Aire limpio y efecto invernadero

Supongo que sabes que muchas de las verduras e incluso de las frutas que hoy comemos se cultivan en invernadero.

Aire limpio y efecto invernaderoSupongo que también sabes que un invernadero funciona atrapando el calor.

La luz que atraviesa el vidrio u otros materiales transparentes de sus paredes incide en el interior del invernadero y lo calienta.

Todo lo que se calienta, tiende a enfriarse, incluso el mal carácter.

Por esta razón, el suelo y las paredes del invernadero eliminan el exceso de calor que reciben de la luz solar que les llega emitiendo, a su vez, otro tipo de luz que no podemos ver, pero que sí podemos detectar con los instrumentos adecuados.


Este tipo de luz es la denominada luz infrarroja, así llamada por situarse por debajo del rojo en el espectro luminoso.

Si la luz visible puede atravesar el vidrio u otros materiales transparentes, la luz infrarroja no puede hacerlo. Los vidrios de nuestras ventanas, o de los invernaderos, son opacos a la luz infrarroja.

Esto implica que cuando los materiales calientes del interior del invernadero emiten luz infrarroja y se enfrían, ésta rebota en los cristales y es reenviada al interior, con lo que vuelve a calentarlos.

El invernadero no puede pues enfriarse por el procedimiento de emisión de luz infrarroja (aunque sí se enfría por otros medios más lentos), y ésta es la razón que explica que su interior se encuentre a una temperatura varios grados superior a la del exterior.

Esto es lo que se llama el "efecto invernadero", que es también el responsable de que nuestro coche, dejado al sol, alcance una temperatura insufrible en verano, aunque agradable en invierno.

Habrás oído hablar de que el efecto invernadero es el responsable del calentamiento global, y de que dentro de poco, además de refugiados políticos y de emigrantes económicos, tengamos que contar con refugiados climáticos, con personas incapaces de vivir en su hábitat habitual, valga la redundancia, debido a causas climáticas.

Por supuesto, nuestro planeta no está rodeado de una capa de vidrio que impide salir a los rayos infrarrojos que son emitidos por tierra, mar, e incluso aire al ser calentados por el Sol.

En este caso, el efecto invernadero se debe a la absorción de los rayos infrarrojos por ciertos gases que la humanidad lleva emitiendo a la atmósfera por siglos.

Se trata, principalmente, del dióxido de carbono, del óxido nitroso y del metano, producido sobre todo por las emisiones de gases intestinales de vacas y otros animales domésticos, incluido su marido.

Estos gases, como el vidrio, no son tampoco transparentes a los rayos infrarrojos, y cuando uno de estos rayos choca con una molécula de estos gases, rebota y es reenviado hacia la Tierra, impidiendo que ésta se enfríe a mayor velocidad.

Sin embargo, es bueno que esto suceda en alguna medida, ya que sin efecto invernadero alguno, es decir, si la atmósfera dejara pasar sin problemas a todos los rayos infrarrojos que se producen, la temperatura media de la Tierra sería unos treinta y tres grados centígrados menor.

 Esto supondría que sólo en los días más calurosos del verano gozaríamos de agua líquida, aunque bastante fría de todos modos, por estas latitudes.

La vida en la Tierra sería mucho más difícil sin el efecto invernadero.

Pero, como sucede con tantas otras cosas, demasiado de algo bueno puede ser catastrófico. Si el efecto invernadero se incrementa en exceso, debido a la acumulación en la atmósfera de gases opacos a los rayos infrarrojos, la temperatura de la Tierra aumentará, lo que se estima tendrá consecuencias graves para el clima, modificará el patrón de lluvias, subirá el nivel del mar y acabará con los glaciares.

Por consiguiente, parece conveniente limitar la emisión de gases de efecto invernadero, y éste es el objetivo del famoso protocolo de Kyoto.

Sin embargo, además de que los rayos infrarrojos no puedan escapar del invernadero, hay otro factor que influye en el proceso de su calentamiento, un factor del que a menudo nadie habla, quizá porque es obvio.

Y es que es elemental que la temperatura del invernadero depende no sólo de la cantidad de rayos infrarrojos atrapados, sino de la iluminación que recibe.

Es obvio, insisto, que en un día soleado el invernadero se calentará más que en un día nublado, simplemente porque será mayor la cantidad de luz que incidirá en su interior, calentándolo.

En el caso de nuestro planeta, no se habla de este factor porque se supone que la cantidad de luz que recibe del Sol no varía de año en año.

Aunque haya días soleados o nublados aquí o allá en el planeta, por término medio, cada latitud recibe la misma cantidad de iluminación. De ser así, este factor no debe influir en el efecto invernadero.

Pero estudios recientes publicados por la prestigiosa revista Science indican que esto no es cierto.

Resulta que, además de gases, la humanidad, en su actividad agrícola e industrial ha enviado a la atmósfera partículas, sobre todo en forma de humo, pero también en forma de micropartículas.

Estas partículas poseen la particularidad, valga de nuevo la redundancia, de disminuir la cantidad de luz que llega a la Tierra.

El humo y las partículas en suspensión en la atmósfera funcionan como una tenue pantalla, una tenue nube que impide que la luz del Sol incida con todo su esplendor sobre el planeta.

Este efecto pantalla de las partículas tiende a disminuir el calentamiento de la superficie de la Tierra, por lo que se opone al efecto invernadero.

Hasta aquí todo bien, si no fuera porque la preocupación cada vez mayor por el medio ambiente, si no ha conseguido limitar demasiado las emisiones de gases de efecto invernadero, sí ha logrado limitar las emisiones de partículas.

Esto ha conseguido que, a lo largo de los últimos quince años, la atmósfera sea más limpia y la superficie de la Tierra haya visto incrementada la luz que le llega del Sol, como demuestra las mediciones publicadas en esos estudios.

En resumen, que mientras hemos ido limpiando nuestras emisiones, consiguiendo así un aire más puro, que es de agradecer, sin darnos cuenta hemos aumentado también el calentamiento del planeta, no sólo por los gases que emitimos, sino por las partículas que evitamos emitir.

La conclusión que debe extraerse de esto es que no queda más remedio que reducir la emisión de gases si queremos evitar el efecto invernadero y, al mismo tiempo, gozar de una atmósfera más limpia.

Piense en esto, por favor, a la hora de coger el coche para ir a comprar un paquete de tabaco al estanco de la esquina.
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Publicado por Jorge Laborda en Quilo de Ciencia
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