En el espacio ¿alguien puede oír tus gritos?

Antenas y espacio
El cine de ciencia ficción siempre ha tratado el tema del contacto con civilizaciones extraterrestres desde diferentes puntos de vista, con más o menos acierto, desde una perspectiva más o menos especulativa y ateniéndose mejor o peor a los conocimientos científicos de la época.

Durante la década dorada de los años 1950, los alienígenas solían ser malvados, belicosos e invasores.

Los científicos siempre pensaban bien y deseaban comunicarse con ellos a toda costa; los militares representaban el polo opuesto, siempre desconfiados, temerosos y dispuestos a luchar desde el principio.

A esta época pertenecen clásicos imperecederos como El enigma… ¡de otro mundo! (The Thing… from Another World!, 1951), Los invasores de Marte (Invaders from Mars, 1953), Vinieron del espacio (It came from outer space, 1953), Los invasores de otros mundos (Target Earth, 1954) o Regreso a la Tierra (This Island Earth, 1955).

En el extremo contrario, el de los extraterrestres con buenas intenciones, destacan dos de mis favoritas: El ser del planeta X (The Man from Planet X, 1951) y Ultimátum a la Tierra (The Day the Earth Stood Still, 1951).

Sin embargo, los precedentes sobre el primer contacto con otros seres allende nuestro planeta son bastante anteriores, remontándose incluso hasta el siglo XVII con el “Somnium”, del mismísimo Johannes Kepler o con los trabajos de Camille Flammarion en la segunda mitad del siglo XIX.

Pero a buen seguro que nuestro primer recuerdo sobre alienígenas proviene del clásico de H.G. Wells “La guerra de los mundos”, publicada en 1898 y, posteriormente, llevada al cine en 1953 por Byron Haskin y en 2005 por Steven Spielberg, respectivamente.

En la ecuación de Drake que vimos en el post anterior, la estimación del número de civilizaciones comunicativas en nuestro entorno galáctico se puede calcular como un producto de siete cantidades, cuatro de las cuales se expresan en forma de porcentaje. Y esto acarrea un problema, según la opinión del profesor Lawrence Krauss, autor del maravilloso libro Beyond Star Trek.

En él explica cómo a través de una conversación con el mismo Frank Drake durante un congreso, le expresó su opinión sobre la peculiar forma de proceder que implicaba la ecuación de Drake.

En efecto, razonaba Krauss, si pretendemos calcular la probabilidad de un suceso bastante improbable, es decir, con una probabilidad de ocurrencia muy pequeña y ésta se calcula, a su vez, mediante el producto de otras cantidades asimismo muy pequeñas, el resultado puede ser bastante engañoso, pues puede que no sepamos la dependencia entre dichos sucesos más simples en que hemos descompuesto el suceso original.

Os pondré un ejemplo del mismo estilo del que propone Krauss, pero con mi propio aderezo.

¿Cuál es la probabilidad de que me encuentre hoy mismo a las 11:30 con la mujer de mi vida en la cafetería que hay frente a mi despacho en la facultad? Evidentemente, todos coincidiréis conmigo en que este suceso es altamente improbable.

Pero descomponiéndolo en otros sucesos más simples, la cosa aún puede ser peor. Para que tenga lugar tan maravilloso acontecimiento (sobre todo, para mí) tienen que acontecer antes otras cosas.

Previamente, tengo que encontrarme yo mismo frente a la cafetería, lo cual requiere que esta mañana me haya levantado de la cama antes de las 11:30, tengo que haber llegado a mi puesto de trabajo sin percance alguno, tengo que salir de mi despacho antes de la hora prefijada para el encuentro, tiene que estar la mujer de mi vida en la cafetería (esto también requiere que ella se haya levantado, se haya dirigido hacia allí, etcétera), yo tengo que verla, me tiene que gustar, etc, etc.

Cada uno de estos sucesos puede tener una probabilidad arbitrariamente pequeña y, por tanto, el producto de todas ellas aún será mucho más pequeño.

Les planteo ahora otra pregunta. ¿Cuál es la probabilidad de que yo posea un Ferrari exclusivo? Si tengo en cuenta mi mísero sueldo de profesor universitario, con toda seguridad, todos podréis responder sin dificultad a la cuestión. Será un número pequeñísimo.

Por otro lado, ¿cuál es la probabilidad de que mi boleto de lotería primitiva resulte agraciado en el próximo sorteo? La respuesta es obvia.

En cambio, si os planteo la siguiente cuestión: ¿cuál es la probabilidad de que yo posea un Ferrari exclusivo si me toca la lotería en el próximo sorteo?

¿Qué me diréis? Prácticamente, coincidiréis conmigo en que ahora las cosas han cambiado bastante, es decir, aunque la probabilidad de ocurrencia de cada uno de los dos sucesos anteriores es muy pequeña, cuando se da uno de ellos, el otro se convierte automáticamente en altamente probable, ya que en este caso la probabilidad no se calcula como el producto de las probabilidades.

Esto es lo que los matemáticos llaman probabilidad condicionada y era el meollo del asunto que discutían Krauss y Drake en referencia a la forma que tenemos de evaluar las distintas proporciones que aparecen en la ecuación de Drake.

¿No podría darse el caso de que estuviésemos procediendo de forma incorrecta a la hora de estimar el número de civilizaciones extraterrestres comunicativas presentes en nuestra galaxia?

 ¿Es igualmente probable que se desarrolle la vida inteligente en un planeta rocoso como la Tierra, perteneciente a un sistema solar que, al mismo tiempo alberga un gigante como Júpiter que en un sistema solar en el que no lo haya?

Las simulaciones llevadas a cabo mediante ordenador parecen dar una respuesta bastante clara al respecto.

Efectivamente, la presencia de planetas grandes del tipo de Júpiter hacen que el impacto de meteoritos sobre otros planetas más pequeños, como la Tierra, tenga una incidencia mucho menor, lo cual evitaría extinciones masivas demasiado frecuentes como para impedir el desarrollo de formas de vida complejas, inteligentes y con capacidad comunicativa con el espacio exterior.

¿Entonces en qué quedamos, es grande, como la estimación de Drake en 2004, o es pequeño, como propuso en 1961, el número de civilizaciones avanzadas con capacidad de comunicarse en nuestra galaxia?

En cualquier caso, hasta la fecha, la triste realidad es que no tenemos constancia de habernos encontrado con ninguna de ellas.

Y digo triste sin mucha seguridad porque aunque muchos de vosotros podáis pensar que entrar en contacto con una raza alienígena sería el acontecimiento más grande de la historia, también estoy seguro de que muchas otras personas creerían todo lo contrario.

Si no, fijaos en algunas de las escenas que aparecen en la película Contact (Contact, 1997), cuando se monta una especie de feria estrambótica alrededor de las instalaciones donde se está construyendo la gigantesca nave “agujero de gusano” que servirá para que los terrícolas visiten la estrella Vega y la civilización alienígena que parece habitar en sus proximidades.

Sea como sea y para no extenderme demasiado, un hecho está claro. Al parecer, la paradoja de Fermi sigue ahí, sin respuesta.

Algunos de vosotros, en vuestros sabios comentarios, habéis indicado soluciones más o menos ingeniosas. Si os interesa el tema, podéis leer el libro que os propuse en la entrada anterior, “Where is everybody?”, por Stephen Webb.

En él, se recogen 50 posibles respuestas a la aparente ausencia del “primer contacto” con otra civilización no terrestre. El autor las ha ido reuniendo a lo largo del tiempo y las ha clasificado en tres categorías globales:

1. Están aquí.
2. Existen, pero aún no se han comunicado.
3. No existen.

Dentro de la primera categoría, se pueden encontrar algunas como la de que los alienígenas se mezclan en los asuntos humanos, como puede ser el caso de nuestro amigo Superman, o los peculiares protagonistas de Alien nación (Alien Nation, 1988) o Están vivos (They Live, 1988); puede que hayan estado aquí en la Tierra y que hubiesen dejado evidencias de su presencia, como se puede ver en

El pueblo de los malditos (The Village of the Damned, 1960 y 1995), 2001: una odisea del espacio (2001: A Space Odissey, 1968) o en La guerra de los mundos (The War of the Worlds, 2005); o quizá seamos nosotros mismos los extraterrestres, tal y como sugiere la teoría de la panspermia.

En cuanto a algunas de las potenciales soluciones a la paradoja de Fermi incluidas en la segunda de las categorías anteriores, se citan las enormes distancias a las que se encuentran las estrellas y sus señales aún no han tenido tiempo de alcanzarnos; o quizá no sepamos cómo escucharlos, en qué frecuencia del espectro electromagnético hacerlo.

Un buen ejemplo se encuentra en la película Solaris, tanto en su versión rusa de 1972 como en la hollywoodiense de 2002, ambas basadas en la novela homónima de Stanislaw Lem y en la que se cuenta la relación entre los humanos y una inteligencia diferente, la de un planeta sensible.

Igualmente, quizá sea posible que la señal que buscamos ya se encuentre presente en los datos que recibimos del espacio exterior y, sin embargo, no seamos capaces de descifrarla; o que no hayamos escuchado lo suficiente; o que todos seamos tan cerrados en una idea fija errónea y que solamente estemos escuchando, pero nadie esté transmitiendo.

Puede que no quieran comunicarse o, peor, aún, que sus matemáticas sean diferentes y no seamos capaces de reconocer la señal.

 ¿Y si están en algún sitio, pero resulta que el universo es un lugar mucho más extraño de lo que pensamos, como en Star Wars y Star Trek ? ¿Podrían estar ocultos en otra dimensión, en el hiperespacio, o en el Nexus?

Finalmente, dentro de la tercera categoría, podemos encontrar respuestas tan razonables como la de suponer que la vida puede haber surgido tan sólo recientemente, o que seamos los primeros en haber adquirido el nivel tecnológico como para habernos comunicado.

De cualquier manera, la misma pregunta que se hizo Enrico Fermi más de 50 años atrás, permanece en el aire y sin una respuesta contundente.

Y es esta duda la que nos empuja un día tras otro a seguir atentos, a continuar escuchando…

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