El cerebro humano ético

El cerebro humano ético
Nuestros lectores habituales conocen que uno de mis temas favoritos es el estudio científico del propio ser humano.

Lo que nos hace humanos, o muchas veces inhumanos, parece algo intangible, fuera del mundo material.

Sin embargo, es también objeto de estudio científico.

Entre los temas más debatidos se encuentra cuál es la razón de nuestra capacidad para tomar decisiones éticas, es decir, tomar decisiones no en nuestro propio beneficio sino en el mayor beneficio posible para los demás.

Dentro de este tipo de decisiones se encuentran aquellas que plantean un conflicto, como los casos, terribles, que a veces suceden en las guerras o tras las catástrofes naturales, de permitir o incluso causar la muerte de alguien para salvar la vida de un número mayor de personas.

Desde la antigüedad, los filósofos y religiosos han atribuido esta capacidad del ser humano al aprendizaje de los principios éticos durante la infancia y al uso del razonamiento lógico consciente.

Esta postura mantiene, pues, que sin aprendizaje y sin uso de razón no podríamos tomar decisiones éticamente correctas.

Sin embargo, más recientemente, se ha ido acumulando evidencia clínica, psicológica, y la recogida en análisis funcionales del cerebro, que apoya la idea de que las emociones ejercen un efecto muy importante en la toma de decisiones éticas.

Es decir, según esta idea, al menos en parte, tomar buenas o malas decisiones éticas; en suma, actuar bien o mal, dependería también de nuestra capacidad emocional.

Para intentar confirmar o refutar esta hipótesis, un grupo de investigadores dirigidos por el Dr. Antonio Damasio, premio Príncipe de Asturias de Investigación 2005, ha estudiado la toma de decisiones éticas en un grupo de pacientes con lesiones, aparecidas en la edad adulta por infarto cerebral o extirpación de un tumor, en la región del cerebro llamada córtex prefrontal ventromedial (CPVM), que se sitúa inmediatamente detrás de nuestra frente.

Los resultados de estos estudios han sido publicados en el número de la semana pasada de la revista Nature.

Existen sólidas pruebas de que las neuronas de esa región del cerebro codifican el valor emocional de los estímulos, sobre todo de los estímulos sociales.

Personas con lesiones en dicha región muestran una disminución de emociones sociales tales como la vergüenza y la culpa, las cuales, como sabemos todos, están asociadas con valores morales.

Sin embargo, a pesar de estas deficiencias, sus capacidades de razonamiento lógico, su inteligencia general y su conocimiento de las reglas de comportamiento ético no se encuentran afectados.

El equipo del doctor Damasio sometió a un grupo de pacientes con lesiones en el CPVM, a otro grupo con lesiones en otras zonas del cerebro y a un tercer grupo de personas normales que servían de comparación (controles sanos) a varias pruebas conflictivas de toma de decisiones éticas.

Como ejemplo me permito recordarle a continuación uno de los dilemas morales más conocidos de este tipo.

Paseando una buena mañana por las afueras de su pueblo, llega usted a un punto de bifurcación de una vía de tren.

Para su horror y sorpresa se encuentra con cinco personas atadas sobre la vía en una de las ramas de la vía y con otra persona atada sobre la otra.

Al verle, todas gritan y le piden ayuda. Cuando se dispone a desatar a la primera, se horroriza más aún al ver que un tren se aproxima a toda velocidad.

No hay tiempo de desatar a nadie. Se da cuenta, además, de que si no hace nada el tren matará en su trayectoria a las cinco personas atadas sobre la vía.

Sin embargo, si usted acciona la palanca del cambio de agujas, el tren se desviará y matará solo a la única persona atada sobre la otra rama de la vía.

¿Accionará usted esa palanca?

Supongamos ahora un escenario ligeramente diferente.

Llega usted a un puente bajo el cual pasa la vía del tren.

Igualmente, ve a cinco personas atadas sobre la vía a las que el tren, que se ya aproxima a toda velocidad, va a matar sin remedio… a menos que empuje usted a una persona que se encuentra también sobre el puente para que caiga sobre la vía y haga frenar al tren, lo que salvará a las cinco personas.

¿Empujará usted a esa persona?

Si es usted una persona cerebréticamente sana, habrá respondido que accionará la palanca en el primer caso, pero que no empujará a la persona del puente en el segundo.

Al menos, eso respondieron las personas normales y los pacientes con lesiones cerebrales en regiones diferentes del CPVM.

Al parecer, en el caso del puente, el hecho de ser el agente causante directo de la muerte de una persona, aunque con ello salvemos a cinco seres humanos, es emocionalmente demasiado duro, y eso nos impide hacerlo.

Por otra parte, en el caso de la vía, a pesar de que actuando la palanca también debe morir una persona para salvar a cinco, no nos consideramos agentes directos de su muerte.

Al fin y al cabo no hemos sido nosotros quienes la hemos atado allí.

Si son realmente las emociones las que nos hacen actuar de manera distinta en ambos casos, entonces es de esperar que los pacientes con lesiones en el CPVM actuarán de manera diferente, al carecer de emociones sociales.

Esto es, exactamente, lo que sucede.

Estos pacientes no tuvieron ningún problema en empujar, imaginariamente, por supuesto, a la persona del puente para salvar a las otras cinco.

Ellos aplicaron la fría lógica de las simples matemáticas, los demás no pudieron hacerlo.

Estos resultados indican que las emociones desempeñan un papel muy importante en la toma de decisiones de índole moral, fundamentales para la vida en sociedad.

Como las emociones poseen una base biológica, esto indica, además, que nuestro comportamiento moral está en parte biológicamente determinado.

No necesitamos imperiosamente de reglas aprendidas para convertirnos en seres morales.

Lo somos por naturaleza, como resultado de nuestra evolución en grupos de individuos que necesitan la cooperación para sobrevivir.

Las emociones suscitadas por la pertenencia a un grupo, los sentimientos de culpa y vergüenza, ayudan a potenciar esa cooperación ética con los demás, por eso nuestra evolución los ha mantenido y codificado en nuestro cerebro.


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Publicado por Jorge Laborda en Quilo de Ciencia
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