Dime y lo olvido, enséñame y lo recuerdo, involúcrame y lo aprendo (B. F)

Homo altruistus

Rosa Homo altruistus
Publicado por Jorge Laborda en Quilo de Ciencia

La cuestión de si el ser humano es bueno o malo por naturaleza y de si la sociedad es la que convierte en bueno al hombre o, por el contrario, lo corrompe, ha sido una de los más traídos y llevados por la filosofía y la literatura universales.

Muchos pensadores y filósofos de la antigüedad creían que una de las características del Hombre era su egoísmo innato y que todo su comportamiento venía marcado por ese egoísmo.

Cualquier tipo de comportamiento altruista, es decir, desinteresado, no era en realidad sino un egoísmo disfrazado de amabilidad o cordialidad, pero egoísmo al fin y al cabo.

La biología moderna vino a dar un apoyo bastante fuerte a estas ideas. Así, el biólogo Richard Dawkins propuso su tesis de los genes egoístas, en la que propugnaba que los organismos no somos sino un mero vehículo para la supervivencia de los genes.

Es decir, según Dawkins, nuestro cuerpo no es sino una “vasija genética” que sólo sirve para trasmitir genes a la siguiente generación.

Por supuesto, los genes que nuestro cuerpo contiene tienen el mayor interés en sobrevivir y expandirse, y para ello, inducen en nosotros comportamientos egoístas, encaminados a su mayor beneficio.

Esta teoría explica muchos comportamientos aparentemente altruistas, pero que son en realidad egoístas.

Por ejemplo, si un padre sacrifica la vida para salvar la de sus hijos, en realidad, está ayudando a la supervivencia de sus propios genes, ya que salvando los de sus hijos salva en realidad los suyos propios. Visto así, este comportamiento tan noble es egoísta, y no altruista.

Otras teorías intentan también explicar el altruismo en términos de egoísmo disfrazado. Así, la teoría de la reciprocidad sugiere que un comportamiento altruista hacia los demás busca un “pago” en retorno. De nuevo, esto es egoísmo. De la misma manera, la teoría de la buena fama (y échate a dormir) sugiere que un comportamiento altruista consigue “buena fama” para quien lo practica, lo que a la postre le reporta beneficios, aunque estos no sean inmediatos. Egoísmo al fin y al cabo.

Así pues, según esas teorías el egoísmo parece ser la razón de la cooperación entre seres humanos que caracteriza todas las culturas de la humanidad.

Pero, ¿podemos estar seguros de eso? ¿Realmente somos tan egoístas? No hay nada como la experimentación científica para desvelar la verdad sobre las cosas, incluida nuestra propia naturaleza. Y esto es lo que intentaron hacer un grupo de investigadores de la Universidad de Zürich, en Suiza.

Para comprender mejor las razones de por qué la gente colabora entre sí e incluso ayuda al prójimo, los investigadores efectuaron experimentos fascinantes. En uno de ellos, se reunía a varios grupos de cuatro personas desconocidas entre sí a quienes se permitía comunicarse por medio de un ordenador. Cada una de estas personas recibía veinte euros del experimentador.

El experimento consistía en llevar a cabo varias rondas en las que se invertía parte o todo ese dinero para un bien común. No se explicaba en qué consistía ese bien común, pero tras invertir su dinero, cada uno de los participantes, independientemente de lo que hubieran decidido invertir, recibía una bonificación correspondiente a la cuarta parte de un montante correspondiente al 160% de lo invertido.

En la ronda siguiente, cada grupo de cuatro personas se reorganizaba al azar, así que los participantes en cada ronda no se encontraban frente a los mismos compañeros de juego. En cualquier caso, el dinero que los participantes ganaran se lo podían quedar.

Un rápido análisis indica que si los cuatro participantes invierten los 20 euros en la primera ronda, todos recibirían 32 euros por cabeza, una ganancia del 60%.

Sin embargo, si un aprovechado no invirtiera nada; y los demás, todo, cada participante recibiría 19 euros solamente. El aprovechado que se había guardado los 20 euros hubiera recibido 19 más, y los otros tres habrían perdido un euro en esta operación.

Al jugador movido sólo por el interés propio le compensa, pues, no invertir nada. El problema era que si alguien no invertía nada, al final del experimento se le retiraba el dinero y se quedaba sin nada. Por tanto, era necesario invertir para no perder o para ganar lo más posible.

Pero el experimento no acaba aquí. Tras dejar que cada participante decidiera invertir la cantidad que deseara, se informaba a los demás de las cantidades invertidas por cada uno y se daba la posibilidad de castigar a quienes se considerara que no habían invertido con “justicia” lo que les correspondía.

El castigo consistía en una multa que el experimentador cobraba y cuyo montante dependía de lo que cada participante decidiera pagar para ponerla. Así si un participante quería poner una multa de tres euros a otro, debía pagar un euro, y si la multa era de seis euros, debía pagar dos, y así sucesivamente.

Los resultados son claros. En seis rondas de este juego, más del ochenta por ciento de los participantes multaron por lo menos una vez a un compañero, y lo hicieron a pesar de que ellos no obtenían beneficio alguno, al menos beneficio económico.

Por supuesto, las multas recaían sobre todo en los aprovechados y el montante era tanto más elevado cuanto más aprovechado resultaba el interfecto.

Para comprobar el efecto de la multa, se realizó una versión de este experimento en el que no se podía multar. En esta ocasión el 95% de los participantes invirtieron bastante menos dinero para el bien común que antes.

Así pues, tenemos aquí un ejemplo de comportamiento altruista que no beneficia a quien lo ejerce. El sancionador perdía de su propio dinero para contribuir a aumentar el bien común, no sólo a aumentar su propio beneficio.

Además, puesto que a cada ronda los participantes cambiaban, el sancionador no podía esperar que su comportamiento le beneficiara en la siguiente ronda, o en rondas sucesivas.

En conclusión, al menos en ciertas situaciones, muchos individuos son verdaderamente altruistas y capaces de sacrificarse por el bien común a pesar de que no obtengan beneficio personal alguno.

Este tipo de conducta reside posiblemente también en nuestros genes, ya que en general nuestra educación no nos enseña a ser desinteresados hasta el punto que algunos demuestran.

Hoy, se cree que estos individuos altruistas son imprescindibles para la cohesión de los grupos y para que la colaboración entre todos, sin la que nada funciona, siga también funcionando.

Y es que los altruistas constituyen un verdadero freno a los egoístas, a quienes y con razón, sancionan sin piedad.

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