Inteligencia y habilidades

Inteligencia y habilidades
Una de nuestras características como seres humanos es que nos creemos más listos de la media e incluso, que casi todos los demás.

Evidentemente, alguien debe estar equivocado.

No todo el mundo puede ser más listo que todo el mundo.

Igual de listo sí, pero no más.

En cualquier caso, estemos equivocados o no, cada uno de nosotros tiene una idea de lo listo o tonto que es.

Es decir, todos tenemos una hipótesis sobre la calidad y cantidad de nuestra propia inteligencia y de nuestras habilidades.

Creemos saber lo que podemos o no podemos comprender o hacer. De lo acertada que sea esta hipótesis depende en buena medida que tomemos decisiones adecuadas sobre si debemos o no atrevernos a realizar ciertas tareas o a enfrentarnos con determinados desafíos personales o profesionales.

Conocer lo que conocemos o de lo que somos capaces se llama metaconocimiento.

Al igual que la metafísica es una disciplina “más allá” de la física, el metaconocimiento es una habilidad que va más allá del mero conocimiento sobre el mundo, y se refiere a lo que conocemos sobre nosotros mismos.

Tradicionalmente se ha supuesto que solo el ser humano era capaz de esta proeza intelectual.

Sin embargo algunos experimentos recientes han demostrado que los primates, de los que hablaba la semana pasada en estas páginas, también poseen la capacidad del metaconocimiento, es decir, de saber lo listos o tontos que son.

Pero no solo los primates son capaces de tener ideas sobre sí mismos y sus capacidades intelectuales.

Sorprendentemente, las ratas, esos simpáticos animales de alcantarilla y laboratorio sin los cuales no podríamos disfrutar de muchísimos medicamentos y tratamientos médicos, son también lo suficientemente listas como para saber lo listas que son.

Es lo que han demostrado un grupo de investigadores de la Universidad de Georgia, en los Estados Unidos.

Evidentemente, no podemos preguntarle a un mono, o a una rata, si creen que son lo suficientemente listos como para resolver un puzzle o encontrar comida en un laberinto, y luego comprobar si tienen o no razón haciendo que intenten resolver el problema.

¿Cómo podemos averiguar lo que una rata sabe sobre sí misma, si acaso sabe algo, si la rata no nos lo puede decir?

Está claro que hay que ser muy listo para averiguarlo.

Los científicos también se creen muy listos, y algunas veces, hasta lo son.

En esta ocasión, los científicos han demostrado ser, al menos, tan listos como las ratas objeto de estudio, lo que no es, ni mucho menos, siempre el caso.

Lo sé de buena fuente.

Para averiguar lo que una rata sabe sobre sí misma, los investigadores han utilizado un ingenioso proceso, mucha paciencia y, sobre todo, el método científico.

Para comenzar, se hace que los animales se familiaricen con la ejecución de una prueba.

En este caso, se trata de discriminar si un pitido es largo o corto. Para ello se coloca a la rata en una jaula con dos palancas, una a cada lado. Una representa el pitido largo (de 4,4 a 8 segundos) y la otra, el corto (de 2 a 3,6 segundos).

Al ser expuestas a pitidos de diversas duraciones las ratas van aprendiendo que misteriosas bolitas de delicioso alimento surgen por un agujero al pulsar la palanca adecuada.

Pronto aprenden a pulsar la palanca que corresponde al tipo de pitido que se les hace oír.

Al principio se comienza con sonidos fáciles de distinguir.

Por ejemplo un pitido de 2 y otro de 8 segundos. Cuando han aprendido que uno es corto y el otro largo, poco a poco se les hace oír sonidos cortos un poco más largos (por ejemplo, 3 segundos) y sonidos largos cada vez más cortos (por ejemplo, 6 segundos).

La prueba se hace así más difícil. Al final se emplean pitidos cortos y largos de duración similar, que son muy difíciles de discernir por los animales, aunque, como es natural, hay animales más hábiles que otros para lograrlo.

En este periodo de aprendizaje, las ratas aprenden pues a pulsar la palanca adecuada al oír pitidos largos o cortos, pero quizá también aprendan lo hábil que cada una es en distinguir esos dos tipos de pitidos.

¿Cómo podemos ahora averiguar si han aprendido precisamente eso?

Y bien, con otro tipo de prueba, muy ingeniosa.

Una vez familiarizadas con los pitidos, se enseña a las ratas que ahora deben elegir si desean o no pasar la prueba de los pitidos.

Para ello se les expone a los dos pitidos cuya duración deben discriminar y se les enseña que ahora deben introducir su hocico en uno de dos agujeros diferentes.

Uno significa “quiero pasar la prueba” y otro significa “no quiero pasar la prueba”. Si deciden pasarla y lo hacen bien, reciben una gran recompensa, pero si lo hacen mal no reciben nada.

Por otra parte, si deciden rehusar la prueba, reciben siempre una pequeña recompensa.

Así pues, ahora los animales deben evaluar la probabilidad que tendrán de pasar la prueba con éxito (y recibir una recompensa grande) contra la opción de rehusar la prueba y de recibir una segura, pero menor, recompensa.

Por supuesto si una rata se cree muy lista, elegirá pasar la prueba, pero si no se cree capaz de pasarla, entonces rehusará hacerlo para conseguir de todos modos una recompensa.

Muy bien pero ¿cómo sabemos con esta prueba que las ratas saben lo listas que son? Hay dos evidencias que así lo demuestran.

En primer lugar, los investigadores observaron que cuanto más difícil era la prueba, es decir, cuanta más cercana era la duración de los pitidos, menos ratas optaban por intentar pasarla.

En segundo lugar, el porcentaje de ratas que pasaban la prueba con éxito disminuía con la dificultad de la misma, pero lo hacía mucho más en las ratas a las que se forzaba a pasarla, aunque fuera dificultosa, que en aquellas que podían elegir pasarla o no.

Es decir, las ratas que elegían pasar la prueba sabían que podían pasarla, a pesar de su dificultad, y muchas veces estaban en lo cierto. Conocían sus capacidades.

“Conócete a ti mismo”, decían los antiguos y grandes filósofos griegos.

Algunos incluso piensan que en este pensamiento comienza la propia filosofía, la propia moralidad, el conocimiento mismo del bien y el mal. La ciencia ahora nos demuestra que hasta las ratas pueden hacerlo.

¡Cuanto no más el ser humano!, el cual, bien al contrario, lamentablemente a menudo se esfuerza, con drogas, alcohol, telebasura y fútbol, entre otras lindezas de nuestra “cultura”, en ignorarse a sí mismo.

Publicado por Jorge Laborda en Quilo de Ciencia
Creative Commons. Gracias por visitarnos y compartir en su red social favorita.