Descubrimiento sobre la leche

Un descubrimiento de la leche
Si es usted una persona como la mayoría, probablemente, para desayunar, se introduce entre pecho y espalda todas las mañanas un buen tazón de café con leche.
Quizá incluso coma un yogur, o queso fresco. Todo normal, muy cotidiano.

Y sin embargo…

No sé si se ha parado usted a pensar que la leche y sus derivados son alimentos para chiquillos. Ningún otro mamífero adulto, evidentemente menos aún las aves o los reptiles, toma leche.

De hecho, los mamíferos adultos no toleran la leche, son incapaces de digerirla adecuadamente y si la beben sufren problemas digestivos que, si no son del todo graves, sí son incómodos, olorosos y de líquidas y pardas consecuencias.
Esto no parece sucedernos a nosotros, los humanos.

¿Es así? ¿Por qué?
Y bien, no es exactamente así. Solo los humanos adultos de ciertas regiones del planeta toleran la leche, en particular los originarios de Europa Central y del Norte, y también de África Central.

Sin embargo, los orientales, Chinos, Coreanos y Japoneses, entre otros, muestran una intolerancia a la leche y ésta no forma parte de su dieta prácticamente en ninguna de sus elaboradas formas.

¿A qué se debe esta intolerancia a la leche?

Para digerir la leche adecuadamente es necesario digerir sus componentes.

En particular, es necesario digerir la lactosa, el azúcar más común de la leche.

La lactosa se parece al azúcar de mesa, la sacarosa.

Es, como ésta, un disacárido, es decir, un azúcar formado por la unión de dos monosacáridos.

El azúcar de mesa está formado por la unión de glucosa y fructosa, mientras que la lactosa está formada por la unión de galactosa y glucosa.

Para ser digeridos y absorbidos correctamente en el intestino, los disacáridos necesitan ser separados en sus monosacáridos correspondientes.

Esto se lleva a cabo en el aparato digestivo mediante el concurso de enzimas digestivos específicos.

En el caso de la sacarosa, es el enzima maltasa la que va a actuar. En el caso de la lactosa, es el enzima lactasa la que actúa.

Los enzimas digestivos son proteínas, y como todas las proteínas están producidas por la acción de genes concretos.

Pero, a lo largo de los cientos de millones de años de evolución, los animales han aprendido a no tener en funcionamiento más que los genes que necesitan en un momento dado de sus vidas, y a “apagar” aquellos que no son necesarios.

En el caso del gen de la lactasa, los mamíferos lo “apagan” cuando la leche deja de ser su alimento, es decir, cuando pasan a comer una dieta adulta.

En el caso de los humanos intolerantes a la leche, el gen de la lactasa deja de funcionar a la edad de cuatro años, más o menos. Sin embargo, como ya he dicho, esto no sucede en todos los individuos de nuestra especie.

Muchos de nosotros nos beneficiamos de una mutación en este gen que consigue que no se “apague” y continúe funcionando durante toda la vida.

Los científicos interesados en la evolución humana, tanto biológica como cultural, han intentado establecer cuándo apareció esta mutación en el gen de la lactasa, ya que suponen que su aparición pudo estar ligada al desarrollo de la ganadería.

Algunos estudios argumentan que la mutación apareció en lo que es hoy Suecia, hace unos seis mil años. Otros concluyen que la mutación apareció en el Oriente Medio unos quinientos años antes.

En cualquier caso, el consenso es que la mutación es extremadamente reciente en términos evolutivos.
Pero apareciera cuando apareciera, la pregunta que no parece posible responder es: ¿qué fue antes?, ¿el huevo o la gallina? Perdón, ¿la leche o la vaca?

Es decir, no tenemos datos sobre si la mutación apareció primero y como consecuencia de permitir así el consumo de leche a los adultos, algún genio mutante inventó la ganadería de vacuno, o si por el contrario, algún genio no mutante inventó la ganadería de vacuno y eso fue lo que propició que aquellos que tenían la mutación la expandieran en la población, por las ventajas que confería.
 
Para intentar averiguar el orden de los acontecimientos, Joachim Burger de la Universidad de Mainz, Alemania, y Mark Thomas de la University College de Londres, decidieron estudiar el ADN de esqueletos de hace entre 3,800 y 6,000 años, descubiertos en yacimientos arqueológicos de Alemania, Hungría, Polonia y Lituania.

Estos investigadores y sus equipos perforaron dientes y huesos de esos esqueletos en busca del ADN de su interior, que suponían estaría algo protegido de los efectos del tiempo.

Una vez extraído analizaron la presencia de mutaciones en el gen de la lactasa que permitieran su funcionamiento continuado.

Sin embargo, no encontraron evidencia alguna de dicha mutación en esos restos, lo que publican en el último número de la revista Proceedings of the National Academy of Sciences estadounidense.

¿Qué quiere decir esto? Estos investigadores concluyen que sus datos concuerdan con la hipótesis hoy aceptada por la mayoría de los científicos, y que mantiene que la mutación no existía antes de la invención de la ganadería.

Una vez inventada ésta, la mutación confirió tal ventaja a quienes la poseían, permitiéndoles beber leche toda su vida, un alimento muy nutritivo y también libre de parásitos, que esta mutación se expandió rápidamente por la población.

Otros científicos indican, sin embargo, que estos datos no son concluyentes, ya que hace falta analizar el ADN de muchos más esqueletos para estar seguros.

No obstante, es formidable que las modernas técnicas de biología molecular permitan aislar y analizar ADN de esqueletos de seis mil años de antigüedad en busca de mutaciones que pudieron afectar de manera importante a la evolución humana.

Queda ahora por averiguar por qué otras poblaciones de nuestra especie no poseen esta mutación.

Sin embargo, es posible especular que la mutación fue ventajosa en solo algunas poblaciones y durante algún periodo particularmente duro para su supervivencia, lo que tuvo como consecuencia que mayoritariamente sobrevivieran solo aquellos que toleraban la leche y transmitieran así esta ventajosa mutación a su descendencia.

En cambio, en otras poblaciones en las que la tolerancia a la leche no fue tan determinante para su supervivencia, la mutación no se expandió, como no se expande en la actualidad, ya que es claro que, hoy, la mutación no confiere una gran ventaja de supervivencia, a menos que seas francés y tengas, por tanto, la obligación de comer queso.

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Publicado por Jorge Laborda en Quilo de Ciencia 
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