Juanelo Turriano

Juanelo Turriano
Busto de Juanelo Turriano
Cuenta la leyenda que un autómata de madera vestido con los ropajes de un monje, el Hombre de Palo, recorría el centro del Toledo del siglo XVI mendigando para regresar al final del día a la casa de su anciano y paupérrimo amo con lo poco que había conseguido.

Su supuesto artífice era Giovanni Torriani, más conocido como Juanelo Turriano.

Un auténtico maestro de la relojería y la ingeniería, al nivel del mismísimo Leonardo Da Vinci, que de forma inmerecida ha quedado prácticamente olvidado en las arenas del tiempo de la historia de nuestro país.

Juanelo Turriano nació en 1501 en la ciudad italiana de Cremona.

Su familia era humilde, propietarios de dos molinos sobre el río Po, pero esto no impidió formarse al joven Juanelo, gracias en parte al mecenazgo de Giorgio Fondulo, un físico, médico, filosofo, matemático y astrólogo que enseñaba en la Universidad de Pavía.

Ya en su juventud fue reconocido por sus habilidades como relojero en su Cremona natal, y más adelante comenzó a ampliarse su fama al trasladarse a Milán y construir allí un magnifico reloj de mil ochocientas piezas y tres muelles, que mostraba las ochos esferas planetarias y marcaba las horas lunares y solares, instrumento que fue regalado al Emperador Carlos V en el año 1551.

El rey, encantado con las habilidades del relojero, le concede una pensión de ciento cincuenta ducados, y le encarga un nuevo reloj, el Cristalino, en el que una esfera de metal cubierta por un cristal mostraba un zodiaco móvil.

Para su finalización debe trasladarse a Bruselas, y es desde ahí desde donde parte hacia España en 1556 acompañando a Carlos V al monasterio de Yuste, tras su abdicación en su hijo Felipe.

Tras la muerte del emperador, Felipe II nombra a Juanelo Matemático Mayor y lo deja al cargo de los relojes reales, comenzando aquí su etapa más importante como ingeniero.

Participó en la construcción de El Escorial, diseñando las campanas y probablemente ayudando a Juan de Herrera en el diseño de grúas y demás ingenios usados en la magna obra encargada por Felipe II.

En 1563 el papa Gregorio XIII solicitó su colaboración para acometer la reforma del calendario, siendo su aportación bastante significativa como se puede ver en la tabla de cálculo que acompaña su Breve discurso alla Majestad de Re Católico interno la reduttione dell anno et restitutione del Calendario con la dichiaratione deglo instrumenti da esso per mostrarla in atto prattico, documento depositado en la Biblioteca del Vaticano.

Otras de sus aportaciones significativas fueron en las obras de ingeniería hidráulica más relevantes de la época, como la Acequia Real del Jarama, la Acequia de Colmenar de Oreja, el pantano de Tibi en Alicante y por supuesto, la obra hidráulica que le daría mayor fama, el Artificio de Juanelo, construido para surtir a Toledo del agua del Tajo.

En 1565 el marqués de Vato encarga a Juanelo, en nombre de la ciudad de Toledo, la construcción de una máquina hidráulica con la que poder sacar el agua del Tajo y subirla a los depósitos situados debajo del Alcázar, salvando un desnivel de 90 metros.

En el contrato se indica que el ingenio, a construirse en tres años, debía extraer diariamente unos 12400 litros y si se cumplían tales condiciones, se le pagarían 8000 ducados iniciales, y luego 1900 anuales.

El italiano realizó perfectamente la obra, superando incluso la cantidad de agua solicitada, llegando a subir 17000 litros diarios. Pero a partir de aquí comenzaron los problemas para el pobre Juanelo.

Los propietarios del Alcázar se negaron a repartir el agua con la ciudad, por lo que las autoridades de Toledo se negaron a pagarle las cantidades estipuladas en el contrato.

El ingeniero no tuvo más remedio que pagar el mantenimiento del ingenio durante seis años, llevándole prácticamente a la ruina.

En 1575 consigue que el Rey, junto con la ciudad, costeen la construcción de un nuevo artificio, esta vez basado en cucharas, que finalizaría en 1581. Felipe II pagó su parte, pero la ciudad, en una nueva muestra de tacañería, volvió a negarse a entregar la suya, lo que llevo a Juanelo a la desesperación, teniendo que abandonar el mantenimiento de su genial obra.

Aun así la fama, ya que no la fortuna, si acompaño al italiano, siendo mencionado en los escritos de los grandes del Siglo de Oro: Lope de Vega, Quevedo y Góngora.

Falleció el 13 de junio de 1585 en Toledo, completamente arruinado después de haber dado tanto a la ciudad que le negó sus derechos.

En los últimos años se ha ido poco a poco reivindicando la figura de este insigne ingeniero. Ya en los años 70 y luego a finales de los 90 se intentó reconstruir el artificio, del que no quedó plano alguno, pero problemas administrativos volvieron a dar al traste con la obra.

Desde 1987 existe la Fundación Juanelo Turriano, encargada de mantener la memoria del genio italiano que se merece que su nombre sea grabado con letras de oro en la historia de España.

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