Thomas Pynchon...El arco iris de gravedad

Thomas Pynchon ... El arco iris de gravedadEscritor estadounidense nacido en Glen Glove (Long Island). 

Cursó estudios de ingeniería en la Universidad de Cornell, donde fue alumno de Vladimir Nabokov, abandonándolos cuando realiza el servicio militar en la Marina.

Licenciado en Lengua inglesa, entro en la compañía Boeing Aircraft donde trabajó durante dos años antes de publicar su primera novela V. (1963). Otras novelas suyas son, La subasta del lote 49 (1966).

El arco iris de gravedad (1973), ganador del National Book Award; Una recopilación de cuentos de juventud llamada Lento aprendizaje (1984), Vineland (1990) y Mason y Dixon (1997).

En sus obras emplea teorías científicas, acontecimientos históricos y detalles de la cultura popular con gran precisión.

Escritor talentoso y deslumbrante, opinión compartida por Harold Bloom, George Steiner y Martin Amis, entre otros, nunca ha concedido una entrevista y se dice que ni siquiera sus editores le han visto la cara.

La curiosa desaparición de su brillante expediente universitario, la pérdida de la documentacion del servicio militar, que fue quemada, y el hecho de que el apellido del escritor no figurara en los registros de la empresa de aviación no hicieron más que agigantar el misterio. Pynchon es un escritor de culto y de enorme influencia entre los autores jóvenes de su país

No hay muchos libros como éste: descripciones exactas, poéticas e impredecibles, en suma, maravillosas.

En la mayoría de los momentos hay un halo de lirismo, jamás sentimental, que te hace vibrar a la par que a los personajes que pueblan esta inmensa novela del exceso.

Hay una constante referencia a elementos técnicos, máquinas, artefactos...así como la utilización de la jerga científica (tomada de la mecánica, la química, la biología y las matemáticas, entre otras disciplinas), que en esta obra alcanza un raro esplendor, y que delatan la formación del autor como ingeniero y su trabajo como redactor de folletos técnicos.

Una de las estrategias de Pynchon son los saltos constantes, incluso dentro de un mismo apartado, sobre todo en la primera parte, "Más allá del punto cero", en que conocemos a un montón de personajes que luego parecen perderse en la niebla.

Pynchon  juega a la ramificación constante, mejor dicho, la proliferación bestial de situaciones, el encadenamiento de factores que desencadenan, hacia la monumental tercera parte, una suerte de aventura imparable dentro de un escenario arrasado.

Esta manera de no detenerse demasiado en los secundarios, para dar cada vez más protagonismo a su héroe extravagante, Slothrop, va contra todas las expectativas del lector común, que espera un desarrollo, saber algo más, o los porqués de ciertas situaciones. Pero a Pynchon  lo que le interesa es seguir adelante, ofrecernos más piezas de este gigantesco puzzle, hasta que se alcance una masa crítica...

La trama es provocativa de entrada, y el punto de arranque es nada menos que un condicionamiento pavloviano en la persona de Slothrop por parte de un científico nazi, que relacionará los cohetes-bomba alemanes con el sexo del protagonista.

Uno de los elementos que hacen que esta novela, también, sea tachada de obscena a lo largo de su breve pero intensa historia, que le sea negado tal premio pero se le conceda otro...

A pesar de esta publicidad tangencial, lo cierto es que una lectura atenta descubre pasajes tremendamente “obscenos”, asquerosos, en donde se juega abiertamente con lo escatológico: por ejemplo, ese viaje retrete abajo en pos de una armónica, que me hizo acordar a cierto momento de la película Trainspotting.

Por no hablar de la visita del brigadier Pudding a la Maestra de la Noche (que luego resulta ser Katje Borgesius), con escena de coprofagia incluida—algo dentro del porno más bizarro.

Pynchon  no se detiene ante nada, siempre sorprende por una salida inesperada, por un recurso inédito, y parece alimentarse de culturas por entonces marginales como el cómic tipo Hombre Plástico o fantasías delirantes como el Adenoides gigante o el pulpo ídem, en la tal vez más descacharrante escena, situada en la segunda parte, que es toda ella un delicioso intermezzo muy cómico.

La música del texto, el teatro, la Paranoia

Frente a la Novela Tradicional, que suele hacer referencia a los cuadros, a la pintura y la mímesis, la imitación, en Pynchon  hallamos en cambio un gusto marcado por el teatro, los escenarios de la representación, las máscaras, los disfraces, el simulacro..., y los mapas.

Es así que su escritura entra de lleno en los presupuestos que Deleuze-Guattari marcaron para los nuevos tiempos, sobre el rizoma como nuevo paradigma de la posmodernidad.

Según la jerga de estos dos pensadores, paranoia y capitalismo están unidos de forma intrincada, y así parece demostrarse de forma brillante en buena parte de la extensión de esta novela: con Slothrop y sus visiones, escuchas, la constante referencia a Ellos, así como el delirio de organizaciones (siempre siglas, como expresión, signo o síntoma, de la modernidad administrada), que en la primera parte alcanza una cumbre imposible.

Los proverbios para paranoicos intercalados más adelante añaden su vis cómica.

Contra este cuerpo monstruoso que todo lo vigila, nos topamos con la Guerra, como apertura, ¿y esquizofrenia? Uno de los personajes más brillantes, el argentino Squalidozzi, aparece como exponente de esa deriva anarquista contra el delirio organizativo (en el final de la segunda parte).

La Guerra aparece así como un rizoma gigantesco, un momento de excepción capaz de romper la manía persecutoria que hace controlar, dividir y subdividir el territorio... Es un organismo deglutidor, destructor y hacedor de nuevos campos de sentido. Pynchon y sus maravillosas personificaciones:

"Estás cogiendo la Guerra. Te está infectando y no sabes cómo mantenerla alejada. Oh, Jess. Jessica. No me dejes..." (Tusquets, 2002, p. 272).

Es en la tercera parte, de más de quinientas páginas, en donde se desarrolla ese frenesí y esa poética de la devastación, con una metáfora como guía y laberinto—no hay caminos, hay que enredarse--, la Zona.

Como un personaje señala, no hay zonas tras el fin de las hostilidades y las matanzas, eso que nos han hecho creer, como zonas administradas por los vencedores tras la Segunda Guerra Mundial: está la Zona, un territorio de pesadilla que en las descripciones de Pynchon . aparecen más vívido que nunca, con el hiperrealismo que le caracteriza, con ese barroquismo y esa pulsión escópica que lo distingue de cualquier otro Novelista Contemporáneo.

Por esa indistinción pululan seres abatidos, estafadores y cadáveres ambulantes, hermosas seductoras como Geli, mezclados con duendes, gnomos y demás seres de la mitología que vigilan desde las sombras.

La Mitología revive de forma espléndida bajo la pluma de Pynchon ., y tiene su momento cumbre durante la visita a los túneles de la Mittelwerke, lugar de construcción de los cohetes.

Los seres mutantes tampoco quedan lejos, por ahí late la sombra, durante mucho tiempo, de Tchitcherine, y ya no hablemos de su medio hermano, Enzian, hijo de un marinero ruso que fue a parar a cierto paraje de África del Sudoeste, y de una mujer de la tribu herera...

A veces uno no sabe dónde hay más delirio irónico, si en las intrigas del Schwarzkommando o en esa “misión” de Slothrop hacia cierta villa prusiana de nombre La Casa Blanca y su encuentro con Greta Erdmann (“Ahora veréis cómo llegan a conocerse”; pero el encuentro se demora, lo que importa es el Juego).

Pynchon parece conocer todo, a la manera de un enciclopedista posmoderno, capaz de ir saltando de cuestión en cuestión, sin profundizar nunca, nunca quedándose o haciendo “sentido”, sino formando metonimia, mapas, regiones de la mente, “fenómenos extraños” a los que no se les da ninguna solución; un gusto por lo marginal, el exceso y los pasajes entre-los-mundos, como aparece de forma divertida en las reuniones de la Sección Psi, los que contactan con espíritus de fallecidos.

El juego con modelos ya existentes, con géneros y estilos, es incesante, pero siempre catalizador para la mente de Pynchon, que lo hace suyo con una coherencia insobornable y sin que parezca extraño... al menos, no más allá de la extravagancia de origen, que no obstante es sometida a distorsiones, filtros y burlas para hacerlo totalmente posmoderno, es decir, fluido, sin asentamientos, sin atisbo de seriedad.

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