Pestañeas y no te enteras

Pestañeas y no te enteras
No sé cuántas veces habré dicho en estas páginas que la ciencia y la tecnología son tan diferentes que confundirlas es lo mismo que confundir la velocidad con el coche, aunque vayan siempre de la mano.

La tecnología de que disponemos hoy nos permite abordar cuestiones científicas que hace unos años eran absolutamente intratables.

La ciencia, el conocimiento que vamos adquiriendo, hace posible el desarrollo de tecnologías que hace unos años eran inimaginables.



Pero no hay tecnología que pueda pasarse de la creatividad e imaginación de los científicos para que su uso permita hacer avanzar el conocimiento.

Una de las tecnologías que permiten estudiar lo que sucede en nuestros cerebros mientras efectuamos tareas físicas o mentales es la resonancia magnética funcional.

Con ella, los investigadores pueden estudiar qué regiones de nuestros cerebros se “encienden” o se “apagan” cuando pensamos en algo, o intentamos resolver un problema, incluso cuando pestañeamos.

Y es que algo tan común y corriente como el pestañeo suponía un misterio difícil de resolver para la ciencia. ¿Quién lo hubiera supuesto, verdad?

Pero así es. Si la función del pestañeo es bien sencilla, y no es otra que la de mantener el ojo húmedo y limpiarlo de posibles partículas y cuerpos extraños que hayan podido introducirse en él, lo que los científicos no sabían es por qué cuando pestañeamos no nos damos cuenta de que lo hemos hecho y seguimos percibiendo una imagen continua del mundo.

El mundo no se apaga cada seis segundos, que el es tiempo medio entre cada parpadeo. Nuestra percepción ignora el pestañeo inconsciente, aunque no el realizado conscientemente. ¿Era usted consciente de ello?

Pues sí. Vaya al cine, vea algo interesante en la televisión (si puede conseguirlo) y usted seguirá parpadeando, pero no se dará cuenta de que lo hace.

Las imágenes desfilarán por su cerebro sin interrupciones, sin apagones rítmicos y frecuentes, como si siempre mantuviera los ojos abiertos.

¿Por qué sucede esto?

Los científicos han descubierto que esto sucede porque existe un mecanismo llamado supresión del parpadeo que supone que, además de que se cierren nuestros ojos en cada pestañeo, nuestros propios cerebros también se “cierran”.

No sólo parpadean los ojos, sino también nuestro sistema de percepción visual.

Es decir, para entenderlo mejor, es como si al parpadear perdiéramos no sólo la luz que llega a nuestros ojos, sino también la percepción de que no nos llega luz.

Por los instantes que dura cada parpadeo, nuestro sistema visual se hace inconsciente a la falta de estímulo luminoso que supone el cierre de nuestros párpados.

Por esa razón, sufrimos la ilusión de que siempre tenemos los ojos abiertos

¿No es asombroso? ¡Y nosotros que pensábamos que siempre podíamos estar alerta y atentos a todo, resulta que no nos enteramos ni de que no nos enteramos que el mundo se apaga una vez cada seis segundos!

Desde que comenzó a leer este artículo, usted ha pestañeado de 7 a 14 veces y, si todo va bien en su cerebro, no se ha enterado de nada (aunque espero que se haya enterado de lo que ha leído mientras no pestañeaba).

 Pero, ¿cómo funciona este mecanismo de supresión del parpadeo?

Aquí es donde debe comenzar a funcionar la imaginación y creatividad de los científicos. Ante este tipo de preguntas, los científicos elaboran hipótesis de trabajo, que no son otra cosa que ideas que intentan explicar cómo y por qué funcionan las cosas.

Las hipótesis deben ser “de trabajo” porque debe ser posible confirmarlas o rechazarlas con trabajo y experimentos, ya que si no, esas hipótesis no valen para nada.

Para intentar explicar el fenómeno de la supresión del parpadeo, los científicos idearon dos hipótesis. La primera defendía que este mecanismo era dependiente de que la retina dejara de recibir luz, al cerrar los ojos.

Es decir, en cuanto la retina dejaba de recibir la misma cantidad de luz por causa del parpadeo, emitía una señal al cerebro para apagar el sistema visual consciente.

La segunda hipótesis, en cambio, mantenía que este mecanismo no dependía de la cantidad de luz que llegara a la retina, sino de los impulsos motores que causan el movimiento de los párpados, es decir, que justo cuando el impulso nervioso nos impulsa a parpadear, nunca mejor dicho, se emite también una señal que impulsa a “parpadear” al cerebro.

¿Cómo podemos saber qué hipótesis es verdadera, si hay alguna que lo sea, y cuál es falsa?

 Aunque con la técnica de la resonancia magnética funcional podemos saber cuándo nuestro sistema visual “parpadea”, el problema es que para intentar probar, o al menos no rechazar, cualquiera de las dos hipótesis, hay que mantener la retina siempre iluminada.

Si conseguimos de alguna manera que siempre llegue luz a la retina, a pesar del parpadeo normal, y el cerebro no “parpadea”, entonces queda claro que el mecanismo de la supresión del parpadeo depende de que llegue luz a la retina.

Si, por el contrario, a pesar de llegar siempre luz a la retina, el cerebro “parpadea” al parpadear nuestro ojos, es claro que no depende de que la retina sea estimulada por la luz.

¿Cómo podemos hacer para mantener la retina iluminada mientras parpadeamos? Es claro que no podemos pegar los párpados con esparadrapo para evitar el parpadeo, porque necesitamos saber qué sucede precisamente cuando parpadeamos.

Los investigadores resolvieron este problema con imaginación y simpleza, introduciendo una pequeña linterna encendida en la boca de las personas a las que se estudiaba el funcionamiento de su cerebro por medio de la resonancia magnética funcional.

La linterna en la boca iluminaba la retina por detrás del ojo de forma independiente de la luz que llegara a través de la pupila. Ahora podíamos parpadear, pero a nuestra retina siempre llegaría luz ¿Parpadearía entonces nuestro cerebro?

Pestañeas y no te enteras

La respuesta es sí.

El parpadeo cerebral es independiente de la luz que llega a la retina, lo que no quiere decir, por otra parte, que dependa del impulso motor para mover los párpados.

Serán necesarios nuevos estudios para demostrar esto, pero al menos ya sabemos que la luz en la retina no es la respuesta.

¿A quién importan estas investigaciones aparentemente tan perentorias?, se preguntará quizá usted. Y bien, importan a los seres humanos que siguen creyendo que es importante conocer el Universo y sobre todo, conocerse a sí mismos.

El ser humano parpadea entre 10 y 25 veces de media al minuto.

Aunque el principal motivo es limpiar y refrescar el globo ocular, el parpadeo tiene otros beneficios para nuestra salud.

Parpadear es algo tan común que se hace entre 10 y 25 veces al minuto, unas 1.200 veces a la hora.

Este gesto involuntario tiene como principal misión limpiar y mantener hidratados nuestros ojos oculares, pero además, hay otros beneficios para los ojos y el cerebro, como recoge el portal Medical Daily.


Estabilizar la visión

Un estudio de la Universidad de California en Berkeley revela que parpadeamos porque nuestro cerebro necesita reposicionar los ojos para que nuestra vista siga enfocada.

"Nuestos músculos oculares son lentos e imprecisos, por lo que el cerebro necesita adaptar constantemente sus señales de motor para asegurarse de que nuestros ojos están apuntando hacia donde se supone que deben", dice Gerrit Maus, uno de los autores del estudio. 

"Nuestro estudio sugiere que el cerebro calibra la diferencia en lo que vemos antes y después de un parpadeo, y ordena a los músculos del ojo para hacer las correcciones necesarias", dice Maus.
Reiniciar el ojo

Científicos alemanes descubrieron un nuevo tipo de movimiento ocular sincronizado con el parpadeo, que ayuda a restablecer el ojo después de que se tuerza al ver un objeto giratorio.
Cambio de notificaciones

¿Por qué no nos damos cuenta de que parpadeamos? El cerebro ignora cada parpadeo suprimiendo una señal nerviosa específica. Este signo señala a la mente que la imagen frente a nosotros ha cambiado y darnos cuenta de qué lo causó.

Gracias a ellas, sabemos algo más sobre nuestro funcionamiento, algo que sin la ciencia nunca hubiéramos ni sospechado.


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Publicado por Jorge Laborda en Quilo de Ciencia
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