Canal hacia el sindolor

Canal hacia el sindolor
Si debiera elegir el sentimiento que ha desempeñado el papel más importante en la historia de la Humanidad, no elegiría el amor, sino el dolor.

¿Cómo hubiera podido Cristo redimirnos del pecado y fundar el cristianismo si no hubiera tenido la capacidad de sentir dolor?

¿Se habría acaso inventado la tortura si no pudiéramos sentir dolor?

¿Tendría sentido la guerra sin dolor?

El dolor físico, que es el tipo de dolor del que voy a hablar aquí, consiste en una clase de sensaciones desagradables que pueden clasificarse desde sensaciones mortecinas a sensaciones de lo más agudas e insoportables.

Además, al margen de su intensidad, no todos los dolores son de igual calidad, y no duele lo mismo una quemadura, o un arañazo, que cogerse los dedos con la puerta del patio, o recibir una patada en la parte del cuerpo de su elección, delantera o trasera.

Seguramente, a estas alturas, todos poseemos experiencia más que suficiente para que nos hayamos hecho una idea precisa sobre el sentimiento del dolor.

Puede que nos muramos sin haber podido experimentar el placentero sabor del verdadero caviar, que yo solo imagino, pero nadie muere sin haber experimentado dolor de una clase u otra.

¿Nadie? Veamos.

Existen terminaciones nerviosas especializadas en captar estímulos nocivos y enviar impulsos al cerebro. Estos impulsos son enviados a través de la médula espinal, y recibidos por la región del cerebro denominada tálamo.

Desde el tálamo, la señal viaja a la corteza somatosensorial, la zona de la corteza cerebral que posee un, llamémosle, mapa de nuestro cuerpo.

En esa región se identifica la zona del cuerpo que emite las señales dolorosas y la sensación del dolor en la misma se hace entonces consciente.

Como en el resto de las transmisiones nerviosas, en el caso de la transmisión del dolor también desempeñan un papel importante ciertas sustancias neurotransmisoras.

Pero, además, en la transmisión del dolor intervienen los iones de sodio, esos que se encuentran en la sal común de cocina.

Todos los impulsos nerviosos son de naturaleza eléctrica, y los iones de sodio, que poseen una carga positiva, son fundamentales para su propagación.

Estos iones deben entrar y salir de la célula nerviosa a través de su membrana, modificando así la diferencia de carga eléctrica entre el interior y el exterior de la neurona.

Esta diferencia de carga es fundamental para la propagación del impulso nervioso.

Pero la membrana de nuestras células es de naturaleza aceitosa, hidrófoba, y no deja que las cargas eléctricas la atraviesen.

El aceite no conduce la electricidad. Para conseguir el transporte de átomos cargados de un lado a otro de la membrana celular hacen falta proteínas especializadas en esta tarea, que se denominan proteínas canal.

La denominación no es inapropiada, ya que estas proteínas crean canales que atraviesan la membrana, mediante los cuales regulan el paso de átomos cargados.

Existen diversos tipos de proteínas canal, de acuerdo al átomo cuyo transporte facilitan.

Tenemos así canales de sodio, de potasio, de cloro…

Es evidente que, para la percepción adecuada del dolor, es necesario que los elementos de la maquinaria de su transmisión funcionen adecuadamente.

En particular, es necesario que funcione bien la maquinaria neurotransmisora y también las proteínas canal.

Si, por las razones que fuesen, no lo hicieran, podríamos tener el caso, al menos en teoría, de algunas personas que no sintieran dolor.

Lo dicho arriba es, en realidad, un argumento válido para casi todos los mecanismos de nuestro cuerpo. Si las piezas que los hacen funcionar son defectuosas, no funcionarán bien.

Sin embargo, en algunos casos, si el defecto se produce en un mecanismo vital, no podremos encontrar a nadie con ese defecto, ya que no estaría vivo.

Por ejemplo, para hacer la digestión hacen falta determinadas proteínas y enzimas derivadas de algunos de nuestros genes.

Si esas piezas son defectuosas, la digestión no podrá producirse.

En teoría, sería pues posible la existencia de personas con defectos en esas piezas e incapaces de digerir los alimentos.

El problema es que esas personas probablemente morirían al poco de nacer.

Así pues, aunque en teoría sea posible la existencia de personas incapaces de sentir dolor, como las hay incapaces de ver el color rojo, no es seguro que puedan existir.

Al fin y al cabo, la capacidad de sentir dolor tiene un valor de supervivencia fundamental.

Sin dolor no podríamos aprender a protegernos de aquello que puede hacernos daño y pondríamos en serio peligro nuestra vida.

Por esa razón, alguien que no pudiera sentir dolor quizá muriera pronto.

Sin embargo, es sabido que existe una rara condición congénita de insensibilidad al dolor.

Estas personas, que en general mueren jóvenes, son capaces de sentir el calor, las cosquillas, o la presión sobre la piel sin problemas, pero no sienten dolor ante nada.

Las consecuencias de esta insensibilidad son graves.

Los niños insensibles al dolor sufren de múltiples mordeduras en la lengua, ya que no pueden aprender a no mordérsela (al igual que algunos políticos).

Por otra parte, no pueden adquirir el concepto de peligro, y realizan actividades temerarias que les llevan a sufrir de numerosas fracturas óseas, de las que, muchas veces, no son ni siquiera conscientes, ya que no les duelen.

 En algunos casos, su conducta temeraria les conduce a la muerte.

Estudiando a miembros de familias pakistaníes genéticamente relacionadas que sufren de esta condición, un equipo de científicos ha descubierto que estos individuos poseen una mutación en el gen SCN9A (Sodium ChaNnel 9A, es decir, canal de sodio 9A).

Esta mutación hace que la proteína canal de sodio producida por este gen no funcione, y el impulso doloroso no pueda viajar al cerebro.

Estos estudios han sido publicados en el número de esta semana de la revista Nature.

Curiosamente, otras mutaciones en el mismo gen habían sido asociadas muy recientemente con una hipersensibilidad extrema al dolor.

En este caso, las mutaciones resultaban en la producción de una proteína canal hiperactiva, que inducía sensaciones dolorosas al menor estímulo, incluso cuando este no debía ser doloroso por sí mismo.

Estos resultados pueden convertirse en una noticia excelente para todos, sobre todo para los anestesistas.

El papel fundamental que desempeña el canal de sodio SCN9A en la percepción del dolor lo convierte en un blanco de primera magnitud para investigar y desarrollar fármacos que bloqueen su función.

Si se lograra por medios farmacológicos impedir el funcionamiento de este canal, dispondríamos quizá de un analgésico poderoso y de utilidad clínica para tratar condiciones de dolor tanto crónico como agudo.

Esperemos que la espera para disponer de este fármaco no se nos haga demasiado dolorosa.

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Publicado por Jorge Laborda en Quilo de Ciencia
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