Dime y lo olvido, enséñame y lo recuerdo, involúcrame y lo aprendo (B. F)

Chismes de la antigua Roma

Chismes de la antigua Roma
Divagaciones a partir de las conversaciones en grupo con Yocasta... de chismes y antigüedad.

Una vez mas y con todo respeto para nuestros lectores... el que tiene que entender que entienda.

Corría el año 62 antes de nuestra era. El procónsul romano en la Galia, con el bonito nombre de Quinto Cecilio Metelo Céler (100-59 a. C.), envió un informe a la metrópoli, Roma, en el que narraba la llegada de una delegación germánica que había traído una serie de regalos ofrecidos por su rey.

Entre estos regalos se encontraba unos cuantos esclavos, a los que describía como “gente extranjera de piel oscura y rojiza”, que supuestamente habían embarcado en unos barcos frágiles para negociar con una tribu cercana, pero que fueron arrastrados por una tormenta que los llevó a la deriva, hasta acabar naufragando en las costas del norte de Europa, donde fueron capturados por los romanos.

En aquella misiva se refiere a ellos también como “indi” (indios), un término que durante la época romana se empleaba para referirse a los asiáticos en general.

Pero ¿Cómo naufragaron unos navegantes asiáticos en el norte de Europa?

Esta cuestión ha hecho que muchos se planteen que en realidad se trataba de americanos, algo, en realidad, mucho más probable, que se perdieron y llegaron hasta Escandinavia.

Pomponio Mela, un geógrafo romano del siglo I de nuestra era usó esta historia para argumentar un supuesto paso nororiental y un estrecho al norte del mar Caspio, que en la antigüedad se solía creer que estaba abierto al océano por el norte.

Pero eso es francamente complicado.

Desde luego más que si proviniesen de América.

Desgraciadamente nunca lo sabremos.

Lo que sí sabemos es que el tal Quinto Cecilio murió repentinamente en 59 a. C., probablemente envenenado por su esposa Clodilla, una auténtica libertina, amante de su hermano Clodio, de Celio y del poeta lírico Cayo Valerio Catulo (que la representaba en sus poemas como Lesbia) y de muchos otros.

Le sustituyó un tal Cayo Julio Cesar en el cargo de cónsul en la Galia…

Esto de “escribir” la Historia, con mayúscula inicial, no es más que una trampa o un recurso simplificador, porque las cosas nunca suceden como se escriben. No me refiero a manipulaciones políticas o ideológicas de todo tipo, eso es otro tema, aludo a la comodidad de fijar en la mente del colectivo unas fechas que separen unas épocas de otras simplemente para que sirvan a modo de “salvavidas” en medio del profundo océano del pasado.

Es interesante comprobar que en la época del joven emperador del orbe cristiano, Otón II, se hablaba de la política de Renovatio imperii Romanorum1, ver que en la Roma del año 998 se seguía hablando del Imperio Romano como si no hubiera sucedido nada, oigan, seguía habiendo un Senado, un Emperador, germánico y cristiano claro y en la corte se empleaban términos como legión, Caesar o República.

Naturalmente, el “Imperio” no existía como tal, era cosa del pasado, pero sin embargo todo estaba influido por su presencia, como si nunca hubiera desaparecido y, curiosamente, la situación se mantuvo durante mucho tiempo, tanto que incluso podría decirse que Roma nunca “cayó”.

La Historia, la que se estudia en colegios o institutos, parece ser que tiene que ofrecer respuestas claras.

Pues nada, el Imperio Romano cayó en el 476 cuando el bárbaro Odoacro se cargó a Orestes y mandó al pequeño Rómulo a un castillo, finiquitando el imperio.

Muy sencillo, muy digerible, así no es de extrañar que la idea general acerca de la Roma Imperial sea la de un gran montaje que cayó de repente porque unos visitantes del norte entraron por la fuerza y desmontaron la tienda, con lo que llegó la “oscuridad” medieval.

Las cosas no son nunca tan sencillas y, curiosamente, el proceso de acomodación, que no caída, del Imperio a los nuevos tiempos, es algo que debiera conocerse más por parte de la gente porque se podrían sacar unas cuantas lecciones interesantes. Veamos, Rómulo Augústulo, el chaval que guarda el honor de ser el último Emperador de Occidente -no contemos a Carlomagno, que esa es otra historia-, no era más que un pelele en manos de su padre, Orestes.

Todos ellos eran “bárbaros”, o sea, que descendían de “colonos” del norte de Europa. Odoacro, que mandó las insignias imperiales a Constantinopla, lo único que hizo fue quitarse de encima una molestia burocrática y, para colmo, se declaró “lugarteniente” del Emperador de Oriente. Por cierto, a Rómulo le dejaron una pensión vitalicia que ya quisieran muchos para sí.

¿Cayó algo verdaderamente aquel día? Pues no, en esa época que, acertadamente, se ha denominado como antigüedad tardía, lo medieval hacía mucho que se masticaba. Nadie en aquel año o en aquella década, incluso en aquel siglo, sintió que el Imperio hubiera caído -no me vale San Agustín, que esa también es otra historia-.

El sufrido agricultor de la Galia o de Hispania no percibió eso que hoy tan pomposamente aparece en las películas “de romanos”. La decadencia imperial se venía denunciando desde hacía siglos, pero el proceso de “caída” nunca se manifestó como tal.

Los bárbaros no entraron de golpe -salvo famosísimos ataques puntuales-, la muralla no cayó, no se mantuvo Roma impoluta hasta ese fatídico día, el goteo no paró durante décadas.

Mas bien, la historia es bastante más compleja. Las migraciones procedentes del centro del continente y de Asia habían logrado penetrar, por lo general pacíficamente, en provincias imperiales durante siglos. Los emperadores, cada vez más débiles, se veían inmersos en guerras civiles, falta de capital, problemas sociales de todo tipo y, para colmo, en gran parte del imperio su poder era poco menos que testimonial.

Esos “bárbaros” (extranjeros) se asentaron y se convirtieron en granjeros pacíficos en Hispania, la Galia e incluso en el norte de la Península Itálica.

El ejército romano transmutó, poco a poco, en una fuerza militar en la que la mayor parte de los efectivos eran bárbaros, algunos llegaron a ser senadores, los más brillantes generales “romanos” de la antigüedad tardía eran bárbaros -he ahí al vándalo Estilicón, modelo de lealtad a Roma- y no hay que olvidar la curiosa mezcla de pomposidad pagana y cristianismo que culminó en la conversión de la Ciudad Eterna en centro del nuevo mundo cristiano.

La sensación de que Roma nunca había caído, más bien se había adaptado, la vemos incluso cuando Carlomagno fue coronado emperador pidiendo “permiso” a su “colega” de Oriente. Desde mucho tiempo antes de la destitución de Rómulo Augústulo, el Imperio, como tal, ya no existía y, sin embargo, toda Europa se movía guiada por los términos imperiales, desde sus leyes a sus normas adminstrativas.

El Imperio seguía estando ahí, en la forma inmaterial del poder municipal, en las estructuras legales, a pesar de que los Señores eran los poderes efectivos desde hacía mucho tiempo y que los Emperadores no eran más que simples símbolos.

Los bárbaros, que ya en el siglo IV entraron “a saco” en el Imperio, no se encontraron un sistema territorial monolítico, las tierras imperiales ya habían sido “repartidas” y hacía centurias que otros bárbaros se habían amoldado a las leyes romanas -¿alguien se acuerda de los fieros galos?-, e incluso conseguido la ciudadanía, sin que por ello nadie pensar que “había llegado el fin”.

Aquellas grandes migraciones desde el norte terminaron, con el paso de los años, dando forma a la Europa Cristiana, mezcla de ritos y constumbres “importadas”, mixturas de lenguas y leyes en las que tanto el latín como las normas del Imperio, se mantuvieron vivas muchos más siglos, hasta hoy día.

Puede resultar cómodo para la Historia simplificada, fijar aquel 476 como punto de inflexión de “algo”. En realidad, la transformación del Imperio en una Europa de mixturas complejísimas hacía mucho que había comenzado.

En realidad, el ideal romano nunca murió, se transformo y, curiosamente, se revitalizó -entiéndase esto con cierto sarcasmo- con la llegada de los bárbaros, quienes tomaron de la cultura y ley romanas, de su lengua y su economía, gran parte de lo que los propios romanos “de pura sangre” hacía mucho tiempo que habían descuidado indolentemente.

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1 En concreto, la lectura era: El Emperador del Año Mil: Otón II, obra de Carlos Estepa Díez. En Los Protagonistas del Año Mil, Codex Aqvilarensis. Aguilar de Campoo, 2000.
2 Véase la bula imperial de 28 de abril de 998.