Dime y lo olvido, enséñame y lo recuerdo, involúcrame y lo aprendo (B. F)

Ojo con la Evolución

Ojo con la Evolución
Hay misterios de la ciencia todavía no resueltos que ni siquiera sabemos que preocupen a los científicos.

El ser humano medio está tan preocupado por los problemas de la existencia cotidiana que ¿cómo se va a preocupar de temas tan perentorios como lo que sucedía en el planeta hace unos 543 millones de años?

¿A quién le importa ?...si la vida es muy corta !

Pero la vida no es tan corta, al menos no la vida tal y como la entienden los que entienden de ella, es decir, los biólogos.

Porque la vida comenzó sobre la Tierra hace al menos tres mil quinientos millones de años. Para entender lo que esa cifra significa, consideremos que el mismo número de segundos suponen más de ciento diez años.

Es decir, si viviéramos un segundo por cada año que la vida ha existido sobre la Tierra, nuestra esperanza de vida sería de ciento diez años.

En la vida de un ser humano no todo sucede con tranquilidad y progresivamente. Acontecimientos más o menos bruscos pueden afectar de manera importante en la vida de la gente, y lo mismo ha sucedido en la vida sobre la Tierra, en el proceso de evolución de la misma.

Uno de esos acontecimientos es el que se denomina la explosión del Cámbrico, que sucedió hace 543 millones de años, es decir, hace sólo diecisiete años y dos meses, si cada año de vida sobre el planeta lo reducimos a sólo un segundo.

Esta explosión no fue causada por un meteorito que se estrelló sobre la Tierra, sino que se trata de una explosión biológica. Algo sucedió por esas fechas para que de sólo tres clases de animales, tres fila, propiamente dichos, pasáramos a tener, casi de repente, treinta y ocho, incluyendo en ellos a la mayoría de los fila que tenemos hoy.

Los tres fila que existían allá por el 1 de enero del año 543.000.000 AC eran muy primitivos, e incluían a las esponjas de mar y a las medusas.

Pero por el 31 de diciembre de 538.000.000 AC, habían aparecido, entre los treinta y cinco fila, los artrópodos, los moluscos (¡qué ricos!), los equinodermos, y los cordados, de los que derivamos todos los vertebrados.

En sólo cinco millones de años, parece que la cantidad de tipos de animales se multiplicó por diez. Cinco millones de años suponen sólo cincuenta y siete días de la duración de la vida sobre la Tierra, si reducimos cada año a un segundo, es decir, hace diecisiete años y dos meses existían sólo tres tipos de animales, pero hace diecisiete años, ya existían treinta y ocho tipos.

Tras esta observación, realizada por paleontólogos a lo largo y ancho del mundo, analizando yacimientos fósiles en varios continentes, la pregunta que un científico debe hacerse es la misma que haría un niño de tres años: ¿por qué? Es un buen ejemplo de cómo funciona la ciencia, puesto que tras la observación, viene la búsqueda de la explicación.

Para encontrarla, los científicos se “inventan” explicaciones posibles que luego tratan de probar o falsificar.

Son las llamadas hipótesis. 

Los niños de tres años también tienen sus hipótesis. Por ejemplo, el hijo de un amigo mío supuso, al descubrirse los testículos, que provenían de los dos huesos de aceituna que se había tragado el día anterior. Hipótesis a todas luces falsa, pero que no es necesario falsificar mediante grandes carcajadas lanzadas a la cara del pobre niño, porque si no mataremos al científico que ya vive dentro de él, el cual se pregunta por qué, y trata de dar explicaciones a lo que observa.

Pero volvamos al Cámbrico, hace 543.000.000 de años. ¿Por qué esa explosión de lo viviente?

¿Por qué en ese momento y no antes? No han faltado hipótesis para intentar explicarla.

Estas hipótesis se extienden desde la intervención de seres extraterrestres, o el dedo de Dios, para dirigir nuestra evolución, hasta hipótesis menos místicas, como un cambio de composición en la atmósfera o en la química del agua de mar.

Sin embargo, antes de imaginar hipótesis para explicar una observación, conviene asegurarse de que la observación es cierta. Por esa razón, se debe intentar confirmarla por otros medios. En este caso, la biología molecular aparece en escena para intentar confirmar que existe también una rápida divergencia a nivel del ADN de las clases de animales que aparecen en el Cámbrico.

Pero la biología molecular no confirma las observaciones de los yacimientos fósiles, e indica que la filogenia, es decir, la relación entre los distintos animales, es muy diferente de la que sugieren los restos fosilizados, y que los distintos tipos de animales aparecen mucho antes de lo que indica el registro fósil.

¿Qué está sucediendo? Lo que sucede es que vemos sólo lo que es posible ver, y en el caso de los fósiles, sólo vemos los restos de los animales que ha sido posible que se conviertan en fósiles, pero no vemos hoy los restos de animales blandos que no se fosilizaron.

De hecho, un análisis de los fósiles del Cámbrico indica que lo que sí sucede de repente es la aparición de estructuras rígidas, de esqueletos internos o externos, que permiten la fosilización.

Así que ahora nos encontramos con que el verdadero misterio es por qué aparecen los esqueletos tan de repente en la evolución.

Sigue siendo un misterio, pero una hipótesis reciente sugiere que la razón por la que aparecen los esqueletos es que los animales necesitaron hacerse más difíciles de matar, porque por esa época, aparecen también los primeros animales de presa con ojos.

La vista es un sentido fantástico para los predadores, porque las presas, si pueden ser silenciosas, no pueden ser invisibles.

Así, la aparición de un arma de tremenda eficacia para la caza, como la vista, puso en marcha una carrera de armamentos evolutiva que condujo en muy poco tiempo al desarrollo de estructuras duras en los animales, que permitieron su fosilización y que los paleontólogos los pudieran descubrir y analizar.

No está aún demostrado que esto sucediera así, pero no cabe duda que es más probable que los animales ya existentes desarrollaran estructuras sólidas en lugar de que aparecieran treinta y cinco nuevas clases de animales en un abrir y cerrar de ojos.

Fue, en cambio, la abertura del primer ojo la que parece abrirnos los ojos a nosotros ahora sobre lo que sucedió hace más de quinientos mil años.

Esperemos que los estudios futuros acaben por confirmar que fue esto lo que sucedió, y la ciencia tenga un misterio menos del que ocuparse.

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Publicado por Jorge Laborda en Quilo de Ciencia
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