Dime y lo olvido, enséñame y lo recuerdo, involúcrame y lo aprendo (B. F)

Causalidades de la vida

Causalidades de la vida
Una de las cosas que más me fascina ir aprendiendo es cuáles han sido las numerosísimas casualidades necesarias para que esté usted ahora leyendo y comprendiendo estas palabras.

¿Me explico?.

Desde el origen de la vida sobre este planeta hasta el momento actual han sucedido muchas cosas extraordinarias para que se produzca, no ya una especie inteligente, sino una especie tecnológicamente inteligente, como la nuestra.

Y esta especie va descubriendo poco a poco estas cosas, y comprendiendo la inmensa suerte que ha tenido de llegar hasta aquí.

He dicho ya en alguna ocasión que las condiciones que pueden permitir que en un planeta surja una especie tecnológicamente inteligente, como la nuestra, sólo pueden ocurrir sobre tierra firme, no en el agua.

El animal marino más inteligente quizá sea el pulpo.

 ¿Y los delfines?

 ¿Y las ballenas?, me dirá usted.

Pero los delfines y ballenas no son animales verdaderamente marinos. Primero, abandonaron el agua para vivir sobre la tierra firme y sólo más tarde regresaron a la vida marina.

No se hicieron, pues, tan inteligentes sin jamás abandonar el agua.

Es además claro que, si quizá nunca podremos demostrar por completo la imposibilidad de aparición de vida tecnológicamente inteligente en el medio acuoso, sí que parece difícil comprender cómo podría desarrollarse la tecnología sin controlar el fuego, lo que parece imposible de lograr en el agua.

Y no mencionemos que, sin extremidades, de las que carecen peces y delfines, el uso de herramientas es obviamente imposible.

Precisamente, los mamíferos marinos perdieron sus extremidades al regresar al medio acuoso, lo que les impidió cualquier posibilidad de evolucionar instrumentos tan maravillosos como nuestras manos, que sólo parece posible que puedan surgir y evolucionar fuera del agua.

Sin embargo, la vida sólo puede aparecer en el agua, eso está hoy más allá de toda duda. Es más, hoy podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que la vida no es posible sin un medio acuoso líquido, y además no es posible sin compuestos de carbono.

Lo que la ciencia ha ido conociendo sobre la vida, sus causas, su funcionamiento, desautoriza cada vez más las hipótesis de que pueda haber vida en el Universo no basada en el carbono y en un medio acuoso.

Así que si la vida sólo surge en el agua, pero la inteligencia tecnológica sólo es posible fuera de ella, hace falta que la vida sea capaz de colonizar la tierra firme, y de adaptarse a ella, y evolucionar sobre ella para que surja una especie tecnológica.

Para ello, hace falta primero que sea posible, es decir, que tengamos al menos un planeta con agua y con tierra firme.

Y después, hace falta una razón, algo que impulse a los organismos primitivos a salir de su confortable medio acuoso para emigrar a un ambiente hostil, con extremos cambios de temperaturas, donde la fuerza de la gravedad se hace sentir con toda su intensidad, como también se sienten los rayos del Sol.

Es una emigración tan extraña como si los ciudadanos de Suiza decidieran de repente irse a vivir a Nigeria, con todo el respeto para los nigerianos, y también para los suizos.

Esto es posible, pero haría falta una razón poderosa, ¿no cree?

Esa razón, en opinión de muchos científicos, nos la da la Luna. La Luna, el único satélite de la Tierra, de un tamaño muy considerable con respecto al tamaño del planeta, es la que posibilita las mareas.

Esta subida y bajada periódica del nivel del mar en las costas causa que se produzca una interfase, un nicho ecológico doble, en el que el medio marino deja periódicamente sitio al terrestre, y viceversa.

Las mareas generan pues un entorno que facilitó la colonización de la tierra firme por la vida marina.

Esto quiere decir que si la Tierra no tuviera Luna quizá la vida en este planeta no hubiera pasado de los moluscos, mariscos y peces.

La inteligencia tecnológica no se hubiera desarrollado.

Pero, ¿de dónde proviene la Luna? ¿Era acaso inevitable que la Tierra tuviese ese compañero planetario?

Desde luego que no, no era inevitable.

De hecho, se sabe hoy que el origen más probable de la Luna fue una colisión entre la Tierra y un protoplaneta del tamaño de Marte, que expulsó al espacio la ingente cantidad de materia que luego se condensó en órbita alrededor de la Tierra para formar la Luna.

Las colisiones entre dos cuerpos tan grandes, y en las condiciones adecuadas como para que no se destruyan los dos en el impacto, son muy improbables.

Es una enorme suerte y casualidad tener a la Luna a nuestro lado.

Pero, además de la improbable Luna, ¿es necesario algo más para que la vida marina colonice el entorno terrestre?

No lo sabemos con certeza, pero investigaciones recientes sugieren que ciertos sucesos pudieron acelerar significativamente la colonización de la tierra firme por los organismos vivos, que quizá de otro modo no hubiera sucedido.

Uno de estos fue causado por una colisión, otra más, entre dos estrellas masivas ocurrida hace unos 440 millones de años y relativamente cerca de nuestro planeta, que coincide con el inicio de colonización de la tierra firme por las plantas.

Esta colisión creó una intensa emisión de rayos gamma, rayos de luz invisibles, más energéticos que los rayos X.

Al alcanzar nuestra atmósfera, los rayos gamma causaron una reacción química que generó óxidos de nitrógeno, gases tóxicos, que producen hoy lluvias ácidas, nocivos para la vida.

Sin embargo, en aquellos lejanos tiempos, la lluvia ácida no fue algo perjudicial, sino beneficioso.

Esa lluvia ácida desparramó sobre la tierra firme una buena cantidad de nitratos y nitritos que son necesarios para el crecimiento de las plantas.

Este “abono celestial”, piensan algunos investigadores, fue fundamental para que las plantas se diseminaran por la tierra firme y posibilitaran así la colonización de la misma por los animales, la cual sucedió más tarde, y que nos conduce hasta nosotros.

Así que ya ve usted, tantas cosas grandes y pequeñas han tenido que suceder hasta vivir este momento, tantas, que bien pensado, es prácticamente imposible que lo estemos viviendo.

Sin embargo, aquí estamos.

Cada cual puede interpretar esto como desee, pero lo más sano es utilizar este conocimiento para relativizar esas pequeñas cosas de la vida que tan infelices pueden hacernos, y vivir con la idea de que nuestra existencia es tan extraordinaria que no merece la pena que nos amarguemos la vida, terrestre o marina, por nimiedades cotidianas, por síes o noes en francés o en holandés, o por que nuestro equipo baje a segunda.

Publicado por Jorge Laborda en Quilo de Ciencia 
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