El Experimento Milgram

El Experimento Milgram
El Experimento Milgram.

Tras las atrocidades cometidas durante la segunda guerra mundial, no eran pocos aquellos que se preguntaban qué podía mover a seres humanos a realizar semejantes actos de brutalidad.

Stanley Milgram era uno de las personas que se hacia dichas preguntas y, por ello, diseñó un experimento para saber cuán lejos podía llegar una persona cuando una figura de autoridad le ordenaba dañar a otro ser humano: el Experimento Milgram (1)

Estudiando la obediencia a la autoridad

La situación experimental propuesta por el Experimento Milgram en el laboratorio era muy clara: en un supuesto estudio sobre la memoria al voluntario se le daba el rol de “profesor” y un cómplice del experimento tenía el rol de “alumno”.

“Profesor” y “alumno” eran dirigidos a habitaciones separadas desde donde podían comunicarse pero no verse el uno al otro. El “profesor” se sentaba delante de una maquina que emitía descargas eléctricas.

En el transcurso del experimento, cada vez que el “alumno” cometiese un error, se le ordenaba al “profesor” que administrase descargas eléctricas cada vez mayores.

Al profesor se le administraba una descarga eléctrica como ejemplo de las que supuestamente recibiría el “alumno”. Así mismo, el “alumno” se aseguraba de haber dicho en algún momento que tenía problemas del corazón.

El “profesor” recibía un listado con parejas de palabras que tenía que enseñar al “alumno”. Tras una primera lectura completa de la lista, el “profesor” decía la primera palabra de una pareja y cuatro posibles respuestas.

Si el “alumno” erraba en la respuesta, el “profesor” debía administrar una descarga con incrementos progresivos de 15 voltios por cada error. Si respondía correctamente, seguían con la lista.

En realidad, pese a que el “profesor” así lo creía, el “alumno” no recibía ninguna descarga. La máquina de descargas activaba una cinta pregrabada con los sonidos para cada nivel de descarga.

Con los aumentos de voltaje el “alumno” empezaba a dar golpes a la pared que unía ambas habitaciones y a gritar sobre sus problemas de corazón. Llegados a cierto punto, cualquier señal del “alumno” desaparecía.

Si el “profesor” quería detener el experimento antes de que el “alumno” perdiese el conocimiento, recibía unas consignas determinadas para continuar.

Si el sujeto aun quería detener el experimento tras las consignas, se detenía. Si decidía continuar, el experimento llegaba hasta que se daban tres descargas de 450 voltios (el máximo).

Resultados del Experimento Milgram

Antes de llevar a término el experimento, Milgram predijo mediante encuestas a psicólogos y psiquiatras que tan solo del orden del 3% de los participantes superarían los 300 voltios.

Sin embargo, la realidad es mucho más cruda ya que, en el primer experimento de Milgram, el 65% de los participantes administraron la descarga máxima de 450 voltios.

Todos los participantes cuestionaron en algún momento el experimento y mostraron diferentes grados de tensión y estrés (sudores, temblores, tartamudeo, etc.).

Teoría del conformismo:

Milgram postuló que cuando un sujeto no tiene ni la habilidad ni la maestría necesaria para tomar una decisión, especialmente en una situación de crisis, delegará la toma de decisiones al grupo y su jerarquía.

Teoría del estado agentico:

En palabras de Milgram: “la esencia de la obediencia consiste en el hecho que la persona se ve a si mismo como un instrumento que lleva a término los deseos de otro individuo y, por tanto, no se ven a si mismos como responsables de sus acciones.

Cuando dicho cambio de perspectiva se produce, lo que sigue son las características esenciales de la obediencia”.

A nivel ético y para que quede bien claro, en opinión del autor de estas líneas, el Experimento Milgram es una aberración ética, como muchos otros llevados a término en la segunda mitad del siglo XX ¡si, te miro a ti Zimbardo! (trataremos su experimento en una futura entrada).

Sobre la obediencia y la crueldad humana

Con todo, el Experimento Milgram alteró de forma permanente nuestra noción sobre la condición humana y sus resultados fueron recibidos con críticas y elogios a partes iguales.

En nuestro caso, no puedemos obviar las motivaciones de Milgram que dieron lugar al experimento (intentar explicar las atrocidades de la segunda guerra mundial) y recordar la excusa más común en los juicios de Núremberg: “solo cumplíamos ordenes”.

Irónicamente, este experimento prueba esa afirmación. Por mucho que nos guste pensar que pueda existir una tara en el carácter o un gen de la maldad, lo cierto es que, gente ordinaria y normal puede llegar a cometer actos de suma maldad.

La pregunta incómoda para cada uno de nosotros en este punto es: ¿somos nosotros capaces de lago semejante?

“Los que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo.”
Jorge Santayana

Sin embargo, por probada que esté la excusa “solo cumplíamos órdenes”, existe algo irrefutable: todos tenemos una responsabilidad moral sobre nuestra conducta, y absolutamente nada puede excusarla.

Es esta moralidad la que otorga esperanza ante los desalentadores resultados de Milgram.

Aunque la autoridad sea una poderosa influencia, no estamos incapacitados ante la misma. La moralidad es un aprendizaje que realizamos como especie.

Así, por el hecho de conocer las atrocidades realizadas por el régimen Nazi o por el hecho de conocer los resultados del Experimento Milgram, tenemos a nuestra disposición un mayor arsenal para elegir nuestra conducta.

Es algo sumamente básico y causal. Esto no significa que el contexto no ejerza una presión sobre el individuo, pero en última instancia, conocer las consecuencias de dicho contexto y tomar conciencia de donde están los límites al conformismo, permiten al sujeto revelarse contra la autoridad (y de esto también hay muchos ejemplos a lo largo de la historia).

La conclusión inequívoca a esto es que: solo por el hecho de aprender, estudiar y entender nuestras limitaciones presentes y pasadas (como individuos y como especie), adquirimos las herramientas necesarias para superar dichas limitaciones.

1. Milgram, S. (1963). Behavioral Study of Obedience. Journal of Abnormal and Social Psychology 67(4), 371–8. DOI:10.1037/h0040525

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