Chihuahua o Gran Danés

Chihuahua o Gran Danés
Por televisión es por donde se suelen ver las cosas más curiosas e improbables estos días, desde debates políticos razonables (raza vez) a concursos genéticos por la paternidad de una niña heredera de una famosa “cazadora de hombres”.

Una vez hasta vi una carrera organizada entre un caballo y un galgo.

Para darle más emoción, se nos incitó a los telespectadores a que apostáramos por un ganador.

Y bien -me dije utilizando el mejor razonamiento científico de que fui capaz-, el caballo ha evolucionado durante millones de años para escapar de sus predadores, y el galgo ha sido seleccionado por el ser humano a partir del lobo hace solo quince mil años.

No hay duda de que el caballo lleva las de ganar.

El caballo perdió, y por bastante distancia.

Asombroso -me dije. De un lobo que no ganaría en velocidad a un caballo ni con cuatro patas más, mediante selección artificial, hemos conseguido un animal más rápido que él, aunque sigue teniendo cuatro patas. El potencial evolutivo de las especies era mucho mayor de lo que pensaba.

Sin embargo, a pesar de las enormes diferencias entre las más de cuatrocientas razas de perros y el lobo, el perro no es una especie diferente del lobo, sino que constituye una subespecie de ese animal.

Lobos y perros pueden cruzarse y su descendencia no es estéril, como la del burro y el caballo, por ejemplo, que originan el mulo, incapaz de reproducirse.

La capacidad de reproducción de la descendencia cruzada entre lobos y perros es una indicación bastante sólida de que, en realidad, ambos pertenecen a la misma especie, por más que la morfología de las razas de perros pueda ser tan distinta como la de un Buldog y un Galgo y la talla tan diferente como la de un Chihuahua y un Gran Danés.

En la edad de la genómica, tanta diversidad en el marco de tanta igualdad genética, proporcionan un campo de estudio fascinante para entender cómo los genes producen los rasgos que caracterizan a las diferentes razas de perros.

Hace unos años, un grupo de investigadores estudiaron la base genética de las diferentes razas de perros y comprobaron que éstas son verdaderamente razas genéticas y no sólo razas artificiales que nos hubiéramos podido inventar en base a la forma, tamaño, o incluso color del pelaje de los perros, como lo hemos hecho en el caso humano.

Es decir, las razas de perros no son variantes debidas a cambios genéticos puntuales.

Basados en los marcadores genéticos que los científicos seleccionaron, se puede determinar a qué raza pertenece un perro determinado analizando solo su genoma (y sin ver su foto, claro está) con una exactitud del 99%.

Estos estudios no carecen de interés biosanitario, ya que durante la selección y generación de las razas caninas, se han ido también seleccionando enfermedades genéticas asociadas con ellas.

Los perros sufren de unas trescientas cincuenta enfermedades genéticas diferentes, muchas de las cuales las sufrimos también los humanos.

Por ejemplo, algunas razas muestran predisposición genética a la sordera, y otras a desarrollar leucemias.

Por consiguiente, del estudio de las diferencias genéticas entre las razas de perros pueden surgir descubrimientos sobre los genes responsables de estas enfermedades, lo que permitirá el desarrollo de estrategias terapéuticas para tratarlas.

Pero no solo es interesante el estudio de las enfermedades genéticas, sino también el estudio de otros rasgos que pueden estar asociados a problemas de salud, sin por ello ser causa directa de enfermedad o malformación.

Uno de estos rasgos, por lo que supone para el crecimiento, la tendencia a la obesidad o a problemas óseos, es la talla.

Debido a la selección artificial a la que hemos sometido al lobo y que ha originado al perro, no solo éste posee las diferencias de velocidad punta más amplias entre todos los mamíferos (comparemos, por ejemplo, lo que corre un galgo con lo que corre un San Bernardo) sino que también posee la mayor diferencia entre sus tamaños extremos (comparemos si no las dos razas mencionadas en el título de este artículo).

Las diferentes tallas de las razas de perros se han seleccionado con distintos criterios de utilidad, desde conseguir animales guardianes más grandes y fuertes a conseguir animales fáciles de transportar y que no resulte muy costoso alimentar.

¿Cuál es la base genética de esta tan amplia gama de tallas perrunas?

Investigadores del Instituto Nacional de Investigación Genómica Humana, localizado en el campus de los Institutos Nacionales de la salud en Bethesda, Maryland, EE.UU, se propusieron responder a esta pregunta.

Para ello, estudiaron las diferencias genéticas entre animales grandes y pequeños de una misma raza de perro con amplia variación en su talla: el caniche portugués.

Estudiando animales de esta raza de 11 a 34 kilos de peso, encontraron una región en su genoma de quince millones de “letras” que podía contener al menos un gen responsable de la variación en su tamaño. La secuenciación de esas quince millones de “letras” del ADN de cuatro caniches grandes, de cuatro pequeños y de otros nueve perros de otras razas, indicó que entre ellos había 302 “letras” diferentes.

Nada más. El resto de las de “letras”, 14.999.698 para ser precisos, eran idénticas.

Una vez determinadas estas diferencias, los investigadores estudiaron cuáles de ellas se encontraban repetidas en el genoma de nada menos que 463 caniches portugueses de distintas tallas.

Así encontraron al gen culpable, del que seguramente ya sospechaban, porque se trataba del gen del factor de crecimiento insulínico 1, más conocido en círculos científicos por sus siglas IGF1.

Una vez identificado, los investigadores pasaron a estudiar cómo difería el gen del IGF1 entre las distintas razas de perros grandes y pequeños.

Encontraron así que una “letra” particular de ese gen siempre era la misma en perros pequeños, y diferente de la encontrada en los genomas de los grandes. Como todos sabemos, una letra diferente causa a su vez una ligera diferencia en la proteína producida por el gen, que la hace funcionar mejor o peor, según los casos.

En este caso, la proteína producida por los perros de menor talla no es tan eficaz para inducir el crecimiento como la de los perros grandes.

Al margen de la fascinante revelación científica que supone que una simple letra en un gen pueda tener tan enormes consecuencias para la talla de los individuos de una misma especie, y de las posibilidad ahora abierta de estudiar si algo similar sucede con el gen IGF1 de los seres humanos, este descubrimiento abre la puerta a la generación, mediante las apropiadas técnicas biotecnológicas, de Gran Daneses bonsai y de Chihuahuas gigantes.

A lo mejor un día alguien organiza una carrera entre ellos por televisión.

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Publicado por Jorge Laborda en Quilo de Ciencia
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