Anestesia aprendida

Anestesia aprendida
Es evidente que las personas poseemos un cierto control voluntario de nuestras acciones, y más importante aún, de nuestras omisiones.

¿Cuántas veces hemos querido decir a alguien lo que pensamos y, gracias al autocontrol voluntario, no lo hemos hecho?

El autocontrol para hacer o no hacer una cosa se refuerza mucho con el aprendizaje.

A lo largo de nuestra vida hemos aprendido lo que se puede y no se puede, o no se debe, hacer.

El aprendizaje es lo que nos guía para ejercer el control voluntario sobre nuestras acciones.

El deseo de aprender es una fuerza muy poderosa.

Se pueden entrenar la mente y el cuerpo , para lograr cosas que parecen imposibles.

Pensemos, si no, en los malabaristas que voltean en el aire cinco bolas a la vez, o los camareros llevando siete platos con jamón al mismo tiempo, o las mujeres que hacen encaje de bolillos.

Sorprendentemente, además de estas acciones voluntarias, se puede aprender a controlar también algunas funciones de nuestro cuerpo que parecen fuera de nuestro control.

Por ejemplo, es hoy sabido que, tras el un adecuado aprendizaje, se puede controlar, hasta cierto punto, la velocidad del latido de nuestro corazón, o el nivel de sudoración, o el tono muscular.

Incluso algunos han aprendido a controlar los ritmos de las ondas de su encefalograma, lo cual, aparentemente, se puede hacer siempre y cuando podamos producir uno diferente del encefalograma plano, pero esto, no hay más que seguir las declaraciones de algunos en los medios de comunicación para darse cuenta, no está al alcance de todo el mundo.

Sin embargo, lo que parece imposible de aprender es el control de nuestras percepciones. Imaginemos lo siguiente: en un gran museo contemplamos un famoso cuadro de una gran belleza y colorido.

El cuadro nos gusta mucho, pero aún podemos mejorarlo… y sin tocarlo.

Gracias a un entrenamiento especial, hemos podido aprender a modular la intensidad y el tono de los colores que percibimos. Según lo deseemos, el rojo puede así ser más granate o más rosa, y el azul, mas cielo, o más marino.

El cuadro cambia frente a nuestros ojos, o mejor dicho, dentro de nuestros ojos, de acuerdo a nuestra voluntad.

Podemos convertir ese cuadro en miles de cuadros diferentes en nuestro interior, y conseguir que cada uno de ellos nos evoque sensaciones también diferentes.

Bonito, pero imposible, ¿verdad?

No tan imposible. Si nadie parece haber aprendido a modificar la percepción del color, sí que es posible aprender a modificar la percepción del dolor.

Al menos, ésta es la conclusión de unos estudios publicados hace una semana en la revista Proceedings of the Nacional Academy of Sciences de los EE.UU por unos investigadores de las universidades de Stanford, en California, y Harvard, en Massachusetts.

Los investigadores comenzaron estudiando a treinta y dos voluntarios sanos, de edades comprendidas entre los 18 y los 37 años de edad.

A cada voluntario se le aplicó un aparato en la pierna capaz de producir un pulso de temperatura elevada que generaba dolor, con la sensación de quemadura correspondiente.

Se pidió a los voluntarios que calificaran el dolor en una escala de 1 a 10, siendo un dolor de valor 10 el peor dolor que imaginarse el voluntario pueda.

Mientras se proporcionaba los pulsos de temperatura dolorosos a los voluntarios, el cerebro de estos era estudiado mediante la técnica de la resonancia magnética funcional.

Con esta técnica, se pueden observar las regiones del cerebro que incrementan su actividad al efectuar una tarea o al experimentar una sensación.

De este modo, los investigadores observaron que, cuando aplicaban el estímulo doloroso, la región del cerebro que más incrementaba se activaba era la correspondiente al córtex cingulado anterior, una zona del cerebro que se encuentra, más o menos, en la parte central del mismo.

Ocho de los voluntarios fueron entonces sometidos a una sesión de aprendizaje en la que una pantalla mostraba información sobre la actividad de su propio córtex cingulado anterior a la vez que se les aplicaba los estímulos dolorosos.

Mientras contemplaban la pantalla, durante unos 40 minutos, los experimentadores pidieron a los voluntarios que intentaran modificar la sensación de dolor que sentían, bien que la incrementaran, bien que la disminuyeran, utilizando varias técnicas, como la de desviar la atención del dolor.

Por increíble que parezca, al final de esta sesión de entrenamiento, los voluntarios habían aprendido a modificar la actividad de su cerebro en respuesta al mismo estímulo doloroso, que ahora calificaban de más alto o de más bajo, según hubieran aprendido a aumentarlo o a disminuirlo.

Sin embargo, esta hazaña no pudo repetirla ninguno de los otros 24 voluntarios, a quienes también se pidió que intentaran modificar su sensación de dolor, pero no se les suministró información alguna sobre la actividad de su cerebro, o se les proporcionó información falsa sobre la misma.

Los investigadores no se detuvieron aquí, y estudiaron también si enfermos de dolor crónico se podían beneficiar de este tipo de entrenamiento.

La respuesta es, afortunadamente, afirmativa, y los ocho pacientes de esta condición crónica estudiados experimentaron una disminución importante en su sensación de dolor cuando aprendieron a modificar su actividad cerebral en el córtex cingulado anterior.

Estos estudios pueden ser muy importantes para mejorar la percepción de dolor crónico que experimentan los pacientes de enfermedades como la fibromialgia.

El dolor crónico es una de los problemas de salud más frecuentes y también uno de los problemas clínicos más importantes en la sociedad europea, ya que ocasiona, además de un sentimiento de frustración en pacientes y profesionales, grandes costes económicos medidos en horas de trabajo perdidas y en gastos médicos en tratamientos que, hasta el momento, se revelan ineficaces.

Como siempre, habrá que esperar a que estos estudios se realicen con más pacientes, a que se refinen las técnicas de aprendizaje y a que se perfilen mejor otros detalles, pero abren la puerta a nuevos tratamientos para el dolor crónico.

 Incluso, al desarrollo de aparatos a pilas, de venta en farmacias que, como los que ahora pueden medir la presión sanguínea o el nivel de glucosa en sangre (¿quién lo hubiera pensado hace solo unos años?), puedan en el futuro proporcionar información sobre la actividad de determinadas zonas del cerebro, incluida la que se activa con el dolor, y permitan que eduquemos y controlemos nuestra percepción del mismo.

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Publicado por Jorge Laborda en Quilo de Ciencia
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