El espectro de Hannah Arendt

El espectro de Hannah Arendt
Hannah Arendt… ¿filósofa? ¿escritora? ¿politóloga?

La verdad, la etiqueta es lo de menos, a pesar de que en los últimos tiempos muchos se han apuntado al carro de su redescubrimiento, será por eso del centenario y de sacar algún beneficio del mismo.

Lo mejor que puede hacerse para entender a Arendt es leer, a mi entender, una obra suya que tiene mucha miga, Los orígenes del totalitarismo.

Esto es así porque, como muchas otras personas de su época, se encontró en el lugar equivocado, en el momento equivocado y rodeada de las personas equivocadas.

Es penoso y peligroso el generalizado olvido actual -¿diría pasotismo voluntario?- acerca de ciertas décadas del siglo pasado.

No lo olvidemos, de los errores y cenizas de aquella monstruosidad a la que llamaron la Gran Guerra, ahogada en champán y charleston en los “felices” veinte o, también, perpetuamente recordada día a día en una inflación galopante que llenó de billetes de banco los basureros de la “gloriosa” República de Weimar, nacieron algunos de los episodios más oscuros y terribles de la historia de la humanidad.

Siglo XX, testigo de prodigios y esperanzas sin igual, descubrimientos médicos y científicos, de revoluciones tecnológicas sin parangón.

Padre, igualmente, del gestor de uno de los destinos mas fatales de la historia, por quien se eliminaron a millones de personas en medio de décadas de mixtura entre venganzas, negligencias y desidias innombrables.

A Hannah le tocó una parte importante de aquello y, para colmo, cometió el pecado capital más grave de cuantos podían cometerse en los años “duros” de la Europa del XX, a saber, no se posicionó ideológicamente de manera clara. ¡Sacrilegio!

O eras comunista, o socialista, liberal, conservador, nazi, fascista… daba igual, todo estaba tan polarizado, marcado por los extremos que, cuando una apátrida sin ideología clara -o sea, que no se amoldaba a los fáciles esquemas establecidos- todo el mundo sospechaba de ella.

 Si no es comunista, será amiga de los nazis, decían algunos. ¿No condena usted a esos “comunistas”? le decían cuando estaba de moda la caza de brujas ¡Pues eso será porque es usted filocomunista! Nada, que no había manera.

Así, entre cigarrillo y cigarrillo, Hannah desarrollo sus ideas y teorías acerca del nacimiento y desarrollo de los totalitarismos que convirtieron el siglo XX en un cementerio, aquellas ideologías idealistas y basadas en la utopía “realizable” que tantos ríos de sangre hicieron brotar. Nació Johanna Arendt hace cien años, en Alemania, hija de judíos -mal asunto- quedando huérfana de padre siendo una niña.

En la universidad se “colgó”, literalmente, de Martin Heidegger que, al parecer, estaba encantado de contar con aquella chavala en su cama pero que no tardó en largarla, aunque ella siempre sintió por el filósofo una gran admiración, tanta que, cuando terminó la Segunda Guerra Mundial y comenzó el proceso de desnazificación, ella se mantuvo a favor del “contaminado” Heidegger.

En el albor de los años treinta, publica su tesis doctoral, de la mano ni más ni menos que de Karl Jaspers y contrae matrimonio. Mal lugar, Alemania, en malos tiempos, había llegado Hitler al poder y ya se sabe, a los judíos ni agua.

La inhabilitaron como profesora, escapa a París, se divorcia, se vuelve a casar…

Son años de escapada, contactos con la resistencia, movimientos sionistas -aunque ella declaró no ser una sionista convencida, más bien circustancial- es deportada a un campo de concentración y, finalmente, logra escapar del infierno en que se ha convertido Europa, terminando en los Estados Unidos.

A partir de ahí, comienza a publicar ensayos filosóficos, muchos de ellos centrados en intentar entender cómo se podía haber llegado a esa negra situación. Pero no por haber salido del infierno iban a terminar sus problemas.

Con los años, se la acusó de filocomunista allá donde el comunismo estaba mal visto, se la acusó de “amiga” de los nazis por negarse a declarar en contra de Heidegger o por sus postura en el proceso de Eichmann, cuando la acusaron de ser enemiga del sionismo.

Total que, hasta su muerte a mediados de los setenta, la que durante años no tuvo patria -al escapar de Alemania perdió todo derecho y no logró el “carné” de otro país hasta pasado bastante tiempo- tuvo que luchar por tener ideas propias en momentos y lugares en los que le hubiera venido bien sumarse al carro de la mayoría, declarándose anticomunista, liberal, conservadora, nazi, sionista o lo que fuera, como hicieron muchos otros que cambiaron de chaqueta según les venía bien.

Ella descubrió que la realidad no podía amoldarse a ideologías tan encorsetadas y ficticias como todas aquellas entelequias, lo que le valió el vivir en un permanente estado de incomprensión y sufrimiento.

Quizá, en todo aquel infierno ideológico, haya sido Martin Niemöller quien mejor explicó cómo pudo llegarse a tal situación.

Martin, a través de unas palabras que ya se han hecho famosas -atribuidas a veces erróneamente a Bertolt Brecht- expresó así lo que Arendt y otros muchos, en su espectral presencia hoy día quieren recordarnos:
Primero vinieron a buscar a los comunistas, y yo no era comunista así que no hablé. Después vinieron por los socialistas y los sindicalistas, pero no era lo uno ni lo otro así que no hablé. Después vinieron a por los judíos, pero yo no era judío así que no hablé.
Y cuando vinieron a por mí ya no quedaba nadie que pudiera hablar por mí.
Sólo espero que el olvido y la desidia no vuelvan a convertir el mundo en un infierno insoportable como el que se sufrió entonces.

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