con el Palatino y los baños (que ha sido encontrado por la arqueología bajo la casa de Tiberio).

Eso facilitó la labor de los conjurados, en ese estrecho corredor Calígula fue asaltado por Casio Querea que le hirió con su espada en el cuello, Calígula intenta huir, pero otro golpe de Cornelio Sabino le reduce, momento aprovechado por los conjurados para rematar la emperador con más de treinta puñaladas.

Algunos de los conjurados huyeron, otros fueron capturados y asesinados por la guardia germánica allí mismo.

Muchos de los presentes en el teatro temían ser masacrados, ya que la persecución de la guardia germánica fue brutal e inmediata, incluso asesinan a algunos que nada habían tenido que ver con el magnicidio.

La bárbara guardia germánica llega a rodear el teatro, pero varios senadores, entre ellos el cónsul Saturnino, logran disuadir a la guardia.

Ahora había llegado su hora, y ya pudo empezar a alegrarse con la primera herida producida en el cuerpo de un Calígula medroso (un hachazo en el imperial cuello), que, sin embargo, no lo mató inmediatamente, aunque sí provocara en el sádico personaje gritos de dolor y desesperación.

Inmediatamente acudieron el resto de los conjurados (hasta treinta de ellos con sus espadas desenvainadas) quienes, tras una estocada en el pecho propiciada por Cornelio Sabino, se ensañaron en la faena de acabar, definitivamente, con la vida del Emperador, su esposa Cesonia e, incluso, con la de la hija de ambos, una niña que fue estrellada sin piedad contra un muro.

Las noticias de la muerte del emperador llegan hasta el teatro y su esposa e hija corren a ver el cuerpo de Calígula, momento aprovechado por varios conjurados para matarlas, y de este modo evitar que se pudiera legitimar un sucesor. 

Se ponía fin, con la misma violencia sufrida, al sangriento y violento reinado de un loco que había torturado a su pueblo durante tres años y diez meses de pesadilla.

Crudelísimo incluso después de su muerte, se encontraron abundantes listas de nombres destinados a ser ejecutados.

Incluso, junto a estas, fueron hallados gran cantidad de venenos destinados a cumplir de ejecutores de aquéllos, tan abundantes que, al ser arrojados al mar, envenenaron las aguas marinas, que devolvieron a las playas miles de peces muertos.

Calígula (que contaba 29 años al morir) fue borrado por el Senado de la lista de los emperadores de Roma.

Había sido un hombre tan malvado y despiadado con los demás como cobarde él mismo. Por ejemplo, en vida sentía un terror patológico por las tormentas, que le arrastraba debajo de las camas cuando empezaban los relámpagos.

Murió, como ya se ha dicho, muy joven, y nadie sabría nunca lo que hubiera podido ser su reinado de vivir más años.

Tras el asesinato de Calígula, el pueblo se reunió en el foro a espera de noticias, ya que los senadores, liderados por los cónsules Saturnino y Segundo, se habían reunido en el Capitolio para decidir si restaurar la República o mantener el Imperio.

Muchos senadores pensaban que era el momento de acabar con el sistema imperial y volver al añorado (que no ideal) régimen republicano.

Incluso Saturnino propuso premiar a Casio Querea por acabar con la tiranía de Calígula. Pero los senadores no contaban con que la guardia pretoriana iba a encontrar a Claudio, tío de Calígula, y dicho ejército exigía que Claudio fuera nombrado emperador.

Además el pueblo, congregado en el foro, también pedía la cabeza de los asesinos de Calígula y, en gran parte, no era partidario del regreso a la República senatorial.

De modo que, al día siguiente en una reunión en el templo de Jupiter, el ejército romano impone la proclamación de Claudio, los partidarios de la República habían perdido su oportunidad.

Querea es ejecutado, al ser acusado por Claudio de asesinar a Calígula por razones personales, ya que es evidente que la conjura tenía más motivos personales que el deseo de liberar a Roma de un tirano.

Sabino fue condenado a convertirse en gladiador, y se suicidó al poco tiempo. Pero es curioso que todos, incluso Claudio, reniegan del asesinado Calígula, por su locura y ansia de poder, que le habían convertido en un auténtico tirano.

Algo, totalmente, extrapolable a la realidad mundial del siglo XXI. Cada día que pasa es más evidente que otro mundo no es posible, y en gran parte se debe a la diletancia y estulticia de malos gobernantes, y que el ansia de poder es algo inherente al ser humano. 
 
Como en el caso de tantos personajes polémicos o indeseables, el cine no lo dejaría escapar, siendo una de las películas  más conocidos uno seudo porno del escandaloso director Tinto Brass titulado Calígula.

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