Asesinato de la emperatriz Sissi , cansada de la vida

Amante de los viajes, Isabel de Habsburgo, se hospedó en varias ocasiones en los hoteles más lujosos de las orillas del Lago Lemán.

Precisamente frente a uno de estos hoteles ,el 10 de septiembre de 1898 , el 'Beau Rivage', de Ginebra, fue testigo de como durante un paseo de fin del verano, la emperatriz austro húngara fue víctima de de un obrero anarquista italiano,que acabó de una certera puñalada en el corazón con la vida de la famosa "Sissi" emperatriz de Austria.

Ambos, el verdugo y la víctima, eran personajes literarios. Él, más vulgar, parecía salido de un folleto social ,de esos que contaban las innumerables desgracias de los pobres.

Ella, mucho más compleja, era como la protagonista de una novela psicológica de las que diseccionan una personalidad atormentada.

Él se llamaba Luigi Lucheni y era el hijo sin padre conocido –quizá el señorito– de una pobre criada italiana. Para ocultar su vergüenza, su madre abandonó su ciudad y se fue al extranjero. Tuvo a su hijo en París y lo abandonó en un orfanato.

Fue por tanto un desarraigado desde su gestación. El orfanato le dio cierta instrucción, pero nunca pudo trabajar másque de jornalero, aunque lo hizo por media Europa. De forma natural abrazó la ideología internacionalista del anarquismo y asumió la militancia en la “propaganda por el hecho”. Dicho en claro, el asesinato indiscriminado de los poderosos que tenían explotados a los pobres.

Ella se llamaba Elizabeth von Wittelbasch, conocida por Sissi, y era emperatriz de Austria. Los Wittelbasch tenían un ramalazo de insania, su primo era el Rey Loco de Baviera.

Sissi era tan desarraigada como Lucheni, jamás se había integrado en la Corte de Viena ni en la vida familiar con su conservador esposo, Francisco José de Austria.

La idílica Sissi emperatriz que nos presentan las películas llenas de miel de los sesenta nada tiene que ver con la verdad de ésta mujer obsesionada con su belleza corporal, con su estatura de 1,72 metros. nunca llegó a pesar más de 50 K., obsesionada con los ejercicios físicos, que tardaba hasta tres horas en vestirse y fetichista.

Mujer muy estudiada en su momento por psicólogos por sus desordenes mentales y su profunda melancolía nos recuerda a otra persona emparentada colateralmente con otra rama de la realeza europea y que también tuvo un trágico final no hace mucho tiempo y que incomprensiblemente para nosotros es reverenciada por un colectivo social.

Es tan apasionante y misteriosa la historia de ésta mujer, nos referimos a Sissi, que es posible que le dediquemos otro artículo mas adelante.

Vagaba por el mundo presa de la melancolía.

Decir que era anoréxica sería simplificar mucho, sometía a su cuerpo a una disciplina que más bien era un castigo, como si lo odiase.

Tenía una belleza inquietante; ningún hombre podía escapar a su fascinación.

Una tristeza infinita, justificada por las desgracias familiares; su único hijo varón se suicidó. Un carácter neurasténico y morboso; le gustaba visitar los manicomios.

Era una princesa cansada de la vida

"Pueblo suizo, tus montañas son soberbias y tus relojes funcionan bien, pero cuán peligrosa es para nosotros tu venganza regicida".

En las pocas líneas escritas por Isabel de Habsburgo hacia 1880, se percibe, con la apariencia de un trágico presentimiento, el temor de la emperatriz a vivir en un país considerado como particularmente acogedor con anarquistas y revolucionarios.

Examinando su biografía se descubre no obstante que en los últimos años "Sissi" ya no tenía más miedo del peligro anarquista. Cansada de su existencia, la emperatriz parecía esperar la muerte con cierta impaciencia.

Renunció incluso a la protección de algunos agentes a pesar de las urgidas recomendaciones de la policía helvética.

El azar los unió en Ginebra un 10 de septiembre de 1898.

"Isabel había llegado a las tres de la tarde a Territet con el tren que venía de Niza. Estaba acompañada por 8 domésticos y 42 maletas", escribía el diario de los extranjeros de Montreux y alrededores del 20 de febrero de 1893.

Agotada por la crisis conyugal después de haber descubierto a su marido entre los brazos de una condesa, "Sissi" siguió el consejo de su médico que le sugería viajar.

Iniciaba así un largo periplo a través de Europa que la llevaría a transitar brevemente por Zúrich, Lucerna y Ginebra, antes de detenerse en el 'Hotel de los Alpes', en Territet.

Apasionada de los paseos por las orillas del lago y por las excursiones en la montaña, "Sissi" regresó en varias ocasiones a las costas del Lago Lemán en el cantón de Vaud.

Según Evelyne Lüthi Graf, responsable de los archivos comunales de Montreux, "la emperatriz apreciaba de modo particular la calma del lugar".

Lucheni trabajaba de peón en la construcción del edificio de Correos. Estaba fichado por la policía suiza, que sin embargo le consideraba “no peligroso”. Inmenso error. Un día se enteró de que estaba en Ginebra el duque de Orleans y decidió asesinarle.

El duque era uno de los pretendientes al trono de Francia, es decir, nadie, desde el punto de vista político. Pero para los propagandistas por el hecho cualquier miembro de la realeza, la aristocracia o la gente rica es reo de muerte.

Lucheni no tenía detrás organización alguna, ni medios propios. Ni siquiera podía procurarse un arma. Afiló una delgada lezna, se la echó al bolsillo y salió a buscar al duque de Orleans.

La emperatriz estaba en Ginebra sin escolta ni séquito, como acostumbraba. Se hospedó en el Hotel Beau Rivage, y esa mañana quiso hacer una excursión por el lago Leman al balneario de Territet.

Salió al muelle de Mont Blanc seguida por una solitaria dama de honor, la condesa Sztaray. Nadie la reconoció, Sissi era maestra en mantener el incógnito.

Nadie excepto Lucheni. Los terroristas anarquistas eran devoradores del equivalente a la prensa del corazón, las revistas ilustradas y los ecos de sociedad, pues había que conocer al enemigo. ¡La emperatriz de Austria a su alcance!

Se olvidaba del duque, Sissi aseguraba mayores titulares. Simuló un tropezón y le clavó la lezna en el corazón. Nadie se dio cuenta.

Sissi cayó al suelo, pero fue levantada por la condesa. “No ha sido nada”, tranquilizó a su dama, y embarcaron. Al poco le dio un desmayo a bordo.

“No es nada, sólo el susto”, insistió. Pero cuando ya surcaron las aguas del Leman sintió un dolor agudo en el pecho.

La condesa le desabrochó el vestido y vio una mancha de sangre pequeña como una moneda. La herida parecía insignificante, la lezna le había penetrado justo en el ventrículo izquierdo, provocando una hemorragia ligerísima, la sangre caía gota a gota en el pericardio, provocando una lenta parada del corazón.

Sólo entonces se identificó ante el capitán del barco, que inmediatamente regresó a Ginebra. La llevaron a su hotel y murió una hora después, sin una queja.

La muerte fue quizá una liberación para ella.

Lucheni, que sería condenado a cadena perpetua, al conocer en el juicio la personalidad de su víctima, dijo consternado: “Y yo que creía haber matado a una persona que vivía en una felicidad insolente”.... se suicidó.

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