El lenguaje se aprende desde la gestación

El lenguaje se aprende desde la gestaciónEl lenguaje se configura como aquella forma que tienen los seres humanos para comunicarse.

Se trata de un conjunto de signos, tanto orales como escritos, que a través de su significado y su relación permiten la expresión y la comunicación humana.

Los bebés están expuestos a la voz de la madre bien antes de nacer.

Siempre que la madre habla, los bebés en el seno materno, una vez alcanzado cierto desarrollo, la oyen.

No sucede lo mismo con la voz del padre, o de la abuela, suegra, etc., si viven en el mismo domicilio.

El lenguaje es posible gracias a diferentes y complejas funciones que realiza el cerebro. Estas funciones están relacionadas con lo denominado como inteligencia y memoria lingüística.

La complejidad del lenguaje es una de las grandes diferencias que separan al hombre de los animales, ya que si bien estos últimos también se comunican entre sí, lo hacen a través medios instintivos relacionados a diferentes condicionamientos que poca relación tienen con algún tipo de inteligencia como la humana.

Un hecho que parece demostrado hoy es que los humanos poseemos un instinto para aprender el lenguaje, desarrollarse y a cimentarse a partir de la gestación .

Un requisito previo para ello es poseer la capacidad de aprender a reproducir los sonidos que escuchamos, es decir, aprender a mover labios y boca y lengua para emitir el mismo sonido que oímos, incluso si no sabemos lo que el sonido significa y se configura según la relación del individuo con el mundo que lo rodea.

De este modo, aprende a emitir, a escuchar y a comprender ciertos sonidos y no otros, planificando aquello que se pretende comunicar de una manera absolutamente particular.

La pregunta que unos investigadores de la universidad de Montreal, en Canadá, dirigidos por la Doctora Marysse Lassonde, se hicieron fue si la voz de la madre, incluso antes de nacer, pone en marcha mecanismos cerebrales encaminados no solo a percibir la voz y los sonidos propios del lenguaje, sino a reproducirlos, o sea, si la voz materna estimula el cerebro ya durante la gestación para poner en marcha los mecanismos que permiten generar el lenguaje.

Para averiguarlo, los investigadores colocaron una multitud de electrodos sobre las cabezas de 16 bebés de solo un día de edad.

Estos electrodos eran capaces de detectar la actividad eléctrica del córtex cerebral de los recién nacidos.

Mientras los bebés dormían equipados de esta guisa, hicieron pronunciar a sus madres, o a una enfermera del hospital, la vocal "A" y registraron la actividad cerebral detectada por los electrodos. Los resultados son sorprendentes.

Cuando era la enfermera quien pronunciaba la letra "A", los bebés mostraban activación principalmente en el hemisferio derecho de sus cerebros, un hemisferio involucrado en el reconocimiento de la voz y del lenguaje.

Pero cuando eran sus madres las que pronunciaban el sonido "A", era sobre todo el hemisferio cerebral izquierdo, involucrado en las habilidades motoras relacionadas con el lenguaje, el que se activaba con preferencia.

Estos estudios, que son los primeros que se han realizado con bebés de tan corta edad, demuestran que en efecto, nacemos ya con un cerebro equipado para reaccionar a los sonidos propios de la voz humana y del lenguaje, y que la voz de la madre activa no solo la capacidad del bebé para percibir la voz, sino también las habilidades necesarias para aprender a reproducirla.

La lengua materna está muy bien llamada, y por una muy buena razón, que comenzamos a descubrir ahora.

Como bien sabemos existen muchos lenguajes diferentes, con lo que nos referimos a la diversidad de idiomas que existen alrededor del mundo.

Los investigadores no han encontrado aún alguna lengua primitiva que se comporte como la madre de todas las demás, sin embargo, se han desarrollado múltiples hipótesis que explican al lenguaje como el resultado de ciertas relaciones psicofísicas que nacen a partir de las sensaciones, tanto visuales como auditivas.

Otra rama de hipótesis plantea que el lenguaje se deriva de una evolución natural en la que convergen el entorno social y las necesidades humanas que de ahí aparecen.

Las teorías modernas apuntan a que el lenguaje es parte integral de nuestro cerebro, por lo que se va a manifestar de una forma u otra, y la educación lo que hace es desarrollar este impulso y habilidad latentes en nosotros.

Evidentemente, los mecanismos genéticos que deben ponerse en marcha durante la gestación y el desarrollo fetal que forman estas regiones cerebrales preparadas para comprender y generar el lenguaje deben ser muy complejos y habrá que estudiar, por ejemplo si estas regiones existen y están igual de desarrolladas en el caso de madres mudas, por ejemplo.

A pesar del desconocimiento del origen del lenguaje, lo único que es posible afirmar es que resulta absolutamente imposible definirlo en forma acotada, ya que se trata de una facultad humana que evoluciona constantemente ante la aparición de nuevas necesidades de expresión.

De este modo, no existe ninguna lengua que pueda decirse completa, ya que no existe alguna que logre expresar la totalidad de sensaciones, sentimientos e ideas que siente el ser humano.

Otra incógnita es cuál es el papel del padre en el aprendizaje del lenguaje y si el hecho de que el padre hable al bebé antes de nacer lo predispone o no a su voz de la misma manera que parece predispuesto a la voz materna. Decididamente, somos seres fascinantes, ¿o no?

El lenguaje en otros seres vivos que no sea el ser humano no está ni mucho menos demostrado.

Son numerosos y sorprendentes los vídeos de los simios Kanzi, Washoe o Koko, en los que realmente parecen entender lo que les dice el experimentador y además parecen responder de forma apropiada empleando el lenguaje de signos.

Pero, como todo en ciencia, debe analizarse cuidadosamente. Existe un precedente fallido al respecto de estas experiencias que parece importante y que son los experimentos de Herbert Terrace con Nim (su nombre, Nim Chimpsky, era una burla de Noam Chomsky, lingüista que afirma que el lenguaje es una capacidad únicamente humana).

Terrace y sus colaboradores trabajaron durante años con Nim tratando de enseñarle a utilizar el lenguaje de signos americano y quedaron sorprendidos de lo rápidamente que Nim aprendía.

Cuando Terrace estaba escribiendo el libro en el que describía sus conversaciones con Nim y todo lo que este chimpancé era capaz de hacer se dedicó a ver minuciosamente los vídeos de los experimentos. Lo que vio fue descorazonador:

Nim sólo repetía lo que sus cuidadores hacían unos segundos antes. No había duda al respecto, e incluso hicieron algunas pruebas posteriores para confirmarlo que resultaron positivas.

Terrace comenzó entonces a criticar experimentos con otros simios como Washoe o Koko en los que ocurría exactamente lo mismo que en el caso de Nim (Terrace se dedicó también a ver vídeos de estos simios con sus entrenadores).

Los cuidadores de Wahoe y Koko acusaron a Terrace de ser un skinneriano infiltrado, pero dudo que esa acusación fuese muy acertada al dirigírsela a un hombre que durante años había estado trabajando con Nim y había estado convencido de su capacidad para entender el lenguaje.

Otro caso diferente es el de Kanzi, que no trabaja con el lenguaje de signos sino con lexigramas (símbolos geométricos abstractos representados en fichas de plástico o teclas de ordenador).

Pero hay una diferencia muy importante entre emplear un lenguaje y entender el lenguaje.

El hecho de que Kanzi pueda trabajar con los lexigramas no quiere decir que entienda qué significan.

En la frase “por favor máquina dar plátano” se emplean 4 lexigramas. Kanzi sólo tiene que aprender a colocar esos cuatro lexigramas en el orden adecuado, del mismo modo que una paloma puede aprender a picotear sobre 4 teclas de diferentes colores en un orden determinado para obtener una recompensa.

A Kanzi no le hace falta saber qué significan esos lexigramas ni saber nada sobre estructuras sintácticas, sólo que si coloca los lexigramas en el orden adecuado obtiene un plátano.

Lo que sí tiene es una excelente memoria para recordar distintas combinaciones de lexigramas.

Pero aparte de estas objeciones básicas hay otras objeciones metodológicas que son también importantes.

Por ejemplo, los experimentadores que trabajan con estos simios no suelen aportar todos los datos cuando se les requieren (suele haber vídeos seleccionados o “conversaciones” con ellos en fechas muy diferentes), por lo que los controles sobre este tipo de trabajos son más bien escasos.

En ocasiones yo diría que hay un sesgo en favor de aquello que hacen estos simios y que tiene un significado en contra de aquello que hacen y que no lo tiene (del mismo modo que la gente sólo se queda con aquello que ha acertado el horóscopo y no recuerda todo aquello en lo que falló).

Y los resultados negativos, si no se olvidan o se obvian, se intentan justificar con explicaciones más bien estrafalarias, como las de la entrenadora de Koko que cuando cometía fallos en las pruebas afirmaba que se trataban de metáforas o mentirijillas. Eso no es serio.

Uno de los miembros del equipo de entrenadores de Washoe afirmó que habían sido demasiado generosos con la interpretación de los signos del chimpancé: “cada vez que el chimpancé realizaba algún signo debíamos rápidamente registrarlo en el diario.

Siempre se estaban quejando de que en mi diario había pocos signos ...simplemente yo no los veía La gente oyente registraba cada movimiento que realizaba el chimpancé como si fuese un signo.

Cada vez que el chimpancé ponía un dedo en su boca decían ¡está haciendo el signo de beber! Y le daban un poco de leche.”

Que los simios no puedan hablar no es problema. No están sometidos a las mismas condiciones que el ser humano. No necesitan el lenguaje.

Enseñar el lenguaje humano a los simios es algo similar a poner a un perro a montar en bici, atándole las patas a los pedales y poner en marcha un motor que los mueva para después decir: ¡mira, el perro monta en bicicleta!

Sólo una cosa más. Entre estos experimentos sí que hubo un verdadero ejemplo de inteligencia animal, que fue el protagonizado por Kanzi, que aprendió a emplear los lexigramas por observación de cómo se le enseñaba a su madre (que no logró aprenderlo).

Es uno de los pocos casos documentados de aprendizaje observacional en animales.

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