El termitero y el hígado

El termitero y el hígado
Para mí, la diferencia esencial entre las personas normales y los científicos y científicas (que suelen ser personas bastante extrañas) ...

Es que mientras que las personas normales dejan de preguntarse el por qué de las cosas más o menos cuando adquieren el uso de razón, aceptan el mundo como es, sin más, y siguen con sus vidas, los científicos no superan esa etapa y siguen preguntándose por qué durante toda su existencia, amargándosela con la búsqueda de las respuestas.

Y no se crea que las preguntas que nos hacemos tienen siempre sentido.

Porque ¿a quien le importa por qué y cómo hacen sus termiteros las termitas africanas, o sus redes las arañas, o sus nidos los pájaros?

Sólo a un puñado de biólogos iluminados, por llamarlos de alguna manera, se les ocurre hacerse preguntas de ese tipo, que nada tienen que ver con la vida corriente.

Sin embargo, de la búsqueda de respuestas para esas preguntas, surgen conceptos, ideas, de lo más interesante, y que pueden ayudar a explicar también por qué las cosas funcionan como lo hacen en nuestras vidas cotidianas.

Para empezar, los biólogos han comprobado que las termitas (vamos a fijarnos en ellas para discutir lo que sigue) no aprenden a hacer termiteros.

Las termitas jóvenes no van a la escuela técnica de ingeniería termiteril, sino que nacen con el conocimiento de cómo hacer para colaborar con las demás termitas en la construcción o reparación del termitero.

Las termitas, como las demás criaturas, poseen un genoma, un conjunto de genes que contienen la información necesaria para construir todo su cuerpo a partir de una única célula.

Cada especie posee un determinado genotipo, es decir, un tipo de genoma, que puesto a funcionar de acuerdo con las leyes de la química y de la física da origen al llamado fenotipo, es decir, la manifestación de esa información genómica en el mundo real.

Así, el genoma de los conejos contiene la información para construir conejos; y el de las termitas, termitas.

Esos genomas se manifiestan en diferentes individuos, con diferentes propiedades y características.

En el caso de las termitas, el genoma no sólo se manifiesta en la morfología de esos animales, en su número de patas, o en la forma de sus mandíbulas.

El genoma se manifiesta también en lo que hacen, en el termitero que construyen y que, como he dicho, nadie les enseña a construir.

La selección natural, que ha dado lugar a lo que somos hoy todos los seres vivos, favorece a aquellos individuos cuyos genotipos producen los fenotipos mejor adaptados al ambiente y que más posibilidades de reproducción ofrecen.

Así, por ejemplo, se van seleccionando predadores cada vez más rápidos, capaces de cazar presas de manera más eficaz. También se seleccionan aquellas presas más rápidas, que más probabilidad tienen de escapar al predador, y por tanto, de sobrevivir y reproducirse.

Así, en realidad, la selección natural no selecciona genes, sino los resultados de sus acciones, es decir, los fenotipos.

En el caso de las termitas, sin embargo, la selección natural no actúa a nivel de los individuos, de las termitas propiamente dichas, sino a nivel de lo que como grupo son capaces de construir, es decir, del termitero.

Un termitero que mantenga mejor la humedad, la temperatura, y que con ello favorezca la puesta de huevos de la reina de las termitas, tendrá más probabilidades de supervivencia.

Aunque el termitero no es parte del cuerpo de las termitas, sí forma parte de su fenotipo, desde el punto de vista de que es el resultado de la acción de sus genes.

Para entender esto mejor, consideremos que podríamos seleccionar artificialmente a las termitas.

Al igual que hemos seleccionado a las vacas para que produzcan más leche, o a caballos, para que corrieran más, también podríamos seleccionar a las termitas para que tuvieran patas más largas o mandíbulas más fuertes.

Pero igualmente podríamos seleccionarlas para que hicieran termiteros de formas o características determinadas, por ejemplo, cúbicos, o en forma de pirámide.

Es decir, podríamos cruzar entre sí a diferentes termitas dependiendo de la forma de su termitero, hasta que poco a poco se generaran los termiteros deseados, como hemos ido haciendo para generar las numerosas razas de perros actuales. Los termiteros están en los genes de las termitas.

Pero no todos los animales que son capaces de fabricar cosas contienen en su genoma la información para hacerlo.

Nosotros, los seres humanos, fabricamos termiteros enormes, en forma de rascacielos, pero no tenemos en nuestro genoma un gen o unos genes para construirlos.

Además, tenemos en general una representación mental de lo que queremos construir, un diseño y un propósito consciente al fabricar cualquier cosa, desde una pinza de la ropa hasta un microchip, para los que tampoco contamos con genes para construirlos.

En el caso de las termitas, es diferente. Ellas no tienen en su pequeña cabeza idea ni propósito ni diseño alguno para el termitero.

Nadie lo ha diseñado, pero como resultado de reglas muy simples de comportamiento individual de cada termita, codificadas en sus genes, el termitero se construye como una obra colectiva, con un diseño y un propósito.

¿Es esto algo excepcional en la naturaleza? Ni mucho menos.

De hecho, nosotros mismos somos básicamente termiteros, construidos por la acción individual, la coordinación ciega y sin propósito directriz explícito, de millones de células que se han organizado siguiendo reglas determinadas para generar cada uno de nuestros órganos, darles forma y función determinadas.

En nuestro genoma, y en el de otros seres vivos, se almacena la información necesaria no para hacer nuestras células, sino para decirles cómo deben comportarse cada una de ellas y colaborar con las otras para construir un organismo tan complicado como el nuestro.

Desde el punto de vista más elemental, comprender cómo de la acción de miles de termitas se genera el termitero puede ayudarnos a comprender cómo de la acción de miles de células se construye un hígado, un ojo o un cerebro así como los problemas de construcción que pueden causar enfermedades.

De nuevo, la ciencia nos enseña que lo que aparentemente no tenía conexión alguna, como son los termiteros con nuestros hígados, pulmones o corazón, la tiene, y muy profunda.

Gracias a la manía que algunos tienen de seguir preguntándose por qué el mundo es como es, vamos aprendiendo que todo está conectado, y que la ciencia puede ir poco a poco desvelando los entresijos de esa maravillosa conexión.

Publicado por Jorge Laborda en Quilo de Ciencia
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