La bioquímica de la confianza en el prójimo

Bioquímica de la confianza en el prójimo
La oxitocina, es una hormona que también afecta a nuestra confianza en los demás.

La confianza en los demás es primordial para el mantenimiento de la civilización tal y como la conocemos.

Un mínimo grado de confianza en los otros es necesario para el correcto funcionamiento de asuntos de la importancia (por orden creciente) de las instituciones políticas, la economía, la familia y las relaciones amorosas.

Quizá por esto, aquellos que tienen uso de emoción, que no de razón, se pasan la vida decidiendo si deben o no confiar en los demás.

Para ello, emplean un sexto, o quizá séptimo sentido, un no sé qué, que les dice si una persona dada es de fiar o no. Todo parece muy psicológico, misterioso, y hasta poético.

Pero, por fortuna para unos y desgracia para otros, de nuevo aparece la ciencia para decirnos que no, que no hay nada de poético, de misterioso, nada que tenga que ver con un sexto o séptimo sentido.

Que todo, apreciado lector o lectora, incluso algo tan aparentemente intangible como la confianza, es química, bioquímica, para ser precisos.

¿Cómo se ha llegado a esta conclusión tan prosaica, si puede saberse?

Como para tantas otras cosas, la culpa la tienen las ratas de laboratorio.

Fue estudiando a estos curiosos roedores como los experimentadores se dieron cuenta de que la falta de una hormona muy conocida e importante inhibía el comportamiento maternal, mientras que su administración lo inducía.

Esta hormona no era otra que la famosa oxitocina, la cual se produce por la región del cerebro llamada hipotálamo y actúa sobre ciertas neuronas, modificando su actividad.

La oxitocina es importante porque es la hormona que induce las contracciones del útero durante el parto y la secreción de leche tras el mismo.

Por si esto fuera poco, la oxitocina se secreta durante el orgasmo, tanto masculino como femenino (ya les decía yo que esta hormona era importante) y facilita el transporte de los espermatozoides durante la eyaculación.

Pero lo que atrajo la atención de los investigadores hacia la posibilidad de que la oxitocina desempeñara un papel en las relaciones interpersonales fue, como he dicho, que era posible impedir el comportamiento maternal administrando sustancias que bloquearan la acción de la hormona.

No se trataba aquí solo de amamantar a las crías, sino de lamerlas, limpiarlas y darles calor.

Además, se podía inducir un comportamiento maternal a ratas vírgenes, que son muy agresivas con las crías de otras ratas, a las que pueden incluso comerse, administrándoles esta hormona.

Otra curiosidad de esta hormona es su simplicidad.

Se trata de una molécula formada por la unión de solo nueve aminoácidos, que son los componentes de todas las proteínas, las cuales, sin embargo cuentan con cientos y hasta miles de ellos unidos entre sí.

La sencillez de esta molécula, comparada con otras que se encuentran en los seres vivos, no parece proporcional a la cantidad e importancia de efectos que posee.

Los antropólogos, sociólogos, psicólogos y demás “logos” dedicados al estudio de las relaciones humanas no sabían nada sobre el mecanismo biológico responsable de la confianza en el prójimo.

Era claro, sin embargo, que algún mecanismo biológico debía ser el responsable, ya que ningún científico, mientras hace ciencia, puede pensar que las capacidades o propiedades del ser humano, sean éstas las que sean, no tengan su origen en causas exclusivamente naturales, y no sobrenaturales, por atractivas que éstas últimas puedan parecer.

Dado que la oxitocina había demostrado poseer una influencia en el comportamiento maternal, y puesto que este comportamiento es fundamental para crear una confianza mutua madre-hijo o hija, un grupo de investigadores de la Universidad de Zúrich, de la que no hay por qué desconfiar, decidieron estudiar si la oxitocina afectaba a la confianza entre los seres humanos.

Para ello, idearon el experimento siguiente: se seleccionó a voluntarios a los que se les atribuyó el papel de inversor o de agente.

El inversor recibía dinero de los experimentadores que debía invertir o no en un agente, según el grado de confianza en el mismo.

Si decidían no invertir el dinero, se lo podían quedar. Pero si decidían invertir una cantidad, los investigadores triplicaban el dinero invertido.

Por ejemplo, si un inversor invertía 300 euros, los investigadores daban 900 euros más al agente que los había recibido.

Ahora, este agente debía decidir cuánto dinero devolvía a su inversor, para hacerle partícipe de las ganancias, pero no era obligatorio que le devolviera nada.

Cada individuo tenía derecho a cuatro turnos en cada papel, bien como inversor, bien como agente.

El dinero ganado al final era suyo.

Los inversores se entrevistaban solo una vez con los agentes antes de decidir cuánto dinero invertían.

Era claro que las ganancias de los agentes dependían de la confianza que pudieran inspirar en los inversores, y también que los inversores podrían ganar más dinero si confiaban en los agentes más honestos.

Los investigadores dividieron a los inversores y agentes en dos grupos.

Antes de la entrevista entre el inversor y el agente, uno de los grupos recibió un spray nasal que contenía oxitocina; el otro grupo recibió un spray placebo.

Ni los sujetos ni los investigadores supieron hasta el final del estudio qué grupo recibió la oxitocina y cuál, el placebo.

Se trataba de un estudio llamado, por ello, doble-ciego.

Al analizar los resultados, publicados hace unas semanas en la revista Nature, los científicos comprobaron que el 45% de los inversores que recibieron oxitocina invirtieron la totalidad del dinero, mientras que sólo hicieron lo mismo el 21% de los inversores que recibieron el placebo.

La oxitocina, por tanto, parecía aumentar significativamente la confianza de los inversores en los agentes.

¿Pero era esta conclusión válida?

¿No podría ser simplemente que la oxitocina disminuyera el miedo al riesgo de los inversores, y por esa razón invirtieran más?

Para eliminar esta posibilidad, los investigadores repitieron este experimento sustituyendo a los agentes por ordenadores. En este caso, los científicos comprobaron que la oxitocina no ejercía efecto alguno.

Las máquinas no inspiran confianza.

¿Y si la oxitocina simplemente produjera un comportamiento más benévolo entre las personas?

Para estudiar si éste era el caso, los investigadores administraron oxitocina o placebo no a los inversores, sino a los agentes.

Con este simple truco, los investigadores comprobaron que los agentes que recibían oxitocina no devolvían por ello más dinero a los inversores.

La oxitocina, por desgracia, no nos convierte en más éticos.

Así pues, la conclusión de todo esto es que la confianza en el prójimo depende de nuestros niveles de una hormona de nueve aminoácidos que ha posibilitado nuestro nacimiento, nuestra alimentación infantil y que afecta a nuestras relaciones sexuales.

¿Quién lo hubiera imaginado?

La realidad desvelada por la ciencia es, muchas veces, muy superior a nuestra imaginación.

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Publicado por Jorge Laborda en Quilo de Ciencia