La difuminación del yo

La difuminación del yo
Realmente no resulta nada fácil tratar de trazar el punto exacto donde podemos empezar a hacer una distinción del “yo/ yo no / yo si”..... no es tan clara como parece verdad?....

Como debiera parecer.... pero la noción de individuo en la mereología clásica (el estudio de la relación de las partes con el todo) y los esfuerzos de la taxonomía en biología han ofrecido una definición de individuo como organismo cohesionado que ocupa una región espacio/temporal que le pertenece y ocupa en exclusiva.

Pero... ¿son tan nítidas las fronteras? ¿tienes tan claro quién eres “tú”? Pensemos por ejemplo en las bacterias o virus que invaden “nuestros” cuerpos y viven en una relación simbiótica o parasitaria con nosotros,

¿Forman parte, por diminuta que sea, de nuestra noción de “yo”, o son otro tipo de organismos, autónomos o independientes?

Hay que pensar que muchas bacterias nos ayudan en nuestras funciones diarias; piense en las bacterias del intestino que nos ayudan a hacer la digestión y en muchos otros ejemplos más.

Y no sólo nos ayudan, sino que no es inusual el organismo animal que las necesita irremediablemente para su supervivencia.

Hace años que Richard Dawkins introdujo el concepto de fenotipo extendido para hacer referencia a las dificultades de establecer una barrera clara entre el “yo” y el “no-yo”. Algunos animales se sirven del entorno para potenciar sus cualidades; en otras palabras, extienden su fenotipo.

Un ejemplo, y no es el único ni mucho menos, es el camaleón que se sirve del color de los troncos de los árboles para ocultarse.

El concepto de fenotipo extendido no se ha utilizado mucho al investigar la condición posmoderna o incluso poshumana, aunque sin duda esa nueva conciencia conllevará que se difuminen los límites entre el “yo” y el “otro”.

Lo hará al ritmo que nuestros cuerpos vayan integrando tecnologías y organismos de naturaleza natural y artificial, y las relaciones entre los seres extrahumanos adquieran otro estatus gracias a nuevos niveles de comunicación y percepción de la realidad.

No hemos de fijar nuestra atención únicamente en la naturaleza, porque quizás quien ha producido más la indiferenciación entre lo que somos y lo que no somos, es el propio ser humano.

La tecnología está propiciando una naturaleza poshumana no exclusivamente animal, al irse creando, casi sin darnos cuenta, un hombre, mujer o transexual donde lo que es propio o no es propio por naturaleza pierde todo su sentido.

Podríamos preguntarnos si las gafas o los implantes cocleares de una persona que no ve o no oye bien son parte de ella o no, y si serían la misma persona sin ellos. Podríamos preguntarnos quién somos cuando navegamos por la Red bajo otra identidad, o dónde estamos cuando varios individuos nos reunimos en una sala virtual en el ciberespacio.

Podríamos preguntarnos si la “hija” de una mujer que se haya autorreproducido es “ella”, o si la prótesis de un hombre amputado forma parte de él o no, o si un clon o una copia digital de tu estructura cerebral serías tú o no.

Podríamos preguntarnos si los dispositivos nanotecnológicos de ingeniería neuronal que aumenten nuestra capacidad cognitiva, una vez de que existan y los instalemos en nuestro cerebro, serán parte intrínseca de nosotros o no.

Éstas y muchas más serán las preguntas de la filosofía del presente siglo, y de cualquier ser inteligente que siga interrogándose sobre su naturaleza, la vida o el universo.

Una revolución ha comenzado la evolución de lo artificial, y está superando en eficacia adaptativa y en utilidad a la evolución natural.

Durante este proceso revolucionario los conceptos abstractos (por ejemplo, en este caso, la noción del “yo”) son desechables por su rigidez. El devenir de la vida es dinámico y complejo, los conceptos son rígidos y simples. Jamás los conceptos abstractos podrán dar cuenta de lo que son las cosas en realidad.

El mapa no es el territorio. El dedo que señala la luna no es la luna. El cuadro que representa una pipa no es una pipa. El “yo” al que tan apegados nos sentimos, por el que sufrimos y que queremos a toda costa que continúe de un modo u otro, podría literalmente dejar de existir en el futuro dada su naturaleza virtual, en cuanto no haya quién (¿nadie?) interesado en implementarlo y hacerlo real.

En un futuro próximo los seres humanos pueden ir difuminando los límites y rigidez de sus “yos” hasta experimentar que el “yo” ha desaparecido y ya no existe más, hasta descubrir el carácter virtual de su identidad y su “yo” único, independiente e indivisible.

Descubrirlo del mismo modo que nuestros antepasados supieron que la Tierra no era plana o que no era el centro del universo, ni siquiera del sistema solar, o que no habían sido creados a semejanza de Dios sino que eran producto de la evolución de otras especies. La cultura humana ha avanzado sobre las ruinas de viejos conceptos. Los científicos no encontrarán al “yo”, del mismo modo que no encontraron al alma o a Dios.

En el siglo que estamos empezando ésta será una de las cuestiones que no sólo la filosofía, sino todos los seres humanos que tengan resueltos los problemas de la supervivencia física tendrán que afrontar según su imbricación con la tecnología vaya siendo mayor y más íntima.

Estamos cada vez más ante la posibilidad de nuestra propia reinvención, la recreación de la condición humana, incluso hasta límites que la hagan irreconocible.

Que esta perspectiva atraiga o asuste depende en gran medida de qué noción de la esencia humana se tenga: desde su inexistencia a su carácter sagrado e inmutable.

El asunto está ya provocando luchas de ideas en el debate contemporáneo, y esta auténtica guerra memética sólo acaba de comenzar.

¿Qué sucederá en el futuro? Dependerá en buena parte de quien lideres y controle esta evolución: individuos libres o corporaciones; grupos de poder, sistemas de control o los nuevos rebeldes partidarios de la tecnoliberación; tejidos sociales de ciudadanos seculares o apóstoles de viejas y nuevas religiones; luchadores por los derechos cyborg que defiendan la autodeterminación personal o élites publicitarias que conviertan en un eslogan de moda: "Diséñate a ti mismo".

Quizás en el futuro la Tierra no siga siendo territorio de una sola especie dominante, y convivan diferentes variedades de seres humanos y poshumanos: el apogeo de la diversidad y la multiculturalidad.

Es posible que no sean los robots quienes hereden la Tierra, como el cine convencional se encarga de hacernos temer, sino que la ciborgización de la humanidad nos lleve a que pueblen el planeta organismos híbridos de variedad extendida que, como mucho, por curiosidad histórica o por mera diversión, elijan una configuración energética personalizada temporalmente y para los que la noción de “yo” o “individuo” sea algo tan obsoleto como son hoy para nosotros las antiguas nociones de poseso o hechizado.

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