“Yo soy así y punto”

Identidades ...“Yo soy así y punto” o “Yo soy yo y ya está” o “Yo soy como soy”
Identidades ...“Yo soy así y punto” o “Yo soy yo y ya está” o “Yo soy como soy”

"Soy así y ya está" Si hay algo de lo que se tiene pavor, es al diluvio.

Algo así decía Deleuze en sus clases, y es totalmente cierto, sobre todo cuando lo vemos en enunciados tan 'inocentes y corrientes' como “Yo soy así y punto” o “Yo soy yo y ya está” o “Yo soy como soy”. 

Tres enunciados que remiten al mismo agujero negro de la identidad, del self y de un continuo retour à la normale.

A menudo disculpamos nuestras actitudes y comportamientos afirmando “yo soy así y punto”.

No estamos dispuestos a responsabilizarnos de nuestros hechos y atribuimos nuestras reacciones a factores externos como los genes o la educación recibida. 

Este tipo de enunciaciones son producidas por producidas por varias máquinas, que intentaré exponer a continuación, pero antes debo añadir que en el Capitalismo Mundial Integrado, hay operadores (los entiendo como micro-dispositivos de poder, control y reterritorialización, no como agencements) que conectan afectos antagónicos y que son desplazados de un polo a otro a modo de péndulo loco.

Esta suposición implica la limitación del ser humano para generar cambios. Sin embargo, investigaciones sobre la resiliencia desde la corriente de la psicología positiva, aportan datos recientes acerca de la capacidad de influir sobre la situación esperada. 

Me refiero concretamente al hecho de que la producción de subjetividad implique por un lado una nostalgia enfocada al Origen, al Yo, a lo Retro y por otro lado, complique el circuito con la pérdida de suelo de ese Yo.

El CMI (Capitalismo Mundial Integrado), a través de esta polaridad pendular hace que el territorio existencial de un individuo se desterritorialice brutal y rápidamente para, más tarde o más tempran (mucho mejor más temprano) vuelva a reterritorializarse en la celda del Yo, que confiera sentido a esa desterritorialización y que no haga sospechar de la siempre presente multiplicidad que existe en toda producción inconsciente.

Así pues, podríamos enunciar una serie de máquinas que intervienen en este circuito curiosamente cortocircuitado en función del interés capitalístico que incide directamente en la formación y de-formación del Yo.

Por consiguiente, “yo soy así y punto¿no será un simple pretexto para justificar mi actitud y reconfortarme en el asiento de mi comodidad?

Si realmente nos proponemos cambiar, la responsabilidad última de ser como somos parece ser nuestra. Ánimo, al fin y al cabo nadie dijo que el proceso desarrollo personal fuera fácil.

Por un lado tendríamos la máquina de producción publicitaria que conecta con otra máquina que sería la encargada de recoger los afectos y traducirlos (sobrecodificarlos) en términos relativos a la Identidad.

La primera máquina distribuiría masivamente una cantidad ingente de imágenes y mensajes que no irían determinados a incidir en un público en concreto, sino en que todos los anuncios, toda la publicidad pase por delante del espectador, del lector, del oyente, etcétera.

Los mass-media entrarían en este tipo de máquinas. Ahora bien, la máquina-recolectora y sobrecodificadora de afectos sería la encargada de lanzar la flecha en el continuo proceso de producción de subjetividad a través de dardos de Identidad:

Es un “Serás organizado”, que vale para decir “serás identificado y catalogado”.

La publicidad conoce el funcionamiento del deseo, pero para pasar desapercibida, debe multiplicarse, y no es que la máquina-recolectora de afectos sea un derivado de la máquina de producción publicitaria, sino que, para asignar la Identidad, es necesario por un lado sobrecodificar el deseo visual o acústicamente y por otro, es imperativo que el sujeto se sienta identificado a la vez con esa sobrecodificación y se le haga creer que desea de verdad.

Podríamos resumir todo esto en una consigna: “Mira y desea lo que te proponemos”. Ordenanzas masivas anti-deseantes, en el fondo.

La producción de subjetividad y la inclusión del sujeto-producto en el Yo sujeto/objeto reconocible se basa también en esa desterritorialización forzada de la oscilación pendular de que hablábamos.

Se nos desterritorializa tan sólo para crear nuevos espacios psíquicos y corporales en que incluir los componentes definitivamente homogéneos, estandarizados y mercantilizados de la Identidad y del Yo.

Es decir, se nos incita a ver posibilidades que ya han sido definidas en función de la posterior inclusión de éstas en la producción de la subjetividad y de la adquisición del Yo. Es dar un falso respiro, porque de lo que se trata es de mover constantemente al sujeto hasta el mismísimo borde de sí mismo, para provocar un vértigo existencial que hará que ese mismo sujeto, quiera ser sujeto más aún: el sujeto quiere y se le quiere sujeto.

Lo que escapa en aquellas lindes prefabricadas, lo que escapa en aquellos centros de subjetividad, no puede ser sujetado, y o bien se traza entonces una prudente línea de fuga o se cae en un abismo espiral de violencia y agresividad.

No vale relativizar el problema con un “Yo soy yo y mis circunstancias”, porque en primer lugar, las circunstancias le tienen a uno en gran parte y, en segundo lugar, el Yo es producido, impuesto, decirlo es una consigna, una orden, y al enunciar esta proclama orteguiana se da por sentado que el Yo es el Origen y el Principio, cuando deberíamos decir más bien “las circunstancias han producido mi Yo”.

Cuando todo se fragmenta y pierde su identidad, aún queda la palabra para restablecer una unidad que ya no existía en las cosas. ¿No estamos asistiendo al nacimiento de una aventura ulterior, la del Significante, esa instancia despótica e insidiosa que suplanta a los nombres propios asignificantes, que sustituye las multiplicidades por la pálida unidad de un objeto que se considera perdido? (DELUZE Y GUATTARI 2008, 2ª MESETA)

Otro problema al que nos enfrentamos es a los efectos de máquina producidos por aquella encargada de mantener el circuito cortocircuitado delimitado y hasta cierto punto, cerrado o clausurado: La máquina anestésica. No es un juego éste de palabras, ni de neologismos, nada de juegos.

Lo que la máquina anestésica produce es toda una gama de sedación por esas rupturas del territorio existencial que queda fuera del dominio del Yo y de la Identidad y de esos excesos de flujo producidos por ese escape, por esa rotura en la canalización del deseo, así como de la escapada de la mirada del Vigilante (también Significante), del control, del stablishment y organización de la vida y del Planeta.

La máquina anestésica inyecta sedantes en todos los campos que podamos imaginar y desenvolvernos. No se trata de curar un trauma, ni de poner remedio a nada, sino de mover la siguiente pieza de la enorme maquinaria que es el CMI, la pieza-y-máquina de la (in)felicidad y del no-sentir, que, como se puede atisbar, es francamente censuradora.

La televisión, o mejor, la programación emitida en la televisión es una máquina anestésica, y lo vemos claramente cuando nos hablan de moda después de haber mostrado imágenes de una matanza en la India y antes de introducirnos en las imágenes que corresponden a la “sección” de los deportes. ¿Quién podría soportar toda este régimen bestial de signos a toda velocidad?

La respuesta es que nadie. En realidad no es que se soporte, es que se deja de padecer, de sentir: Apatía y fulminación de la Empatía ante lo que se encuentra frente a nuestros ojos, que no es sólo una dispositivo como la televisión, sino todos los efectos de su programación/organización.

La organización del consumo de alcohol es también articulada por la máquina anestésica, pues al alcohol ya no le corresponde una comunidad y viceversa que lo tiene como pieza extra, sino como pieza absolutamente necesaria en el proceso de producción de subjetividad, de juventud, de comaticidad, etc.

El alcohol no es un sedante por sí mismo, sino que lo es porque la máquina anestésica opera la máquina publicitaria y la máquina recolectora y productora de afectos (tele)dirigidos o no, sea para anularlos o para aplastarlos o potenciar aquellos que interesen ser codificados.

Todas estas máquinas intervienen en la producción de Identidades y Yoidades como tantas otras que ya conocemos, pero lo que caracteriza a esta maquinaria es precisamente la construcción del circuito que Beatriz Preciado denomina “circuito de excitación-frustración-excitación”, que también podríamos llamarlo “circuito de ansiedad-sedación-ansiedad”.

En efecto, decir “Yo” puede ser tan relevante como irrelevante, pero hasta que sea irrelevante, quedan muchas cosas por hacer, incluso “cosas ya hechas” que intentan atravesar el núcleo de la Identidad y que son devueltas sin efecto alguno en la Pared.

La problemática del Yo no es la de si Yo soy Yo o no, sino la de cómo se ha constituido el Yo en todos los cuerpos, y cómo es posible que sea posible escapar de él y de la Identidad que lo sostiene.

También es una problemática que atañe al miedo a lo abierto, una especie de auto-agorafobia. ¿Quién eres tú? Ya es una pregunta cuya respuesta ya ha sido definida de antemano:

“Tú serás tu nombre y apellido, tu edad, tu lugar de nacimiento, tus hobbies, tus gustos musicales, tu trabajo y tus encuadres sentimentales”. O bien, responderemos “Yo soy yo y tú eres tú, que eres Otro Yo que no soy Yo”.

En la primera respuesta definimos el yo como un conjunto más o menos dinámico pero encerrado en el teatro del hábito y la costumbre, que son constitutivos del Sujeto, como ya dijo Hume. Además, en esa definición hemos excluido todo devenir, todo cambio, todo porvenir.

Dicho de otro modo hemos congelado el presente y hemos hipotecado el pasado para hablar de Nosotros (del Yo).

Con esto quiero decir que cualquier imprevisto, y esto es importante, cualquier evento que no pueda ser reconocido por la estructura Yo-Identidad será enunciado como falsedad, “Ese no era Yo”, “Ese no era Yo” o “Ese no puedo ser Yo”.

Por eso el inconsciente es el ello, aunque haya sido un error decirlo, por eso el inconsciente es una fábrica, y no un teatro donde todos los papeles y roles han sido asignados, repartidos y puestos en escena de antemano.

La representación no soporta la novedad, el evento, lo imprevisto, y sobre todo, no soporta que su función salga mal, por eso la representación siente repulsión por lo que se escapa, así que aquello que consigue cuadrar y codificar e identificar, debe ser sedado en un movimiento pendular de desterritorialización y reterritorialización continua.

Nada peor que no tener un territorio.

El Yo no es el nombre que se seguiría de preguntar “¿Quién eres?”, el nombre sólo se dice cuando se despersonaliza, cuando se traza una línea de fuga que lo permita, sea tomando un café, paseando, jugando al fútbol, amando.

Gritamos, nos enfadamos, decidimos dejar de hablarnos, y nos justificamos diciendo “es que me enfado fácil”, “es que soy introvertido”, “es que soy celoso”, “es que me sale”, etc.

Todo amor es un ejercicio de despersonalización en un cuerpo sin órganos a crear; y en el punto álgido de esa despersonalización es donde alguien puede ser nombrado, recibe su nombre o su apellido, adquiere la más intensa discernibilidad en la aprehensión instantánea de los múltiples que le pertenecen y a los que pertenece (DELEUZE Y GUATTARI 2008, 2ª MESETA)

De senos, de bebés y de barras. Una multiplicidad de abejas, de futbolistas o de tuaregs.

Una multiplicidad de lobos, de chacales... Ninguna de estas cosas se deja reducir, sino que más bien nos remite a un cierto estatuto de las formaciones del inconsciente. (DELEUZE Y GUATTARI 2008, 2ª MESETA)

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