El desastre de la Contra Armada inglesa

Contra Armada inglesa ... el desastre
Como sabemos, la Armada Invencible fue la gran flota de invasión con la que España esperaba conquistar Inglaterra en 1588.

Inmortalizada en películas, documentales de televisión y flotas enteras de libros de texto, la Armada Invencible es uno de los acontecimientos más famosos de la historia universal.

Pero hubo también una armada inglesa, enviada por Inglaterra para atacar España, y esta segunda armada ha sido borrada casi completamente de la historia.

La armada inglesa era mayor que la española, y desde muchos puntos de vista fue un desastre aún mayor.

Pero este hecho se pasa por alto completamente. Nunca se menciona en los cursos de historia que se imparten en las escuelas británicas, y la mayoría de los profesores de historia ingleses no han oído nunca hablar de ello.

La Armada inglesa contra España estaba formada por 180 naves (en comparación con las 130 de la Armada Invencible) y duró desde el 18 de abril al 2 de julio de 1589.

Aunque estaba dirigida por el marino más famoso del siglo XVI, sir Francis Drake, la empresa estuvo caracterizada por los problemas, que fueron la enfermedad y la deserción, la indisciplina y la incompetencia.

La Armada atacó La Coruña y Vigo en España, y Peniche, Cascaes y los suburbios de Lisboa en Portugal, regido entonces por España.

No hubo ninguna victoria digna de mención, pero cuando la flota retornó a Inglaterra a primeros de julio de 1589, más de la mitad de sus tropas había muerto. La enfermedad fue uno de los asesinos más importantes.

En La Coruña las tropas entraron en un almacén y robaron ropa que había pertenecido a los hombres de la Armada española del año anterior y que estaba contaminada de enfermedades. Un oficial inglés informó más tarde de que «nuestras enfermedades habían sido provocadas en parte por los vientos cálidos, pero sobre todo por la ropa y los equipajes viejos».

Francis Drake
Francis Drake

Las deserciones fueron la causa de la pérdida de 3.000 hombres por lo menos, mientras que la incompetencia de Drake y sus generales debilitó a las tropas y costó muchas vidas.

Los generales, por negligencia, no llevaron suficientes carros para el equipaje en la expedición, de forma que los soldados tuvieron que cargar con las municiones.

Hubo escasez de comida, de médicos y de oficiales con experiencia.

La indisciplina era endémica desde la cúpula hasta la base. El propio Drake desobedeció deliberadamente las instrucciones de Isabel I de destrozar la flota española amarrada en Santander, en la costa norte de España, y en su lugar lanzó una serie de invasiones a lo largo de la costa occidental española y portuguesa. Drake, sus almirantes, y los que les respaldaban económicamente desde Inglaterra, estaban más interesados en intentar liberar Portugal con la esperanza de obtener concesiones comerciales de una monarquía portuguesa restablecida.

El espionaje militar de la fuerza de invasión era tan deficiente que cuando el almirante inglés se aproximó a Lisboa descubrió que las murallas de la ciudad «eran muy altas y fuertes, contrariamente a lo que se le había dicho».

La corrupción también era endémica, y los soldados y marinos desfalcaron las dos terceras partes de las mercancías incautadas en España.

Los sucesos de la Armada inglesa, en la que Isabel I invirtió 20.000£ y muchos de sus mejores barcos, culminaron en la ignominia en Londres en julio de 1589.

Los participantes en la empresa fueron proscritos de la Corte por miedo a que introdujeran enfermedades y «los marineros y otros individuos de baja estofa se reunieron de manera amotinada ante el Tesoro Real» para exigir una paga más alta.

MURIERON 8.000 INGLESES
En total, el desastre costó la vida de 8.000 marineros y soldados ingleses. Podría parecer injusto que un ataque desastroso de Inglaterra contra España sea completamente olvidado mientras que un ataque desastroso de España contra Inglaterra sea universalmente recordado.
Pero los especialistas de la época no deben deprimirse porque el vacío de la ignorancia se está llenando, aunque sea por las razones equivocadas.

Aunque el conocimiento público de la armada inglesa sigue prácticamente en el 0 por ciento, el conocimiento acerca de la Armada Invencible está descendiendo con rapidez y lo más probable es que decrezca aún más con el paso de los años.

La razón es que en los centros de segunda enseñanza británicos tienen ahora un plan de estudios tan completo que ya no hay lugar (tiempo) para explicarles a los niños ni siquiera la Armada Invencible.

Hace veinte años, la gran mayoría de los alumnos de enseñanza secundaria habrían estudiado la Armada Invencible; hoy sólo se les enseña a un 10 o 20 por ciento.

Por tanto, las armadas española e inglesa, cuatro siglos después de los sucesos, hallarán una forma de igualdad, por medio de la ignorancia. «El plan de estudios es hoy más amplio que en el pasado.

Esto ha reducido el tiempo dedicado a la Armada Invencible, pero evidentemente ha hecho que sea aún menos probable que se hable de la Armada inglesa», dijo Ben Walsh, presidente de la Asociaciones Históricas de Enseñanza Secundaria.

El desastre de la Contra Armada inglesa

Más allá de la Armada Invencible: todas las veces que tropas españolas desembarcaron en las Islas Británicas.

En Gran Bretaña está generalizada la creencia popular en que desde la ocupación del país por los normandos de Guillermo el Conquistador en el siglo XI ningún ejército extranjero ha vuelto a pisar su territorio.

Si acaso, las islas del Canal de la Mancha, que la Alemania nazi ocupó durante la Segunda Guerra Mundial y nada más. Pero un vistazo a aquellos tantos años en los que compartió tensa historia con España revela que no todo se redujo al rechazo de la Armada Invencible; otras armadas, otros soldados españoles, desembarcaron en suelo británico en varias ocasiones.

Ya desde la Edad Media menudearon las incursiones en uno y otro sentido. Generalmente, las que zarpaban de Albión con destino a la Península Ibérica eran razias que tenían como objetivo el saqueo de las poblaciones costeras; a veces tenían éxito, como la que protagonizó Francis Drake a Cádiz, y otras se estrellaban contra las defensas locales, como la que el mismo marino hizo por el litoral gallego y portugués.

En sentido inverso también los marinos españoles atacaron sus islas, aunque en su caso solían ser expediciones más ambiciosas.

La primera reseñable sería la que dirigió Fernando Sánchez de Tovar, almirante de Castilla, como represalia por la destrucción de varios barcos castellanos en el puerto francés de Saint Malo, durante la Guerra de los Cien Años; gajes de la alianza firmada por Enrique II de Trastámara con el rey galo Carlos V.

El episodio primigenio había ocurrido en La Rochelle en 1372, donde veintidós galeras hispanas habían derrotado a treinta y seis naos inglesas que se les oponían, llevándose un sustancioso botín de los catorce transportes que escoltaban.

A partir de ahí y a lo largo de la década se sucedieron las incursiones castellanas: Wight, Plymouth, Porthsmouth, Darthmouth, Lewes, Rye, Rottingdean, Folkestone, Winchelsea, Hastings, Poole, Jersey, Guernsey…

El Canal de la Mancha sólo tenía un dueño y se demostró poco después, cuando Tovar y el francés Jean de Vienne, remontaron el Támesis para llevar a cabo un asalto a Gravesend, una villa del extrarradio londinense que fue saqueada e incendiada junto a otras aldeas menores.

El cambio de siglo no supuso una tónica diferente. La guerra entre Francia e Inglaterra seguía activa y el monarca francés continuó requiriendo ayuda de Castilla. Enrique III el Doliente se la concedió y envió al corsario vallisoletano Pero Niño al mando de tres galeras bien pertrechadas para poner fin a las correrías enemigas por el Canal.

En 1405 Pero Niño se unió al galo Charles de Savoisy y juntos remontaron la ría de Cornualles, saqueando y dejando la región envuelta en llamas; después continuaron su campaña repitiendo acciones en Portland, Poole, Southampton para, más tarde,regresar y arrasar Jersey y otras islas.

Demos ahora un salto porque la unión dinástica de Castilla y Aragón, junto con la fusión con Portugal, el descubrimiento de América y la vinculación con el Sacro Imperio Romano Germánico, convirtieron a España en la primera potencia europea.

Y si Francia, en un primer momento tras la unificación de su reino al acabar la Guerra de los Cien Años, se había mostrado como el enemigo a batir, se rezagó tras la muerte de Francisco I y pronto quedó claro que Inglaterra opositaba también a esa plaza, especialmente tras su reforma religiosa.

El fracaso de la Armada Invencible tendría su reflejo en el de la Contra armada de la reina Isabel; las espadas seguían en alto y seis años después, en el verano de 1595, los barcos españoles volvieron a sembrar el pánico en las islas británicas.
Fue en la conocida como Batalla de Cornualles y paradójicamente el objetivo inicial no eran los ingleses sino los franceses, que tenían como nuevo monarca a Enrique II de Navarra; éste era protestante y por eso recibió el apoyo de Inglaterra.

Felipe II, en alianza con la Liga Católica y Roma, envió al afamado Tercio de Juan del Águila, quien derrotó al enemigo una y otra vez hasta poner orden para después organizar una expedición de castigo a Gran Bretaña.

Embarcó tres compañías de arcabuceros en una pequeña escuadra de cuatro galeras y tomaron tierra en Cornualles, en el extremo suroeste de Gran Bretaña, asolando Mousehole, Newlyn, Paul y Penzance.

Se llevaron todos los cañones que encontraron y tan sólo registraron una veintena de bajas, que además no las causaron los ingleses sino una enorme flota holandesa con la que se toparon a la vuelta y de la que escaparon por poco.

Dos años más tarde se organizó una nueva armada de mayores dimensiones que la desgraciada en 1588: más de ciento sesenta naves y un ejército veterano cuya misión era, otra vez, conquistar el país y sustituir la monarquía anglicana por otra católica.

El destino quiso jugársela de nuevo a Felipe II y las tormentas propias del otoño desbarataron la empresa, si bien no hubo las pérdidas de la ocasión anterior. De hecho, siete de los barcos lograron llegar a tierra inglesa, a Falmouth, desembarcando cuatrocientos hombres. Aquella fuerza montó las correspondientes defensas mientras esperaba la llegada de los compañeros y del enemigo, pero ni unos ni otro aparecieron por lo que, al cabo de unos días, se optó por reembarcar.

En el contexto de aquella guerra anglo-española que empezó en 1585 y no terminaría hasta 1604, Juan del Águila volvió a cruzar el Canal a principios de septiembre de 1601, ya bajo el reinado de Felipe III. Esta vez el objetivo era Irlanda y más concretamente el puerto de Cork, que debía servir de cabeza de puente para una invasión, por lo que la flota llevaba cuatro millares y medio de hombres en una treintena de naves.

Pero una galerna las dispersó y en lugar de Cork tuvieron que arribar a Kinsale, a donde no llegó nunca la escuadra de Pedro de Zubiaur, una decena de barcos con casi setecientos soldados y la mayor parte de las provisiones. Por tanto, poco más de tres mil españoles se encontraron en tierra extraña en unas condiciones no muy ventajosas.

Las tropas construyeron dos fuertes y se atrincheraron mientras los barcos partían en busca de refuerzos. Entonces apareció un enorme ejército inglés que les triplicaba en número, a pesar de lo cual no fue capaz de romper las defensas montadas. Sin embargo, los refuerzos prometidos se perdieron en una nueva tempestad y únicamente se presentó un contingente irlandés.

La descoordinación y la defección de los irlandeses hizo que en la batalla de Kinsale se impusieran los ingleses, que no provocaron una escabechina mayor gracias al oficio de la infantería española. Al final, Juan del Águila pactó entregar las cinco plazas ocupadas a cambio de barcos y víveres para retornar a España… donde le esperaba un consejo de guerra; falleció antes de que empezara.

Inglaterra e Irlanda no fueron casos únicos y la bandera española ondeó también en Escocia, tras algo más de un siglo de descanso -que no de paz-. Fue en 1719, después de que la Guerra de Sucesión enfrentara una vez más a españoles y británicos por el apoyo de éstos al pretendiente Carlos de Habsburgo frente al candidato Borbón apoyado por Francia.

El problema sucesorio hispano, resuelto finalmente a favor de Felipe V, se trasladó entonces a las islas británicas, donde la impopularidad de Jorge I llevó al levantamiento de los partidarios de los Estuardo, personalizados en la figura de Jacobo III, quien tenía de su lado a irlandeses y escoceses además de los ingleses católicos.
Siguiendo un plan del cardenal Alberoni, ministro español, se envió a Escocia una escuadra compuesta por dos fragatas, a bordo de las cuales iban tres centenares de infantes de marina con la misión de proporcionar mosquetes (llevaban miles) y apoyo a la que era ya la tercera rebelión jacobita.

Se esperaba que ello desviara la atención inglesa, que mandaría allí sus fuerzas desguarneciendo su propio país y facilitando así el desembarco de un contingente más importante -unos cinco mil efectivos- en Cornualles, armando a los jacobitas locales.

Sin embargo, el tiempo volvió a jugar en contra impidiendo zarpar a la flota encargada de trasladar este ejército. Así, los infantes de marina quedaron solos y encima se encontraron con que los highlanders se mostraban remisos a empuñar las armas.

La guarnición española atrincherada en el castillo de Eilean Donan, medio centenar de hombres, fue duramente bombardeada por tres fragatas inglesas y sólo pudo resistir tres días. Los otros trescientos soldados se enfrentaron el 10 de junio al ejército inglés en la Batalla de Glen Shiel, ayudados por algunos clanes.

La artillería enemiga se concentró en mantener a distancia a los españoles -al fin y al cabo el hueso más duro de roer- y lanzó al resto de la tropa contra los escoceses, que no aguantaron el embate y optaron por irse aprovechando la bajada de la niebla, siempre con los hispanos cubriendo su retirada.

De aquel combate, que duró todo el día, quedan hoy algunos rincones de nombre etimológicamente obvio, como Bealach-na-Spainnteach (en gaélico, Paso de los Españoles) o The Peak of Spaniards (Pico de los Españoles).
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