La extraordinaria Sophie Germain

La extraordinaria Sophie Germain En la historia encontramos muchas mujeres dedicadas a las ciencias matemáticas, la mayoría de ellas olvidadas.

Sophie Germain destacó en el siglo XVIII por su pasión hacia los números, más allá de los prejuicios sociales y la oposición de su familia.

Autodidacta apasionada, Sophie creó grandes trabajos dentro de los campos de la matemática y las ciencias físicas, a pesar de lo cual, ni siquiera hoy, es recordada como se merece.

Nacida en 1776, en la Francia absolutista antes de la Revolución, Sophie Germain pertenecía a una rica familia burguesa con larga tradición en asuntos comerciales.

Con la llegada de la Revolución Francesa su padre, Ambroise-Francois Germain, se introdujo en la política, participando como diputado electo del Tercer Estado en la Asamblea Constituyente de 1879.

Aunque Sophie no compartía las pasiones políticas de su familia, si apoyó el cambio, luchando por la igualdad total entre hombres y mujeres.

Sus familiares y amigos no comprendían su pasión por el conocimiento, era algo impropio de una mujer, totalmente inconcebible.

Leyó y estudió todos los libros de matemáticas de la biblioteca paterna, siendo presionada continuamente para que abandonara tan insana inclinación, pero ella nunca cedió y, por las noches, a la luz de las velas, dedicaba muchas horas al estudio.

Sophie nunca se casó, ni trabajó para mantenerse porque, a pesar de su negativa opinión, su padre la mantuvo durante toda su vida.

Nadie prestaba atención a las ideas de Sophie, que progresó con rapidez desde el estudio de las bases matemáticas hasta adentrarse en los nuevos mundos abiertos por Newton.

Con diecinueve años comenzó varios cursos en la recientemente fundada Escuela Politécnica, firmando muchas veces, cuando tenía que enviar opiniones o trabajos a los profesores, como un varón.

A finales del siglo XVIII solamente las más altas damas de la aristocracia recibían una mínima formación científica, siempre a través de libros adecuados a su “inferior” mentalidad, del tipo: Astronomía para damas, con el contenido mínimo para que pudieran conversar con cierta propiedad si surgían temas científicos en las reuniones de la alta sociedad.

Logró entrevistarse con grandes científicos de su época, como Lagrange, e intentó recibir una formación académica verdadera, siendo rechazada sistemáticamente y sin excepción. Siempre se mantuvo aislada del mundo científico oficial y de la frívola aristocracia.

Su propio carácter puede que influyera en este aislamiento, pues no gustaba de las reuniones de sociedad por su gran timidez.

Se mostraba convencida de que, si realmente aportaba algo nuevo a la ciencia, ésta obra perduraría en el tiempo por encima de los malos pareceres de su entorno.

Las aportaciones originales de Sophie Germain a la matemática surgieron de su interés por la teoría de números.

Estudiando durante muchos años la obra de Gauss, se decidió escribir al insigne matemático varias cartas en las que explicaba sus tesis, firmándolas con el seudónimo “Le Blanc” por miedo a ser rechazada como mujer.

En la primera carta, explicaba cómo el muy famoso último teorema de Fermat no era resoluble en determinadas condiciones.

La respuesta de Gauss fue muy agradable, agradeciendo el esfuerzo y el buen hacer matemático del nuevo erudito. La correspondencia continuó durante algún tiempo, hasta que, en medio de las Guerras Napoleónicas, y temiendo por la seguridad del viejo genio, Sophie se descubrió, al fin, como mujer en una carta.

La respuesta de Gauss fue inesperada, en nada parecida a la que era de suponer en un hombre de principios del XIX. Para el viejo matemático, la vida de Sophie era una proeza en sí misma, al haber superado todos los formidables obstáculos sociales para demostrar su talento.

Posteriormente, en otras cartas Sophie propuso a Gauss el llamado teorema de Germain, ahondando en la conjetura de Fermat.

Pero esta genial construcción matemática cayó en el olvido al dejar Gauss sus labores matemáticas tras ser nombrado catedrático de astronomía en Göttingen.

Tras cesar su correspondencia con el viejo sabio, decidió buscar un reto mayor que la teoría de números, encontrándolo finalmente al intentar explicar las misteriosas figuras de Chladni.

Estas figuras geométricas se forman al hacer vibrar una superficie cubierta de arena. Las diferentes formas que aparecen en estos experimentos dependen, tanto de la naturaleza del sonido, como de la forma de los soportes.

Las figuras son tan impresionantes que incluso atrajeron la atención del emperador, decidiendo que se concedería una medalla de un kilogramo de oro a la persona que lograse construir la teoría que explicara el fenómeno.

Sophie vio en este reto una oportunidad que no debería dejar escapar. Se empapó con todos los escritos que pudo encontrar acerca de las teorías de la elasticidad, vibraciones y mecánica analítica.

Tras mucho trabajo decidió presentar una hipótesis al concurso, siendo en realidad la única que se presentó al mismo, pues nadie más tenía ni idea de cómo abordar el asunto.

A pesar de que su teoría parecía correcta, carecía de bases apoyadas en principios físicos, siendo por esto rechazada.

El gran Lagrange vio que el trabajo de Germain era realmente bueno, intuyendo los posibles errores en sus formulaciones matemáticas y exponiendo cómo se podrían mejorar. Al no hallarse la solución se decidió ampliar el plazo del concurso por otros dos años.

Cumplido el plazo se presentó, de nuevo, un solo trabajo, cuya autora era Sophie Germain. Su constancia se vio recompensada, pues lograba demostrar que las ecuaciones de Lagrange pueden explicar varios modelos sencillos de imágenes Chladni.

Aunque no pudo explicar todas las configuraciones, declarándose de nuevo desierto el concurso, sí que recibió la mención honorífica de la Primera Clase.

Aparece entonces la figura de Siméon-Denis Poisson, matemático interesado en el tema aplicando los modelos de la mecánica newtoniana.

Basado también en las ecuaciones de Lagrange y Germain presentó su modelo explicativo, que sí fue aceptado, aunque no pudo recibir el premio al ser miembro de la sociedad que lo otorgaba.

Pero Sophie no estaba de acuerdo con la nueva teoría, en la que encontró grandes fallos.

De nuevo, retomando el asunto, la matemática logró su objetivo y, en su tercera presentación al concurso, consiguió el tan preciado premio, aunque los académicos consideraron que el modelo de Germain padecía de algunos fallos que era necesario pulir.

Sophie, que no acudió a la ceremonia de entrega de la medalla a causa de su extrema timidez, vio así recompensado su esfuerzo.

Pero la oficialidad, masculina, de la ciencia no la tomó en cuenta para nada, no se la admitía en las discusiones públicas, pues era un desprestigio tener en ellas a una mujer. Sophie comenzó a despreciar a sus admirados genios matemáticos contemporáneos, sintiéndose utilizada y desplazada.

Hubo un hombre que, sin embargo, reconoció su talento e hizo todo lo posible para que Germain participara en las reuniones científicas de París.

Era el gran Jean Baptiste-Joseph Fourier, quien consiguió que Sophie Germain fuera la primera mujer, no esposa, en asistir a las sesiones de la Academia de Ciencias.

En los años siguientes refinó sus teorías sobre los números y la elasticidad, entró en las discusiones científicas más candentes y asistió, por fin, a grandes actos sociales en los que comenzó a ser apreciada por sus méritos y no por ser simplemente un bicho raro.

A pesar de todo esto, nunca consiguió reconocimiento académico, ni siquiera un título honorífico.

Cuando se encontraba escribiendo un ensayo filosófico sobre la naturaleza del conocimiento por encima de los prejuicios, Sophie Germain falleció, a los 55 años, a causa de un cáncer de mama, corría el año 1831.

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