Dime y lo olvido, enséñame y lo recuerdo, involúcrame y lo aprendo (B. F)

La interpretación evolucionista de las religiones

La interpretación evolucionista de las religiones La teoría de la evolución transformó el pensamiento científico y social del siglo XIX.

Apenas hubo cuestión alguna dentro del ámbito de las ciencias naturales que no se viera afectada por el nuevo paradigma.

No es de extrañar que el pensamiento materialista decimonónico tratara de buscar un origen biológico-material a las distintas religiones que evolucionarían en el tiempo.

El primer pensador en elaborar una teoría evolutiva de la religión fue el fundador del positivismo Auguste Comte, quien pretendía ver en las manifestaciones religiosas africanas un primitivismo que les llevaba a adorar ídolos de madera fabricados por ellos mismos.

Para esta práctica acuñó el término de fetichismo, que proviene del portugués “feicho” y que se traduce por “cosa hecha por el hombre”.

De esta manera pretendía afirmar que los pueblos africanos creaban sus dioses.

A la religión fetichista le sucedería el politeísmo y luego necesariamente el monoteísmo.

En la actualidad el concepto de fetichismo es rechazado por la antropología por ser confuso y no explicar la gran complejidad de la religiosidad tradicional de estos pueblos.

Otra de las explicaciónes evolutivas de las religiones la realizó el antropólogo escocés James George Frazer (1854-1941).

Frazer escribe en 1890 “La rama dorada” en la que habla de un esquema evolutivo del pensamiento a lo largo de la historia de la humanidad en tres etapas: magia, religión y ciencia.

En los primeros estadios de civilización predominaría la magia, que progresivamente sería sustituida por la religión.

Ésta sería reemplazada, posteriormente por la ciencia, que sería un conocimiento más verdadero, en un proceso evolutivo al que se llegaría en la actualidad con un estado superior de desarrollo del pensamiento y el conocimiento humano.

Influido por la conciencia de progreso que surge tras la Ilustración y que impregnaba los ambientes sociales y científicos de la época, Frazer tomó por evidentes dos presupuestos no demostrados: que la historia de la humanidad refleja dicha evolución y progreso, y que la civilización occidental representa la cúspide de dicho proceso de desarrollo.

Otro de los términos desafortunados para referirse a las religiones tradicionales africanas es el de animismo acuñado por el etnólogo evolucionista inglés Edgard Tylor (1832-1917) y que tendrá una gran influencia en autores posteriores.

El término apareció por primera vez en un artículo escrito por Tylor en 1866, y más tarde fue desarrollado en su libro “Cultura primitiva” (1871).

Para Tylor el fenómeno religioso seguiría una secuencia evolucionista que partiendo del animismo, continuaba con el politeísmo y terminaba con las religiones monoteístas.

En todos estos casos; Comte, Frazer y Tylor los estados de religiosidad más primitiva; fetichismo, magia o animismo correspondían a los africanos al ser este el pueblo “menos evolucionado” de todos.

Al ser inferiores, su religión debía de ser inferior…

El término animismo deriva de la palabra latina “ánima”, que significa aliento, aliento de vida, y que por tanto, lleva consigo la idea de alma o espíritu.

Dentro del pensamiento materialista de Tylor, la religión era definida como la “creencia en seres espirituales”, mientras que el “alma” era una imagen vaporosa que animaba al objeto ocupado.

Edgard Tylor creyó que los pueblos africanos “primitivos” imaginaban que el alma era capaz de dejar el cuerpo y entrar en otras personas, animales o cosas, y que continuaba viva después de la muerte.

Tylor llevó esta teoría más lejos, afirmando que estos hombres “primitivos” creían que cada objeto tenía su propia alma, dando lugar a innumerables espíritus en el universo.

Para Tylor el animismo trataría de explicar la realidad y su origen lo encontrará en el fenómeno de los sueños y su interpretación.

Como en los sueños no solamente se ven seres humanos, sino también animales y objetos inanimados.

La conclusión sería que ellos también tendrían un ánima como el del ser humano.

Un ánima que podría abandonar el objeto o el cuerpo, y presentarse en el sueño.

Pero además el propio sujeto también podría abandonar su propio cuerpo en el sueño para viajar por el espacio.

Los estados de conciencia alterados como trances, visiones o las alucinaciones producidas por el consumo de las drogas reforzarían esta idea tayloriana de los espíritus animados.

Para Taylor creer en las ánimas es superstición, y la superstición en su mentalidad ilustrada no es otra cosa que religión…

Olvida Tylor que la religión y la doctrina de las almas también permiten proporcionar a las personas respuestas a las preguntas fundamentales sobre el sentido de la vida y la muerte, y la bondad o maldad de los actos.

Las ideas de Tylor fueron popularizadas por sus discípulos y desde entonces el animismo se ha empleado para referirse a las creencias tradicionales de África y otras partes del mundo.

El objetivo de Tylor era ajustar sus hipótesis a la Teoría de la Evolución, por lo que la noción de estos espíritus (ánimas) fue la base de su teoría de la evolución religiosa.

Según esta teoría el animismo vería en cada objeto de la naturaleza un espíritu que lo habitaría. Cada río, árbol, roca o lago tendría un espíritu al frente del cual se hallaría un espíritu principal.

De esta idea del espíritu principal se derivaría el politeísmo o creencia en muchos dioses. Por último del politeísmo surgiría el monoteísmo como creencia en un Dios supremo que dominaría sobre todos los espíritus principales.

La justificación evolucionista de la religión y su origen materialista estaría, en opinión de Tylor, perfectamente explicado de esta manera.

Sin embargo esta explicación no tiene en cuenta otras teorías que argumentan que precisamente el desarrollo religioso del ser humano debió de comenzar en el monoteísmo para derivar hacia el politeísmo y el animismo.

En la actualidad el término animismo es rechazado por los antropólogos y en su lugar se emplea el término de “religión tradicional africana”, ya que en ellas pueden encontrarse elementos religiosos comunes al monoteísmo como los conceptos de Dios, espíritu, divinidad, etc.

Además no pueden incluirse en un solo tipo de religión, creencias de pueblos tan distintos y tan separados como los indios de América, los negros de África y las tribus australianas.

Muchos autores ven en la argumentación de Tylor un etnocentrismo centrado en su propia raza europea, presentando una progresión que va desde la religión (cuyas explicaciones sobre la realidad él cree que son subjetivas) hasta llegar a la ciencia, que proveería de explicaciones “objetivas” de la realidad, pero que sólo satisfacen a ciertos grupos.

Otro de los planteamientos evolucionistas de las religiones africanas lo debemos a Herbert Spencer.

Para él la religión es una creencia en las fuerzas de la naturaleza que denominará el “mana” y sobretodo en la veneración de los antepasados: personajes ya difuntos que en vida fueron objeto de un respeto extraordinario, de gran influencia y que más tarde son encumbrados de forma espontánea a la categoría de “seres superiores”.

Estos seres seguirían actuando en la vida de los vivos después de muertos. Spencer no hace sino repetir la teoría de Evémero de Mesenia (siglo IV a.C.) para quien los dioses y la religión habrían surgido como un proceso de divinización de grandes personajes de la antigüedad, personificados en los astros celestes.

Hay que destacar otro de los mitos que se creó y difundió durante el siglo XIX para justificar la superioridad racial de occidente: la antropofágia ritual africana. Lothrop Stoddart, discípulo de Madison Grant, caracterizaba a los negros de la siguiente manera:

"La ineptitud política del negro, que nunca va más allá del concepto tribal. Mantiene al África negra como un mosaico de pueblos, guerreando salvajemente entre sí y ampliamente adictos al canibalismo.

Entonces, también las religiones nativas son usualmente sanguinarias, demandando una prodigalidad de sacrificios humanos.

Las matanzas ordenadas por magos y médicos-brujos negros alcanzan a veces proporciones increíbles". (Stoddart, 1922)

Esta creencia en un canibalismo religioso de los negros llegó a aparecer en la Enciclopedia Británica, que representaba el más reputado compendio del conocimiento científico de inicios del siglo XX.

A pesar de las controversias parece aceptado el origen africano del hombre moderno.

Uno de los hombres que más contribuyó a que esta idea progresase fue Raymond Dart, al que rendiremos hoy un merecido tributo (a pesar de algunas otras ideas de su cosecha poco afortunadas).

Raymond Dart nació en Australia pero partió hacia Inglaterra para estar a las órdenes del mejor paleontólogo de su época, sir Arthur Keith, quien en 1922 le envió a Sudáfrica, para cubrir un puesto de profesor en el Departamento de Anatomía de la Universidad de Johannesburgo.

La travesía le llevó dos semanas y cuando llegó se encontró con un panorama desolador, pues las instalaciones y los medios con los que contaba la universidad eran más bien mediocres.

Pero a pesar de la falta de medios Dart no se desanimó.

Les pidió a sus alumnos que trajesen a clase cualquier hueso que encontrasen para después analizarlo allí.

En 1924 una alumna, Josephine Salmons, llevó a clase un cráneo de mandril extinto.

Dart se interesó por el lugar donde Josephine había encontrado el cráneo, una región caliza al borde del Kalahari a 650 kilómetros de Johannesburgo, la cantera de Taung. Dart se puso en contacto con la cantera y pidió que le enviasen todos los restos óseos que se encontrasen en la cantera.

El 28 de noviembre de 1924 llegan dos cajas de la cantera de Taung. Abre la primera y no encuentra nada interesante.

Abre la segunda y allí encuentra un molde fosilizado de un pequeño cráneo.

Con ayuda de un cincel y unas agujas de punto fue deshaciendo el molde hasta dejar al descubierto el cráneo de un niño con dentadura completa, al que Dart llamó el niño de Taung.

El hallazgo de este fósil permitió a Dart proponer el origen africano del hombre. Cuando envió los resultados de su hallazgo a Inglaterra se llevó la sorpresa de que fueron ampliamente rechazados.

Por aquel entonces se creía que el cráneo de Piltdown hablaba mucho más del origen del hombre que aquel pequeño cráneo que él presentaba (el cráneo del hombre de Piltdown era mucho más grande que el de Taung).

Además, los prejuicios raciales estaban todavía muy arraigados y no parecía plausible que el hombre blanco europeo tuviese su origen en el hombre negro africano que hasta hacía poco había sido usado como esclavo.

Incluso hasta Arthur Keith rechazó el hallazgo y afirmó que el cráneo del niño de Taung en realidad pertenecía a un bebé de gorila.

Por aquel entonces Dart conoció a Robert Broom, un médico y paleontólogo escocés muchos años mayor que él y que supo apreciar el hallazgo en cuanto lo vio.

Tanto es así que se postró ante el cráneo para ofrecerle sus respetos al ancestro más antiguo hasta entonces conocido del ser humano.

Robert Broom era un tipo excéntrico que cuando hacía mucho calor realizaba el trabajo de campo completamente desnudo, lo que en Sudáfrica ocurría muy a menudo.

Se decía de él que realizaba experimentos anatómicos sospechosos con sus pacientes más pobres y dóciles y que cuando se moría alguno de ellos, lo que ocurría con frecuencia, lo enterraba en el jardín de su casa para después desenterrarlo y seguir con sus estudios anatómicos.

En 1931 Dart presentó el fósil personalmente en la Sociedad Geológica de Londres pero su presentación se vio diluida por la presentación previa de los restos del hombre de Pekín, que presentaban un mayor tamaño craneal, lo que encajaba mejor con las ideas imperantes por entonces, por lo que se veía más el origen del ser humano en Asia.

Pero a partir de entonces comenzaron a hacerse descubrimientos en África.

En 1936 Robert Broom se dedicó a buscar un cráneo adulto similar al del niño de Taung.

En Sterkfontain, otra cantera, encontró un cráneo de mandril y eso le puso alerta.

Habló con el director de la cantera, que vendía los fósiles que encontraban a los visitantes y este le ofreció el molde de un cerebro homínido en perfecto estado y un cráneo parcial con 4 dientes.

Se dedicó desde entonces a estudiar los cráneos y las rocas donde se habían encontrado y llegó a la conclusión de que dichas rocas eran más antiguas que las de los otros fósiles encontrados hasta entonces. Robert Broom describió el cráneo mejor conservado como el de una mujer.

Metafóricamente hablando, esa mujer era la madre del niño de Taung.

Tanto el niño de Taung como su madre pertenecían a la especie Australopithecus africanus (denominación propuesta por Dart y que nunca gustó a los paleontólogos de la época por mezclar raíces latinas y griegas).

Las pruebas del origen africano del hombre comenzaron a ser muy numerosas y finalmente Arthur Keith, en un alarde de honestidad científica, aceptó que había estado equivocado y escribió una carta a Broom y otra en Nature admitiéndolo.

Por último, en 1950 de descubrió que el cráneo de Piltdown no era más que una falsificación. Uno de los sospechosos en aquella treta fue el mismísimo Arthur Keith.

No dejen de leerlo, aunque sólo sea para apreciar la diferencia entre los artículos científicos de entonces, donde los descubrimientos eran casi novelados, frente a la asepsia empleada hoy día para describir los resultados obtenidos.

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