Larga vida , criogenia

Larga vida , criogeniaEl término “cryonics” (criogenia para nosotros, los hispanos) fue acuñado por primera vez por un tal Karl Werner en 1965 cuando, en compañía de Curtis Henderson y Saul Kent, fundaron la Cryonics Society of New York.

Pero el tema ya había adquirido gran popularidad a partir de 1964, fecha en que R.C.W. Ettinger había publicado el libro The prospect of immortality. Ettinger proponía que los cuerpos de personas recientemente fallecidas o, en su defecto, sus cabezas separadas del tronco fuesen congelados en nitrógeno líquido a -196 ºC con el sano propósito de conservar cerebros sanos hasta el momento en que la tecnología del futuro hubiese adquirido un nivel de desarrollo tan avanzado que permitiese devolverlos a la vida.

Así, siguiendo las directrices de Ettinger, la Cryonics Society of California comenzó a criogenizar seres humanos a finales de los años 1960, cuando el doctor James Bedford se convirtió en la primera persona en someterse al tratamiento.

Una avería eléctrica les devolvió el calorcito corporal perdido a unos cuantos cadáveres en el año 1981.

Mala propaganda para una empresa que se dedicaba a asuntos no demasiado bien vistos por una gran mayoría de la sociedad.

Una cosa era leer relatos más o menos fantasiosos como “Who goes there?” del célebre John W. Campbell, escrito en 1938, en el que se hablaba de un alienígena devuelto a la vida tras ser encontrado congelado durante miles de años en el Polo Sur y otra muy diferente era ver la imagen de tu padre, madre, amigo o vecino bien fresquito mirándote a los ojos desde el más allá.

Un inciso: posteriormente, el relato anterior sería adaptado al cine en El enigma… ¡de otro mundo! (The thing… from another world!, 1951) y, más de treinta años después, en un remake más que brillante titulado La cosa (The thing, 1982).

En 1972 se fundaron Trans Time, con sede en San Leandro, California y Alcor Life Extension en Scottsdale, Arizona.

Ésta última es en la actualidad quizá la empresa más importante del mundo en el campo de la conservación criogénica de cadáveres; eso sí, al módico y popular precio de unos 150.000 dólares como mínimo por un cuerpo completito y “tan sólo” 80.000 dólares por un cerebro.

A fecha de 30 de setiembre de 2012 Alcor contaba con 900 miembros y 94 pacientes en sus contenedores, a la espera de un mañana más prometedor.

A veces me pregunto qué pasaría si en unos años esto se pusiera de moda y el número de pacientes comenzase a incrementarse de forma alarmante. ¿Dónde almacenar tantos cadáveres?

 ¿Qué hacer con ellos? ¿Se les podría sacar alguna utilidad? Una vez más, el mundo de la ciencia ficción ha propuesto respuestas a interrogantes como éstos.

Así, Norman Spinrad, en Incordie a Jack Barron (Bug Jack Barron, 1969) utiliza la criogenia como medio de soborno y chantaje; Larry Niven, en The defenseless dead (1973) propone la idea de utilizar los restos de cadáveres criogenizados para obtener órganos de trasplante; Greg Bear, en Heads (1990) sugiere la posibilidad de extraer datos de los cerebros muertos antes de ser descongelados; por último, Charles Sheffield, en Tomorrow and tomorrow (1997) soluciona los problemas de espacio para el almacenamiento enviando los cuerpos nada menos que a Plutón.

Me imagino que los viajes espaciales estarían baratitos en esa época.

Según la información que Alcor proporciona en su propia página web, la empresa sólo actúa sobre personas legalmente fallecidas, es decir, en las que se ha detenido su corazón, nunca sobre aquéllas en las que haya tenido lugar la muerte cerebral, ya que demostrar este hecho haría perder un tiempo precioso debido a la cantidad de técnicas y procesos que hay que llevar a cabo.

Si un cerebro puede preservarse con su memoria y personalidad, cosa que está por demostrar, entonces devolver la salud a la persona congelada parece más un problema de ingeniería a largo plazo, siempre según opinión de Alcor.

Ahora bien, ¿sigue siendo la misma persona alguien que ha vuelto a la vida cientos de años después de fallecida?

 ¿Se mantienen sus recuerdos? ¿Tiene algo que ver la personalidad con estos recuerdos? ¿Dónde reside el “alma” del individuo, si es que existe?

 ¿Le importa algo de todo esto a la gente que decide someterse al tratamiento de preservación criogénica? Hasta hace bien poco se pensaba que la memoria a corto plazo depende de la actividad eléctrica cerebral.

Por el contrario, la memoria a largo plazo está basada en cambios permanentes, tanto a nivel estructural como molecular dentro del cerebro.

Sin embargo, recientemente un grupo de neurólogos, experimentando con ratas, ha conseguido eliminar recuerdos de hasta seis semanas inyectándoles en la parte del cerebro donde reside la memoria de los sabores un inhibidor de la proteína quinasa M zeta.

Al parecer, cuando se intentó reducir el apetito de una persona de 50 años de edad mediante estimulación cerebral de la zona del hipotálamo vinculada a la sensación de hambre, el individuo afirmó que había comenzado a recordar claramente sucesos acaecidos 30 años atrás.

Así pues, estamos comenzando a aprender a manipular los recuerdos y quizá esto cambie para siempre nuestra forma de percibir conceptos como “personalidad”, “alma”, etc. Bien podríamos llegar a concluir que lo que hoy en día entendemos por muerte, mañana cambie por completo.

Pero volviendo al tema, ¿cómo se lleva a cabo el proceso de "criogenización" de una persona con los medios actuales?

Justo antes de la década de 1990 se utilizaban sustancias crioprotectoras, digamos, modestas.

Con ellas se consiguió que cerebros completos recuperasen brevemente actividad eléctrica normal después de permanecer congelados a -20 ºC durante cinco días.

La sustancia crioprotectora en cuestión era el glicerol. Más tarde, en 1995, se logró preservar estructura cerebral a una temperatura tan baja como -90 ºC utilizando una solución concentrada, también de glicerol.

Sin embargo, esta concentración no era posible incrementarla arbitrariamente, ya que entonces se volvía tóxica. A partir del año 2001, Alcor comenzó a sustituir el glicerol por otras sustancias capaces de provocar la “vitrificación” del cerebro completo y desde el año 2005 emplea el M22, mucho menos tóxico.

Una sustancia crioprotectora está constituida por moléculas pequeñas que penetran fácilmente en el interior de las células, reduciendo el punto de congelación del agua.

Además del glicerol, otros crioprotectores son el etilenglicerol, el dimetil sulfóxido, la “carbonita” en la que queda criogenizado Han Solo en El imperio contraataca (Star Wars: Episode V- The empire strikes back, 1980) y el suero de súpersoldado del Capitán América, que le permitió sobrevivir durante años en un bloque de hielo, tras precipitarse al Ártico cuando, en compañía de su amigo Bucky, intentaba detener el lanzamiento de una bomba sobre Londres por parte del malvado agente nazi, el Barón Zemo I.

Rescatado por los esquimales, fue adorado como un dios durante años, hasta que Namor arrojó el bloque a las aguas del océano, donde fue hallado por Los Vengadores, quienes lo reanimaron.

El crioprotector se introduce en el torrente sanguíneo, con lo cual llega a prácticamente todas las células del cuerpo.

El proceso se lleva a cabo a 0 ºC durante horas, alcanzándose una concentración superior al 50%. La mayor dificultad reside en conseguir que la sustancia crioprotectora llegue lo más rápidamente posible a todas las células y tejidos antes de que tenga lugar la formación de cristales de hielo debido al descenso prolongado de la temperatura.

Para lograrlo, el tiempo de difusión de los crioprotectores debe ser cuanto más pequeño mejor, por lo que el glicerol no es un candidato demasiado prometedor.

Evidentemente, si el tamaño o extensión del tejido no es demasiado grande, el resultado será tanto mejor. Por ejemplo, en grupos de células de menos de 1 cm, los resultados son excelentes.

En un órgano tan grande como un cerebro o incluso en un cuerpo humano completo, la cosa cambia por completo, no pudiendo predecirse con seguridad los efectos a largo plazo.

En todo lo anterior juega un papel decisivo el proceso de “vitrificación”. A medida que la temperatura del cuerpo que se pretende preservar se va reduciendo (recordad que se conservan en nitrógeno líquido a -196 ºC), ocurre la denominada transición vítrea, en la que el crioprotector aumenta drásticamente de viscosidad, transformándose en una especie de sustancia intermedia entre un sólido y un líquido, una especie de “sólido vidrioso o vítreo” en el que quedan bloqueadas todas las moléculas en sitios más o menos fijos.

La vitrificación tiene lugar al utilizar una concentración de sustancia crioprotectora tan elevada que los cristales de hielo no llegan a formarse.

Por debajo de la temperatura de transición vítrea, el movimiento de traslación molecular cesa y la química se detiene, en cierta manera.

El reloj biológico se ha parado.

El proceso de vitrificación no presenta el problema del tamaño de las muestras criogenizadas, puede ocurrir a cualquier escala (se han logrado vitrificar riñones de conejo) y a cualquier ritmo de enfriamiento (células vivas a un ritmo de 20 ºC/min), pero siempre que se sustituya suficiente cantidad de agua de las células y tejidos por una cantidad equivalente de crioprotector.

Con las técnicas disponibles en la actualidad, la vitrificación, seguida de un retorno del metabolismo normal, solamente se consigue en tejidos pequeños como pueden ser los vasos sanguíneos; en órganos grandes se acumulan efectos tóxicos que aún no están bien comprendidos.

La vitrificación preserva la estructura del tejido, pero no la suficiente bioquímica como para devolverle su metabolismo normal.

Así y todo, con las enormes dificultades y numerosos interrogantes por contestar, algunas personas, con unos ciertos ahorros, siguen decidiendo someterse a la preservación criogénica y darse el último bañito en los fríos contenedores de Alcor Life Extension, en nuestro mundo real o acudir en nuestras peores pesadillas a L.E., tal y como hace el protagonista de la estupenda película de Alejandro Amenábar Abre los ojos; despertar al bueno de John Spartan 36 años después de ser criogenizado para acabar con el malvado Simon Phoenix en Demolition man (Demolition man, 1993); o tener una aventura con Mel Gibson en Eternamente joven (Forever young, 1992).

Al fin y al cabo, ¿no resultaría mucho más económico quedar atrapado en un bloque de hielo, como el Capitán América, o la masa gelatinosa e informe de The blob (The blob, 1958, 1988), o la terrible criatura de El monstruo de tiempos remotos (The beast from 20.000 fathoms, 1953)?

Mientras todas las pegas anteriores no queden definitivamente resueltas, no nos quedará más remedio que seguir, o bien disfrutando del cine y la literatura de ciencia ficción, o bien confiar en las predicciones de K. Eric Drexler, Ralph Merkle y otros, quienes allá por 1987 especularon con la posibilidad de que el uso de la nanotecnología molecular (término sugerido por Richard Feynman en 1959) podría proporcionar medios para reparar y proteger los cuerpos de los riesgos potenciales durante los procesos de criogenización y posterior reanimación.

Hasta entonces, permitanme que permanezca en una placentera animación suspendida.

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