Cuando los científicos fantasean con ET

Cuando los científicos fantasean con ET
En el cuento de ciencia-ficción de 1934 Nacido del Sol -a cuyo autor, Jack Williamson, se le considera el padre de la space opera- nuestra estrella se abre para dar lugar al nacimiento de un extraño y gigantesco ser, como si de un inmenso huevo cósmico se tratara.

En la película The Blob (1958), la entonces prometedora estrella del cine de acción Steve McQueen se enfrentaba a un ser informe, carnívoro y de aspecto gelatinoso que llega del espacio a bordo de un meteorito.

La ciencia ficción y, sobre todo, el cine, suele mostrarnos las posibles formas de vida con un aspecto sospechosamente terrestre y con pinta de insectos gigantes, como en la película Starship Troopers, basada libremente en la excelente novela homónima del genial Robert A. Heinlein.

Ahora bien, la falta de imaginación más notoria la hayamos entre quienes afirman estar en contacto con seres extraterrestres: tienen un aspecto excesivamente humano. Y no sólo eso. Si fuera cierto, muchos extraterrestres son, además, de raza caucásica.
Salvando las obvias distancias, ¿podemos imaginar, con la ciencia en la mano, hasta qué punto puede ser extraña la vida en el universo?

El famoso astrónomo y divulgador Carl Sagan propuso a lo largo de su carrera ideas casi peregrinas sobre la vida en el universo: desde que la superficie de la Luna podría ocultar moléculas orgánicas y microbios a que criaturas del tamaño de osos polares podrían habitar Marte.

Pero de donde sentía una mayor fascinación era del planeta Júpiter, que consideraba como un inmenso laboratorio de química prebiótica.

Llevando sus especulaciones al límite, Sagan imaginó seres con forma de inmensos globos aerostáticos viviendo en el interior de las nubes jovianas de las que extraerían su comida, mientras que depredadores con forma de misil se alimentaban de ellos.

No obstante, uno de los ejercicios más fantásticos de especulación científica se lo debemos al heterodoxo astrónomo Fred Hoyle.

En una intrigante novela de ficción, La nube negra, Hoyle imaginó que a la Tierra se acercaba una gigantesca nube interestelar capaz de pensar, de moverse conscientemente y con una larguísima vida.

En ella, sus procesos vitales dependen de la fuerza electromagnética (como los nuestros) y su actividad nerviosa se propaga por la nube en forma de ondas de radio.

El “cerebro” no era otra cosa que complicados sistemas moleculares capaces de crecer en complejidad cuando la nube lo deseaba.

Débiles corrientes electromagnéticas discurrían entre estas moléculas de modo que, conceptualmente, su cerebro trabajaba de manera muy similar al nuestro.

La excursión de la nube a nuestro Sistema Solar respondía a un motivo bien biológico: de tanto en cuanto necesitaba re-abastecerse de energía, cosa que hacía absorbiendo grandes cantidades de luz estelar; en este caso, la de nuestro Sol.

Al acercarse, la nube encuentra que sobre la superficie del tercer planeta existen seres inteligentes capaces de contactar con ella gracias a sus radiotelescopios.

En la curiosa conversación que mantienen, la longeva nube descubre a los humanos algunos de los misterios más fascinantes del universo.

La nube negra de Hoyle, un organismo vivo tan grande como la órbita de Venus y con una masa del orden de la del planeta Júpiter, nos muestra la dificultad que representa imaginarnos formas de vida “exótica”.

Podemos imaginarnos un ser de estas características, pero sabemos que no puede surgir de la nada; necesita de una cierta evolución, de muchos pasos previos.

Una nube negra ciertamente puede existir, pero cómo pudo llegar a hacerlo es un misterio aún más oscuro.

De todos modos, su existencia es más que improbable.

La densidad de materia es tan baja en las nubes interestelares (un átomo por centímetro cúbico, mientras que el aire que respiramos tiene 30 trillones de átomos) que las interacciones entre las moléculas, ineludibles para la vida, suceden a una lentitud exasperante.

Como resultado, la evolución de cualquier posible vida no necesitaría del orden de los miles de millones de años sino un tiempo miles o millones de veces más largo.

La temperatura también juega en su contra. A pesar de que existen nubes con una temperatura suficiente para la aparición de vida (entre –50 a 80 ºC), la mayoría son demasiado frías (–250 a –200 ºC).

Es más, las nubes que responderían mejor a los criterios de Hoyle, las más densas, tienden a ser también las más frías, de modo que se contrarresta una mayor densidad con una velocidad de movimiento de los átomos más baja.

Sin embargo, tanto el extraterrestre gelatinoso de The Blob como la nube negra comparten un mismo origen: son sistemas químicos y la interacción que los guía es la fuerza electromagnética.

 ¿Es posible la vida en sistemas no químicos? Quizá. Algunos científicos han propuesto la existencia de “seres vivos” en el interior del Sol. Nuestra estrella es en una inmensa bola de plasma, un mar de núcleos atómicos (esencialmente hidrógeno y helio) y electrones reunidos por la gravedad y soportando intensos campos magnéticos.

Es a partir de este material con el que se construiría la vida.

Utilizando el flujo de energía proveniente de las reacciones nucleares de su interior, los organismos solares, bautizados con el llamativo nombre “plasmobios”, se formarían gracias a la interacción entre las fuerzas magnéticas y las cargas eléctricas en movimiento, que se irían organizando en estructuras cada vez más complejas.

Yendo un poco más lejos, ¿es posible la vida a nivel subatómico? Evidentemente se trataría de un tipo de vida que no estaría basada en la interacción electromagnética sino en las dos fuerzas nucleares, la fuerza fuerte (responsable de la cohesión del núcleo atómico) y la fuerza débil (que guía ciertas desintegraciones radiactivas).

En este caso, la escala de tiempos de la que estaríamos hablando no sería de siglos ni años, sino de fracciones de segundo.

A nivel subatómico todo transcurre demasiado deprisa. Si fuéramos un protón mediríamos 10-13 centímetros y nos moveríamos a una velocidad de 1.000 kilómetros por segundo -a una temperatura de un millón de grados-: para movernos una distancia igual a nuestro tamaño necesitaríamos una milésima de trillonésima de segundo: para una posible vida subatómica esto es lo que para nosotros sería un segundo.

Claro que también existe una pequeña diferencia con los protones a la hora de escoger la temperatura ambiente: lo que para el ser humano son unos cómodos 20º C para ellos son un millón de grados.

¿Dónde podríamos encontrar un lugar que fuera algo equivalente a nuestra Tierra para esos seres subatómicos?

Justamente en la superficie de una estrella de neutrones, un peculiar objeto astronómico que posee con una masa de unos pocos soles encerrados en el interior de una esfera del tamaño de una ciudad mediana y que rota sobre sí misma a una velocidad de mil veces por segundo.

En ella la materia está tan concentrada y se encuentra a unas presiones tan elevadas que se presenta en una especie de sopa de neutrones y otras partículas subatómicas que tienen nombres tan singulares como el de piones.

En la hirviente superficie de este tipo de estrellas las colisiones entre las partículas subatómicas pueden crear núcleos compuestos por miles o incluso decenas de miles de protones y neutrones.

Quizá estos núcleos se desintegren en otros más ligeros después de un tiempo infinitamente corto, en una mil billonésima de segundo. En la escala de tiempo de los seres subatómicos representa un millón de segundos, once días y medio.

Diversos científicos han especulado acerca de esta hipotética vida subatómica en la superficie de las estrellas de neutrones. ¿Por qué no imaginar que los millones de colisiones a las que están sometidas las partículas allí puedan acabar creando exóticas formas de vida?

De ser así, la evolución de esa “vida” sucedería a un ritmo frenético. Su evolución no requeriría mil millones de años sino una mil millonésima de año, o lo que es lo mismo, un treceavo de segundo.

Llevando esta suposición al límite, podríamos incluso imaginar civilizaciones que surgen y desaparecen en un abrir y cerrar de ojos.

¿Qué utilizarían estos “seres” para comunicarse entre ellos, para relacionarse con su entorno? La radiación gamma, que aparece de manera natural en la interacción entre partículas subatómicas del mismo modo que la luz visible, la que nosotros usamos, surge si hablamos de átomos.

A la vista de la rapidez de estos procesos, el profeta de la robótica, Hans Moravec, ha sugerido que nuestros descendientes robóticos podrían instalar un ordenador en una estrella de neutrones. Debido a ello sería un quintillón de veces más potente que el cerebro humano.

Sería el último reducto de la mente, una biosfera robótica.

Vida basada en la interacción electromagnética, en las fuerzas nucleares...

¿Podría existir usando la fuerza gravitatoria? Para que la gravedad domine a la fuerza electromagnética la masa del “ser vivo” debe ser suficientemente grande, como la de una estrella.

Entonces, si suponemos que las estrellas desempeñan el mismo papel que los átomos en nosotros, ¿podrían ser los cúmulos estelares moléculas y las galaxias seres vivos?

En este caso estamos hablando de escalas de tiempo enormes: las estrellas interactúan en escalas de tiempo típicas del millón de años (en una galaxia el rango de tiempos va desde los segundos -por ejemplo, una explosión de supernova- a los cientos de millones de años -su periodo de rotación-).

Claro que por mucho que nos empeñemos, es seguro de que no sucede así. Las galaxias son sistemas ordenados, pero no tanto como puede serlo, por ejemplo, una ameba.

Ahora bien, si la vida pudiera aparecer en estas condiciones debido a la interacción entre estrellas -del mismo modo que las moléculas reaccionaron en la famosa sopa primordial- entonces eso ocurriría después de trillones de años y no tras los ‘pocos’ miles de millones que exigió la vida basada en la fuerza electromagnética.

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