Ciencia , Espíritus Y Fantasmas

Ciencia , Espíritus Y FantasmasA finales del siglo XIX, muchos hombres de ciencia mostraron un gran interés por el novedoso tema de los espíritus.

Uno de los episodios más curiosos, de entre los que relacionaron ciencia y presuntas entidades desencarnadas, lo protagonizaron los padres de la teoría de la evolución.

Septiembre de 1876, Charles Darwin descubre, leyendo el Times, una curiosa noticia.

Al parecer, el joven zoólogo Edwin Ray Lankester había denunciado a un medium espiritista de gran fama, Henry Slade, acusándole de fraude.

La noticia alegró a Charles, que pensó llegada la hora de combatir a todos los embaucadores que se estaban haciendo de oro por medio de sus contactos con los “espíritus” del más allá.

Lo que en principio no pasaba de ser una simple anécdota, se convirtió en un teatro que enfrentó a científicos, ilusionistas, espiritistas y público británico en general.

Entre los muchos famosos que entraron de lleno en el tema se encontraba el padre de Sherlock Holmes, Arthur Conan Doyle, espiritista convencido, que alzó su voz denunciando todo el proceso como una encerrona de la ciencia para librarse de los molestos espiritistas.

Hubo, a partir de ese caso, un duelo entre las dos máximas autoridades del naturalismo decimonónico. Darwin, materialista acérrimo, fomentó la celebración del proceso.
Pero la defensa encontró a un testigo de lujo, el codescubridor de la selección natural y espiritista convencido, Russel Wallace.

La fama de Wallace se debía a méritos científicos incuestionables en las áreas de la botánica, la zoología, la biogeografía y muchas otras ramas de las ciencias naturales.

Era, no obstante, un “bicho raro” que defendía cosas tan impropias de su época como los derechos de la mujer o la conservación de la naturaleza.

Y, por si esto fuera poco, se mostraba abiertamente creyente en el mundo espiritual, llegando a escribir libros sobre sucesos inexplicados, en los que alababa a los mediums.

En los grandes foros científicos no era bien visto, y a veces ni siquiera aceptaban su presencia, a causa de sus creencias.

Para Wallace, muy riguroso en su estudio de la evolución en los seres vivos, el hombre tenía dentro de sí algo especial que le diferenciaba por completo de los animales, una esencia espiritual.

Darwin discrepaba seriamente sobre este parecer, consideraba que las inclinaciones espirituales de su colega harían más daño que bien a la recién nacida teoría de la selección natural, pues no era muy serio que uno de sus padres estuviera todo el día hablando de espíritus, y de los médiums a través de los que presuntamente se comunicaban.

La tendencia a buscar algo”más allá” del materialismo racional de la ciencia era un esfuerzo común para muchos de los investigadores de la época. El espiritismo se había convertido en una moda con gran éxito en todas las capas sociales, seguramente por la promesa de los médium acerca de la comunicación directa con los difuntos.

El embrollo de los espíritus nació en 1848, con las hermanas Fox en Hydesville. Las dos jóvenes de Nueva York “conversaban” con los espíritus por medio de unos golpes secos. El fenómeno fue seguido con exaltación por parte del público, alimentado por imaginativas crónicas periodísticas y la aparición de nuevos casos similares.

En los ochenta años siguientes, el espiritismo fue enormemente popular, tanto en América como en Europa.

Curiosamente, casi nadie prestó atención al anuncio de una de las hermanas, realizado tres décadas después de la aparición del fenómeno.

La mujer, famosa y rica, confesó que todos los golpes y ruidos los había producido ella, chascando la articulación del dedo gordo de uno de sus pies.

En la familia de Darwin también hubo espiritistas convencidos, y muy ingenuos. Hensleigh Wedgwood, primo y cuñado del gran sabio de la barba blanca, y también científico, era un creyente convencido del mundo espiritual.

Dos estafadores, Charles Williams y Frank Herne, convencieron a Hensleigh para presenciar sus mágicas sesiones.

A una de estas pantomimas fue invitado el propio Darwin, por petición de su primo, pudiendo ver allí toda clase de sucesos asombrosos ejecutados por los espíritus convocados. Mientras Williams permanecía en trance, las mesas levitaban, los instrumentos musicales emitían sonidos por sí solos y aparecían figuras fantasmales luminosas.

En enero de 1874 acudieron a una de las sesiones dos enviados de Darwin, quien se negó rotundamente a presenciar la “cosa”. Los dos testigos fueron, George Darwin, hijo del naturalista y el afamado científico Thomas H. Huxley.

La conclusión fue muy clara, Williams era un simple delincuente que engañaba a la gente con vulgares, y por si fuera poco, muy malos, trucos.

Pocos años después apareció en Londres Henry Slade, norteamericano que parecía conocer a los difuntos como quien conoce a un vecino cualquiera.

Su método de contacto era muy original, el espíritu de su esposa, fallecida tiempo atrás, escribía mensajes con tiza en unas pizarras.

A una de sus sesiones asistieron, pasando por ser fervientes creyentes, Edwin Ray Lankaster, ayudante de Huxley, y su compañero de la facultad de medicina, Horatio Donkin.

Una vez pagada la entrada y acomodados en la estancia, hicieron varias preguntas al espíritu de la mujer de Slade, recibiendo las respuestas escritas en la correspondiente pizarrita. De repente, Lankaster arrancó de las manos a Slade una de las pizarras, descubriendo en ella una respuesta escrita a una pregunta no formulada todavía.

Los dos científicos arremetieron contra Slade y su ayudante, Geoffrey Simmonds, haciendo intervenir a la policía. Los dos supuestos espiritistas fueron acusados de fraude al violar la Ley de Vagos y Maleantes. El juicio que siguió, fue todo un escándalo que mantuvo muy entretenida a la sociedad londinense durante el otoño de 1876. Decenas de periodistas, partidarios o detractores del espiritismo asistieron apasionados a las sesiones del proceso contra Slade.

Darwin, que consideraba a los espiritistas como gentes sin escrúpulos, que solo buscaban el beneficio de los pobres familiares de los difuntos, felicitó a Lankaster.

Como prueba de la acusación fue presentado el ilusionista John Nevil Maskelyne, quien sería capaz de reproducir los fenómenos paranormales que Slade mostraba en su “circo”.

El juez, sin embargo, no consideró que reproducir los hechos invalidara la versión de Slade. Además, las observaciones de los dos jóvenes científicos no fueron muy exactas, no se habían fijado en los detalles del fraude, no tenían pruebas reales.

Ellos sabían que había sido un fraude, pero no pudieron decir cómo exactamente realizó Slade su truco. La demostración del ilusionista presentado por la acusación sí fue, en cambio, perfecta, reproduciendo totalmente los resultados de Slade.

La acusación ofreció a Slade unas pizarras nuevas para que, si de verdad contactaba con el espíritu de su esposa, lo demostrara ante el tribunal.

La repuesta de Slade fue muy curiosa, la tensión ocasionada por el escándalo había hecho que su “esposa” ya no tuviera ánimo para escribir otra vez en las pizarras de los mortales.

Cuando todo parecía perdido para Slade apareció el testigo sorpresa de la defensa, el mismísimo Wallace. Su fama y prestigio entre toda la sociedad británica estaban fuera de duda, así que el juicio se caldeó de nuevo. Wallace testificó a favor de Slade, calificándole de honrado buscador de la verdad.

En su alegato final, el abogado defensor citó al mismísimo Galileo que, como todos los que abren nuevos caminos, sufrió el desprecio de su época. Slade sería un nuevo Galileo para este letrado, además no había pruebas de fraude y la declaración de Wallace sería, dada su integridad por todos conocida, suficiente para exculpar a su defendido.

El juez no se mostró tan complacido con la exposición de Wallace, así que sentenció a Slade y a su cómplice a tres meses de trabajos forzosos, no sin antes aclarar que la sentencia no culpabilizaba al espiritismo como creencia, sino a dos simples estafadores de poca monta.

Los acusados no cumplieron la sentencia, pues el juez al que recurrieron estimó que la Ley de Vagos y Maleantes no era aplicable a la escritura presuntamente espiritual. Aprovechando el embrollo legal, los dos acusados huyeron a Alemania donde continuaron armando jaleo a cuenta de los atareados espíritus.

Slade terminó sus días arruinado, presa del alcohol en Nueva York, precisamente la cuna del espiritismo.

La lucha de Darwin y sus amigos contra los estafadores fantasmales hizo que las sesiones espirituales perdieran fuerza en Inglaterra y que la fama de Wallace se viera muy dañada. Las academias acusaron al naturalista poco menos que de ser un memo, defensor de delincuentes, un crédulo que creía en la telepatía y los espectros de ultratumba.

La vida de Wallace era bastante precaria, se ganaba el pan a duras penas corrigiendo manuscritos.

Darwin y Huxley presionaron al reacio gobierno británico para que le fuera concedida una pensión vitalicia por sus méritos científicos, a fin de cuentas, sus creencias nunca habían interferido en su labor como investigador.

Al fin, Wallace, pudo vivir con tranquilidad hasta su muerte, con más de noventa años, en 1913.

Curiosamente, unos años después, en 1912 el mismísimo acusador antifraude Lankaster fue engañado impunemente al creer, sin ninguna duda, en la veracidad de los restos del Hombre de Piltdown, el fraude más famoso de la historia de las ciencias naturales… pero esa es otra historia.

(Fragmento actualizado del libro Herejes de la Ciencia) de Alejandro Polanco Masa.

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