La esfinge y el príncipe y otros relatos cortos egipcios (Parte primera)

La esfinge y el príncipe y otros relatos cortos egipcios (Parte primera)

La esfinge y el príncipe.

Erase una vez, muchos más años que ti pueden decirme que, y el doble de mí pueda decirte, hubiera príncipe en Thutmose nombrado Egipto.

Él era el hijo del gran Amenhotep y había sido nombrado para su abuelo, el faraón Thutmose III quién había tenido éxito a gran reina, Hatshepsut.

Porque él era el más viejo hijo de Amenhotep, muchos de sus hermanos y hermanastros trazarían contra él, porque desearon ser faraón.

Trazarían hacer que Amenhotep piensa que Thutmose era indigno tenerlo éxito. Trazarían hacer que él mira a tonto delante de la gente de modo que no lo desearan como faraón.

Mientras que él consiguió más viejo incluso trazarían contra su vida. Pero todos estos diagramas fallarían, porque Thutmose honró a dioses, y así que sonrieron sobre él.

Con todo Thutmose fue preocupado en su corazón, y estas cosas lo hicieron infeliz. Él saldría con frecuencia de Memphis para ir caza en el desierto, o para buscar soledad en las montañas.

Aun cuando su padre deseaba su presencia para un festival o hablarte simplemente, Thutmose permanecería tan brevemente una época como él podría y entonces irse con el suyo confiaba en sus criados una vez más.

Amenhotep se afligía que su hijo era infeliz, y rogado a los dioses que su corazón pudiera ser levantado.

Un día, durante el gran festival del Ra en Heliopolis, cuando la corte de todo el faraón estaba presente, Thutmose se escapó una vez más, porque él deseaba ver las pirámides de Saqqara, el más viejo de ellas todas.

Él y dos criados montaron hacia fuera en el desierto en donde él encontró la gran pirámide del paso de Zoser, el antepasado de Amenhotep.

El día siguiente, fueron caza para el gazelle toda la mañana, y cuando el Ra había alcanzado la altura del cielo, y el día creció caliente, Thutmose y sus criados se encontraron cerca de las grandes pirámides de Giza, que los faraónes Khufu, Khafre, y Menkaure había construido sobre doce cientos años antes de que Thutmose fue llevado.

Thutmose hizo una oferta su resto de los criados en una piscina cerca, porque él deseaba apagarse por una época que él puede ser que ofrezca a rezo a sus antepasados. Él montó su carruaje hacia fuera a las pirámides, el sol que destellaba de sus lados pulidos.

Él paró y se maravilló en ellos, sabiendo que en ninguna parte eran su gusto igualado, y que nunca puesto que podría cualquier cosa como ellos ser construida.

Él miró sobre ellos por una época y después notó una cabeza de piedra enorme que se levantó de la arena.


Thutmose había oído hablar de esta maravilla, la esfinge de Khafre, aunque él nunca tenía verla antes. Fue modelado en el animal sagrado de Harmakhet, Horus del sol de levantamiento, y de una criatura de la grandes sabiduría y energía. Durante las muchas edades desde el reinado de Khafre, las arenas lo habían enterrado casi totalmente. Solamente seguía habiendo su cabeza sobre la arena, desafiando todas las tentativas de ocultarla por siempre.

La esfinge y el príncipe y otros relatos cortos egipcios 14Thutmose sentó y contemplaba la gran cara, que fue dicha para ser la cara de Khafre. Usó los headdress del faraón, de una gran corona y del velo, con el ojo de la cobra y del udjat del uraeus, símbolos de la energía, puestos en él. Él nunca había visto tal belleza aterrorizante.

Él rogó a Harmakhet para el deliverance de sus apuros.

Cuando lo acabaron, había un sonido del retumbo, y la arena tembló debajo de sus pies. ¡Thutmose miraba para arriba la esfinge y comenzó, porque la cabeza se había movido!

La esfinge se movió como un gran gato que procuraba liberarse de enlaces, y después dio vuelta a su cabeza hacia Thutmose y al rayo en una voz poderosa con todo buena.

“Behold, Thutmose, hijo de Amenhotep, que es faraón de los hombres por la energía de Horus, saben que soy Harmakhet, Horus del sol de levantamiento.

Soy tu padre, y el padre de todos los faraones de Egipto. Es tu destino que la corona doble de Egipto superior y más bajo vendrá a ti, que se tomarán o molde a un lado pues.

“Saber que si haces faraón, mis bendiciones estarán sobre ti, y tendrás duradero y salud todos tus días. Bajo tu regla, Egipto llegará a ser fuerte y rico, y su gente nunca deseará, porque habrá días de la abundancia.

“Me has demostrado la dedicación este día, cuando mi estatua es toda sino olvidado en el desierto, y así que he mirado amablemente sobre ti. Pero pido de ti una cosa: ¿ver que cómo la arena me incluye y que me oculta de mi gente?

Pido eso si eres un buen hijo, eso que me ayudarás y libre yo de las arenas del desierto. Despejar lejos el que me sostenga rápido de modo que la gente pueda venir a mí y y adorarse de nuevo.”

Entonces Thutmose fue rodeado por la luz y él no sabía no más. Cuando él se despertó, el barco del sol del Ra se hundía en el oeste.

Él oyó que las voces de sus criados que llamaban él y a él dijeron en voz alta que él estaba vivo y bien. Él miraba para arriba y vio la esfinge, sin vida una vez más, y él recordó la visión.

¡Él estaba parado y gritó en voz alta, “Harmakhet mi padre! ¡Este día juro un juramento, e invito a dioses para atestiguarlo! Si hago faraón, mi primer comando será que tu imagen sagrada, esta esfinge, será liberada de la arena y restaurada a su gloria, que todos los hombres pueden venir darte honor!”

Thutmose y sus criados montaron de nuevo a Memphis, y a partir de ese día adelante, todo que lo hizo Thutmose fue bendecido.

Pronto su padre Amenhotep lo nombró mientras que el heredero al trono, y los años más adelante, Thutmose hicieron faraón.

Lo miraron como gran rey, y los dioses lo bendijeron todos los días de su duradero y él era querido por su gente. Egipto llegó a ser de hecho fuerte y rico, y había abundancia en todo el Egipto.

Poema(La fuerza del amor)
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I

¿Te vas porque los alimentos te vienen a la mente?
¿Eres hombre a quien conduce el vientre?
¿Te levantas a causa de tus vestidos?
¡Seré la dueña de un pedazo de lino!

¿Te vas porque tienes hambre?
¿Te alejas porque tienes sed?
¡Toma mi pecho!
Su contenido te será sobre abundante.

II

El amor que por ti tengo se derrama por mi cuerpo,
como la sal se funde en el agua,
como la manzana se impregna de grasa aromática,
como el licor se mezcla al vino.

¡Ah!, ojalá puedas tú apresurarte,
para ver a tu amada,
como un caballo en el campo de batalla,
como un toro que corre hacia su forraje.

El cielo regala su amor,
como una llama prende la paja,
como una vela atrae al halcón.

III

La armonía de mi lugar de reposo es turbadora.
La boca de mi amada es el botón de una flor.
Sus senos son manzanas de amor,
sus brazos tan bien torneados.

Su frente es una trampa de madera de sauce,
y yo soy el pato salvaje.
Mi vista toma por cebo su pelo
en la trampa dispuesta a caer.

IV

¡No debo ser dócil a tu amor!
¡Amado mío, obedece a tu embriaguez!
Yo no renunciaré a ella, aun cuando los golpes me ahuyenten
-porque paso todo el día en la marisma-
hacia la tierra de Siria, a porrazos,
hacia la tierra de Nubia, a bastonazos,
a los confines del desierto, golpeado,
a las orillas de os mares, azotado.

No obedeceré a quienes dicen
que me aparte de tu deseo!

V

En la barca desciendo el curso del río al son de los remos,
mi haz de cañas al brazo.
Deseo ir a Menfis, para decirle a Ptah , dios de la verdad:
“¡Dame a mi amada esta noche!”

El río es vino.
Ptah es su caña, el Poder su follaje.
Sus mensajeros son sus botones.
El Dios del loto es su flor.

La Dorada es dichosa:
ante su belleza la tierra se ilumina.
Menfis es una copa llena de fruta,
puesta ante Aquel cuyo rostro es hermoso.

VI

Iré a acostarme a mi morada,
y fingiré que estoy enfermo.
Entonces mis vecinos vendrán, para ver lo que me pasa.
Y, con ellos, vendrá mi amada.
Hará la medicina inútil,
pues ella conoce mi mal.

VII

En la casa de campo de mi amada,
la puerta se abre en medio de la fachada,
está abierta a dos batientes, el cerrojo ha saltado;
mi amada está encolerizada.

¡Ah!, quisiera ser el portero,
que ella se hubiese irritado conmigo
pues, entonces, oiría su voz, cuando ella gritara airada,
como niño a quien asustara.

VIII

He descendido la corriente por el Canal del Príncipe,
y he entrado en el Canal de Ra ,
teniendo en el corazón el deseo de ver levantar las tiendas,
en lo alto, a la entrada de la laguna.

Y mientras me apresuraba en ello,
mi corazón se acordó del Dios Sol,
y pensó que podría ver a mi amado,
que quiere ir a la Casa del Señor.

Estaba en pie a tu lado, en la entrada de la laguna;
te llevaste mi corazón hacia la ciudad del pilar de Ra,
y me deslizaba contigo bajo los árboles,
que rodean la casa del Señor.


El cuento de las mentiras


Todos los días el hombre bajaba al río a pescar y luego vendía los pescados en el bazar; la ganancia alcanzaba para las comidas diarias. Pero una mañana el pescador se sintió mal y no quería levantarse.
–¿No irás a pescar hoy? –le preguntó entonces su mujer– ¿Y de qué viviremos? ¿Qué comeremos? ¡Levántate! Yo llevaré el canasto y la red.

De modo que ese día fueron los dos al río y pescaron un buen rato en los acantilados cercanos al palacio real. Casualmente el rey miró por una de las ventanas que daban al mar y vio a la mujer. Quedó asombrado y se enamoró perdidamente de ella. Llamó al visir y le dijo:
–¡Oh, visir! Vi a la mujer del pescador y me enamoré de ella. Es tan hermosa como la luna en su noche de plenitud. ¡Por Alá!, en todo mi palacio no hay ninguna que pueda competir con su belleza.

¡Debe ser mía!
–¿Y qué piensas hacer, oh rey? –preguntó el visir.
–Debemos hacer venir al pescador al palacio y matarlo –contestó el rey –. Así podré casarme con su mujer.
– ¡Por tu honor, oh rey! No puedes matar al pescador sin que haya cometido ningún crimen –objetó el visir–. Todos tus súbditos verían ese proceder con malos ojos. Te hago otra propuesta: mi padre posee un salón que es más o menos tres veces más grande que tu parque. Haremos venir al pescador y le diremos que el rey quiere una alfombra de una sola pieza para cubrir su piso. Le daremos tres días de plazo; si no cumple, morirá. De este modo tendrás un motivo para matarlo y tus súbditos no podrán decir nada.

Al día siguiente el visir llamó al pescador, lo condujo al salón y le ordenó lo que había tramado el rey. El pobre hombre protestó:

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–¿Por qué me piden eso a mí? ¿Acaso yo negocio con alfombras? En lugar de la alfombra puedo traer peces de todo tamaño y color. Haré todo lo posible; trataré de conseguir los más extraños.
–No le sirve de nada discutir –lo interrumpió el visir–. El rey así lo ha ordenado.
Desesperado, el pescador fue corriendo a su casa.
–¿Qué es lo que te abruma? –le preguntó su mujer.
–Cállate y junta nuestras pocas cosas. Tenemos que irnos de aquí cuanto antes.
–¿Por qué? –preguntó ella sin comprender.

–El rey quiere matarme si en el término de tres días no le llevo una alfombra de cuatro mil metros cuadrados… ¡Y de una sola pieza!
–¿Es eso todo? Entonces no te hagas problemas; mañana tendrás la alfombra –dijo aliviada la mujer.
– ¡¿También tú estás tan loca como el visir?! –gritó el hombre–. ¡Somos pescadores, no comerciantes de alfombras!
Pero ella le dijo tranquila:

– Si ya la quieres tener hoy, tendrás que ir a buscarla tú mismo.
– Sí, sí, mejor me aseguro ahora. Pero dime, dime cómo debo hacer.
– Ve hasta la mezquita, sigue siempre derecho y en el tercer cruce encontrarás un aljibe debajo de un olivo. Asómate y di: “Badwia, tu hermana te pide el huso que dejó olvidado ayer porque debemos tejer una alfombra”.

El pescador fue hasta el aljibe. Hizo lo que su mujer le había dicho y una voz le contestó desde la profundidad: “Toma el huso y haz la alfombra”. Una mano salió del pozo y le alcanzó lo que pedía. El pescador tomó el huso y regresó a su casa. Cuando llegó le preguntó a su mujer:
–¿Y cómo voy a hacer semejante alfombra en tan poco tiempo y con tan poco hilo?
–Vé a ver al visir y pídele un martillo y un clavo. Clávalo en un rincón del salón, sujeta el hilo del huso al clavo y luego coloca la alfombra como tú quieras.
– ¡¿Acaso hay una alfombra dentro del huso?! ¿Quieres que me tomen por loco y que el rey me mate? –preguntó el pescador fuera de sí.
–Haz lo que te dije –le contestó con firmeza su mujer.

El hombre fue a casa del visir. Por el camino pensaba: “Hoy es mi último día en este mundo”. Cuando llegó, el rey y el visir le preguntaron burlones:
–¿Trajiste la alfombra, oh pescador?
Y como él asintiera, prosiguieron curiosos:
–¿Dónde la traes, oh pescador?
–Dentro de mi bolsillo, oh dueño del poder –respondió él.
Ahí rieron los otros de buena gana y burlándose más le preguntaron:
–¿Es acaso un ovillo?
–¿Qué importa? Dame un clavo y un martillo, oh visir, y colocaré la alfombra en tu salón.
El visir mandó llamar secretamente al verdugo y le dijo:
–No te muevas de esta puerta. Si el pescador no logra cubrir el piso con una alfombra desenvaina tu espada y córtale la cabeza.

Fue así como una valiosa alfombra de seda cubrió el piso por completo. Era tan fina y brillante que el rey empalideció de envidia porque en todo su palacio no había otra igual.

El visir, estupefacto, dijo:
–Esto lo has logrado, oh pescador, pero el rey quiere pedirte otra cosa: desea que le traigas un niñito de ocho días que le cuente un cuento que empiece y termine con una mentira.
–¿Conoces tú, oh visir, un niñito de ocho días que sepa hablar? –preguntó indignado el pescador–. Ni siquiera el hijo del Diablo sabe hablar a los ocho días, y menos contar un cuento.
–Es inútil discutir –respondió el visir– El rey lo quiere así. Tienes ocho días de plazo.
El pescador, furioso, regresó a su hogar y contó lo ocurrido a su esposa.
– No te preocupes ahora por eso –le respondió ella –. Ocho días es mucho tiempo.
Cuando llegó la mañana del octavo día el pescador dijo a su mujer:
– Hoy es el día. ¡Por Alá! ¿Qué haremos ahora?
– Vé otra vez al aljibe que está debajo del olivo y dí: “Badwia, tu hermana te saluda y te pide el niño que nació ayer porque lo necesitamos con urgencia”.
– Y¿Tú también eres tan tonta como el visir? Ni el hijo del Diablo sabe hablar una palabra después de tan sólo ocho días –gritó el pescador–. ¡Y tú me hablas de niñito de un día!

–Vé y haz lo que te dije –le ordenó con firmeza su mujer.
Mientras el pescador se dirigía al aljibe, pensaba: “Hoy es mi último día en este mundo”. Y se puso muy triste. Cuando llegó al lugar indicado hizo lo que su mujer le había dicho. Una mano salió del pozo, le alcanzó el niño y una voz le dijo desde la profundidad: “Pronuncia el nombre de Alá sobre él”.
–En nombre de Alá, el bondadoso y compasivo –dijo el pescador, y regresó a su casa con el niño. Por el camino le dijo a la criatura:
–Habla, así puedo estar seguro de que no moriré.

Pero el niño comenzó a llorar como cualquier niño. Entonces el pescador pensó: “Mi mujer y el visir se han aliado para matarme Cuando llegó a la casa, dijo a los gritos a su esposa:
–¡Aquí está el niño, pero no dice nada!
Ella respondió:
–Llévalo ante el rey y el visir, allí hablará. Pide tres almohadas; siéntalo en el medio del diván y colócale una almohada debajo del brazo derecho, otra debajo del brazo izquierdo y la tercera detrás de la espalda. Así hablará.
El pescador tomó nuevamente al niño y fue al palacio del rey. El visir salió a su encuentro, pero cuando comprobó que la criatura sólo lloraba ”buah… buah…” fue muy contento a ver al rey y le dijo:

–Por mi honor, acabaremos ahora con el pescador; el niño sólo dice “buah… buah…” como todos los niños. Llama a los jueces, sabios y jeques. Como este hombre no ha cumplido, podremos matarlo delante de todos y tendremos la ley de nuestro lado.
Una vez que toda la concurrencia se hubo reunido, el rey ordenó al pescador:
–Trae al niño para que nos cuente el cuento de las mentiras.
El hombre pidió las almohadas, los criados las trajeron. Cuando terminó de acomodar al niño, el rey preguntó:
–¿Es éste el que nos contará el cuento?
Y el niñito contestó:
– ¡Que la paz sea con todos!
Los invitados se extrañaron ante el saludo. El rey, balbuceando, saludó a su vez y le ordenó:

–Bien, niño, cuéntanos el cuento de las mentiras.
El niñito comenzó:
–En la flor de la juventud abandoné la ciudad al calor del mediodía. Me encontré con un vendedor de melones y le compré uno por un dinar. Lo corté en pedazos y en su interior descubrí una gran ciudad con bazares multicolores, suntuosos palacios y mezquitas. Me interné en el melón y admiré los edificios.

También vi gente de muchas razas. Caminé mucho, tanto que alcancé las afueras de la ciudad. Llegué a campos. Allí encontré una palmera que tenía unos dátiles de un metro. Como tenía hambre, me trepé al árbol para comer alguno.

Cuando llegué arriba vi que muchos campesinos sembraban y cosechaban el trigo sobre las hojas. Comí un poco y luego bajé y seguí caminando.

Entonces encontré a otro campesino que partía gran cantidad de huevos sobre el borde de un jarrón de piedra. De ellos salían infinidad de pollitos. Las gallinas volaban hacia la izquierda y los gallos hacia la derecha. Seguí caminando y me topé con un burro que llevaba tortitas de sésamo sobre el lomo. Corté un pedacito de una y me lo comí. Enseguida volví a encontrarme fuera del melón, que se cerró totalmente hasta quedar tal cual como yo lo había comprado.

–¡Basta ya de mentiras! –exclamó el rey muy enojado–. ¿Dónde se ha visto una ciudad dentro de un melón? ¿Y quién ha oído hablar de pollitos que salen de un huevo con sólo cascarlo?
–¡Pero mi rey! Tu deseo era que te contara un cuento lleno de mentiras. ¿O es que acaso planeabas matar al pescador para quedarte con su hermosa mujer? ¡Es una vergüenza! Eres rey, sultán y jefe de los creyentes y te enamoras de la mujer de un pescador. ¡Por Alá! ¡Si no dejas en paz a este hombre, borraré tu cabeza de este mundo!
El rey se puso muy pálido y todos dirigieron su mirada hacia él. Entonces el pescador, aliviado, tomó al niño entre sus brazos y regresó feliz a su casa. Allí vivió con él y su mujer en armonía hasta la muerte.


LIBRO DE LOS MUERTOS:Capítulo 30,(Para que el corazón del difunto no sea rechazado)

La esfinge y el príncipe y otros relatos cortos egipcios 10

Mi corazón “ib” llega a mí de mi Madre celeste

Mi corazón “hati” me llega de mi vida sobre la tierra

Qe no se digan falsos testimonios en mi contra!

Que los jueces divinos no me rechacen !

Que sean certeros los testimonios de mi conducta en la Tierra

Ante el vigilante de la Balanza

Y el divino Señor del Amenti !

Salve Oh, mi corazón ib

Salve Oh, mi corazón a tí

Salve Oh , entrañas mías

Salve oh, dioses majestuosos de cetros brillantes

Señores de la sagrada cabellera !

Que vuestras palabras de potencia me protejan ante Ra

Hacedme fuerte ante Neheb-Kau!

Ciertamente aunque mi cuerpo permanezca atado a la tierra

No falleceré, pues seré santificado en el Amenti…

Oh, espíritu encargado en la Balanza del Juicio!

Apréndelo : tú eres mi ka!

Pues habitas en los límites de mi cuerpo!

Tú, emanación del dios Khnum,

Das la forma y la vida a mis miembros!

Ven pues hacia el origen de la felicidad,

Hacia dónde juntos nos dirigimos,

Que mi nombre no sea corrompido ni repugne

Ante los señores todopoderosos

Que rigen los destinos de los hombres!

Que la oreja de los dioses se alegre

Y estén plenos sus corazones

Cuando mis palabras sean pesadas

En la Balanza del Juicio!

Que no se digan falsas palabras

Ante el dios poderoso, señor del Amenti!

Es verdad, grande será el día de la Victoria!

Rúbrica

Decid las oraciones sobre un escarabajo de piedra ornado de cobre y decorado con un anillo de plata, que luego sea colocado sobre el cuello del difunto.

Este conjuro fue hallado en la ciudad de Khemenu, Heliópolis Magna, a los pies de una esfinge que simboliza a Thot.

La inscripción grabada en un bloque de hierro en la propia escritura del dios ( o sea en jeroglífico), fue descubierta por el príncipe Harutataf, en ocasión de un viaje de reconocimiento a los templos.


Poema IX


Hay en él enredaderas,
Que a una la exaltan.

Soy tu amada, la mejor.
Tuya soy, como la tierra
que sembré toda de flores
y plantas de mil especies, con los perfumes más dulces.

Cuan encantador el canal que hay en aquella parte,
y que tu mano cavó,
en él hallamos refresco, al soplar viento del norte:
un lugar de paseo sin par.

Tu mano sobre mi mano.
Mi corazón es feliz.
Mi corazón es dichoso.
Pues ahora juntos vamos.

Oír tu voz, para mí es vino dulce.
Y vivo de oírla.
Cada mirada que posas en mí
me da más que beber o comer.


Hamunaptra;la ciudad perdida


La palabra se hizo popular desde la película “La Momia”, sin duda se refiere a la ciudad de los muertos. Pero no a los cementerios de momias que estaban en las proximidades de los grandes núcleos de población egipcia, sino al lugar donde iban sus almas.

Un extraño lugar que la trascripción de los antiguos papiros parece dar a entender que era algo físico y espiritual a la vez, ya que los muertos esperaban (en realidad temían) que se les obligara a trabajar en tareas análogas a las realizadas en vida o, según parece, incluso peores.

Para evitarlo recurrían a la magia, cualquier egipcio se enterraba con pequeñas figuritas que en el otro mundo serían sus servidores.

Ese lugar se describía como “la tierra que está al oeste”, y el oeste era el desierto, más allá del Nilo protector.

Con lo que conocemos actualmente de su religión y magia (que para los egipcios era lo mismo), sobre todo sus ritos de magia simpática y enlace, no sería de extrañar, es más, parece lógico, que existiera una ciudad en pleno desierto que sirviera de unión entre vivos y muertos a la vez que custodia de los más secretos ritos de resurrección. Algunos escritos así parecen indicarlo o al menos desprenderse ese sentido.

Las leyendas transmitidas de generación en generación, que aún circulan entre los beduinos y en particular entre los saqueadores de tumbas, hablan de una ciudad bajo las arenas, llena de fabulosos tesoros y secretos. Quizá sólo sea una leyenda.


LA LEYENDA DE LA LUNA


La leyenda explica el calendario egipcio y por qué la Luna cambia de forma. Hace mucho tiempo, Ra, el señor de todos los dioses, aún reinaba sobre la Tierra como faraón. Vivía en un enorme palacio a orillas del Nilo, y todos los habitantes de Egipto acudían a presentarles sus respetos.

Los cortesanos no dudaban en complacerle, y él pasaba el tiempo cazando, jugando y celebrando fiestas. ¡Una vida realmente placentera! Pero un día llegó a palacio un cortesano que le contó una conversación que había oído. Thot, el dios de la sabiduría y la magia, le había dicho a la diosa Nut que algún día su hijo sería faraón de Egipto. Ra se puso muy furioso. Nadie salvo él era digno de ser faraón. Caminaba de un lado a otro gritando:

¡Cómo se atreve Thot a decir eso! ¡Ningún hijo de Nut me destronará! Reflexionó sobre ello largo tiempo, al cabo del cual, tras invocar sus poderes mágicos, lanzó la siguiente maldición: “Ningún hijo de Nut nacerá en ningún día ni en ninguna noche de ningún año”. La noticia pronto se extendió entre los dioses.

Cuando Nut se enteró de la maldición. Se sintió muy apesadumbrada. Deseaba un hijo, pero sabía que la magia de Ra era muy poderosa. ¿Cómo podría romper el maleficio? La única persona que podía ayudarla era Thot, el más sabio de todos los dioses, así que fue a verlo. Thot quería a Nut y, al verla llorar, decidió ayudarla. -No puedo romper la maldición de Ra, pero puedo evitarla.

Espera -le pidió. Thot sabía que Jonsu, el dios Luna, era jugador, así que le retó a una partida de senet. Jonsu no pudo resistirse y cedió al desafío. -¡Oh, Thot! -exclamó-. ¡Tal vez seas el dios más sabio, pero yo soy el mejor jugador de senet! No he perdido ninguna partida. Jugaré contigo y te ganaré. Los dos se sentaron a jugar. Thot comenzó ganando todas las partidas. -Has tenido suerte, Thot -dijo Jonsu-. Apuesto una hora de mi luz a que te gano la siguiente partida.

¡Pero también perdió! Thot continuó ganando y Jonsu siguió apostando su luz hasta que Thot hubo conseguido una luz equivalente a la de cinco días. Entonces, Thot se puso en pie, dio las gracias a Jonsu y se fue llevándose la luz consigo. -¡Menudo cobarde! -murmuró Jonsu-.

Mi suerte empezaba a cambiar. ¡Habría ganado esta partida! Thot colocó los cinco días entre el final de ese año y el comienzo del siguiente.

En aquella época, un año tenía 12 meses de 30 días cada uno, lo que sumaba un total de 360 días. Nut se sintió feliz cuando Thot le contó lo que había hecho.

Como los cinco días no pertenecían a ningún año, sus hijos podrían nacer en esos días sin romper el maleficio de Ra.

El primer día Nut dio a luz a Osiris, que sería faraón después de Ra; el segundo día, a Harmachis, que está inmortalizado en la Esfinge; el tercer día, a Seth, que más tarde mataría a Osiris y se convertiría en faraón; el cuarto día, a Isis, que sería la esposa de Osiris; y el quinto día, a Neftis, que sería la esposa de Seth.

En cuanto a Jonsu, el dios Luna, quedó tan debilitado tras la partida que ya no pudo brillar con fuerza todo el tiempo. Aún hoy, la Luna sólo brilla toda entera durante unos cuantos días del mes, y ha de pasar el resto del tiempo recobrando fuerzas.


Como es Egipto
La esfinge y el príncipe y otros relatos cortos egipcios

Egipto era, y es, un país con un entorno hostil formado por el desierto o Desheret, “el rojo” y el río Nilo y su vega, Kemi, “el negro” y en ambos la agresión para los seres que lo habitaban era manifiesta:

1.- Luz cegadora con gran reflexión, refracción y difracción, lo que ocasionaba lesiones oculares y cataratas a edades tempranas.

2.- Polvo de arena y frecuentes Khamsin o Jamsin, el terrible huracán del desierto que podía durar desde días a semanas.

3.- Manifiesto calor por el día, con peligro de deshidratación y un intenso frío por las noches.

4.- Un agradable río, el Hapi Nilo, con abundante y fresca agua. Pero, sin embargo un agua traidora, plena de parásitos y mosquitos transmisores de enfermedades, así como animales peligrosos como cocodrilos e hipopótamos.

5.- Animales dañinos, peligrosos y venenosos en el entorno de las ciudades y el desierto.

En Egipto había toda una serie de enfermedades locales provocadas por la existencia de microorganismos: esquistoso-miasis, tracoma, bilarziosis, etcétera, que penetraban por la piel o por el agua bebida.

La esfinge y el príncipe y otros relatos cortos egipcios 3

A ellas se unían otras bacterias que se encontraban en la arena del desierto o transmitidas por moscas (tracoma o conjuntivitis granulosa o conjuntivitis egipcia) sobre los ojos, dando lugar a la ceguera, situación muy frecuente y descrita en textos y dibujos, como eran los arpistas, que con gran frecuencia aparecen en los grabados como ciegos (posiblemente por tener ocupadas ambas manos y no poder espantar las moscas).

La esfinge y el príncipe y otros relatos cortos egipcios (Segunda Parte)

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