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Mitos y Leyendas , Arnold Paole, el vampiro serbio de Medvedja

Mitos y  Leyendas , Arnold Paole, el vampiro serbio de Medvedja
Pueblo de Medvedja, Austria. Principios del siglo XVIII.

Arnold Pavle, fue un hajduk serbio que supuestamente se convirtió en vampiro tras su muerte, iniciando una epidemia de vampirismo que afectó a 16 de sus conciudadanos de Medveja.

Su caso y el de Peter Plogojowitz, registrados y documentados...

A lo largo del siglo XVIII el Este de Europa permanecía aislado entre impenetrables bosques y montañas plagadas de lobos.

 La leyenda campaba a sus anchas, convirtiendo en ley las supersticiones más arraigadas.

Los demonios del mundo antiguo se hacían presentes en noches sin Luna, provocando el terror en aquellos que, con fe y afiladas estacas, veían cómo los muertos regresaban desde el más allá, convertidos en sicarios del demonio…

No fueron tiempos fáciles en estas tierras.

El siglo XVIII pretendía despertar de un sueño; más bien de una pesadilla, porque los múltiples conflictos que asolaban gran parte de ese viejo continente, no eran óbice para que las creencias más aberrantes germinaran entre una población demasiado castigada por la guerra y las hambrunas.

Los Habsburgo llevaban más de 500 años ocupando el trono de Austria, anexionándose territorios, convirtiendo Europa en su gran imperio, y defendiendo los dogmas de la cristiandad, que desde la ciudad eterna les dictaba los pasos a seguir.

Así, en el año 1718 se hacían con el poder de los principales Estados balcánicos, situando en sus líneas de frontera a los terribles hajduks, soldados en su mayoría de origen serbio que destacaban en el campo de batalla por su fiereza y ansias de sangre.

Fue en este entorno, plagado de lodo, leyendas y muerte donde surgieron las epidemias; inesperadas como otras anteriores pero diferentes en sus trazas.

Porque no era un virus el que atacaba los cansados cuerpos de las milicias y de las comunidades que malvivían en estas regiones; no se trataba de tifus, peste o cólera morbo. Aquello era diferente; algo jamás visto…

A pesar de ser este uno de los casos de vampirismo mejor documentados del siglo XVIII, no existe testimonio escrito de lo que las supuestas victimas del ataque vampírico vieron al ser atacadas.

Además aunque sea cierto todo lo que se cuenta en los informes escritos por el grupo que desenterró el cadáver de Arnold Paole existen hipótesis medicas que rebaten todas las supuestas características propias de un vampiro en su cadáver, como el crecimiento de uñas, o la sangre brotando de los orificios.

Hecho hombre en el campo de batalla, acostumbrado a matar y a ver morir, Paole era un hombre rudo, en cierto modo hasta despiadado, pero que a estas alturas de su vida estaba cansado; hastiado de defender la tierra para que otros, en la corte, pudieran disfrutar de sus acomodos.

Además, las soldadesca que compartía infortunio con él en la trinchera, le había oído en más de una ocasión narrar una historia que no por sorprendente, en esos tiempos, dejaba de tomarse como cierta.

Arnold Paole afirmaba que años atrás, cuando se ganaba la vida como soldado de fortuna, en una población llamada Gossowa sufrió el ataque de un supuesto vampiro.

Él, consciente de su fortaleza y del horrendo futuro que le aguardaba de no poner remedio, optó por perseguir al temible ser, y una vez alcanzó su sepultura lo desenterró, le cercenó la cabeza y mezcló la sangre que fluía como manantial con la tierra que cubría la caja.

Fue entonces cuando en una escena indescriptible, el hajduk comenzó a comerla, a devorarla con el ansia del que se sabe ante los últimos instantes de su existencia; de que su alma, a partir de esa jornada, iniciaba un lento e imparable descenso hacia la oscuridad.

Años después regresó a su patria con su particular cargamento de miseria, y durante un tiempo se dedicó a las labores del campo, olvidando los duros trances que le regaló el destino.

Una mañana, ya en 1726, se disponía a cargar el heno en un gran carro, cuando éste se desplazó cayendo a plomo sobre nuestro infortunado protagonista, causando tales destrozos en Paole que a éste no le quedó más remedio que morirse.

Enterrado con pocas lágrimas en el cementerio de Medvedja, al cabo de tres semanas ocurrió lo que nadie hubiera deseado jamás.

Primero una muerte; después otra… y así hasta un total de cuatro parroquianos que fenecieron entre fiebres y alucinaciones, no sin antes gritar que el causante de tanta penuria era un habitante de las tinieblas, que levantándose de su tumba cada madrugada les extraía la sangre, provocando un estado de anemia del que no pudieron escapar.

Y su nombre era Arnold Paole, el hajduk enterrado días atrás.

Arnold Paole
Con los cuerpos aún calientes y esas palabras retumbando en la sien, las autoridades de la población dieron las pautas a seguir para desvelar tamaño enigma.

Así pues, los gitanos atravesaron la puerta del camposanto.

La lluvia arreciaba, apagando el fuego purificador de las antorchas; invitando a los profanadores a que marcharan de allí, porque la oscuridad que vestía este campo de muertos iba más allá de los que se percibía a simple vista.

Protegidos por la sombra de la cruz, llegaron al sitio en el que yacía Paole.

Con más miedo que firmeza empezaron a excavar, apartando las escorias.

Y por fin tocaron madera....

El silencio se apoderó del lugar, tan sólo roto por las gotas de lluvia y su monótono golpear contra las cruces retorcidas. Había que hacerlo, y así se hizo…

Uno de los integrantes de la siniestra comitiva abrió el ataúd, saliendo al instante despavorido del agujero. Porque allí, a un par de metros bajo la tierra removida, se encontraba el cuerpo de Arnold Paole, con las uñas crecidas, barba de varios días y el rostro sonrosado, como si estuviera disfrutando de un plácido sueño.

Los presentes llegaron a la conclusión de que se encontraban ante un vampiro, causante además de lo que, de no pararse, podía acabar siendo una pavorosa epidemia.

De este modo, siguiendo protocolos nunca escritos, atravesaron su corazón con una estaca de fina punta, ante lo que el horrendo ser reaccionó convulsionándose salvajemente, intentando atrapar a los que sin pronunciar palabra contemplaban la escena, vertiendo sangre a mansalva como si fuera una gigantesca sanguijuela.

Después cortaron su cabeza y quemaron el cadáver, repitiendo a continuación la operación con las cuatro víctimas de Paole. Aparentemente había logrado acabar con el mal, atacando directamente a la raíz del mismo. Aparentemente…

Miedo a salir de noche

La excelsa Viena permanecía al margen del terrible escenario que se estaba desarrollando en sus tierras del Este.

Las esencias traídas de Oriente se respiraban al son de la música que surgía de la Ópera, donde sopranos, tenores y los barítonos más prestigiosos del momento dejaban pinceladas del arte que atesoraban entre los muros de este templo de la cultura.

Monarcas, aristócratas y gobernantes del imperio se daban cita en la majestuosa urbe, ajenos a los terribles acontecimientos que estaban a punto de desencadenarse.

Johannes Fluckinger por esas fechas ejercía la medicina en el seno de la institución castrense. Era hombre pragmático y poco imaginativo, célebre por la templanza con la que se desenvolvía en las situaciones más comprometidas.

Es posible que fueran estas cualidades las que le pusieron en el punto de mira de los consejeros del emperador, alarmados por las noticias que llegaban desde la localidad serbia de Medvedja, para que encabezara una comisión encargada de esclarecer los enigmáticos sucesos que allí se estaban produciendo, y ya de paso poner orden entre tanto nerviosismo.

Poco antes a sus manos había llegado el informe remitido por el especialista en enfermedades contagiosas, el doctor Johan Glaser.

Éste no podía ser más explícito: a fecha del 12 de diciembre de 1731 –día que el galeno llegó a la aldea serbia–, trece personas habían fallecido en extrañas circunstancias, víctimas de una enfermedad que les hizo agonizar entre terribles dolores y fiebres muy altas, gritando espasmódicamente que sufrían de horribles pinchazos.

Además, el virulento brote no distinguía de sexo o edad; bebés, jóvenes, adultos o ancianos carecían de protección a la hora de enfrentarse a un mal que conforme transcurrían las jornadas cobraba tintes más espirituales que terrenales.

Los enfermos, aquejados por un mal incurable y con rostro, entre delirios pronunciaban el nombre de quienes consideraban los causantes de tanto padecimiento.

Así, Milica, mujer de 50 años –procedente de la zona turca y primera víctima–, aparecía como un ente maldito entre los delirios de los moribundos; del mismo modo que lo hacía la joven de 20 años Stanacka, que antes de fenecer enterraba a su pequeño bebé junto a la verja de su casa, después de que, como asegurara entre lamentos e invocaciones a los cielos, fuera atacado por un vampiro.

Ella misma se había visto obligada, según afirmó, a untar su cuerpo con la sangre de uno de estos demonios con el propósito de librarse de ellos. Al menos tal defensa proponía la tradición, pero claro está que no surtió el efecto deseado.

En la difícil misión le acompañaban dos oficiales: los tenientes coroneles Büttner y von Lindenfels, y dos expertos cirujanos militares: los doctores Siéguele y Baumgarten.

Las informaciones que con cuentagotas habían llegado a la capital del imperio indicaban que sería necesario analizar varios cuerpos afectados por la misteriosa enfermedad.

Y así, sin más dilación se pusieron manos de a la obra.

En apenas tres días habían fallecido 17 personas, y todo apuntaba a que de no dar con el causante de la masacre, en las próximas horas continuarían las muertes.

Mitos y  Leyendas , Arnold Paole, el vampiro serbio de Medvedja

La escena se repitió una vez más: acompañados de varios gitanos y de las autoridades locales fueron abriendo, una a una, las tumbas de los atacados.

Y en ellas hallaron cinco cuerpos en avanzado estado de descomposición, mientras que los doce restantes permanecían incorruptos, con la piel rosada y los órganos internos repletos de sangre sin coagular.

A todas luces se trataba de vampiros, o al menos eso concluyeron a la luz de los candiles de aceite, ordenando a los gitanos que quemaran los cuerpos, previo desarrollo de los pasos sobradamente conocidos.

Meses después, el doctor Fluckinger dejó constancia de los desconcertantes sucesos en una obra ya clásica, en la que por primera vez se usó el término “vampiro” para designar a estas letales alimañas nocturnas.

Su título: Visum et Repertum, que tras relatar todos los hechos relatados, concluía del siguiente modo:

  Tras el examen, las cabezas de los vampiros fueron cortadas“Tras el examen, las cabezas de los vampiros fueron cortadas por los gitanos locales y después se quemaron junto a los cuerpos, tras lo cual las cenizas fueron arrojadas al río Morava.

Los cuerpos descompuestos, sin embargo, fueron devueltos a sus sepulcros. Todo lo cual atestiguo junto con los médicos castrenses auxiliares que me fueron adjudicados (…).

El abajo firmante atestigua que todo lo que como médico castrense del Honorable Regimiento Fursstenbusch ha observado en materia de vampiros, junto a los médicos castrenses que firman con él, es verídico y se ha realizado, observado y examinado en nuestra presencia.

Para confirmarlo estampamos nuestra firma de nuestro puño y letra.”

Belgrado, 26 de enero de 1732.

Algunos años después, otra epidemia surgió repentinamente y se procedió a hacer una nueva investigación en el cementerio.

En un informe de dicha investigación se mantiene que se exhumaron por lo menos 16 vampiros de sus tumbas.

Todos los descendientes de Paole parecían tener las mismas características que el.

Además estos nuevos vampiros llevaban enterrados aproximadamente el mismo tiempo que Paole cuando empezó a atacar. 4 de los vampiros eran niños, y tres estaban enterrados con sus madres

Escapando del campo de prisioneros Nazi con un cajón de salto ...

... el hueco de ingreso al túnel era tapado con unas tablas de madera y cubierto de tierra seca que llevaban cada día en una caja de cartón.


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