¿Pesadilla genética?

¿Pesadilla genética?
Células sanguíneas de la serie blanca.
Para conjurar definitivamente la infección respiratoria que me viene fastidiando durante la última semana, nada mejor que una colección personal, revisada, de ideas, hasta cierto punto inconexas, con ligero tinte bioético… 

El siglo XX ha sido testigo de las grandes revoluciones de la física, la informática y la biología. Esta última, el conocimiento profundo de la materia viva, es una revolución que no ha hecho más que esbozarse. Se piensa que el siglo XXI será el de la mutación “voluntaria” de la vida tal y como la hemos conocido hasta ahora.

El proyecto genoma ha dado ya su fruto. Tenemos el mapa de los genes que nos constituyen.

Hay, a partir de esta base, un nuevo reto: identificar las funciones de los genes y de las proteínas expresadas por éstos.

La base genética de muchas enfermedades hereditarias ya se conoce.

Es un punto de inicio a partir del cual desarrollar los remedios a las mismas.

Por medio de análisis genéticos rápidos conoceremos las enfermedades a las que cada uno de nosotros seremos propensos dentro de varios años y encaminar su solución de forma preventiva o efectuar actuaciones médicas a priori.

El proyecto genoma es una de las pocas grandes realizaciones de la historia que se ha completado antes de tiempo y a un menor coste del estimado en principio.

La evolución que lleve el desentrañar las funciones génicas es muy imprevisible. Esta detectivesca labor va a ser mucho más complicada que la secuenciación.

Al desentrañar la secuencia de genes lo único que se hace es repetir un procedimiento fijo con las larguísimas cadenas de nuestro ADN. No era más que un problema de potencia de cálculo. El siguiente paso se complica, al no existir procedimiento fijos para ello.

Dificultades añadidas ponen trabas a la averiguación, muchas proteínas dependen de factores poligénicos, unos genes activan otros o los desactivan en función de variadas carambolas moleculares en la célula.

Desentrañar todo este complejo laberinto molecular va a ser, de forma segura, una titánica labor que llevará décadas.

Los que creían que con la secuenciación del genoma ya estábamos a las puestas del paraíso se equivocaron totalmente.

Dentro de pocos años cada individuo llevará consigo, junto con el carnet de identidad o el de conducir, en la cartera, una tarjeta digital con los datos de su genoma “personalizado”.

Este nuevo documento nos prevendrá de las enfermedades a las que cada uno somos propensos, aunque puede traer serios problemas sociales que deberán ser gestionados por nuevas leyes. 

El ejemplo clásico es el de las compañías de seguros o las oficinas de empleo. Me levanto un soleado día y decido que ya es hora de hacerme un seguro de salud privado. Al llegar a la oficina de seguros me atiende un amable agente, que me repite hasta la saciedad las inmejorables ventajas de su producto. 

Ya estoy convencido, es el seguro ideal. Para cerrar el trato presento mi documentación, entre la que va mi copia genética personal. Tras consultar el terminal de red, el empleado pone mala cara de repente. Sí, hay un problema, me dice. 

La compañía no puede asumir los riesgos que implica cierto problema con mi genoma. Parece ser que, según mis genes, tengo una alta probabilidad de padecer una grave enfermedad nerviosa hereditaria.  

El agente de seguros, con gesto serio y duro, me confirma que no puede realizar la transacción pensada, si realmente deseo hacerme un seguro en esa compañía tendré que pagar mucho más de lo inicialmente pactado.

Esta ficticia situación podría suceder realmente en muchas situaciones diferentes en un futuro no muy lejano, empleo, salud, seguros, ocio…todo quedaría afectado por esta suspicacia contra las debilidades genéticas. 

En el ámbito legal, el ADN ya se ha mostrado muy útil. Hay secuencias indicadoras genéticas personales que sirven para demostrar que una muestra biológica pertenece a un individuo determinado.

Es una importante prueba forense muy utilizada en ciertos casos, como violaciones y asesinatos en los que se han recogido muestras de los agresores.

También se está empezando a utilizar en los estudios del pasado, la biología molecular pronto será una herramienta básica de los arqueólogos.

A partir de muestras de los cuerpos momificados en la antigüedad se pueden averiguar muchos datos interesantes sobre la alimentación, la cultura o las enfermedades de épocas anteriores.

El cáncer no es una sola enfermedad que afecta a varios órganos. Es un conjunto de enfermedades muy diferentes entre sí, que comparten una trágica característica común: la proliferación incontrolada celular.

Son células normales del cuerpo humano que un día deciden, tras mutar genéticamente, desobedecer las órdenes propias de sus funciones y extenderse sin final, hasta acabar con la vida de su huésped.

Durante décadas se ha prometido una cura definitiva contra este mal, se ha visto muy cerca, otras veces lejana, pero aún no hay un remedio eficaz de forma generalizada contra los carcinomas.

La genética puede ser la solución definitiva para el cáncer. La esperanza se ha depositado en la terapia genética, no sólo para el cáncer, sino para muchas otras enfermedades, desde el SIDA a los desórdenes nerviosos degenerativos. Esta técnica, en teoría muy simple, es en la práctica, muy compleja.

Los primeros ensayos no han resultado todo lo efectivos que se había esperado. Localizado un tumor se procede a eliminar su mayor parte por medios quirúrgicos.

Dependiendo del tipo de carcinoma, se localiza un gen diana que afecte solo a las células del mismo.

Después, se introduce un virus inofensivo que ataque a las células tumorales. Este virus ha sido programado genéticamente para no afectar a las células sanas y destruir a las cancerosas.

La teoría es simple, el resultado actual no es muy bueno. Pero los contratiempos no hacen detenerse a la medicina molecular, pues, poco a poco, se van conociendo los mecanismos en los que se basa la enfermedad cancerosa.

Es curioso cómo la vida ofrece soluciones inesperadas. El secreto de la inmortalidad está agazapado entre las células del cáncer. Las células cultivadas de recién nacidos se dividen hasta unas 90 veces.

El mismo tipo de células cultivadas, pero esta vez de una persona de más de 70 años, solamente se dividen hasta unas 30 veces.

Alcanzados los límites de división, el cultivo ya no crece más, las células tienen una especie de reloj interno que las indica hasta cuando vivir.

Las células cancerosas carecen de este mecanismo de control, así se dividen indefinida e incontroladamente, son inmortales. En las porciones extremas de cada uno de nuestros cromosomas, hay una serie de repeticiones de una secuencia genética concreta.

Los cromosomas son las estructuras en las que se empaqueta el ADN de nuestras células. Las porciones repetidas se denominan telómeros y se componen de la secuencia TTAGGG repetida hasta 2.000 veces.

Cuanto más edad tiene una célula, más corto es el número de repeticiones. Cada vez que una célula se divide, pierde entre 10 y 20 de estas repeticiones, cuando el telómero ha desaparecido, la célula deja de dividirse y muere.

Es como un reloj de cuenta atrás. En las células cancerosas el telómero permanece estable en cada una de las divisiones, esto es lo que puede conferirlas la inmortalidad.

¿Qué mecanismo hace que las células cancerosas mantengan sus telómeros?

La respuesta se descubrió en 1984.

La telomerasa es un enzima que repara el telómero para que permanezca estable o incluso crezca. Las células cancerosas han desarrollado una mutación en sus genomas que las permite producir telomerasa, un compuesto que en la mayoría de las células normales no está presente.

Se han propuesto terapias que ataquen a las células que portan telomerasa, las cancerosas, para destruirlas sin dañar los tejidos sanos. Aún son ideas muy nuevas que esperan la confirmación clínica.

Otros creen que esta será la llave de la inmortalidad humana, deteniendo a voluntad el reloj biológico con el que todos nacimos.

En el proceso de envejecimiento no interviene solamente el reloj biológico, hay muchos otros factores que deberían controlarse si se quiere alargar la vida. Son factores como la oxidación celular o las variaciones en los niveles hormonales.

No todo es tan esperanzador.

La era Fleming pudiera estar tocando a su fin. Nuestra batalla contra las enfermedades infecciosas era, no hace mucho, una victoria segura a nuestro favor.

Ahora las bacterias comienzan a combatir con ciertas ventajas.

Durante décadas se ha hecho un muy mal uso de los antibióticos. Se han prescrito de forma totalmente irracional, el ganado en las granjas ha sido alimentado con piensos complementados con altas dosis de agentes antibacterianos, grandes cantidades de los mismos se han usado en todos los campos de la producción alimentaria o en la limpieza.

Eran los medicamentos milagrosos invencibles. Enfermedades terribles del pasado, como la tuberculosis, han vuelto, esta vez más potentes que nunca. Las bacterias, como los virus, tienen la asombrosa capacidad para mutar de forma continua buscando cambios en sus estructuras y metabolismos que les hagan tener ventajas sobre las condiciones adversas del medio.

El cambio genético hace que ahora muchas cepas bacterianas sean totalmente resistentes a la mayoría de los antibióticos. Ante este nuevo peligro no podemos confiar ya en los antibióticos de toda la vida.

El siguiente paso es la antibioterapia molecular. Mediante diseño racional de fármacos se atajará el problema sin que esta vez haya resistencia posible por parte de los patógenos. Estos fármacos serán específicos para cada bacteria, casi para cada persona, viajarán directos a sus dianas químicas con una efectividad mortal.

Son procedimientos bioquímicos en desarrollo, esperemos que no lleguen muy tarde, pues las bacterias nunca descansan, ahora mismo están mutando por todas partes y alguna puede aprender en cualquier instante una nueva forma de esquivar nuestras mejores armas.

La manipulación genética se ha propuesto otros grandes horizontes. Mediante estas técnicas se han creado seres vivos que tienen en su genoma ADN de diferentes especies. Se han conseguido copias genéticamente idénticas de individuos de diferentes especies, como el más famoso de los clones, la oveja Dolly.

Durante miles de años los hombres hemos jugado a ser dioses modificando las características de plantas y animales. Seleccionando los vegetales de mejor rendimiento y cruzándolos con otros interesantes, se mejoró la agricultura.

Igualmente se hizo con la ganadería y en la creación de dos nuevas razas de animales domésticos muy queridos: los perros y los gatos.

Nunca como ahora esta capacidad para crear nueva vida ha sido tan poderosa. Se puede conferir a los vegetales las propiedades que queramos, a través de la inserción de genes con características beneficiosas en sus células. Ya hay maíz resistente a plagas o algodón que nace tintado con substancias orgánicas naturales, que la misma planta segrega.

Se puede programar a las plantas y los animales para que produzcan medicamentos baratos o se pueden crear nuevos órganos de estructura humana en cuerpos animales para tener recambios en caso de necesidad de trasplantes, con la ventaja de no existir rechazo, al ser tejidos perfectamente compatibles con los del paciente.

Este poder para manipular la vida no tiene unos límites vislumbrables aún. Puede ser muy beneficioso, pero también muy peligroso.

Hijos a la carta, clones como esclavos, control de poblaciones, vegetales alergénicos… toda una nueva serie de peligros que se han tratado de forma recurrente en las novelas de ciencia ficción, pero que en breve serán pesadillas reales.

La bioética y las legislaciones en materia de ingeniería genética serán la red en la que se podrá amparar la dolida dignidad humana y animal durante el siglo XXI, sólo hay que esperar que las leyes no vayan tan detrás de la tecnología como ahora.

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FUENTE :http://www.alpoma.net/tecob/?paged=242
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