La civilización helénica de la Grecia antigua

La civilización helénica de la Grecia antigua
La civilización helénica de la Grecia antigua se extendió por la Península Balcánica, las islas del mar Egeo y las costas de la península de Anatolia, en la actual Turquía, constituyendo la llamada Hélade.

Esta civilización helénica o griega tiene su origen en las culturas cretense y micénica.

Hacia el 2700 a.C. se desarrolló en la isla de Creta una rica y floreciente cultura comercial perteneciente a la Edad del Bronce. Esta cultura recibe el nombre de minoica o cretense.

En torno al año 1600 a.C., los aqueos, un pueblo de habla griega y de origen indoeuropeo, irrumpieron en el territorio de la Grecia continental, estableciéndose en el extremo noreste de la península del Peloponeso.


Este pueblo llegó a dominar a los cretenses. Su ciudad más importante fue Micenas.

Hacia el año 1200 a.C., otro pueblo de origen griego, los dorios, que utilizaban armas de hierro, se apoderaron de Grecia derrotando a los micenios.

Esparta y Corinto se transformaron en las principales ciudades dóricas.

Con los dorios empezó un período de retroceso cultural que se conoce con el nombre de Edad Oscura.

Después de la conquista de los dorios, la vida en toda Grecia descendió a un nivel muy primitivo, y así se mantuvo durante varios cientos de años.

Sin embargo, desde el siglo VIII y hasta el siglo VI a.C., período que se conoce como época arcaica, Grecia desarrolló y culminó una gran recuperación política, económica y cultural.

Tal recuperación fue posible gracias a la organización en ciudades Estado (polis) y a la fundación de colonias en las costas de Asia Menor y del mar Negro, en Sicilia, en el sur de Italia, en el sur de Francia y en el levante español.

Las nuevas colonias se convirtieron en polis políticamente independientes de la metrópoli (polis madre), pero mantuvieron estrechos vínculos religiosos, económicos y culturales.

Estas colonias fueron uno de los factores del desarrollo económico de Grecia en este período.

Los siglos V y IV a.C. corresponden al apogeo de las grandes ciudades estado independientes, entre las que destacan las polis de Atenas y Esparta.

Cada uno de estos grandes estados absorbió a sus débiles vecinos en una liga o confederación dirigida bajo su control.

Esparta, estado militarizado y aristocrático, estableció su poder a base de conquistas y gobernó sus estados súbditos con un control muy estricto.

La unificación del Ática, por el contrario, se realizó de forma pacífica y de mutuo acuerdo bajo la dirección de Atenas.

Al principio del período, los griegos se unieron para derrotar a los temidos persas en las llamadas Guerras Médicas.

Tras la victoria, Atenas se convirtió en la potencia hegemónica de la Liga de Delos, alianza que se había formado para defenderse de los persas.

En política interior los atenienses consolidaron el sistema político conocido con el nombre de democracia, gobierno del pueblo, y en política exterior se convirtieron en la gran potencia político-militar de la Hélade, lo que les acarreó gran número enemigos.

Este periodo es denominado como la “Edad de Oro de Atenas”, o “Siglo de Pericles” en honor al gobernante que llevó a Atenas a su máximo esplendor.

Durante el mandato de Pericles se construyeron el Partenón, el Erecteion y otros grandes edificios.

El teatro griego alcanzó su máxima expresión con las obras trágicas de autores como Esquilo, Sófocles y Eurípides, y el autor de comedias Aristófanes. Tucídides y Heródoto fueron famosos historiadores, y el filósofo Sócrates fue otra figura de la Atenas de Pericles quien hizo de la ciudad un centro artístico y cultural sin rival.

Las diferencias entre Atenas y Esparta desembocaron en la destructora guerra del Peloponeso, en la que participaron casi todos los griegos unidos a uno u otro bando.

La guerra duró hasta el 404 a.C. y acabó con la derrota de los atenienses y el establecimiento de la hegemonía espartana sobre Grecia.

Aprovechando la confusión y debilidad de los contendientes en las Guerras del Peloponeso, el rey Filipo II de Macedonia convirtió su reino en la nueva potencia de la Hélade.

Macedonia no estaba desgastada por las luchas y disponía de recursos naturales (cereales, oro y madera).

La batalla de Queronea (338 a.C.) le permitió anexionarse Atenas y Tebas.

Tras la muerte de Filipo II, su hijo Alejandro Magno, conquistó Persia y dirigió sus ejércitos hacia Egipto y la India, formando un gran imperio.

Tras su muerte en Babilonia (323 a.C.) sus generales se repartieron sus posesiones.

Con Alejandro desaparecía el antiguo poder de los griegos, pero no su cultura que, fusionada con la oriental, dio origen al mundo helenístico.


Las Guerras Médicas

Este enfrentamiento entre el poderoso imperio persa y las polis griegas encabezadas por Atenas y Esparta señala el comienzo del periodo clásico en Grecia.

Los griegos designaron a los persas con el nombre de medos, término que, en realidad, correspondía a un pueblo emparentado con ellos y que formaba parte de su imperio.

Aunque generalmente se habla de las guerras médicas con referencia a los dos intentos de invasión de la Grecia continental por los persas (490-478 a.C.), el conflicto entre ambos pueblos fue más prolongado, y las tensiones continuaron hasta la conquista del imperio persa por Alejandro Magno, en 330 a. C.

Al llegar al siglo V a.C., en el mundo antiguo sobresalían el inmenso Imperio Persa, gobernado por Darío, y las repúblicas griegas, independientes entre sí, que prosperaban materialmente y habían alcanzado un notable desarrollo cultural.

Entre ambos se encontraban las colonias griegas emplazadas en el Asia Menor que se empeñaban en conservar su tradición helena, aunque sometidas a la dominación persa que las ahogaba en sus posibilidades de desarrollo y les impedía el normal abastecimiento de trigo desde el mar Negro.

Fue en estas circunstancias que, en el año 499 a.C., la colonia griega de Mileto, situada en la Jonia, se rebeló contra los persas y con la ayuda de Atenas emprendió la lucha contra Sardes, sede de la satrapía más próxima, que fue saqueada e incendiada.

El rey Darío juró vengar esta afrenta. En poco tiempo los persas recuperaron la iniciativa y vencieron a los jonios, que habían quedado solos, en Éfeso y luego destruyeron sus naves en las proximidades de la isla de Lade.

De esta manera Mileto, que fue arrasada, quedó nuevamente sometida y todas las colonias griegas del Asia Menor prometieron acatamiento a los persas.

Seguidamente, Darío envió emisarios a todas las ciudades de la Hélade, para exigirles la sumisión, como represalia por la ayuda prestada por Atenas a la colonia sublevada.

Todas, las ciudades griegas, con excepción de Esparta y Atenas, se sometieron ante el rey persa.

Tal actitud asumida por los espartanos y atenienses, significó el comienzo de las guerras médicas, así denominadas, porque los griegos llamaban medos a los persas.

Primera guerra médica

Los disturbios habían convencido al rey persa Darío de que para asegurar su dominio en Asia Menor debía controlar todo el Egeo, incluyendo las polis de Europa.

La expedición dirigida por Mardonio, yerno de Darío, sometió Tracia y Macedonia (492), pero la destrucción de su flota junto al monte Athos le impidió avanzar más allá.

En 490 una gran expedición con 50.000 hombres al mando de Datis y Artafernes salió de Cilicia para castigar a Atenas y Eretria por su participación en los sucesos de Jonia.

Les acompañaba Hipias, antiguo tirano ateniense, hijo de Pisístrato, que todavía contaba con partidarios en la ciudad, a pesar de la reciente instauración de la democracia por Clístenes (507).

Tras someter las Cícladas y tomar Eretria, este ejército desembarcó en la llanura de Maratón, al nordeste de Atenas. Las tropas atenienses, integradas por 10.000 hoplitas (infantería pesada) y algunos aliados de Platea, dirigido por Milcíades, decidió atacar y cargó inesperadamente contra los persas, rechazándolos hasta el mar (490).

El soldado Filípides, que había vuelto de Esparta justo a tiempo para la batalla, corrió los 42 kilómetros que separaban Maratón de Atenas para dar la noticia de la victoria; el esfuerzo le costó la vida.

El rápido regreso de las tropas a Atenas impidió un nuevo desembarco del ejército persa, que se retira finalmente a Asia.

Los espartanos llegaron demasiado tarde para servir de ayuda, y la gloria de Maratón correspondió por entero a la democracia ateniense.

La muerte de Milcíades (488) llevó al poder a Temístocles, que emprendió una importante reforma de la flota, aprovechando los ingresos extraídos de los nuevos filones de plata de las minas del Laurión (483).

La segunda guerra médica

Las revueltas en el imperio y la muerte de Darlo (486) impidieron a los persas realizar una nueva expedición de castigo.

Pero en 484 el nuevo rey Jerjes, hijo de Darío, comenzó los preparativos de una gran campaña para invadir Grecia.

Las cifras proporcionadas por el historiador griego Heródoto son seguramente exageradas, pero es probable que la expedición contase al menos con 300.000 hombres y 600 navíos, además de una espectacular logística.

Gran parte de las polis griegas (con algunas excepciones importantes) se unieron para su defensa en la Liga Helénica, fundada en el congreso panhelénico del Istmo (481), a pesar de las recomendaciones de neutralidad o sumisión del oráculo de Delfos.

Esparta, la mayor potencia militar griega y líder de la Liga del Peloponeso, encabezaría sus fuerzas.

En junio de 480 el inmenso ejército de Jerjes, con el Gran Rey al frente, cruzó los Dardanelos por un doble puente de barcas.

Avanzó fácilmente a través de Macedonia y Tesalia, y no se encontró con la primera línea de defensa griega hasta llegar al desfiladero de las Termópilas en tierra y el cabo Artemisión en el mar.

Los hombres mandados por el rey espartano Leónidas rechazaron durante dos días al ejército persa, hasta que una traición permitió a éste cruzar por un paso secreto y rodearlos. Ante la inevitable derrota, Leónidas envió a sus tropas al sur, permaneciendo él con 300 hoplitas espartanos y 700 hombres de Tespis y Tebas.

Todos perecieron en defensa de la posición. Esta resistencia desesperada permitió a la flota griega, encabezada por los atenienses, replegarse ordenadamente y conservar sus efectivos.

El ejército de Jerjes avanzó entonces por Grecia central, con el apoyo de algunas polis. La nueva estrategia griega era plantear la defensa del istmo de Corinto, cerrando el paso al Peloponeso. Atenas fue evacuada por sus habitantes y ocupada por los persas, que incendiaron la acrópolis como represalia por la destrucción de Sardes dieciocho años antes.

Pero Temístocles convenció al estado mayor griego para presentar batalla a la flota persa en la bahía de Salamina, cerca de Atenas.

Se sirvió de una estratagema para atraer a la numerosa escuadra enemiga hacia un angosto paso y privarla de capacidad de maniobra; al cabo de unas horas era vencida por las trescientas naves griegas, ante los ojos de Jerjes (480).

El dominio del mar había pasado a los griegos, y Jerjes regresó a Asia para organizar refuerzos, aunque una nueva insurrección en Babilonia le impidió renovar sus campañas en Europa.

Dejó en Grecia un importante ejército al mando de Mardonio, reforzado con aliados griegos (tesalios, macedonios, beocios).

Mientras éste invernaba en Beocia surgieron disputas en el seno de la Liga Helénica sobre la estrategia a seguir. Esparta y las ciudades del Peloponeso pretendían mantenerse a la defensiva en el istmo, mientras que Atenas, Megara y Egina querían expulsar al enemigo de sus puertas.

Tras graves tensiones y una nueva invasión persa del Ática, al fin se decidió el envío de un ejército aliado a Beocia, al mando del espartano Pausanias.

Sus 40.000 hoplitas y 7.000 auxiliares (el mayor ejército nunca reunido por los griegos) se enfrentaron al superior ejército persa en la llanura de Platea (primavera de 479). A pesar de su ventaja inicial, Mardonio fue vencido y muerto, y gran parte de su ejército destruido.

Su lugarteniente Artabazo condujo a los supervivientes de vuelta a Asia.

Al mismo tiempo, una flota griega mandada por el rey espartano Leotiquidas destruía una base naval persa y las naves fondeadas en Mícala, frente a la isla de Samos.

No sólo se había salvado la independencia de las polis de Grecia, sino que éstas controlaban ahora el Egeo. La flota mandada por Pausanias tomó Bizancio, abriendo el paso al mar Negro, y las islas de Quíos, Lesbos y Samos se unieron a la Liga (478).

Sin embargo, una vez conjurado el peligro persa la unidad griega resultó efímera, por los intereses contrapuestos de las diferentes ciudades.

Esparta, poco amiga de aventuras fuera del Peloponeso, se desinteresó de los asuntos del Egeo oriental, arrastrando consigo al resto de la Liga del Peloponeso. Fue Atenas, apoyada en su potente flota, la que tomó la iniciativa y formó la Liga de Delos (476) con numerosas polis de las Cícladas, Asia Menor y la zona de los estrechos.

La alianza, comprometida en la lucha por la liberación de las ciudades griegas de la dominación persa, fue diseñada por el ateniense Arístides el Justo. Éste compartió el poder en Atenas con Cimón, hijo de Milcíades, partidario de la lucha a ultranza contra los persas.

Temístocles, que veía en el poder de Esparta la verdadera amenaza para la grandeza ateniense (como se demostraría poco después en las guerras del Peloponeso), fue des­plazado del poder (471).

Al llegar los años 431-401 a.C., Grecia volvió a decaer debido a la guerra del Peloponeso, donde los espartanos derrotaron a los atenienses.

Al finalizar esta guerra, el soberanos de Macedonia, Filipo II, inició su expansión y conquistó las ciudades-estado fácilmente debido a su desgaste en la anterior guerra.

Esta expansión fue superada por el hijo de Filipo II, Alejandro Magno, que restableció la unión de los griegos y conquistó Asia Menor, Egipto (donde fue proclamado faraón y fundó la ciudad de Alejandría), Persia y diversas regiones de Afganistán e India.

En 468 Cimón venció a la escuadra persa en el Eurimedonte.

El fracaso de una expedición a Egipto y los sobornos persas lograron expulsarlo del poder, y la facción popular encabezada por Efialtes rompió las relaciones con Esparta, disolviendo la Liga Helénica (460). Sin embargo, Cimón recuperó el poder y dirigió una nueva campaña en Chipre, donde murió (450).

Sus victorias permitieron a su cuñado Calias firmar con los persas la paz que lleva su nombre (449), que aseguró la libertad de las ciudades griegas y frenó a los persas en el Egeo.

Atenas, con la ayuda de sus aliados, se había convertido en la potencia hegemónica del mundo griego, desarrollando un poderoso imperio marítimo y comercial. Sus abusos y la oposición de Esparta conducirían posteriormente a la guerra del Peloponeso.


Atenas

La antigua Atenas fue la principal ciudad estado de Grecia durante buena parte del I milenio a.C.

Aproximadamente entre los años 500 a.C. y 323 d.C. fue el mayor centro cultural e intelectual del mundo, y estuvo en el origen de muchas de las ideas, logros y prácticas de la "civilización occidental", entre ellos el concepto de democracia.

La derrota frente a Esparta en el año 431 a.C., el auge de Macedonia en la posterior época helenística y finalmente la conquista romana fueron restando poder y prestigio a Atenas. El fin de la era clásica se sitúa en el año 529, con el cierre de las escuelas de filosofía.

Atenas fue fundada por los jonios en el centro de Grecia. Esta zona llamada Ática era pobre, con escasas cosechas, por lo que no fue de interés para los pueblos invasores.

La leyenda atribuye a Teseo , el rey legendario que venció al Minotauro de Creta, la fundación de Atenas en el siglo VIII a.C.

Vida cotidiana

Después de las guerras medicas , Atenas, orgullosa de gloria y rica por las conquistas, brillo con esplendor extraordinario. Esa es la época en que nos ofrece el cuadro mas perfecto de la vida griega.

El bienestar y la alegría del hogar, llamaban muy poco la atención al griego, porque su mayor parte de tiempo lo pasaba ocupado en sus negocios, ejercicios físicos, política y ceremonias.

Vivía no para su familia, sino para la ciudad, por lo que el lujo de ésta era su orgullo.

Se contentaba personalmente con una vida sencilla y modesta, con tal que los monumentos y fiestas a sus dioses provocaran admiración universal.

Atenas no era una ciudad con casas altas ni calles anchas. Las casas se agrupaban en la falda del Acrópolis según el capricho del dueño, y formaban un laberinto de callejuelas.

Luego del incendio de la ciudad por lo persas, se reconstituyó Atenas, se crearon barrios nuevos en que se plantaron árboles, las casas fueron mas espaciosas y las calles se trazaron a cordel, pero en realidad todo esto solo se hizo en los barrios mas ricos.

Los comerciantes permanecieron en sus casuchas de la antigua Atenas.

Organización política


La vida de un ciudadano de Atenas puede compararse con la de un hombre que fuera en tiempo ordinario a la vez comerciante y diputado, y que en ciertos casos fuera llamado por elección o porque le tocara la suerte, a ser magistrado empleado de menor categoría u oficial.

Todos los ciudadanos eran iguales en derechos y tomaban parte en el gobierno y en la administración pública.

Este gobierno de un estado en que el pueblo ejerce la soberanía, se llama democracia.

La civilización helénica de la Grecia antigua

Cualquier ciudadano, sin que se tuviera en cuenta su nacimiento o su fortuna, podía aspirar a los honores y a alcanzarlos, pues los cargos de arconte, de senador y de juez eran sorteados todos los años. Todo ciudadano participaba del gobierno, porque él decidía con su voto si las leyes propuestas habían o no de entrar en vigor ya en Atenas, ya con el resto del imperio.

También tenía derecho a gozar de comodidades, puesto que, con el fin de que hasta los pobres pudieran desempeñar los cargos públicos, se imaginó que éstos fueran retribuidos y que se retribuyera la presencia en la Asamblea; por consiguiente, cumplir con los deberes de ciudadano, fue un verdadero oficio para el ateniense.

Esta democracia era en realidad una aristocracia. Los electores eran poco numerosos (15.000 a lo sumo), y la Asamblea era como una reunión pública en la que todo el mundo se conocía.

Tenían esclavos para atender a los trabajos, y súbditos para abastecer de dinero a la ciudad. La vida era barata, y con poco gasto podía tenerse un buen pasar.

Todos los años se designaba por sorteo a 6.000 ciudadanos para que fueran magistrados, con lo cual se llegaba al resultado de que la mitad de la ciudad administraba a la otra mitad.

Juntamente con el tribunal aristocrático del Areópago, prosperó el sistema de tribunales compuestos de ciudadanos-jueces o, dicho de otro modo, el juicio por jurados.

Cada año se sorteaban entre 6.000 ciudadanos los 5.000 que debían repartirse en diez secciones de 500 miembros, secciones llamadas dicastenas.

El dicastero que debía conocer de cada proceso, era designado por sorteo la misma mañana en que se daba vista de la causa, bajo la presidencia de un arconte. Se llamó hélico la reunión de los 5.000 jurados o heliastas.

Los acusados debían defenderse sin auxilio de abogados. Los que no podían hacerlo, aprendían de memoria una defensa hecha por personas conocedoras, llamadas logógrafos. El tiempo de la defensa estaba limitado y marcado por un reloj de agua llamado clepsidra.

La sentencia se pronunciaba a raíz del voto emitido por medio de guijarros, negros en caso de fallo condenatorio, y blancos si el fallo era absolutorio.

Así se gobernaba administraba y juzgaba el pueblo de Atenas por sí mismo; pero tal régimen se prestaba a excesos, si bien es verdad que a garantía de aquella constitución estaba en el respeto que tenían los atenienses a las decisiones tomadas por la mayoría. Ese respeto del voto, fundamento de las democracias, era prueba de que tenían la verdadera educación de la libertad.

El poderío marítimo

Esta democracia necesitaba grandes recursos para subsistir; Ática no producía lo suficiente siquiera para alimentar a sus habitantes, y el pan que comían era hecho con el trigo llevado de Tracia por mar. Los atenienses tenían que buscar fuera los recursos que les faltaban; estaban forzados a procurárselos ya en sus colonias, ya en el extranjero; por consecuencia, era menester que fueran dueños del mar.

El centro del comercio y del poder marítimo de Atenas, el puerto del Pireo, reunía todos los almacenes, astilleros y arsenales: lo completaban los dos puertos de guerra de Zea y de Muniquia; estaba rodeado de murallas, y unido a Atenas por los Muros Largos, entre los cuales se abrigaba un camino fortificado a ambos lados en toda su longitud: el puerto del Pireo llegó a ser el centro de un movimiento comercial importantísimo.

Fue almacén o depósito de los trigos de Tracia y de Egipto, de la pesca del mar Negro, de los metales del norte, de los tapices telas de oriente, de los cedros, de la púrpura y de la cristalería de Fenicia, del lino de Egipto, y de los vinos y frutos de las islas.

En el Pireo vivía una población cosmopolita. Esos extranjeros, domiciliados en Atenas, que se llamaban metecos, y no eran ciudadanos, soportaban algunas de las cargas de éstos, tal el servicio en la marina, y debían pagar, a menudo, censos extraordinarios.

Para asegurar la libre navegación de las flotas atenienses, se establecieron en todos los puntos que dominaban los caminos del mar, colonias fortificadas.

Estos puntos de apoyo de las escuadras consolidaron el poder de Atenas, permitiendo utilizar la gente menesterosa que conformaba las guarniciones de estas ciudadelas.

Hubo puntos de apoyo en Eubea, en Naxos, en Macedonia y en Tracia.

Esas colonias no eran ciudades independientes como las antiguas colonias griegas, sino que formaban parte de los dominios atenienses; sus habitantes seguían siendo ciudadanos de Atenas y conservaban todos sus derechos civiles.

Para mantener su preponderancia, Atenas tuvo que hacer la guerra a los persas, dominar revoluciones y conquistar nuevos territorios.

Con este fin aumentó el número de sus barcos de guerra, que llegó hasta 300, y modificó además el carácter de su ejército de tierra.

El núcleo de éste continuó siendo el cuerpo de hoplitas; pero se aumentó la fuerza de caballería y de infantería ligera, armas necesarias para las expediciones en terreno muy diverso.

Estos cuerpos auxiliares se compusieron principalmente de soldados mercenarios, entre los cuales conviene distinguir los peltastos, cazadores cubiertos con una coraza de tela fuerte, que usaban una especie de adarga llamada pelta. espada larga y dardo, soldados que combatían dando vueltas alrededor de los hoplitas.

Una singularidad del ejército ateniense consistía en que los generales o estratégicos eran nombrados por elección, manera que el pueblo tenía que intervenir en la dirección de la guerra.

El sostenimiento de estas fuerzas y los gastos de gobierno democrático exigían mucho dinero.

Atenas tenía tres fuentes principales de recursos 1) el producto de las minas de plata del Laurio y de las minas de oro de Tracia; 2) el tributo de los aliados y 3) los impuestos.

Los impuestos ordinarios eran aduanas, consumos, contribución a cargo de los extranjeros y, en tiempo de guerra, el impuesto de rentas. Había también tributos extraordinarios llamados liturgias, que sólo pagaban los liturgos, esto es, los ciudadanos más ricos.

Las principales liturgias eran la tricrarquia o armamento de un trirreme; la coregia u organización de una representación dramática.

El griego consideraba que debía al estado la vida, el tiempo y los caudales que éste creía necesario exigir.

El Siglo de Pericles

El período histórico comprendido entre las guerras Médicas y las del Peloponeso es conocido como “El siglo de Pericles”.

Pericles, estratega, político y orador ateniense que supo rodearse de las personalidades más excelentes del momento, hombres que se destacaban en política, filosofía, arquitectura, escultura, historia, literatura, etc., fomentó las artes y las letras y le dio a Atenas un esplendor que no se volvió a repetir a lo largo de su historia. Realizó también grandes obras públicas y mejoró la calidad de vida de los ciudadanos.

De ahí que esta importante figura histórica haya legado su nombre al Siglo de oro ateniense, cenit de la Grecia clásica.

Alianzas: La Liga de Delos

La Confederación de Delos o Liga de Delos fue una agrupación de los ciudadanos atenienses con los habitantes de las islas del mar Egeo y los griegos de las costas de Asia Menor, las ciudades-estado de la antigua Grecia (que llegaron a ser más de 200). Su sede se encontraba en la isla de Delos.

Esta organización fue una confederación marítima, creada y controlada en un principio por el estadista ateniense Arístides (que redactó los estatutos y la puso en marcha), en el 477 a. C., al finalizar las Guerras Médicas, con el fin de poder defenderse de posibles y nuevos ataques por parte de los persas.

Fue también una consecuencia de la pérdida de la hegemonía por parte de Esparta, a quien sucedió Atenas en el mando de las expediciones.

Los confederados tenían la obligación de proporcionar hombres, navíos y dinero para las campañas de guerra.

Por su parte, la ciudad de Atenas se comprometía a organizar y dirigir dichas campañas y a procurar que las demás ciudades no fueran asaltadas ni invadidas por los persas.

Las decisiones importantes se tomaban en las reuniones de un consejo en el que había un representante de cada una de las ciudades confederadas; este representante tenía derecho a voz.

Las fuerzas militares de la Confederación conquistaron el mar Egeo y sus costas al mando del ateniense Cimón.

Se enfrentaron y vencieron a la marina persa y conquistaron bastantes tierras que después colonizaron, además de abrir rutas seguras por mar hacia el Ponto Euxino o mar Negro.

Cuando Atenas eligió a Pericles como nuevo jefe, éste comenzó su gobierno poniendo fin a una política de conquistas.

Hizo de Atenas la primera y más importante ciudad griega y consiguió una total hegemonía sobre las demás ciudades de la Confederación de Delos, que se fueron transformando de ciudades aliadas en ciudades subyugadas.

Era el comienzo de un imperio sometido a Atenas, que era quien dirigía la armada, la marina y la diplomacia y que quiso además establecer en las ciudades su propio régimen político.

En el 454 se hizo trasladar el tesoro de la Confederación a la ciudad de Atenas.

Todos estos hechos, unidos al aumento de impuestos requerido, hicieron que las ciudades de la Confederación se rebelaran y empezaran a sentirse enemigas de Atenas, que además les impuso su moneda, su sistema de pesos e incluso la forma de gobierno.

Los recursos económicos del Estado ateniense no eran muy holgados.

Toda la grandeza de Atenas en el siglo de Pericles, sus construcciones, obras públicas, edificios religiosos, esculturas, etc. no habrían podido llevarse a cabo sin el gran recurso del tesoro de la Confederación de Delos.

Continuaron, sin embargo, siendo dominadas por Atenas hasta la derrota de ésta por Esparta en el año 404 a. C., como consecuencia de la guerra del Peloponeso.

A partir de este momento, la Confederación se disolvió hasta el año 377 a. C., en que tuvo un renacimiento para protegerse en este caso del poder de Esparta.

No obstante, Atenas ya era incapaz de imponer su autoridad.

La Confederación dejó de existir definitivamente en el 338 a. C. cuando Filipo II de Macedonia derrotó a los atenienses en la batalla de Queronea.

Esparta

Esparta o Lacedemonia, capital de la Laconia, creció a modo de ciudad cuartel.

Más bien que una ciudad, era un grupo de cinco aldeas situadas en las orillas pantanosas del Eurotas, que baja torrentoso de la meseta de Arcadia y atraviesa mansamente a Laconia.

Esparta no estuvo nunca cercada de murallas, porque no tuvo necesidad de ellas.

Laconia, cuyo centro lo ocupaba Esparta, está, en efecto, rodeada de montañas; éstas son bastante altas y permiten que la nieve permanezca ahí casi todo el año; además, las sendas transitables son muy raras y es muy fácil defender los desfiladeros.

El valle del Eurotas es fértil y pueda alimentar la población, por lo que Esparta fuera un campo atrincherado natural, en el que vivió un pueblo de soldados.

En Esparta, el hombre era un soldado que se ejercitaba sin descanso en las virtudes militares y estuvo siempre dispuesto a dar su vida por la patria.

Los espartanos formaron parte de una invasión de dorios griegos del norte que, echados de su país por los tesalios, acometieron las penínsulas del Peloponeso y conquistaron las ciudades de los aqueos.

Los dorios de Esparta tomaron el nombre de espartanos.

Menos numerosos que los vencidos, hubieron que estar constantemente sobre las armas en medio de aquellas poblaciones sojuzgadas, a fin de conservar lo que habían conquistado.

Por consiguiente no les fue posible labrar la tierra ni dedicarse al comercio. Fueron un ejercito invasor que vivía de lo que le daba el suelo gracias al trabajo de los vencidos y cuyo exclusivo oficio era la guerra. Todo en ellos era preparación militar.

Fueron los guerreros mejor adiestrados y más heroicos de Grecia; pero desdeñaron el bienestar y la cultura intelectual porque, según ellos, corrompían las virtudes marciales.

Su ideal consistió en formar una comunidad militar en la que cada cual, por disciplina, tuviera orgullo en sacrificar su libertad y su vida por el interés superior del estado.

Organización social

El territorio de Laconia, dividido en lotes que no podían venderse ni cederse, fue propiedad de los vencedores.

Los habitantes de la llanura continuaron viviendo en su antiguo suelo en condición muy parecida a la esclavitud.

Los de las montañas y del litoral, sometidos posteriormente, fueron tratados con menos dureza.

En la población de Laconia hubo, pues, tres clases: los espartanos (9.000 aproximadamente), los periecos (30.000) y los ilotas (unos 200.000). Sólo el espartano tenía derecho de ciudadanía; los periecos y los ilotas no eran sino súbditos.

Los periecos, es decir, la gente de alrededor, habitaban la frontera montañosa y marítima de Laconia, y parecen haber sido descendientes de los antiguos señores del país.

Estaban repartidos en unos cien pueblos que se administraban por sí mismos.

Podían poseer libremente sus tierras y gozar del fruto de su trabajo. Se dedicaban a la agricultura al comercio, a la industria, a la navegación y a todas las ocupaciones prohibidas a los espartanos. Pagaban los impuestos y tenían obligación de servir en el ejército; no por ello les concedían el menor derecho político.

Los ilotas eran los antiguos laconios del valle. Los espartanos hicieron de ellos siervos, es decir, mitad libres y mitad esclavos.

No vivían agrupados en pueblos, sino que habitaban en cabañas aisladas que podían edificar en las tierras que labraban, tierras que no les pertenecían, sino que eran ellos quienes pertenecían a la tierra y formaban parte de la propiedad.

Cada año debían dar una parte de la cosecha a los dueños del fundo, pudiendo reservarse la otra parte.

El único derecho que tenían era el de no poder ser vendidos.

El ejército

Un estado militar como era éste, no podía soportar ni vecinos poderosos ni súbditos rebeldes.

Las dos penínsulas de Laconia, Argólide y Mesenia, habitadas por otros conquistadores dorios, eran una amenaza para Esparta, y de aquí la serie de guerras contra Argos y Mesena, que sólo se terminó cuando los espartanos poseyeron todo el sur y el este del Peloponeso.

Las guerras más rudas fueron las de Mesenia en el siglo VII, que duraron cerca de veinticuatro años.

El instrumento de aquellas conquistas fue el ejército espartano, el primero de Grecia por su organización y disciplina.

En efecto, en los otros pueblos no se era soldado sino en caso de necesidad en tiempo de guerra se armaba al ciudadano, y el ejército era tan solo una guardia nacional, mientras que los espartanos eran soldados de profesión.

Acostumbrados desde su más tierna edad a la caza y a los ejercicios violentos, permanecían después en filas hasta los sesenta años. Dos veces al día tenían ejercicio o maniobras, y la paz la consideraban únicamente como una preparación para la guerra.

Los espartanos combatían a pie y formaban el cuerpo de los hoplitas. estos usaban casaca roja, coraza de bronce, casco que les protegía la cabeza y la cara, escudo de cuero cubierto también de bronce, y canilleras o botas de metal, que les cubrían desde la rodilla hasta el tobillo.

Tenían por armas, espada corta, como un cuchillo de caza, y la lanza que medía más de dos metros de largo.

En formación de combate se presentaban en línea de ocho en fondo; unidos los escudos unos contra otros, formaban delante de los hombres una verdadera muralla.

Dispuestos así en falange, y coronados de flores, acometían al enemigo al son de las flautas y cantando un canto de guerra llamado pean.

Pero no empezaban el ataque sino después de haber sacrificado una cabra buscado presagios en las entrañas de la víctima.

Pasaban por invencibles a causa de su reputada fuerza y de su gran bravura.

La falange se dividía en batallones y en escuadras.

En cuanto al arte de combatir, este se resumía en ir a la carga.

La fuerza de las falanges espartanas residía principalmente en la costumbre de obediencia, de honor y de sacrificio que inspiraban a los espartanos las leyes., que llamaban leyes de Licurgo.

Las leyes de Licurgo eran un conjunto de prescripciones minuciosas relativas no solamente al gobierno y a la administración del estado, sino también a la vida de los particulares y a la educación de los niños. Tuvieron por objeto establecer en Esparta la autoridad de la aristocracia y asegurar a los espartanos las tierras conquistadas a través de una excelente formación militar.

Organización política

Antes de Licurgo, que vivió en el siglo IX, Esparta estaba gobernada por dos reyes omnipotentes.

Licurgo hizo de ellos personajes representativos, sin autoridad real. Los dos reyes fueron jefes de la religión y del ejército. Celebraban sacrificios y mandaban los ejércitos; reinaban pero no gobernaban.

El gobierno estaba en manos del Senado, consejo de 28 miembros, todos nobles y de sesenta años de edad.

El Senado proponía y redactaba las leyes y después las sometía a la Asamblea del Pueblo, que se reunía una vez por mes.

No había allí discusiones y el pueblo manifestaba su acuerdo por medio de aclamaciones.

Más tarde, el pueblo nombró cada año cinco Éforos o vigilantes, cuya función consistía en intervenir en los actos de los reyes y de los demás magistrados, que podían suspender o condenar; a además, acompañaban al ejército en campaña. De aquí que en Esparta el poder no perteneciese al pueblo ni a los reyes, sino a la aristocracia.

En teoría, los ciudadanos eran todos iguales, como los soldados de un regimiento.

Licurgo quiso que no hubiese en Esparta ni ricos ni pobres, y distribuyó las tierras por lotes entre los ciudadanos, con prohibición expresa de venderlas.

Los productos del suelo cultivado por los ilotas debían bastar a sus necesidades, y todo oficio les estaba vedado.

De esta manera, desembarazados los espartanos del cuidado de ganarse el sustento, podían consagrarse enteramente a los deberes militares. Para evitar que se enriquecieran, estaban obligados a servirse exclusivamente de la moneda de bronce, que era pesada en extremo y tenía poco valor.

A pesar de todo, hubo desigualdad en las fortunas y se formó en Esparta una aristocracia rica, cuyos miembros, y sólo ellos, se llamaban iguales.

Educación

El niño, destinado a ser un soldado, pertenecía más al estado que a su familia, al nacer era examinado por los ancianos de la tribu, que lo devolvían a la madre si estaba bien constituido; en caso contrario lo hacían arrojar aun abismo del Taigeto.

Todas las madres educaban a sus hijos de la misma manera; no los envolvían y los acostumbraban a comer de todo y a no tener miedo de nada.

Al cumplir el niño los siete años se entregaba al estado; el niño era entonces como un hijo de regimiento, que desde luego formaba parte de una clase mandada por el que se habla mostrado superior a los otros alumnos por su inteligencia y su fuerza.

El estudio se limitaba a enseñar a los niños a cantar y a explicarse con precisión.

Los jóvenes formaban parte del ejército a los 17 años; a los treinta eran considerados como ciudadanos y debían contraer matrimonio, sin dejar por ello de pertenecer al estado.

 El empleo del tiempo estaba fijado por los reglamentos.

Llevaban uniforme y debían asistir todos los días a los ejercicios, consistentes en carreras, saltos y manejo de las armas.

No se inclinaban sino delante de los ancianos, que respetaban como a sus padres.

Su lenguaje era voluntariamente rudo y sencillo, y su manera de responder, a la vez corta y mordaz, ha llegado hasta nosotros con el nombre de laconismo.

Las mujeres no eran educadas en Esparta menos severamente que los jóvenes. Estaban sometidas a los mismos ejercicios de los varones y asistían a sus concursos. Su vestido, que bajaba apenas hasta la rodilla, les permitía libertad en los movimientos.

Su vida de ejercicios era motivo de burlas entre los demás griegos, que tenían a sus hijas cuidadosamente encerradas.

Una vez casadas, resultaban esposas y madres de soldados.

Eran muy reputadas por su energía y su abnegación. El amor maternal, en aquellas mujeres estaba supeditado por el amor a la patria.

Lo que más caracteriza la condición de la mujer en la antigua Grecia es que no gozaba de los derechos civiles del ciudadano, pues siempre tenía un dueño que la gobernara.

Cuando joven, dependía de su padre; casada pertenecía a su marido; viuda, estaba sometida a sus parientes o a sus hijos.

Pero en la casa tenía una autoridad considerable.

Alianzas: La Liga del Peloponeso

Al final del siglo VI, Esparta se había convertido en el estado más poderoso del Peloponeso y ejercía su hegemonía sobre Argos, el siguiente en importancia.

Consiguió también otros aliados de peso, como Corinto y Elis, liberando a Corinto de la tiranía y ayudando a Elis a asegurarse el control de los Juegos Olímpicos.

La misma política favoreció otras incorporaciones, hasta que prácticamente todo el Peloponeso formó parte de la alianza.

La Liga estaba organizada bajo el férreo control de Esparta, aunque teóricamene bajo la autoridad de dos órganos: la asamblea espartana y el consejo de los aliados, en el que cada miembro contaba con un voto, independientemente de su tamaño o peso geopolítico.

Los estados miembros no tenían que pagar tributo excepto en tiempo de guerra, cuando se les podía exigir dos tercios de sus tropas.

Sólo la propia Esparta tenía derecho a convocar un encuentro de la Liga. No se trataba de una alianza multilateral, sino de acuerdos bilaterales entre cada miembro y Lacedemonia, de modo que quedaba a la discreción de los participantes firmar acuerdos entre ellos.

Del mismo modo, y aunque cada estado miembro contaba con un voto, las decisiones del consejo no eran vinculantes para Esparta, que podía hacer caso omiso de ellas. No se trataba, por tanto, de una alianza en sentido estricto, como tampoco incluyó nunca la totalidad del Peloponeso.

La Liga proporcionaba seguridad a sus miembros y, principalmente, a la misma Esparta.

Su línea política fue, en general, de signo conservador, con apoyo a los regímenes oligárquicos y oposición a los tiránicos.

Con motivo de las Guerras Médicas, la Liga del Peloponeso se fundió en la Liga Panhelénica, primero bajo el mando de Pausanias y más tarde de Cimón de Atenas. Al acabar las guerras contra los persas, Esparta abandonó la Liga Panhelénica y constituyó de nuevo la del Peloponeso, junto con los aliados originales.

La Liga Panhelénica se transformó, a su vez, en la Liga de Delos, bajo la hegemonía ateniense. Ambas entraron enseguida en conflicto en la Guerra del Peloponeso.

La Liga del Peloponeso gozó de una larga vida, llegando hasta bien entrado el siglo IV a. C. La batalla de Leuctra (371 a. C.), que supuso el final de la hegemonía espartana y el comienzo de la de Tebas, condujo también a la disolución de la Liga del Peloponeso.

Las polis (ciudades) griegas

Polis era la denominación dada a las ciudades estado de la antigua Grecia, surgidas desde alrededor del año 1.000 aC. hasta la dominación romana.

Polis se denominaba a la ciudad y al territorio que ella reclamaba para sí.

Tenían un gran nivel de autocracia, lo que les garantizaba libertad, autonomía política y económica.

No existía oposición entre lo urbano y lo rural, ni existían relaciones de dependencia; muchos residentes urbanos vivían de las rentas del campo, al igual que la gran mayoría de los aristócratas.

El centro político-administrativo-social de la polis era la Acrópolis, donde se encontraba el templo, la gerusía (consejo de gobierno), el ágora y los edificos civiles.

El ágora era la plaza pública y mercado permanente. Rodeaba a la ciudad un anillo rural, en donde se cultivaba lo necesario para la supervivencia de la polis.

Las polis griegas eran ciudades estado totalmente independientes. Tras la desaparición de la civilización micénica los griegos formaron pequeñas comunidades, que evolucionaron en el siglo VIII aC, y se convirtieron en ciudades. Estas ciudades se conocieron con el nombre de "ciudades estado" o polis.

A diferencia de las ciudades de los grandes imperios (Mesopotamia, Egipto, Persia), que estaban organizadas alrededor del palacio real y del templo, el centro de la polis lo constituía el ágora, un espacio abierto donde los ciudadanos acudían para comerciar y para intercambiar ideas.

En el ágora tiene lugar la vida política de la polis, y en ella surge también la filosofía griega.

Las polis se constituyeron como una unidad política, social y económica de Grecia, pero si bien compartían una lengua, religión común, lazos culturales y una identidad racial e intelectual que exhibían con orgullo, los habitantes de estas ciudades no pudieron fundar un estado unificado.

Existía una gran rivalidad entre las diferentes polis, consideraban que el reducido tamaño de cada una era lo más idóneo para practicar una adecuada política.

En el siglo VIII aC, Jonia se encontraba al frente de la cultura y filosofías griegas y ciudades como Mileto y Éfeso siguieron floreciendo como centros de importancia durante el Imperio romano.

La civilización helénica de la Grecia antigua

El exceso de población, los disturbios de las polis y los intereses comerciales hicieron que a partir del año 750 aC, se iniciara un proceso de colonización que se extendería por espacio de dos siglos. Las principales colonias se establecieron en las costas de Sicilia, sur de Italia, Francia, España, el mar Negro, Egipto y Cirene en el norte de África.

Las nuevas ciudades del sur de Italia y de Sicilia recibieron el nombre de Magna Grecia. En un principio fueron los campesinos en busca de nuevas tierras para labrar, los que afrontaron el riesgo.

Las ciudades-madre o metrópolis planeaban los detalles del viaje y equipaban a los colonos, que irían acompañados por un aristócrata al frente de la empresa.

Al llegar, el jefe de la expedición buscaba un sitio que fuera fácil de defender y repartía las tierras entre los expedicionarios, en partes iguales. Estos pioneros se convirtieron en importantes terratenientes.

De esta manera, fueron surgiendo nuevas ciudades con un entorno agrícola a lo largo del Mediterráneo, que serían creadas a imagen y semejanza de las polis griegas de donde provenían.

Este es el caso de Cumas, (en Italia), fundada por colonos de Calcis, Bizancio, a orillas del Mar Negro, poblada por ciudadanos de Megara, Massalia, (actualmente Marsella, Francia), colonizada por gente de Focea, Tarento, poblada por colonos de Esparta, Siracusa, (en Sicilia), fundada por el corintio Arquias.


Leónidas y la Batalla de las Termópilas


La Batalla de las Termópilas (Puertas Calientes) fue un importante escenario del conflicto entre las polis griegas, con Esparta y Atenas a la cabeza, contra el Imperio Persa en el 480 aC.

Jerjes I, emperador persa, se propuso conquistar Grecia. Atenas quería detener la invasión como fuese y consiguió convencer a Leónidas I, Rey de Esparta, para que participase.

Leónidas, el 17º rey agíada de Esparta, fue uno de los hijos del rey Anaxandridas II. Sucedió en el trono, probablemente en 489 o 488 adC, a su hermanastro Cleómenes I y se casó con Gorgo, la hija de éste. Al tener dos hermanos mayores, Cleómenes y Dorieo, no se esperaba que pudiera llegar a reinar, pero Cleómenes falleció sin descendencia masculina y Dorieo murió, probablemente poco antes que Cleómenes, en Sicilia luchando contra los cartagineses.

La batalla más importante se celebró en un lugar llamado valle de las Termópilas. Allí esperó a los persas un ejército compuesto por 300 hoplitas espartanos (a los que hay que sumar otros 600 ilotas, pues cada espartano llevaba 2 siervos a su servicio), 500 de Tegea, otros 500 de Mantinea, 120 de Orcómeno y 1.000 hoplitas del resto de Arcadia, 400 de Corinto, 200 de Fliunte, 80 de Micenas, 700 tespios y 400 tebanos, además de 1.000 focenses y todos los locros.

Según las fuentes clásicas griegas, los soldados persas conformaban un ejército que oscilaba entre los 250.000 y el millón de efectivos. Sin embargo, la formación compacta e impenetrable de la falange griega era óptima para retener a la horda persa en un paso tan estrecho y en apariencia infranqueable.

Leónidas fue advertido sobre el gran número de arqueros que poseía Jerjes. Se le dijo que cuando disparaban, "sus flechas cubrían el sol" y "volvían noche el día". Dienekes, soldado espartano, consideraba el arco como un arma poco honorable, ya que evadía el enfrentamiento cuerpo a cuerpo. Fue entonces cuando pronunció su famosa frase: "Entonces lucharemos en la sombra".

Se dice que Jerjes, al toparse con los soldados griegos, supuso que éstos se marcharían al ver la magnitud de su ejército. Pasaron cuatro días y Jerjes, impaciente, envió un emisario exigiendo a los griegos que entregasen sus armas inmediatamente para no ser aniquilados. Leónidas respondió: "Ven a buscarlas tú mismo".

Así dio comienzo la batalla y fila tras fila de persas se estrellaron contra las lanzas y escudos espartanos sin que éstos cedieran un centímetro.

De esta forma, a pesar de la grave desventaja numérica, Leónidas y sus hombres se opusieron a las oleadas de soldados enemigos con un número mínimo de bajas, mientras que las pérdidas de Jerjes, aunque minúsculas en proporción a sus fuerzas, supusieron un duro golpe para la moral de sus tropas.

Durante las noches, Leónidas solía decirles a sus hombres: "Jerjes tiene muchos hombres, pero ningún soldado."

Frustrado e impaciente, Jerjes envió al frente a sus Diez Mil Inmortales, su fuerza de élite, llamados así porque cada vez que un Inmortal caía, otro corría a reemplazarlo.

Sin embargo, los resultados fueron los mismos.

Los persas morían a cientos, la moral del ejército decaía y los griegos no mostraban signos de cansancio. La batalla continuó de esta forma durante tres días. Fue entonces cuando Jerjes, abatido, recibió la ayuda que necesitaba.

Un griego llamado Efialtes (que significa "pesadilla" ofreció mostrarle a Jerjes un paso alternativo que rodeaba el lugar donde estaba Leónidas para acabar con su resistencia de una vez por todas. Sin dudarlo, Jerjes envió un importante número de sus fuerzas por ese paso.

Este paso se encontraba defendido por los focenses, pero al verse sorprendidos durante la noche por los persas, huyeron al primer contacto, sellando de esta manera la suerte de los defensores de las Termópilas.

Cuando Leónidas detectó la maniobra del enemigo y se dio cuenta de que le atacarían por dos frentes, reunió un consejo de guerra, donde ofreció a los griegos dos opciones: podían irse por mar a Atenas o permanecer en las Termópilas hasta el final.

Quedaron él, los lacedemonios (espartanos) y algunos tebanos.

Mientras el resto de la fuerza que había decidido irse se retiraba hacia Atenas, los 300 soldados de la guardia de Leónidas, los tespieos y los de Tebas se quedaron a presentar batalla hasta el final. Al despuntar el alba del cuarto día, Leónidas dijo a sus hombres: "Tomad un buen desayuno, puesto que hoy no habrá cena".

Fue tal el ímpetu con el que los espartanos lucharon que Jerjes decidió abatirlos de lejos con sus arqueros para no seguir perdiendo hombres. Leónidas fue alcanzado por una flecha y los últimos espartanos murieron intentando recuperar su cuerpo para que éste no cayera en manos enemigas.

La batalla duró cinco días y los persas consiguieron derrotar a los temidos espartanos, pero estos ya habían retrasado notablemente el avance persa, diezmado la moral de su ejército y matado a miles de soldados.

El sacrificio de los espartanos tuvo amplias repercusiones en la Grecia de la Antigüedad.

Tal fue su fama que hasta el día de hoy es considerado como uno de los ejemplos máximos de sacrificio ante una tarea imposible, en la cual unos pocos valientes se opusieron a la maquinaria de guerra más poderosa conocida y dieron sus vidas luchando por su tierra, su honor y su libertad.

Es una de las batallas más memorables y decisivas que presenció el mundo.

La hazaña fue recordada en una lápida conmemorativa escrita por el poeta Simónides, que decía así: "Oh, extranjero, informa a Esparta (Lacedemonia) que aquí yacemos todavía obedientes a sus órdenes".

Ya sea de forma poética o interpretada, el texto no debería leerse en tono imperativo, sino como una petición de ayuda aparte de un saludo para un visitante.

Lo que se busca en la petición es que el visitante, una vez deje el lugar, vaya y le anuncie a los espartanos que los muertos siguen aún en las Termópilas, manteniéndose fieles hasta el fin, de acuerdo a las órdenes de su Rey y su pueblo.

No les importaba morir a los guerreros espartanos, o que sus conciudadanos supieran que habían muerto. Al contrario, el tono usado es que hasta su muerte se mantuvieron fieles.

A finales del siglo XVIII se produjo un renacimiento cultural de tendencia nacionalista que propició el estallido de la guerra de independencia (1821-1832).

Sin embargo, el movimiento independentista carecía de unidad y en 1827 Rusia, Francia y Gran Bretaña decidieron intervenir en su ayuda.

Grecia se constituyó en un reino y el príncipe Otón de Baviera ocupó el trono en 1833.

A pesar de la oposición popular, la autoridad real se mantuvo en el poder hasta el siglo XX.

Ya en 1864, Jorge I aprobó una nueva constitución en la que se estableció el sufragio universal y en la que limitaba los derechos del soberano.

Durante la I Guerra Mundial, los griegos lucharon junto a los aliados y ocuparon Tracia.

Durante la II Guerra Mundial, Grecia impidió la invasión de las tropas italianas en octubre de 1940, pero seis meses más tarde cayó bajo el dominio alemán. Los movimientos de resistencia se dividieron en dos grupos, los monárquicos y los comunistas.

Esto desembocó en la guerra civil que se prolongó hasta 1949, año en el que los monárquicos se alzaron con la victoria.

Durante este periodo, Estados Unidos aplicó la Doctrina Truman, otorgando amplias sumas de dinero al gobierno anticomunista.

En 1981 Grecia entró a formar parte de la Comunidad Europea (actual Unión Europea).

Grecia entró en la UE a principios de 2001 y adoptó el euro como moneda un año más tarde. En 2004 Atenas fue elegida para celebrar los Juegos Olímpicos.

La Acrópolis de Atenas inicia su gran monumentalización con la Tiranía de Pisístrato.

La Tiranía en la Grecia de los siglo VII y VI a.C. era un fenómeno político ocasional producido por las luchas sociales y las transformaciones habidas en la sociedad, de esta forma, políticos populistas acceden al poder aprovechando la crisis y la confusión.

La palabra tiranía es de origen lidio, y en Grecia no tenía unas connotaciones excesivamente negativas, el Tirano era aquel que accedía al poder de manera extraordinaria y merced al apoyo del pueblo.

Era un régimen que se caracterizaba por ser ilegitimo, ya que el tirano accedía al poder por la fuerza, acabando con el orden establecido.

Ese carácter ilegitimo acompaña siempre al tirano, que, ocasionalmente, era aceptado sólo de forma temporal o para resolver una emergencia.

El tirano solía proceder de la oligarquía de la ciudad y se enfrenta, por lo general, a la nobleza, a la que quita los bienes y los reparte entre los pobres y las clases populares. Los tiranos encabezaban los movimientos populares, gozaban del favor popular o apoyo de los grupos humildes y lo utilizaban en beneficio propio.

 Eran verdaderos demagogos, que solían unir su tiranía a sus descendientes.

Hay muchos que ven en la tiranías un precedente del gobierno democrático, y no les falta razón, una vez que los tiranos pierden el apoyo de las clases populares, el pueblo y la aristocracia se unen para derrocarlos, de modo que, el fin de las tiranías supone la irremediable tendencia de las Polis hacia la Democracia.

La Polis de Corinto se convirtió en un gran centro comercial con la Tiranía de Cipselo,  vemos su templo de Apolo.
 
Las tiranías se sitúan cronológicamente en la Grecia Arcaica hasta el derrocamiento de Hipias de Atenas en el 510 a.C.

Hipias era descendiente del más destacado de los tiranos griegos, Pisístrato de Atenas, que curiosamente supone una época de esplendor, que da paso a la Atenas clásica y democrática de Péricles.

Para Aristoteles el gobierno de Pisístrato se asemejaba a la llamada Edad de Oro o de Cronos.

Pero hubo otros muchos tiranos en la Grecia arcaica, sobre todo en la Magna Grecia, Asia Menor y las Islas del Peloponeso, como: el ilustrado Polícrates de Samos, Hierón de Siracusa, el mecenas Dionisio I de Siracusa, Anfitres de Mileto o Cipselo de Corintio.

La mayoría (al modo de dictadores futuros) promovieron grandes obras públicas y generaron el florecimiento de las polis, encaminando su futuro hacia otros regímenes como la Democracia, el poder del pueblo, como ocurre en Atenas.

De manera que, nos centraremos en la tiranía más importante, de la Pisístrato y sus hijos en el siglo VI a.C.

Nos retrotraemos hasta el 632 a.C., año el que hay un intento de instaurar una tiranía por parte del noble Cilón, que da un golpe por la fuerza que, finalmente, fracasa.

Esto hecho hace que la aristocracia se vuelva aún más hermética y radical, por lo que hacia el 622 a.C. se promulga la reaccionaria legislación de Dracón. La nobleza tiene un poder ilimitado y una impunidad total en sus decisiones, lo que provoca tensiones sociales, que nos llevan a la figura del moderado legislador Solón.

Solón, tras ser nombrado arconte, hacia el 594 a.C. creó una nueva legislación que limitaba, en parte, el poder de la nobleza.

Dividió la población en clases según su dinero, es la llamada plutocracia o timocracia (gobierno de los poseedores), y se legalizaba la liberación de los campesinos. Solón es fundamental para la evolución de Atenas, sus leyes significan la emancipación del individuo, no obstante, pese a Solón la tiranía llegó a Atenas.

Ya que el Ática era una zona muy compleja y heterogénea, que junto con la agitación social, hace que se creen tres facciones o regiones en el Ática lideradas por Megacles, Licurgo y Pisístrato.

Éste ultimo era un militar destacado cercano a Solón, lo que le generó gran popularidad, junto con su victoria en la guerra con la polis vecina de Mégara.

Ruinas de Mileto, que conoció tres Tiranos apoyados por los persas.
Pisístrato era muy hábil, y hacia el 561 a.C. se presenta en el ágora lleno de heridas, simulando haber padecido un atentado hacia su persona y pidiendo protección al pueblo.

Logra que el pueblo le aprobase la creación de una guardia personal de trescientos hombres armados con porras, una fuerza que utilizó para tomar la Acrópolis y hacerse con el tesoro y el gobierno de la ciudad.

Durante seis años Pisistrato gobierna Atenas con el apoyo del pueblo, a pesar de las criticas de Solón al pueblo por dejar llegar la tiranía. Pero quedaban las facciones de Licurgo y Megacles, que se unen y provocan el exilio de Pisístrato en el 556 a.C.

Sin embargo, el gobierno de Licurgo y Megacles no fructificó por falta de entendimiento, y Megacles toma la decisión de acercarse políticamente al exiliado Pisístrato, su asociación se hizo fuerte, incluso ofreció a Pisistrato a su hija como esposa.

 Pero fue otro ardid el que supone el regreso del tirano, al disfrazar a una muchacha como una falsa Atenea y llevarla a la ciudad en un carro, para que pronunciase un discurso reclamando el regreso del tirano. Herodoto, se sorprendía de la ingenuidad del pueblo ateniense, pero la masa popular siempre es supersticiosa y crédula. De forma que, Pisístrato estaba de nuevo al frente del gobierno de Atenas, junto con Megacles.

La Tiranía supone un gran desarrollo económico y artístico, destacar las cerámicas de figuras negras del siglo VI a.C.

Empero, la alianza entre Megacles y Pisístrato se va a romper, por incumplimiento de los deberes conyugales de Pisístrato con la hija de Megacles.

Ya que no quería tener nuevos hijos que impidieran llegar a sus hijos mayores al poder, por lo que el tirano cae en un segundo exilio. Pisístrato huye, pero con celeridad y la ayuda de sus hijos,
fundamentalmente Hipias, prepara su triunfal regreso a Atenas.

Se hace con un gran fortuna y un gran ejército, que hacia el año 539 a.C. desembarca en Maratón avanzando hacia Atenas.

En dicho avance se le unen muchos seguidores, con lo que derrotó fácilmente a los atenienses e instauró, de nuevo, su tiranía.

Con su riqueza, su eliminación y huida de opositores, y el desarme absoluto de los ciudadanos, su tiranía se consolidó. Fue un periodo de prosperidad y paz social para Atenas, de reducción de impuestos, que favoreció, fundamentalmente, al campesinado y a los ciudadanos más pobres, a los que repartió las tierras confiscadas a sus rivales.

Una época de gran desarrollo económico, como prueba se inician las acuñaciones de moneda en Atenas.

El objetivo fundamental de Pisistrato era la expansión e integración de Atenas en el Atica, para controlar todo el territorio. Como herramienta de cohesión política creó festivales religiosos, en honor a la gran diosa Atenea, que reuniesen a toda la región, las llamadas Panateneas. Y utilizó su gran fortuna para monumentalizar la ciudad, creando un gran programa de obras públicas.

Algo muy habitual entre los tiranos griegos, para dotar a la ciudad de infraestructuras y dar trabajo a sus ciudadanos. inicia la monumentalización de la Acrópolis y del Ágora, dotándola de grandes altares y fuentes, además de iniciar la construcción del gigantesco Templo de Zeus Olímpico.

Y es que la tiranía de Pisistrato fue también la antesala del esplendor artístico de la Grecia Clásica.

Los Tiranicidas, Harmodio y Aristogitón, copia romana, Museo Nacional de Nápoles.
Según el gran historiador griego Tucídides, Pisístrato “ejerció su autoridad sin despertar odios” llevando Atenas a una era de esplendor. Por eso, a su muerte en el 527 a.C. su tiranía continuó en sus hijos: Hípias, el mayor, y sus hermanos Hiparco y Tesalo.

Hipias e Hiparco mantienen la línea de gobierno de su padre, ahondando en el desarrollo cultural. Llegamos al año 514 a.C., año en el Hiparco fue asesinado por los llamados Tiranicidas, dos nobles atenienses, Harmodio y Aristogitón.

Lo que generó una tremenda represión por parte de Hipias, provocando la unión de la oposición ateniense, los Alcmeónidas y el rey espartano Cleómenes. Una alianza que consigue expulsar a Hipias en el año 510 a.C.

El fin de la tiranía supone la posterior llegada de Clístenes, que emprende la progresiva creación de la Democracia clásica Ateniense, basada en los derechos iguales para los ciudadanos.

La gran relevancia de los tiranos griegos es que suponen el caldo de cultivo de la gran Grecia Clásica del siglo V a.C. marcada por la Democracia y el fastuoso desarrollo intelectual y cultural.

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Bibliografía:
J. M. Roldán. Historia de la Grecia Antigua. Ed Universidad, Salamanca,1998.
  • HAZEL, John. Quién es quién en la Antigua Grecia. Editorial Acento, 2002
  • Jaeger, W. Paideia: los ideales de la cultura griega. Berlín 1933
  • La literatura griega de la época helenística e imperial. Buenos Aires, Losada, 1972 
  • Vía VCN
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