Dime y lo olvido, enséñame y lo recuerdo, involúcrame y lo aprendo (B. F)

La ciencia prohibida

Ciencia prohibida
Los inquisidores españoles vigilaban con gran celo cualquier movimiento intelectual proveniente de Europa, pues el “peligro” que las nuevas ideas suponían para el poder establecido debía ser conjurado en sus mismas raíces.

Bajo el peligro de penas severas, sabios, científicos o simples curiosos, lucharon por conocer las novedades del progreso, sin mantenerse ajenos a las grandes corrientes de pensamiento de su época.

 Los influjos de la Ilustración y de la Revolución Francesa cruzaron los Pirineos en forma de libros que cayeron, en su mayor parte, bajo el peso de la prohibición inquisitorial.

El pensamiento laico, positivo y científico, la alabanza de la libertad y el cuestionamiento de las verdades tradicionales, no podían ser tolerados por los poderes religiosos y monárquicos.

A pesar de toda la prevención eclesial, los libros franceses, empapados del espíritu revolucionario, siguieron llegando a la península como fruto de las estrechas relaciones económicas y políticas entre la monarquía española y francesa.

La lucha contra las ideas consideradas peligrosas por el poder viene de muy lejos. Ya en la antigüedad, en tiempos del Imperio Romano, se censuraban muchos escritos no tolerables por las autoridades.

Célebres son las persecuciones contra los libros arrianos en todo el Imperio, retomadas por los godos posteriormente.

En los reinos cristianos peninsulares se vivieron grandes persecuciones contra las minorías musulmana y judía, con quemas públicas de obras coránicas y talmúdicas.

La lucha contra ideas y libros es, como puede verse, algo muy antiguo, un triste episodio en nuestra historia del que la ciencia tampoco iba a salvarse.

Con el paso de los siglos, y el incremento del poder de la Inquisición, las quemas de libros se convirtieron en algo cotidiano.

Según algunas fuentes del siglo XVI, en el año 1500 se celebró en Toledo un gran auto de fe, durante el que se destruyeron más de un millón de valiosos libros. Tal fiesta de destrucción fue ordenada por el arzobispo de la ciudad, quien llegaría a ser con el tiempo Inquisidor general, en Cardenal Cisneros.

La aparición de la imprenta contribuyó a la difusión rápida y económica de la cultura y las ciencias, pero a su vez constituyó un dolor de cabeza permanente para la Inquisición, que vio cómo proliferaban sin control las obras prohibidas.

La Iglesia reaccionó en 1.501 a través de una bula del papa Alejandro VI.

Por medio de aquella orden se hizo llegar a los obispos de algunas ciudades, como Colonia y Maguncia, donde se publicaban “libros contrarios a la fe”, la orden de vigilar a impresores, libreros y compradores de libros, exhortando a las autoridades eclesiales a castigar severamente la tenencia o impresión de cualquier libro herético.

Las condenas consistían en el pago de fuertes multas, la excomunión y la quema de los volúmenes ilegales que fueran encontrados. El ser hallado simplemente hojeando uno de aquellos libros era ya motivo de una fuerte sanción. Aquellas medidas radicales fueron extendidas a toda la cristiandad por el papa León X, en el Concilio de Letrán de 1.515.

A partir de entonces los obispos e inquisidores tuvieron las manos libres para censurar los libros destinados a la imprenta y conceder las licencias obligatorias.

La norma tenía una gran tradición en España, ya los Reyes Católicos se habían reservado por la pragmática del 8 de julio de 1.502 el derecho de impresión.

Por medio de aquella normativa ningún impresor o mercader podía tratar con libros que no hubieran obtenido primeramente la licencia real. Sin duda fue una manera muy efectiva de recaudar impuestos y controlar “peligrosas” ideas.

La llegada del protestantismo liberó a gran parte de Alemania y de los países nórdicos del poder católico. Se convirtieron así en lugares donde se crearon y distribuyeron libros heterodoxos, libres de los problemas propios de las licencias y censuras eclesiales.

Desde ese momento la Iglesia católica se dedicó a filtrar, prohibir y expurgar todo papel que llegara del exterior.

Como medida de prevención en contra de la lectura de obras perniciosas se establecieron los famosos Índices de Libros Prohibidos.

Bajo el papado de Pablo IV se publicó el primer catálogo de libros condenados, que salió a la luz en 1564 como fruto del Concilio de Trento.

Dos años más tarde Pío V reconvirtió a la comisión encargada de la redacción de las listas de condenados en la Sagrada Congregación del Índice, un organismo permanente de la Iglesia dedicado a la lucha contra los libros heréticos, una labor en la que varios estados, como España, Flandes o Francia, hacía tiempo que estaba siendo observada por los poderes políticos.

Para aplicar en España las nuevas normas religiosas surgidas del Índice, se decidió encomendar la labor de limpieza y control a la Inquisición, surgida en el siglo XV para velar por la pureza de la fe en los conversos y convertida con el paso de los años en una poderosa organización religiosa y política muy relacionada con las instituciones monárquicas.

Pero la Inquisición no se quedó sólo en la censura y prohibición, se convirtió también en un brazo ejecutivo. A partir de 1530 el Consejo Supremo de la Inquisición en España ordenó la visita por sorpresa de toda biblioteca, tanto pública como privada, que existiera en sus dominios.

Ante la presencia de cualquier obra sospechosa se tomaban las medidas pertinentes, desde leves multas a condenas severas, que incluyeron en los casos más graves la cárcel y la tortura. La ingente cantidad de material impreso en Europa hizo que la revisión de todo lo que llegaba a España fuera imposible.

Por esto la Inquisición no solía actuar a priori, sino sobre la base de las denuncias de ciudadanos o Comisarios del Santo Oficio.

En ese momento se conectaban todos los mecanismos de la organización para limitar la difusión de la obra sospechosa. Generalmente un libro sólo era condenado por su número de lectores. Si el escrito sospechoso no alcanzaba gran difusión, generalmente no era condenado.

En el siglo XVIII, con la llegada de los Borbones al trono español y el incremento del poder de los jesuitas en la Inquisición, las cosas comenzaron a cambiar. Carlos III y su gobierno impulsaron la modernización del país por medio de la importación de técnicos y científicos franceses.

A pesar de esta apertura, fueron prohibidos cientos de libros europeos, sobre todo franceses, por contener filosofías contrarias a la fe católica.

Aun así, la presión y la persecución disminuyó mucho, hasta que bien entrado el siglo XIX la prohibición de libros fue derogada en España, aunque la censura, en sus múltiples formas, no desapareció.

Las Sociedades de Amigos del País, que tanto proliferaron durante el siglo de la Ilustración, fueron un gran foco de desarrollo científico y cultural para España.

Generalmente todas contaban con bibliotecas, en las que se podían encontrar los últimos libros editados en Europa.

A esto el Santo Oficio respondió con las licencias de lectura. Como la difusión de los libros prohibidos, entre los que se encontraba incluso la Enciclopedia, no se podía paralizar, se decidió limitar su número de lectores. Los volúmenes prohibidos debían ser guardados en estanterías apartadas del resto de los libros, cerradas con llave.

Sólo el bibliotecario y el director de la Sociedad podían tener acceso a los libros malditos, cayendo bajo su responsabilidad la decisión de a quién prestarlos.

La Inquisición confió en que sólo las “mentes preparadas” tuvieran acceso a los libros del Índice, pero lo cotidiano era que todos los miembros de las Sociedades se saltaran las licencias de lectura sin ningún problema.

Los propios poseedores de licencias de lectura solían prestar libros prohibidos a sus amigos y familiares.

Incluso han llegado noticias a nuestros días de censores que no tuvieron el más mínimo reparo en difundir las obras que ellos mismos habían expurgado o prohibido. Las bibliotecas cerradas con llave, pertenecientes a una persona con licencia, pasaban a sus herederos en el momento de su muerte.

La licencia no era heredable, pero daba igual, los libros pasaban a los hijos y a los nietos, que por supuesto los leían sin solicitar licencia alguna.

Cerca ya del siglo XIX, con las rígidas normas todavía en vigor, casi nadie delataba a los poseedores ilegítimos de libros prohibidos y los castigos espirituales, como la obligación de hacer penitencia rezando, que se les imponía si eran localizados ya no asustaban lo más mínimo.

Con todo, era difícil hacer editar en España un libro que formara parte del Índice de Libros Prohibidos, incluso aunque hubiera sido expurgado.

La inercia de los siglos de opresión continuaba considerando tabú la edición de los mismos. La tolerancia de la Inquisición también tenía sus límites. El Santo Oficio sabía de la gran cantidad de lectores que en la alta sociedad tenían los libros prohibidos. Mientras el hecho fuera más o menos secreto y no constituyera un escándalo, la cuestión solía olvidarse.

Pero ante un hecho público o una denuncia muy fundada, el castigo estaba asegurado, llegando a alcanzar inclusive a gentes de muy alta posición social.

Desde el siglo XVIII las sentencias de la Inquisición con respecto a los libros prohibidos se fueron haciendo más suaves. Pero el simple hecho de ser llamado ante el Tribunal del Santo Oficio era motivo más que suficiente de inquietud, aparte de constituir un gran desprestigio para el acusado y su familia.

Con la prohibición de libros y de conductas heréticas la Iglesia, defensora del dogma, adoptó una postura defensiva que influyó negativamente en la vida de los que se dedicaban al estudio y el arte. La labor científica, tal y como hoy la conocemos, no puede considerarse como tal por lo menos hasta el siglo XIX.

Las luces del XVIII habían incorporado la racionalidad y el positivismo como fuentes básicas del conocimiento científico, pero todavía se arrastraba una carga pseudicientífica que hacía, por ejemplo, que la mayoría de los astrónomos cultivaran la astrología.

El estudio científico podía llevar a quien lo cultivara a caer en la herejía, al poner en duda la palabra divina vertida en los libros sagrados. Giordano Bruno o Galileo Galilei son los dos ejemplos más conocidos de hombres que buscaron la verdad científica y chocaron contra el muro de la una religión intolerante. Muchos otros, la mayoría olvidados, sufrieron penas similares.

En numerosas ocasiones la Iglesia contempló a la ciencia como algo pecaminoso y acusó a algunos sabios de tener tratos con el diablo.

La Iglesia, como poseedora de la única verdad, no toleraba que unos simples mortales desafiaran su cosmovisión. La explicación del universo aportada por la Biblia debía bastar, buscar el conocimiento fuera de la Fe no sólo era herético y peligroso sino demoníaco.

El papa Inocencia III consideraba traidores a la fe en Cristo a cualquiera que hiciera interpretaciones de la naturaleza que no se ajustaran a lo aceptado por la Iglesia.

Con igual desdén indicó que si la ley condena a los traidores a muerte y a la confiscación de sus bienes, a iguales penas debían ser condenados los herejes, por atentar contra la majestad de Dios.

Frecuentemente las ideas religiosas ocultaban influencias de carácter político, pues el mantenimiento de una fe única servía para sostener la unidad de un estado y la legitimidad divina de su monarquía.

La España del siglo XVII mostraba una clase médica anclada en el pasado, presa de las teorías hipocráticas y galénicas heredadas del mundo clásico. Muchos médicos y profesores se negaron, incluso en el siglo XVIII, a renovar sus conocimientos y enseñanzas.

No podían aceptar que la medicina química llegada de Europa fuera realmente efectiva, pues contradecía los mandatos de la iglesia y las tradiciones de los sabios griegos y romanos.

Las obras de Paracelso y Van Helmont, así como las de otros de los fundadores de la yatroquímica, predecesora de la medicina y farmacia modernas, se encontraban prohibidas por la Inquisición.

Su inclusión en los índices hizo que la revolución médica que vivía Europa llegara con bastante retraso a España. Muchos médicos audaces trataron de aplicar los nuevos conocimientos en sus prácticas, lo que les causó serios contratiempos con la Inquisición.

Mientras que los libros de astrología, en su parte dedicada a la medicina y la navegación, sí eran permitidos, los libros de alquimia y de la incipiente química fueron prohibidos severamente al ser considerados portadores de prácticas mágicas, ciertamente emanadas del diablo.

Aunque era posible solicitar licencias para leer y poseer obras prohibidas, si se demostraba su interés científico, muy raramente se concedieron. Sólo a partir del siglo XVIII, acusada la Inquisición de ser un freno para el desarrollo del país, se relajó la dureza en la concesión de esas licencias.

La confrontación entre ciencia y religión está muy lejos de haber sido exclusiva de España. En el mundo cristiano, durante siglos, cualquier idea científica que no se encontrara de acuerdo con el criterio de la Iglesia era declarada falsa.

Si se realizaba alguna afirmación que llevase a dudar de algún dogma de fe, la disputa podía terminar muy mal. Durante el Renacimiento se comenzó a ver que la explicación religiosa no podía convivir con lo que la recién nacida ciencia comprobaba acerca del universo.

Con el triunfo en Europa de la ciencia basada en el método experimental, la religión terminó por ceder el puesto en la primacía del conocimiento y las ciencias fueron desarrollándose hasta crear las ramas que conocemos hoy.

La astronomía se separa definitivamente de la astrología. La alquimia da paso a la química y la farmacología. La medicina se renueva por completo, sacudiéndose los últimos vestigios de superstición.

En la edad moderna la astrología fue considerada como un artículo de fe más. El pueblo, en su ignorancia, suplicaba a los astrólogos que alzaran su carta astral, con la esperanza de entrever el futuro.

Con carácter de profesionalidad para aquellos que quisieran practicarla, las universidades europeas establecieron cátedras astrológicas e impartieron desde ellas el arte de leer el firmamento.

En España, a mediados del siglo XVI, las universidades de Salamanca y Valencia enseñaban de forma legal astrología e incluso en las Cortes de 1570 se propuso que por ser esta una “ciencia muy importante” se debiera establecer que todo físico fuese previamente Bachiller en ella.

Al margen de la sociedad, la Iglesia, fiel a su cometido, se preguntaba hasta qué punto las influencias de los planetas en el ser humano condicionan a la persona o negaban la libertad y el libre albedrío de la misma.

Para unificar criterios teológicos el papa Sixto V, en 1585, promulga su Coeli et Terrae, que prohibía “todas las artes que provienen de loo futuros eventos, a excepción de aquellas que por causas naturales necesariamente o frecuentemente se siguen”. En cuanto a la astrología, se declara que será lícita sólo si se aplica a la agricultura, la medicina o la navegación.

La reacción contra los astrólogos por parte de la Inquisición fue dura y continua, porque sus natividades al predecir si el individuo tendría éxito, dinero, o cuando moriría, por muy falsas que fueran las predicciones, anulaba la libertad y enfrentaba al cielo con el Creador según los criterios de la Iglesia.

De igual manera que los astrólogos, los curanderos abundaban. Los expedientes que se encuentran sobre ellos en los archivos son muy numerosos, lo que muestra el intrusismo que existía en las profesiones médicas y paramédicas, competencia que se comprende desde el momento en que libros como Tesoro de los pobres o los Secretos de la Naturaleza eran de consumo popular.

Estos tratados facilitaban la más variadas recetas sobre todo tipo de males, explicadas con tanta claridad que hasta el más profano era capaz de entenderlas.

Con estos manuales disponibles, no era de extrañar que hubiera algunos sujetos lanzados que recorrieran los caminos intentando curar al primer enfermo que se encontraran a cambio de unas monedas.

Lo curioso es que el Santo oficio no les persiguió como intrusos de la profesión médica, sino por hechiceros, cuando en realidad su terapéutica, aunque un poco rudimentaria, tenía una alguna base de autenticidad, basada en cientos de años de conocimiento de las plantas conseguidos por el vulgo.

En la mentalidad española del siglo XVII se refleja un espíritu contrario a cualquier innovación. Salvo algunas honrosas excepciones, las universidades y los hombres de ciencia, demostraron alejarse de cualquier postulado nuevo venido de Europa. Muchos de ellos se enfrentaron abiertamente a todo lo novedoso, reivindicando la universalidad y veracidad del pensamiento clásico.

Las teorías de Bacon, Newton, Descartes, Galileo, Kepler… todas las obras de los padres de la ciencia fueron rechazadas por nuestros sabios. Algunos incluso tuvieron la osadía retorcida de aprender en profundidad la mecánica newtoniana o las nuevas corrientes fisiológicas reinantes en el continente, sólo para atacarlas furiosamente.

La física y la química, la biología y la medicina, todos los conocimientos renovados, apenas se acercaron tímidamente a los grandes centros del saber hispánico, Alcalá, Salamanca y Valladolid. De entre todas las universidades, fue la de Valencia la que más avanzada y abierta se mostró ante la gran revolución científica.

¿Cual fue la causa de aquella mentalidad tan retrógrada? Algunos historiadores de la ciencia culpan a la filosofía escolástica que imperaba en la sociedad española. La contrarreforma tampoco sale bien parada, pues las nuevas ciencias fueron consideradas casi como una enfermedad del alma protestante y, por tanto, un peligro para el buen católico.

Hay quien se remonta a la expulsión de los musulmanes, con la consiguiente pérdida de grandes sabios. A pesar de todos los esfuerzos en contra, los heterodoxos, que vieron acertadamente la utilidad de la nueva ciencia, se introdujeron poco a poco en el mundo universitario y terminaron por imponer sus conocimientos, aunque el proceso llevó demasiado tiempo.

Sólo bien entrado el siglo XVIII, las nuevas instituciones creadas para disminuir el retraso de España con respecto a Europa, lograron introducir la ciencia en la cerrada sociedad hispánica.

Aferrados al sistema griego y latino, transmitido por los árabes, basado en farmacopeas casi exclusivamente vegetales, hubo que esperar a 1706 para que el osado Félix Palacios publicara su Palestra, una obra en la que se incluyen por primera vez los influjos de la ciencia europea.

Como Palacios, otros muchos científicos intentaron luchar contra la tradición gelénica y la Inquisición, intentando renovar la medicina tradicional, con muy poco éxito y mucho peligro para sus carreras y vidas.

De entre todos los pioneros de la nueva medicina química, destacaron Luis de Alderete y Soto, con sus investigaciones acerca del Agua de Vida, o Cristóbal de León, un cirujano que intentó, sin ningún éxito, fundar en Madrid una academia espagírica, alrededor del año 1693. Juan de Cabriada, en su Carta Filosófica-Médico-Chímica de 1687, es considerada como el introductor de la medicina moderna en España y decisivo impulsor de la yatroquímica.

En Esta obra habla en favor de las substancias químicas como medios para alcanzar la curación de las enfermedades, aunque amargamente emite una queja contra sus escépticos colegas:

Me ha sucedido en algunas juntas proponer algún remedio químico o algunas doctrinas nuevas anatómicas y entrar luego los médicos, que siguen hablando, y decir: dejémonos de químicas, que nuestros pasados curaron sin estas novedades.

Los testimonios más radicales afirmaron que los partidarios de la química no eran más que hombres incapaces de razón, hechiceros, sortílegos, magos y sicofantes que suplen con ilícitos y diabólicos tratos y comercio lo que les falta de sabiduría como se vio en el infame heresiarca de los químicos, Paracelso y sus secuaces, cuyos nefandos escritos detestó y prohibió justísimamente el Recto Tribunal de la Santa Inquisición.

Una curiosa y radical opinión emitida por el Doctor Zapara en relación con la prohibición de las obras de Paracelso editadas en Ginebra, en 1656. Y todo esto a pesar de que, ya desde tiempos de Felipe II, la monarquía había confiado en alquimistas para intentar recuperar algo de brillo en las deterioradas arcas del estado, en pos de la utópica transmutación del plomo en oro.

El Emperador católico contactó con Tiberio de la Roca y Pedro Sternberg, quienes se pusieron a su servicio.

Su objetivo consistió en acuñar oro por medio de artes alquímicas. Como el tiempo pasaba y el oro no llegaba, Felipe II escribió a Rodolfo II, el monarca europeo más versado en alquimia, pidiéndole ayuda.

El resultado fue la llegada a España de dos charlatanes ingleses, Dee y Kelly, que no consiguieron más que estafar a la corona. No todo fue negativo en la obsesión de Felipe II por el oro alquímico.

Aquel loco impulso facilitó la creación del Gran Laboratorio de la Botica de San Lorenzo del Escorial, considerado como el primer núcleo de experimentación científica oficial que existió en España. Incluso con los nuevos vientos de la ilustración, el espíritu de Trento seguía vivo.

El Santo Oficio, aunque había perdido crueldad e intensidad, todavía prohibía libros y actividades.

En 1790 se publicó el último Índice de Libros Prohibidos, en el que se incluyeron un gran número de obras científicas poco recomendables para el buen católico.

En cuanto a la polémica de la química es curioso ver cómo los calificadores de la Inquisición prohibieron todas las obras de algunos grandes fundadores de esa ciencia y, sin embargo, otros autores, que también eran químicos, no se les consideró como tales, y además se autorizan bien con nota o con expurgación ciertas obras de esta materia.

Todo esto evidencia la falta de criterio por parte de los inquisidores a la hora de encuadrar a los autores, quizá porque algunos no tuvieron relación con movimientos calvinistas o porque, en realidad, no tenían muy claro qué era eso tan nuevo y peligroso que llamaban química.

(Escrito en marzo de 2003 para el proyecto inédito Ciencia Prohibida , publicado parcialmente por EAI en abril de 2005 y recuperado de un saturado cajón del olvido para TecOb)

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FUENTE :http://www.alpoma.net/tecob/?paged=314
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